Manual de supervivencia para un GEO 11
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El trayecto hasta el piso de Gabriel transcurrió entre calles cada vez más silenciosas y una Vera claramente incapaz de permanecer callada, aunque el sueño empezaba a notársele en la voz.

Madrid de madrugada tenía algo extraño, menos ruido y vehículos, así como las luces cálidas reflejándose sobre el asfalto mojado.

Gabriel conducía tranquilo mientras Vera observaba por la ventanilla abrazada a la bolsa donde llevaba el cactus.

—No puedo creer que esta mañana estuviera discutiendo con una novia sobre centros de mesa y ahora vaya escoltada por los GEO con una planta en brazos.

Gabriel siguió conduciendo.

—Técnicamente el cactus no necesita escolta.

—Tú no conoces a Manolito.

Él ni siquiera respondió, llevaba dos horas aceptando cosas absurdas como normales.

Cuando finalmente entraron en una calle más tranquila del barrio de Las Tablas, Vera empezó a mirar alrededor: edificios elegantes, portales iluminados, todo limpio, demasiado limpio.

—Aquí vive gente que separa los calcetines por colores.

Entraron en un parquin subterráneo donde Gabriel aparcó y, finalmente, apagó el motor.

—¿Qué?

—Claro, obviamente vives aquí.

—No sé qué significa eso.

—Significa que este edificio exige silencio al entrar.

Gabriel agarró nuevamente una de las maletas y caminaron hacia la puerta. Todo estaba impecable: suelo de mármol, luces cálidas y plantas perfectamente colocadas.

Vera miraba alrededor como si acabara de entrar en un hotel caro.

—Aquí no puede vivir nadie normal.

Gabriel abrió la puerta del ascensor.

—Sube.

Ella entró todavía abrazando al cactus mientras los otros agentes dejaban las maletas dentro. En cuanto las puertas se cerraron, Vera volvió a hablar.

—Necesito prepararme psicológicamente antes de entrar a tu casa.

Gabriel pulsó el botón del ático.

—No dramatices.

—Eres GEO, vistes todo de negro y tu edificio parece el sitio donde asesinan gente en series de Netflix. Claro que voy a dramatizar.

Uno de los agentes directamente bajó la cabeza y le dio la espalda.

El ascensor se abrió pocos segundos después.

Gabriel salió primero y Vera lo siguió por un pasillo silencioso hasta una puerta oscura al final del mismo.

Él abrió y Vera se quedó quieta en cuanto entró.

Aquello era exactamente lo que esperaba.

El piso era amplio, moderno y absurdamente ordenado, con tonos oscuros, madera, líneas rectas y nada fuera de lugar. Ni una manta mal doblada, ni revistas, ni cojines ridículos.

Todo parecía perfectamente colocado.

Vera avanzó lentamente mirando alrededor mientras Gabriel dejaba la maleta junto al sofá.

El ático tenía grandes ventanales, una cocina abierta impecable y un salón enorme donde probablemente jamás había existido una discusión ni una migaja en el suelo.

—No puede ser.

Gabriel dejó las llaves sobre una encimera.

—¿Qué pasa ahora?

Ella giró lentamente sobre sí misma.

—Tu casa parece un catálogo de muebles para hombres que hacen deporte y tienen traumas.

Los dos agentes permanecieron al lado de Gabriel y lo miraron de reojo mientras este cerraba los ojos un segundo.

—Gracias.

—Huele bien.

—¿Eso también es un problema?

Gabriel empezó a quitarse finalmente el chaleco y el arma reglamentaria mientras los otros agentes dejaban las últimas cosas cerca de la entrada.

Vera lo observó de reojo. Incluso agotado, despeinado y después de una operación antidroga, seguía siendo atractivo, lo cual resultaba bastante irritante.

—Bueno —dijo ella dejando por fin el cactus sobre una mesa auxiliar—. Ya que aparentemente voy a vivir aquí escondida de narcotraficantes… necesito saber dónde duermo.

Gabriel señaló el pasillo.

—En la habitación de invitados, segunda puerta.

—¿Tienes habitación de invitados?

Él la miró lentamente.

—Vera…

—¿Qué?

—Son las cuatro de la madrugada.

Ella se sorprendió al caer en la cuenta de qué hora era.

—Madre de Dios.

Ahora sí parecía cansada de verdad.

Gabriel lo notó enseguida: la forma en que sus gestos empezaban a ser más aletargados, cómo ya no hablaba tan rápido y cómo se abrazaba a sí misma.

El miedo y el cansancio finalmente empezaban a ganar terreno.

Gabriel señaló discretamente el pasillo otra vez.

—Ve a descansar.

Vera lo observó unos segundos y esta vez no bromeó.

—Gracias… por ir a buscarme.

Lo dijo en voz baja y cargada de sinceridad.

Gabriel sostuvo su mirada un instante.

—No iba a dejarte allí.

Ella asintió, cogió una de las maletas y comenzó a arrastrarla hacia la habitación que él le había indicado.

Los dos agentes dejaron las últimas maletas junto al pasillo mientras Gabriel terminaba de cerrar la puerta principal.

—Todo tranquilo por aquí fuera —informó uno de ellos—. Cualquier cosa, nos llamas.

Gabriel asintió.

—Perfecto.

El otro agente miró brevemente a Vera que seguía observando el salón mientras arrastraba la maleta por el pasillo.

—Ha sido un placer conocerte.

Vera levantó la vista rápidamente.

—Siento haber desquiciado a vuestros narcotraficantes —bromeó.

El agente sonrió.

—Créeme, mañana seguirán hablando de ti.

—Eso no sé si me halaga o me preocupa.

El primero se giró entonces hacia Gabriel con una expresión divertida.

—Buena suerte, Robles.

Gabriel lo miró lentamente.

—Largo de aquí.

Ambos agentes se rieron antes de salir al rellano y, en cuanto la puerta se cerró tras ellos, se hizo el silencio en el piso. Un silencio auténtico.

El piso quedó completamente tranquilo. Solo el ruido lejano de Madrid entrando amortiguado por los ventanales rompía mínimamente aquella quietud. En ese momento, tanto Gabriel como Vera parecieron darse cuenta al mismo tiempo de una cosa: ahora estaban solos.

Vera se aclaró ligeramente la garganta mientras dejaba la maleta frente a su puerta.

—Bueno…

Gabriel, que acababa de cerrar con llave, dejó las llaves de su piso sobre la encimera.

—Bueno…

Hubo otro silencio extraño e incómodo.

Vera miró alrededor otra vez.

—Tu casa hace eco.

—Quizá porque nadie grita aquí normalmente.

Ella entornó los ojos.

—Eso ha sido un ataque personal.

Gabriel se quitó por fin el reloj, dejándolo sobre una mesa.

—Ha sido una observación objetiva.

Vera abrió la boca para responder algo seguramente larguísimo, pero se detuvo en seco.

—¿Dónde está el baño?

Él señaló el pasillo.

—Primera puerta a la derecha.

—Perfecto.

Vera caminó hacia allí todavía mirando alrededor y desapareció finalmente por el pasillo. Él escuchó cómo abría una puerta.

—¡Gabriel!

Él cerró los ojos un segundo.

—¿Qué?

—¡Esto no es el baño! ¡Parece un gimnasio clandestino!

—Es el cuarto de entrenamiento.

—¡Claro, tienes un cuarto de entrenamiento!

Gabriel se pasó una mano por la cara.

Dios santo.

—La puerta de al lado…

—¡Ah! Vale.

Hubo un silencio otra vez.

—¿Por qué tienes tantas toallas perfectamente dobladas? ¿Las alineas en formación militar?

Gabriel miró fijamente al techo.

Aquello acababa de empezar y ya echaba de menos el operativo antidroga.

Gabriel seguía apoyado contra la encimera de la cocina cuando Vera volvió finalmente del baño. Llevaba el pelo recogido torpemente hacia arriba, se había puesto una sudadera y tenía cara de agotamiento, pero seguía hablando, por supuesto.

—Tus productos del cuarto de baño tienen nombres intimidantes.

Él arqueó una ceja.

—¿Qué?

—Tu champú pone “fuerza extrema”. ¿Qué significa eso? ¿El pelo hace flexiones o qué?

Gabriel soltó aire lentamente.

—Es champú normal.

—No. En el mío pone “brillo suave de coco”. Tú tienes productos de combate.

Ella caminó descalza hasta la cocina mientras seguía observando todo el piso y Gabriel se dio cuenta de algo peligrosísimo: Vera ya estaba actuando como si llevase allí más de un día.

Malísima señal.

—¿Tienes agua?

Él señaló la nevera.

—Sírvete.

Vera abrió inmediatamente la puerta y se quedó pasmada unos segundos.

—Madre mía.

Gabriel ya sospechaba que aquello tampoco le iba a gustar.

—¿Qué pasa ahora?

Ella se giró lentamente.

—¿Tu nevera está a dieta o qué?

Él miró dentro: agua, huevos, pollo, verdura, bebidas isotónicas…

—Es comida.

—Tienes siete táperes exactamente iguales alineados por tamaño.

—Porque están ordenados.

Ella lo miró de la cabeza a los pies.

—Das miedo.

Cogió una botella de agua antes de sentarse finalmente en uno de los taburetes de la cocina y ahí, por primera vez en toda la noche, se quedó un poco más callada.

Gabriel lo notó enseguida, la adrenalina iba de bajada por fin.

Ahora parecía simplemente agotada, despeinada y demasiado pequeña dentro de aquella sudadera enorme.

Él abrió un armario y sacó otra botella de agua para sí mismo.

—¿Quieres comer algo?

Vera levantó lentamente la vista.

—¿Tienes algo que no parezca diseñado para un operativo militar?

—No.

Ella suspiró dramáticamente y agachó la cabeza.

—Voy a morir aquí —sollozó.

Gabriel apoyó el codo sobre la encimera, mirándola.

—No vas a morir.

—Sigo teniendo la sensación de que esto no parece real —susurró ella.

Él no respondió enseguida.

—Me lo imagino.

Hubo un silencio de nuevo, mucho más natural esta vez.

—Mañana tengo trabajo —comentó Vera.

—No.

Vera frunció el ceño.

—¿Cómo que no?

—No vas a ir a trabajar mañana. Trabaja desde aquí, tienes el ordenador.

Ella sonrió, incrédula.

—Gabriel, organizo bodas. No puedo desaparecer de repente del mundo.

—Precisamente ahora mismo desaparecer es bastante buena idea.

—Tengo reuniones.

—No.

—Tengo clientes.

—No.

—Tengo una novia que probablemente sigue llorando porque alguien se bañó en una fuente.

Gabriel seguía mirándola completamente serio.

—Vera…

—¿Qué?

—Te han secuestrado hace unas horas, ¿recuerdas?

—Vale, sí, dicho así suena bastante feo.

—Porque lo es.

Vera dejó la botella sobre la encimera, suspirando.

—No puedo parar mi vida porque unos narcotraficantes me odien personalmente.

Gabriel apretó ligeramente la mandíbula.

—No es personal.

—Uno de ellos quiso ponerme cinta aislante. Eso se siente bastante personal.

¿Qué le pasaba a Vera con el narcotraficante de la cinta aislante? Él se pasó una mano por la cara. Aquella mujer iba a volverlo loco, completamente loco… y lo peor era que una parte pequeña y peligrosa de él empezaba a acostumbrarse a su ruido constante.