11 #2
—Mañana hablaré con investigación. Si consideran que puedes salir, te llevaré yo al trabajo.
Vera parpadeó.
—¿Tú?
—Sí.
—¿En plan… escolta?
—En plan protección.
Luego Vera empezó a sonreír lentamente.
Gabriel lo vio venir demasiado tarde.
—Esto va a ser divertidísimo.
Él ya empezaba a arrepentirse otra vez.
—No tiene nada de divertido.
—Tú no entiendes el nivel de caos que hay en mi trabajo.
—Te recuerdo que he entrado armado en pisos con rehenes.
—Sí, pero mis novias son peores —comentó ella.
Gabriel decidió ignorar completamente aquello por salud mental y suspiró.
—Si sales, no vas a ir sola a ninguna parte.
Ella se incorporó ligeramente en el taburete.
—¿Y qué harás exactamente? ¿Sentarte en una boda vigilando centros de mesa?
—Haré mi trabajo.
—Eso significa literalmente nada. Los GEO siempre respondéis así.
—Porque no necesitas saber detalles.
—Claro que necesito detalles. ¿Vas a vigilar proveedores? ¿Interrogar floristas? ¿Analizar visualmente jamones?
Gabriel se pasó una mano por la barbilla, intentando mantener la paciencia.
—Vigilaré que no te pase nada.
Y ahí estaba otra vez, esa frase directa y sencilla.
Vera volvió a quedarse callada un segundo.
—Bueno… sinceramente, me sería bastante útil tenerte cerca en algunas bodas.
Él enarcó una ceja.
—Sorpréndeme… ¿por qué?
—La gente deja de discutir cuando apareces mirando serio.
Gabriel apoyó ambas manos sobre la encimera.
—¿La gente discute mucho en las bodas?
Ella lo miró horrorizada.
—Una vez una madrina intentó pegar a un DJ con una sandalia.
Gabriel la escudriñó con la mirada.
—¿Qué?
—No quiso poner a Luis Miguel.
Él tardó dos segundos en procesarlo.
—¿Y eso es normal? —preguntó, extrañado.
—Él ni siquiera entra en mi top diez.
Gabriel negó lentamente con la cabeza. Definitivamente, el trabajo de Vera era otra clase de operativo táctico.
Ella parecía mucho más despierta otra vez, hablando sobre bodas, lo que no auguraba nada bueno para el descanso nocturno de Gabriel.
—Además, imagínate la cara de Alicia cuando aparezcas conmigo mañana.
—No quiero imaginarlo.
—Va a pensar que somos una especie de pareja rarísima de película de acción.
—No somos una pareja. —Suspiró y se pasó la mano por los ojos—. Necesitas dormir.
—¿Eso es una indirecta elegante para que me calle?
—Es una súplica. Yo también necesito descansar.
Vera rio por primera vez de verdad desde lo de la nave. Una risa más suave y más cansada.
Gabriel se quedó observando aquella sonrisa y se descubrió pensando que era más bonita de lo que esperaba. Observó el reloj sobre la cocina y soltó aire lentamente. Las cinco menos cuarto de la madrugada.
Llevaba despierto desde primera hora del día anterior, había participado en un operativo antidroga, rescatado a una rehén accidental, descubierto que dicha rehén era la mujer más habladora de Madrid y ahora, además, convivían juntos.
Su vida se había descontrolado por completo en menos de doce horas.
—Tenemos que dormir.
Ella entornó un poco los ojos, mirando alrededor.
—Ah, sí.
Gabriel asintió hacia el pasillo.
—La habitación de invitados tiene baño dentro. Hay toallas limpias en el armario.
—Claro que hay toallas perfectamente dobladas en el armario —bromeó ella.
Él decidió fingir que no había escuchado eso.
Vera se levantó lentamente del taburete y avanzó hacia el pasillo. El peso del cansancio se notaba en sus hombros caídos y en sus movimientos ralentizados.
—Gracias por no dejarme sola esta noche —dijo finalmente.
Gabriel sostuvo su mirada un instante.
—Claro, puedes estar tranquila.
Ella tragó saliva antes de asentir y, durante un segundo, pareció que iba a decir algo más, pero en lugar de eso simplemente señaló hacia el pasillo.
—Vale… entonces… supongo que oficialmente ya somos compañeros de piso.
Gabriel negó lentamente con la cabeza.
—Buenas noches, Vera.
Ella sonrió un poco cansada. A Gabriel le pareció bonita, muy bonita.
—Buenas noches, Gabriel.
Vera desapareció finalmente por el pasillo cargando el cactus como si fuera una mascota.
Gabriel se quedó completamente quieto en mitad de la cocina mientras escuchaba cómo cerraba la puerta de la habitación de invitados.
Silencio, por fin y, aun así, el piso seguía sintiéndose distinto: más lleno y más vivo y, cómo no, muchísimo menos tranquilo.
Gabriel se pasó una mano por la cara antes de dirigirse a su dormitorio.
Entró, cerró la puerta tras de sí y dejó finalmente el arma, el reloj y el móvil sobre la cómoda.
Después se quedó quieto en mitad de la habitación oscura, pensando en Vera, el secuestro, la nave, ella temblando bajo aquella manta térmica, y en la forma en que lo había mirado cuando le dijo que no iba a dejarla sola.
Mala idea. Todo aquello era una malísima idea.
Él adoraba el orden, el silencio, la rutina… y acababa de meter en su casa a una mujer que era literalmente lo contrario a todo eso.
Una cotorra preciosa con tendencia a meterse accidentalmente en operaciones antidroga.
Gabriel se dejó caer finalmente sobre la cama, mirando al techo de la habitación.
—¡Gabriel!
Él cerró los ojos lentamente. Aquello no podía estar ocurriéndole.
—¿Qué?
—¿Tienes alguna otra almohada? ¡Esta no me gusta!
Gabriel se quedó mirando al techo unos segundos más, luego suspiró.
—En el armario de tu habitación —respondió.
—Gracias.
Sinceramente, aquello iba a ser mucho más duro que cualquier operativo GEO.