12
Gabriel se despertó exactamente a las seis y media de la mañana por costumbre y años de rutina, entrenamientos, operativos y horarios imposibles que habían convertido su cuerpo en una especie de despertador militar incapaz de dormir hasta tarde.
Durante unos segundos permaneció tumbado mirando al techo en el más absoluto silencio. Entonces, lo recordó todo.
Vera estaba en su casa.
Mierda.
Se incorporó lentamente, pasándose una mano por el pelo antes de escuchar algo desde el otro lado del piso.
Una voz hablando rápido.
Gabriel cerró los ojos un segundo.
Claro, ¿cómo había llegado a pensar que aquella mujer dormiría hasta tarde después de un secuestro?
Salió de la habitación ya vestido mientras seguía escuchando la voz de Vera desde la cocina.
—No, Alicia, escúchame, técnicamente sí me secuestraron, pero no como en una serie de Netflix…
Gabriel apareció finalmente en el salón. Ahí estaba ella, moviéndose por su cocina como si llevase viviendo allí semanas.
Llevaba unos pantalones cortos deportivos, una camiseta rosa amplia que había sacado de su propia maleta, el pelo recogido deprisa en un moño desordenado y sujetaba una taza enorme entre las manos mientras hablaba por teléfono y abría armarios al mismo tiempo.
—Además, el GEO no me dejó morir, así que todo bastante bien dentro del caos.
Gabriel se quedó apoyado en el marco de la cocina, observándola. Vera levantó inmediatamente la vista.
—Ah, justo aparece el GEO. —Alicia debió de decir algo porque Vera puso los ojos en blanco—. No, Alicia, no es sexy que atraviesen puertas armados. —Miró a Gabriel de arriba abajo—. Bueno… un poco sí.
Gabriel apretó los labios intentando no reaccionar, era demasiado temprano para aquello.
—Luego te llamo —dijo finalmente Vera antes de colgar.
Y entonces sonrió, estaba demasiado despierta para ser las seis y media de la mañana.
—Buenos días.
Gabriel miró la cafetera funcionando.
—¿Cuánto llevas despierta?
—Desde hace una hora.
Claro, cómo no.
—¿Por qué? Has dormido solo… mmm… ¿media hora?
—He dormido en casa de un GEO después de un secuestro. Mi cerebro ha decidido abandonar completamente la idea del descanso.
Se acercó a la cocina y entonces se dio cuenta de que había reorganizado ligeramente las cosas alrededor de la cafetera. Eran pequeñísimos detalles, pero Gabriel lo notó al instante.
Vera siguió hablando mientras le servía café sin preguntarle siquiera.
—No encontraba las tazas y tuve que abrir como catorce armarios. Tienes demasiados armarios iguales.
Gabriel cogió la taza que ella le ofrecía.
—Gracias.
—De nada.
Vera respiró hondo.
—Vale. Tenemos que hablar.
Gabriel ya sospechaba que aquello tampoco iba a gustarle.
—¿Sobre qué?
—Sobre el trabajo.
Él bebió café tranquilamente.
—No.
—Gabriel.
—No.
—Ni siquiera he terminado la frase —se quejó.
—No hace falta.
Vera dejó la taza sobre la encimera, acercándose un poco más.
—Tengo reuniones importantes hoy.
—Te secuestraron ayer. —Ella negó con la cabeza como si no estuviese de acuerdo con aquello y Gabriel la miró completamente serio—. Vera…
Ella suspiró.
—No puedo desaparecer. Tengo bodas esta semana, clientes, proveedores, una novia que sepa Dios cómo terminó su boda ayer…
Él dejó la taza sobre la encimera.
—Voy a hablar primero con Medina.
Vera levantó ligeramente la cabeza.
—¿Eso significa que existe una posibilidad?
Gabriel se pasó una mano por la mandíbula.
—Existe la posibilidad de que te deje trabajar bajo ciertas condiciones.
Ella se quedó completamente quieta, esperando, aunque sinceramente parecía un cachorro hiperactivo intentando no moverse.
Gabriel sacó el móvil.
—No te emociones todavía.
—Ya me estoy emocionando —sonrió.
Él negó lentamente con la cabeza antes de llamar a Medina.
La conversación fue breve, muy breve.
Gabriel escuchó, respondió un par de veces, miró de reojo a Vera que prácticamente parecía contener la respiración y, finalmente, colgó.
Vera lo miró fijamente.
—¿Y?
Gabriel dejó el móvil sobre la encimera.
—Puedes ir.
Ella se mostró muy entusiasmada.
—¡Gracias a Dios! —Automáticamente empezó a moverse otra vez por la cocina demasiado rápido—. Vale, necesito maquillarme, ropa decente, portátil…
—Pero…
Vera se detuvo.
—Odio ese “pero”.
Gabriel la señaló directamente.
—No vas sola a ninguna parte.
—Eso ya lo suponía.
—Voy contigo.
Ella parpadeó.
—¿Tú no trabajas hoy?
Gabriel sostuvo su mirada unos segundos antes de responder.
—Tú eres mi trabajo hoy.
Vera lo miró durante unos segundos demasiado largos, luego sonrió despacio, muy despacio.
—Bueno… vale… —sonrió mostrándole los dientes.
Gabriel cogió otra vez la taza de café. Necesitaba cafeína, muchísima cafeína… porque no eran ni las siete de la mañana y aquella mujer ya estaba poniendo su vida completamente patas arriba.
Vera desapareció corriendo hacia la habitación de invitados mientras seguía hablando desde el pasillo.
Gabriel bebió su café lentamente, apoyado contra la encimera.
Aquella mujer llevaba despierta poco más de una hora y ya había revolucionado completamente la energía de su casa. Lo peor era que el silencio empezaba a parecerle raro cuando ella callaba más de treinta segundos seguidos.
Eso no podía ser bueno, nada bueno.
—¡Gabriel!
Él levantó la vista hacia el pasillo otra vez.
—¿Qué?
—Una pregunta.
—Temo muchísimo tus preguntas.
Ella apareció desde el pasillo sujetando dos blazers distintos.
Vera levantó ambos.
—¿Rosa o blanco?
Gabriel parpadeó lentamente.
—¿Me estás preguntando sobre ropa?
—Va, da igual, déjalo…
Gabriel observó ambos blazers dos segundos.
—El blanco.
Ella abrió mucho los ojos.
—¡Lo sabía! ¡Muchas gracias! Tienes buen gusto —exclamó mientras corría de nuevo hacia la habitación.
Gabriel negó lentamente con la cabeza mientras se terminaba el café. Aquello era completamente surrealista.
Diez horas antes, aquella mujer era simplemente la cita agotadora que le había organizado su madre y, ahora, vivía temporalmente en su casa. Los narcotraficantes podían estar buscándola y él iba a acompañarla a organizar bodas. Menuda se le venía encima.
Escuchó movimiento por el pasillo mientras Vera seguía hablando sola.
—Vale, maquillaje rápido, pendientes, portátil, Manolito se queda aquí…
Gabriel se quedó mirando al suelo un segundo. Todavía no podía creer que hubiese aceptado convivir con una mujer que le había puesto nombre a un cactus.
Vera reapareció pocos minutos después y Gabriel levantó automáticamente la vista.
Claramente no estaba preparado para verla así.
Llevaba un pantalón beige ajustado, deportivas blancas y el blazer blanco sobre una camiseta sencilla. El pelo le caía ahora suelto sobre los hombros en ondas desordenadas y seguía teniendo esa cara de haber dormido poco que, de alguna manera, solo conseguía hacerla todavía más bonita.
Ella giró ligeramente sobre sí misma.
—¿Parezco una persona funcional o una rehén recién liberada? —bromeó.
Gabriel tardó un segundo más de la cuenta en responder, aunque apartó la vista cogiendo las llaves de la encimera.
—Pareces normal. —Ella sonrió lentamente—. Nos vamos.
Ella agarró el portátil y el bolso, siguiéndolo hacia el ascensor y sonriendo todavía para sí misma.
El despacho estaba en silencio absoluto, salvo por el suave sonido del hielo chocando dentro del vaso de whisky que sostenía entre los dedos.
Vestía un traje oscuro, un reloj caro y esa calma que solo tienen los hombres realmente peligrosos: los que no alzan la voz.
La puerta se abrió detrás de él.
—Señor…
El hombre no se giró.
—Habla.
El recién llegado avanzó despacio dentro del despacho, visiblemente nervioso.
—La policía intervino antes de terminar la carga.
Hubo un silencio y, aun así, no se giró.
—¿Hubo detenidos?
—Cuatro.
El hombre dio un sorbo al whisky .
—¿Y la mercancía?
—Parte confiscada y parte pudo salir antes de la entrada.
Eso tampoco pareció alterarlo demasiado. Seguía observando Madrid, impasible.
—¿Y la mujer que entró en la nave?
Ahí sí hubo una pausa más larga.
—La rescataron los GEO.
El hombre cerró lentamente los ojos un segundo, suficiente para tensar todavía más el ambiente dentro del despacho.
—¿La identificaron?
—Sí.
Ahora sí se giró y el otro hombre bajó ligeramente la mirada de forma automática.
Aquella calma daba muchísimo más miedo que los gritos.
—Explícate.
—Los chicos cogieron su bolso antes de la intervención. Tenemos nombre completo, empresa, teléfono…
El hombre dejó el vaso sobre la mesa lentamente.
—¿Y aun así la dejasteis salir de allí?
El informante tragó saliva.
—No esperábamos la entrada tan rápido.
El hombre caminó despacio alrededor de la mesa del despacho.
—La chica me vio.
—Sí, señor.
—Me escuchó hablar.
—Probablemente.
Eso bastó, porque Vera ya no era una simple civil equivocándose de almacén. Ahora era un riesgo.
El hombre apoyó ambas manos sobre la mesa, observando las fotografías repartidas sobre la misma: rutas, nombres, documentos y movimientos policiales. Todo perfectamente organizado y controlado, hasta que una wedding planner parlanchina apareció buscando cajas de vino.
Era absolutamente ridículo si uno lo pensaba detenidamente.
—¿Qué sabemos de ella?
El informante sacó una carpeta rápidamente.
—Se llama Vera Ríos, tiene veintiséis años, es organizadora de eventos y vive sola en Chamberí.
El hombre abrió la carpeta lentamente.
Ahí estaba todo: fotografías, redes sociales, eventos, sonrisas constantes… demasiado visible y demasiado fácil de encontrar.
—¿Tiene familia?
—Sus padres viven en Valencia, tiene una hermana en Sevilla y una compañera de trabajo llamada Alicia Torres.
El jefe pasó otra página: nombres de los últimos clientes, locales, rutinas… una vida normal. Pero la peor clase de problema. Porque la gente normal hablaba demasiado cuando tenía miedo… y aquella chica tenía exactamente la cara de alguien incapaz de guardar silencio.
Cerró finalmente la carpeta.
—Encontradla.
El subordinado levantó ligeramente la vista.
—La policía probablemente la estará protegiendo.
Una sonrisa malévola apareció en los labios del jefe.
—Todo el mundo baja la guardia tarde o temprano.
El despacho volvió a quedar en silencio, frío, elegante y peligroso, y mientras la lluvia seguía cayendo sobre Madrid, Vera acababa de convertirse oficialmente en un objetivo.
El hombre volvió a mirar la fotografía de Vera unos segundos más. En ella, aparecía sonriendo abiertamente, completamente ajena al mundo en el que acababa de entrar por error.
Aquella clase de personas siempre creía que el peligro pertenecía a las noticias, a otros barrios, a otras vidas… hasta que este llamaba a su puerta.
Dejó finalmente la carpeta sobre la mesa con absoluta calma.
—Quiero saber dónde está, con quién habla y quién la protege.
—Sí, señor.
—Y cuando la encontréis…
El informante permaneció completamente quieto, esperando órdenes.
El jefe apoyó lentamente una mano sobre el respaldo de la silla, observando nuevamente la lluvia al otro lado del ventanal.
Madrid seguía respirando con normalidad: gente entrando en cafeterías, parejas volviendo a casa y vehículos atravesando avenidas iluminadas.
Nadie imaginaba lo fácil que era desaparecer.
—Que entiendan lo que pasa cuando alguien se convierte en un problema para mí.
La frase cayó suave, sin necesidad de elevar la voz ni de verbalizar amenazas explícitas.
El subordinado asintió inmediatamente.
—Nos encargaremos.
El jefe volvió a coger el vaso de whisky con tranquilidad y paciencia. Sabía perfectamente algo que la policía olvidaba constantemente: no podían proteger a alguien cada segundo del día y, tarde o temprano, Vera Ríos cometería un error.