Manual de supervivencia para un GEO 14 #3
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Ella estaba intentando aparentar tranquilidad mientras giraba lentamente el vaso entre las manos, pero seguía nerviosa, lo notaba en cómo movía la pierna, cómo hablaba menos y cómo lo observaba constantemente buscando señales de peligro.

—Mejor de lo que esperaba —respondió finalmente.

Vera levantó la vista al instante. Gabriel apartó la mirada demasiado rápido. Cada vez que la sostenía más de dos segundos, pensaba cosas que no debía. Como que tenía unos ojos peligrosamente bonitos cuando dejaba de bromear.

—¿Y tú? —preguntó Medina con tono sospechosamente tranquilo.

Gabriel frunció ligeramente el ceño.

—¿Yo qué?

—¿Cómo llevas convivir con ella?

Vera levantó automáticamente las cejas, interesadísima.

—Habla demasiado.

Ella hizo un gesto ofendido desde la encimera.

—¡Te estoy escuchando!

Medina soltó una risa al otro lado.

—Eso ya lo imaginaba.

—No hablo tanto —se quejó ella. Gabriel la miró directamente y ella sostuvo su mirada unos segundos, como si lo retase, y terminó señalándolo, indignada—. Bueno, puede que… puede que sí hable mucho, pero es solo para compensar lo que tú no hablas.

Gabriel entornó los ojos un instante y Medina directamente empezó a reírse.

—Jefe, estoy viviendo un infierno —ironizó Gabriel.

Vera se llevó una mano al pecho, fingiendo ofensa.

—Qué dramático eres.

—Dijo la mujer que convirtió un secuestro en una anécdota de dominio público.

Ella abrió la boca y la cerró, enfurruñada.

Gabriel notó sin querer cómo una sonrisa mínima amenazaba con aparecerle otra vez.

¡Mierda! Porque Vera lo vio inmediatamente.

—¡Ayyy! ¡Otra vez la mini sonrisa! —se burló mientras pestañeaba varias veces.

Gabriel se giró directamente hacia la sartén, intentando ignorarla.

—Medina, ¿algo más?

Su superior seguía claramente disfrutando demasiado.

—Sí. A partir de ahora quiero vigilancia fija cerca del apartamento y seguimiento parcial de sus movimientos.

La mini sonrisa desapareció automáticamente del rostro de Gabriel.

—Entendido.

—Y Robles… —Gabriel esperó—, no bajes la guardia.

Él miró de reojo a Vera otra vez. Ella seguía sentada en la encimera, observándolo mientras hablaba.

—No pienso hacerlo.

Colgó la llamada y el silencio volvió a instalarse en la cocina.

Vera lo observó unos segundos más.

—Tu jefe también piensa que hablo demasiado, ¿verdad?

Gabriel apagó el fuego de la cocina.

—Mi jefe cree que me tienes agotado mentalmente.

Ella sonrió lentamente.

—¿Y te tengo?

Gabriel levantó la vista hacia ella. Ahí estaba otra vez ese problema, porque sí, lo agotaba, le revolucionaba la vida, le llenaba el piso de ruido, pero cada vez que sonreía así…

Gabriel dejó finalmente el móvil sobre la encimera mientras el silencio se instalaba unos segundos más en la cocina.

La sartén seguía desprendiendo calor y el olor a pollo llenaba el apartamento mientras Vera lo observaba desde el taburete.

—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —le preguntó ella.

Gabriel empezó a servir la comida en dos platos.

—Que vivas aquí.

—Aparte de eso.

Él dejó uno de los platos frente a ella.

—¿Qué?

Vera lo miró unos segundos antes de responder.

—Que me siento segura contigo. —Lo dijo bajito y sin rastro de broma, provocando que Gabriel levantara lentamente la vista.

Vera siempre escondía las cosas importantes detrás del humor, pero esta vez no había sonado así, sino sincera y, además, jugueteaba con el tenedor—. Ayer pensé que iba a morir en esa nave.

Gabriel tomó asiento frente a ella.

—No voy a dejar que te pase nada.

Y lo dijo de una forma tan firme… tan segura… que Vera sintió un pequeño nudo en el pecho.

Ella bajó la vista al plato, intentando sonreír un poco.

—Bueno… técnicamente apareciste atravesando una puerta vestido de negro. Se te ve bastante entregado a la causa.

Gabriel negó con la cabeza.

—Sigues haciendo bromas cuando estás nerviosa.

Vera levantó los ojos inmediatamente.

—¿Me estás analizando?

—Es solo una observación.

Ella sonrió un poco.

—Tú cocinas cuando estás preocupado.

Gabriel apoyó el codo sobre la mesa, mirándola.

Touché .

Luego, Vera probó finalmente la comida y abrió un poco los ojos.

—Mmm… este pollo está muy bueno —señaló el plato—. Empiezo a sospechar que eres perfecto —acabó bromeando.

—No exageres —rio él.

—Eres atractivo, cocinas, rescatas gente y además hueles bien. Entenderás que esto genere desconfianza… eres demasiado perfecto. —Él soltó aire lentamente por la nariz y Vera volvió a sonreír al verlo—. Oh, mira qué mona… la mini sonrisa otra vez.

Gabriel negó con la cabeza mientras empezaba a cenar y, durante unos minutos, simplemente permanecieron allí, cenando, hablando y discutiendo tonterías sobre comida, bodas y sobre el hecho de que Vera considerara aceptable ponerle nombre a un cactus.

Se respiraba una especie de normalidad rara e improvisada que no debería existir entre un GEO agotado y una wedding planner que había sufrido un secuestro recientemente.

Pero ahí estaban igualmente y, en ese momento, Gabriel empezó a darse cuenta de algo que no le gustaría reconocer en voz alta: ya no estaba protegiéndola solo porque fuese su trabajo. Y eso… eso sí era un problema de verdad, mucho más que cualquier narcotraficante al acecho.