13
La oficina de Vera parecía exactamente lo contrario al mundo de Gabriel: colorida, luminosa, llena de flores frescas, carpetas color pastel y fotografías de bodas repartidas por las paredes.
Había muestras de telas sobre una mesa, catálogos abiertos, ordenadores encendidos y música suave sonando de fondo y, en medio de todo aquello, apareció Gabriel vestido completamente de negro, serio y enorme, mirándolo todo como si esperara encontrar explosivos detrás de un ramo de rosas.
Vera caminaba delante de él con un café en una mano y el bolso colgado del hombro.
—Necesito avisarte de varias cosas… —Gabriel observó automáticamente las salidas, los ventanales y el movimiento exterior.
—Dime.
—Alicia es incapaz de mantener información privada durante más de siete minutos.
—Perfecto.
—Y probablemente piense que somos pareja.
Gabriel la miró directamente.
—No somos pareja.
—Sí, pero tú me has rescatado y ahora vivimos juntos. Entenderás que esto no ayuda. —Él decidió ignorar completamente ese comentario—. Además, eres muy alto y muy serio. Eso siempre genera rumores.
Gabriel enarcó una ceja. Estaba claro que Vera hablaba sin pensar, no tenía ningún tipo de filtro y decía lo primero que se le pasaba por la cabeza.
Vera abrió la puerta principal de la oficina y, automáticamente, una voz gritó desde dentro.
—¡Madre de Dios!
Alicia apareció corriendo desde el fondo de la oficina y se quedó completamente quieta al ver a Gabriel, luego miró a Vera con expresión de absoluto colapso.
—No puede ser.
Vera dejó el café sobre una mesa.
—Buenos días a ti también.
Alicia señaló directamente a Gabriel.
—¡Es más guapo de lo que me habías dicho!
Gabriel parpadeó lentamente mientras daba un sorbo a su café. Desde luego, aquellas mujeres no tenían filtro y parecían cortadas por el mismo patrón.
Vera sonrió inocentemente.
—Te dije que era muy callado. Y alto.
Alicia seguía mirando alternativamente a ambos.
—¿Habéis dormido juntos?
Gabriel casi se atragantó con el café que acababa de probar.
—¡Alicia! —exclamó Vera.
—¡¿Qué?! ¡Vives en su casa!
Varias mujeres al fondo de la oficina levantaron automáticamente la cabeza, interesadas.
Gabriel ya quería irse de allí.
Vera se acercó rápidamente a Alicia, bajando la voz.
—No empieces.
—No puedo no empezar. Apareces aquí después de ser secuestrada con un GEO de dos metros de alto escoltándote.
Gabriel cerró lentamente los ojos un segundo.
Dios santo. ¿Aquellas mujeres se escuchaban? ¿Eran conscientes de que él estaba ahí delante?
Alicia le tendió entonces la mano con entusiasmo exagerado.
—Alicia Torres. Mejor amiga, apoyo psicológico principal y futura víctima de estrés por culpa de Vera.
Gabriel estrechó su mano brevemente.
—Gabriel.
—Ya sé quién eres —rio tontamente.
Vera intervino rápidamente.
—Vale. Todo el mundo a trabajar antes de que Alicia escriba el guion de una telenovela entera.
Pero ya era tarde. Todas las personas de la oficina estaban mirando disimuladamente hacia Gabriel, el cual destacaba muchísimo allí dentro.
Mientras Vera empezaba a revisar carpetas y a hablar con proveedores por teléfono, Gabriel permanecía cerca de la entrada observando el lugar, controlando accesos y ventanas, así como el movimiento exterior; aunque parte de su atención seguía desviándose involuntariamente hacia Vera.
En cuanto había empezado a trabajar, su actitud había cambiado por completo.
Se movía rápido entre las mesas, resolvía problemas, contestaba llamadas, organizaba horarios y calmaba a una novia histérica al mismo tiempo que daba instrucciones a un proveedor.
Todo sin dejar de hablar. Era impresionante.
—No, Jéssica, escúchame —decía mientras caminaba de un lado a otro con el móvil pegado al oído—. Nadie va a recordar las servilletas. La gente recuerda si hay alcohol y si el novio llora. Todo lo demás es secundario. La boda saldrá a pedir de boca, no te agobies.
Gabriel observó cómo la chica al otro lado de la llamada se calmaba y aquello le sorprendió más de lo esperado. Vera parecía caos constante, pero trabajando era otra cosa: rápida, eficiente y brillante.
Alicia apareció entonces al lado de Gabriel con dos cafés.
—Da un poco de miedo verla trabajar, ¿eh?
Él siguió observando a Vera.
—Tiene todo controlado.
Alicia sonrió lentamente.
—Sí, aunque ella crea que solo habla mucho.
Gabriel no respondió porque, sinceramente, empezaba a darse cuenta de que quizá Vera hablaba tanto porque era incapaz de quedarse quieta viendo cómo el mundo se desordenaba. Había algo muy bonito en eso, y también muy peligroso, porque él empezaba a mirarla más de la cuenta.
—Gabriel —dijo Alicia bajando un poco la voz—. Gracias por salvarla ayer.
Él apartó finalmente la vista de Vera.
—Solo hice mi trabajo.
Alicia sonrió.
—Claro. Y yo soy astronauta —bromeó.
Antes de que él pudiera responder, Vera apareció otra vez frente a ellos.
—Vale, problema importante —pronunció estresada.
Gabriel automáticamente se tensó un poco.
—¿Qué pasa?
—La novia quiere cambiar el seating plan completo a tres días de la boda y, sinceramente, creo que eso debería ser delito.
Gabriel se quedó mirándola unos segundos y luego suspiró. Durante un instante había pensado que era otro tipo de problema.
—¿Y eso es habitual? —preguntó Gabriel apoyado contra una de las mesas mientras Vera seguía revisando papeles.
Ella levantó la vista inmediatamente.
—¿Qué cosa? ¿El caos? Sí, constantemente.
Alicia señaló una carpeta enorme.
—La semana pasada una novia canceló un violinista porque “transmitía energía de infidelidad”.
Gabriel parpadeó lentamente.
—No sé qué significa eso.
—Nadie lo sabe —respondió Vera—. Pero lloró muchísimo al decirlo.
Alicia empezó a reírse mientras volvía hacia su mesa.
—Te dejo a solas con ella. Necesito imprimir cosas antes de que alguien decida cambiar flores otra vez.
Gabriel se quedó observando cómo Vera seguía moviéndose por la oficina. Empezaba a entender por qué aquella mujer siempre vivía hablando rápido y su cerebro parecía ir a diez mil revoluciones por segundo.
—Vale —dijo ella de repente, mirando una tableta—. Tengo reunión con una pareja en unos minutos.
Gabriel levantó una ceja.
—¿Aquí?
—Sí.
—¿Y qué hago yo?
Ella levantó la vista lentamente y entonces sonrió.
—Podrías fingir que eres mi guardaespaldas sexy.
Gabriel la miró completamente serio.
—No voy a fingir eso.
—Bueno, técnicamente ni siquiera fingirías —bromeó ella.
Él abrió la boca para responder, pero la cerró otra vez, pues no creía que existiese una respuesta segura a eso.
Vera sonrió todavía más.
—Ay, cómo me gusta ponerte incómodo —bromeó.
Gabriel negó lentamente con la cabeza y entonces la puerta de la oficina volvió a abrirse.
Entró una pareja joven claramente nerviosa y Vera cambió inmediatamente otra vez: sonrisa cálida, postura relajada y calma instantánea.
—¡Hola! Pasad, por favor.
Gabriel observó cómo los hacía sentir cómodos en menos de diez segundos.
Impresionante.
La novia empezó a hablar de forma atropellada.
—Perdona por llamar tantas veces ayer, es que mi madre insiste con las mesas y…
—No te preocupes —respondió Vera, sonriendo—. Vamos a solucionarlo todo.
Lo decía de una forma tan segura que hasta Gabriel sintió ganas de creerla. La pareja tomó asiento y, entonces, el novio vio a Gabriel.
—Eh… ¿interrumpimos algo?
Vera miró automáticamente hacia Gabriel y luego volvió su atención a la pareja.
—No, tranquilo. Él solo vigila que nadie me secuestre otra vez —bromeó.
Gabriel cerró los ojos lentamente y la novia puso cara de sorprendida.
—¿Qué?
—¡Vera! —susurró Alicia desde el fondo.
—¿Qué? Ya se enterarán por Instagram en algún momento. La novia de ayer ya ha hecho referencias y me ha posteado.
Gabriel empezó a sospechar que iba a desarrollar hipertensión conviviendo con aquella mujer.
El novio seguía mirando alternativamente a ambos.
—Espera… ¿secuestrarte?
Vera señaló rápidamente a Gabriel.
—Pero él me rescató, así que el balance general de la experiencia fue bastante bueno.
La novia ahora parecía mirar a Gabriel como si hubiese salido directamente de una película.
—Madre mía —susurró la novia, poniéndose roja como un tomate.
Gabriel quería desaparecer con todas sus fuerzas, pero Vera ni siquiera parecía darse cuenta.
—Vale, ignorad la parte criminal y centrémonos en vuestra boda antes de que me vuelvan a prohibir hablar del tema.
La reunión continuó y Gabriel permaneció cerca, observando, escuchando, viendo cómo Vera calmaba nervios, organizaba ideas, resolvía problemas, hacía bromas y convertía el caos en algo más sencillo de manejar.
Poco a poco, Gabriel empezó a entender algo peligroso: ella no hablaba solo por hablar. Vera llenaba los silencios porque hacía sentir mejor a la gente, porque calmaba y distraía, porque cuidaba y arropaba con su actitud.
Hasta que, en mitad de la reunión, Gabriel vio movimiento al otro lado del ventanal de la oficina: un hombre detenido frente al edificio, observando hacia dentro.
La sonrisa desapareció lentamente de su cara y el instinto profesional volvió de golpe.
Dejó de escuchar la conversación sobre centros de mesa y toda su atención pasó automáticamente al exterior.
El hombre estaba al otro lado de la calle, detenido junto a una farola, mirando hacia el interior de la oficina.
Vestía ropa oscura, gorra y tenía las manos en los bolsillos, pero lo que llamó su atención fue la forma de mirar.
No parecía alguien esperando, ni alguien distraído, parecía estar observando con atención.
El cuerpo entero de Gabriel se tensó y se puso más alerta.
La novia seguía hablando con nerviosismo, sin darse cuenta de nada.
—… y mi madre dice que quizá el blanco roto transmite frialdad…
Vera seguía tomando notas.
—Tu madre necesita vacaciones, Vanessa.
Gabriel ya ni siquiera sonrió.
El hombre seguía ahí fuera, inspeccionando.
Alicia fue la primera en notar el cambio.
—¿Gabriel?
Él no apartó la vista del exterior.
—¿Ese hombre os resulta familiar? —preguntó él directamente.
Las tres mujeres miraron hacia el ventanal.