Manual de supervivencia para un GEO 14
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Cuando Vera terminó la última llamada del día, Gabriel ya llevaba casi cuarenta minutos observando la calle desde distintos puntos de la oficina.

Los dos agentes enviados por Medina permanecían discretamente en el exterior, fingiendo revisar sus móviles cerca de la cafetería de enfrente, pero Gabriel seguía sin quitarse de encima la sensación incómoda que le había dejado aquel hombre observando el edificio.

Vera apareció finalmente cerrando una carpeta.

—Vale, sobrevivimos.

Gabriel levantó la vista hacia ella y otra vez le ocurrió lo mismo.

El cerebro le decía: problema, testigo, persona en riesgo…

pero el resto de él seguía fijándose en su sonrisa cansada, en cómo se recogía el pelo distraídamente y la forma en que seguía intentando hacer reír a todo el mundo incluso después del secuestro.

—¿Nos vamos? —preguntó ella, acercándose con el bolso colgado del hombro.

Gabriel asintió inmediatamente.

—Sí.

Alicia levantó la cabeza desde su mesa.

—¿Vais a volver aquí mañana?

Gabriel respondió antes que Vera.

—Depende.

Alicia mostró asombro.

—Madre mía, vivir así tiene que ser agotador.

Vera señaló a Gabriel.

—Créeme, él piensa exactamente lo mismo sobre mí.

Gabriel la miró lentamente.

—Porque es verdad.

Alicia soltó una carcajada.

—Estáis casados energéticamente.

—¡No! —respondieron ambos a la vez.

Alicia sonrió todavía más.

—Peor, estáis coordinados.

Gabriel abrió la puerta de la oficina directamente antes de seguir alimentando aquella conversación.

—Nos vamos —sentenció él.

Vera cogió rápidamente el portátil, siguiéndolo hacia la calle y, en cuanto salieron, Gabriel volvió automáticamente al modo alerta.

Miradas rápidas, escaparates, vehículos, movimiento… todo normal.

Vera caminaba a su lado intentando seguirle el ritmo.

—Tus compañeros de trabajo probablemente sean más relajados que tú —dijo acelerada.

—No.

—Sí. Tú vigilas hasta las papeleras.

Gabriel siguió observando alrededor.

—Es mi trabajo.

Ella resopló ligeramente.

—No puedes vivir permanentemente en modo operativo.

Él se detuvo un segundo, girándose hacia ella.

—Y tú no puedes actuar como si no hubiese peligro.

Ahí estaba otra vez, la tensión.

Odiaba sentirse vigilada constantemente y Gabriel empezaba a obsesionarse con mantenerla segura.

Ella bajó un poco la voz.

—No estoy actuando.

—Sí lo haces.

—Solo intento seguir con mi vida.

Gabriel sostuvo su mirada unos segundos.

—Tu vida cambió cuando entraste en aquella nave.

Vera apartó ligeramente la vista porque, en el fondo, sabía que tenía razón… y eso la frustraba muchísimo.

Siguieron caminando hasta el vehículo mientras los dos agentes continuaban vigilando discretamente la zona.

Llegaron hasta el vehículo y Gabriel abrió la puerta para que Vera entrara primero.

Justo cuando ella iba a subir, apareció un vehículo oscuro al otro lado de la calle, con el motor encendido y dos hombres dentro mirándolos.

El cuerpo entero de Gabriel se tensó automáticamente.

—Vera, entra ahora.

Ella levantó inmediatamente la cabeza al escuchar el tono.

—¿Qué pasa?

—Al vehículo —ordenó.

La forma en que lo dijo hizo que obedeciera sin discutir por primera vez desde que la conocía.

Gabriel cerró la puerta rápidamente mientras uno de los hombres del vehículo parecía darse cuenta de que había sido detectado.

El vehículo arrancó inmediatamente, demasiado rápido.

Mierda.

Uno de los agentes habló por el comunicador.

—Robles.

—Lo veo —respondió.

Gabriel ya estaba rodeando el vehículo para subir y Vera lo observaba desde dentro con el corazón acelerándose otra vez porque acababa de ver algo nuevo en él.

No el hombre paciente que soportaba sus monólogos, ni el policía serio o el tipo atractivo que le preparaba café.

Esto era otra cosa, un hombre peligroso y tenso, preparado para actuar en cualquier momento.

Gabriel arrancó el vehículo inmediatamente, siguiendo visualmente al vehículo oscuro mientras hablaba por el auricular.

—Posible vigilancia confirmada. Dos individuos. Sedán negro dirección Goya.

Miró brevemente a Vera con la mandíbula tensa y la mirada fría.

—Te dije que no iba a separarme de ti —pronunció al ver a Vera toda tensionada sobre el asiento del copiloto.

Arrancó el vehículo y avanzó rápidamente, incorporándose al tráfico de Madrid mientras el sedán negro desaparecía varios vehículos por delante.

Gabriel mantenía una mano firme sobre el volante y la otra cerca del comunicador, completamente concentrado.

Vera lo observaba en silencio desde el asiento del copiloto y, sinceramente, aquello daba un poco de miedo. Era la primera vez que lo veía así fuera de la nave: frío, preciso y totalmente distinto.

—Carlos, coge Gran Vía y cortad la salida si giran al norte —ordenó Gabriel por el auricular.

La respuesta llegó casi de inmediato.

—Recibido.

Vera tragó saliva, observando por el retrovisor.

—¿Nos estan siguiendo otros? —Gabriel no respondió enseguida—. ¡Gabriel!

Él apretó ligeramente la mandíbula.

—No lo sé todavía.

—Eso significa otra vez que sí lo sabes.

Gabriel exhaló lentamente por la nariz.

—Significa que no me gusta cómo estaban mirando los de ese vehículo y hay que asegurarse de que son los únicos.

Ella se abrazó un poco más al bolso intentando no parecer nerviosa, aunque fracasó estrepitosamente en el intento.

El miedo volvía de nuevo y esta vez ya no había oficina llena de flores ni conversaciones absurdas para distraerse. Ahora solo estaba el vehículo, Gabriel y la sensación horrible de que alguien realmente podía estar buscándola.

—¿Crees que eran ellos?

Gabriel adelantó un vehículo sin apartar la vista de la carretera.

—Podría ser casualidad.

—No te lo crees ni tú.

Realmente no se lo creía, así que guardó silencio.

El sedán negro giró entonces bruscamente por una calle lateral y Gabriel maldijo por lo bajini. Vera giró rápidamente la cabeza viendo cómo desaparecía entre el tráfico.

—¿Los has perdido?

—Sí.

Aquello claramente le molestó muchísimo, se notaba en la tensión en su mandíbula y en la forma de sujetar el volante.

Vera lo observó unos segundos y, de golpe, entendió algo importante: Gabriel llevaba desde la noche anterior viviendo en alerta constante por ella, por protegerla y, probablemente, ni siquiera había descansado de verdad.

La culpa apareció inesperadamente.

—Lo siento.

Él apartó un segundo la vista hacia ella.

—¿Por qué?

—Porque esto te está complicando la vida muchísimo.

Gabriel volvió a mirar al frente.

—Ya estaba complicada cuando entraste en un almacén de narcotraficantes buscando vino.

Eso le arrancó una breve risa nerviosa.

—Vale… cuando lo dices así parece que tomo muy malas decisiones.

—Porque las tomas.

Ella sonrió un poco más.

—Gracias por no perder la calma conmigo.

Gabriel soltó una exhalación cargada de ironía.

—Vera, llevo perdiéndola mentalmente desde que te conocí.

Ella terminó riéndose de verdad y esa risa espontánea hizo que algo dentro de Gabriel se relajara un poco, pero muy poco, dado que seguía vigilando cada vehículo cercano, cada reflejo y cada motocicleta que se acercaba demasiado.

—¿Adónde vamos? —preguntó ella finalmente.

—A casa.

La palabra salió automática y natural, y ambos parecieron darse cuenta inmediatamente de algo incómodo: Gabriel acababa de llamar “casa” al lugar donde ahora estaba ella también.

Vera giró lentamente la cabeza hacia él y asintió.

El vehículo continuó avanzando entre el tráfico de Madrid mientras el silencio se instalaba unos segundos dentro del habitáculo.

Vera seguía procesando todo lo ocurrido y Gabriel continuaba atento absolutamente a todo lo que los rodeaba.

Ella terminó apoyando la cabeza un momento contra el asiento, observándolo de reojo.

—Tengo una duda.

Gabriel seguía mirando la carretera.

—Eso nunca trae nada bueno.

—¿Todos los GEO sois así de intensos o es algo personal tuyo?

Él soltó aire lentamente por la nariz.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras preparado para iniciar una persecución internacional mientras conduces.

—Es entrenamiento.

—Vuestro entrenamiento da bastante miedo.

Gabriel giró por una avenida más tranquila sin bajar aún la guardia.

—Tú te metiste sola en una nave industrial… eso también da bastante miedo.

Ella levantó una mano inmediatamente.

—En mi defensa, iba buscando vino.

—Eso no mejora nada.

—Un poco sí.

Él negó lentamente con la cabeza y Vera lo observó unos segundos más. Incluso serio y completamente concentrado seguía siendo insultantemente atractivo, lo cual resultaba bastante injusto considerando el nivel de estrés que le estaba provocando.

—¿Sabes qué es lo peor de todo esto? —Gabriel arqueó ligeramente una ceja—. Que ahora Alicia cree que vivimos una historia romántica de acción.

—Alicia necesita más hobbies .

—No, sinceramente empieza a convencerme la idea.

Gabriel la miró un segundo y pestañeó varias veces.

—Vera…

Ella sonrió apenas un poco.

—¿Qué? Me has rescatado dos veces en menos de veinticuatro horas.

—La segunda solo te metí en un vehículo.

—Con una voz grave...

¿Vera se escuchaba cuando hablaba?

Antes de que Gabriel pudiera responder, el comunicador sonó de nuevo.

—Robles —La voz de Carlos llegó nítida por el auricular—, informa.

—Seguimiento negativo. Hemos revisado varias calles. Parece limpio. —Gabriel no relajó el gesto del todo—. ¿Tenéis matrículas?

—Estamos comprobándolo, pero de momento nada vinculado.

Gabriel observó el retrovisor una vez más antes de responder.

—Recibido. Nosotros nos dirigimos al apartamento.

Vera levantó ligeramente la cabeza al escucharlo decir aquello, hacía dos días que conocía a Gabriel y ahora aquel hombre estaba literalmente llevándola “a casa”.

Carlos volvió a hablar.

—Mantennos informados.

—Lo haré.

Gabriel cortó la comunicación y el silencio volvió unos segundos más hasta que Vera decidió que ya tenía suficiente.

—Tus compañeros hablan como si estuvieseis en una película.

—Es comunicación operativa normal.

—Bueno, pues suena muy sexy y preocupante a la vez.

Gabriel resopló un poco.

—Para ti todo acaba sonando sexy.

Ella lo señaló inmediatamente.