10
La agente que acompañaba a Vera acababa de traerle otro vaso de agua cuando Gabriel apareció por el pasillo. Solo con verle la cara, Vera supo que algo no le iba a gustar.
—Necesitamos irnos.
Vera levantó la vista enseguida.
—¿Ya?
Gabriel asintió.
—Vas a recoger algunas cosas a tu piso y luego vendrás conmigo.
Vera parpadeó lentamente.
—¿Perdón?
La agente disimuló descaradamente que estaba escuchando y Gabriel se cruzó de brazos.
—Hasta que se valore el riesgo real, no puedes quedarte sola.
—Suena fatal cuando lo dices así.
—Es lo que hay —respondió rápidamente.
Ella dejó el vaso sobre la mesa, incorporándose poco a poco.
—Espera. ¿Cómo que no puedo quedarme sola? ¿Cuánto tiempo?
—No lo sabemos todavía.
—Ah, perfecto. Me encanta cuando las respuestas generan más ansiedad.
Gabriel ya empezaba a notar dolor de cabeza otra vez y ni siquiera habían llegado a la parte complicada.
—Vera…
Ella levantó inmediatamente las manos.
—No, no, no. Un momento. ¿Qué significa exactamente “vendrás conmigo”?
Gabriel sostuvo su mirada unos segundos, ya claramente resignado con la vida.
—Vas a quedarte temporalmente en mi piso.
La agente giró lentamente la cabeza, intentando no parecer demasiado interesada, y Vera abrió muchísimo los ojos.
—¿Qué?
—Es temporal.
—¡Gabriel, hemos tenido una cita y un secuestro! ¡Eso no es suficiente para irnos a convivir!
La agente tuvo que bajar la mirada, claramente aguantándose la risa.
Gabriel apretó la mandíbula.
—Créeme, tampoco es mi plan ideal.
—¿Y el piso secreto policial? ¿No decís que tenéis uno de esos?
—Sí.
—Pues perfecto. Me metéis allí.
—Has dicho que no querías ir.
—Bueno… no quería ir hace diez minutos.
Gabriel arqueó una ceja.
—¿Y ahora?
Vera miró alrededor de la comisaría, recordando lo sucedido en la nave industrial, y suspiró.
—Ahora quiero la opción con menos probabilidades de asesinato.
Gabriel asintió una vez.
—Por eso vienes conmigo.
Dios, la frase sonó muchísimo más intensa de lo que debería y ella se puso más nerviosa, aunque no solo por lo del secuestro.
—Vale… espera… ¿voy a vivir contigo?
—Temporalmente.
—¿Cuánto es temporalmente? —preguntó, cruzándose de brazos.
—Vera… —dijo, pasándose la mano por los ojos, totalmente agotado.
—Necesito datos. Soy organizadora de eventos, mi cerebro funciona con horarios.
Gabriel se pasó una mano por la cara.
Aquello iba a matarlo.
—Pasamos por tu piso, recoges ropa, cosas básicas y nos vamos.
—¿Cosas básicas? Gabriel, las mujeres no funcionamos con “cosas básicas”. Necesito productos, maquillaje y cargadores. Y seguramente un psicólogo que me dé apoyo emocional.
—El psicólogo no cabe en una maleta.
—Pues debería.
Gabriel volvió a hablar antes de que Vera iniciara otro monólogo infinito.
—Dos agentes nos acompañarán al piso. Recoges lo imprescindible y nos vamos.
Ella seguía mirándolo, completamente incrédula.
—No puedo creer que vaya a vivir en casa de un GEO.
—Yo tampoco puedo creerlo.
Ella entornó los ojos.
—¿Eso era una indirecta?
Gabriel suspiró lentamente.
—Es… agotamiento.
—Ah. —Ella se acercó—. Justo como después de nuestra cita. Curioso.
Él cerró los ojos un segundo.
Dios santo, la agente ya estaba disfrutando demasiado y sin disimulo de aquello.
—Voy a necesitar muchísimo café para sobrevivirte —murmuró Gabriel más para él que para ella.
Vera levantó una ceja inmediatamente.
—Bueno, tú también eres bastante intenso cuando atraviesas puertas con armas, ¿eh?
Touché .
Gabriel decidió rendirse momentáneamente a la evidencia.
—¿Podemos irnos ya? —señaló hacia la puerta.
Ella agarró el bolso rápidamente mientras seguía hablando.
—Vale. Pero necesito dejar una cosa clara.
Gabriel ya temía esa frase.
—¿Qué cosa?
—Quiero una habitación para mí, nada de compartir habitación.
—Tenlo por seguro.
La agente directamente soltó una risa y Gabriel, mientras caminaba hacia la salida de la comisaría acompañado por la mujer más agotadora de Madrid, pensó exactamente una cosa: aquello iba a ser un desastre absoluto.
El piso de Vera era exactamente como Gabriel había imaginado y al mismo tiempo muchísimo peor. Tenía demasiado color.
Nada más entrar al apartamento situado en una calle tranquila de Chamberí, Gabriel tuvo la sensación inmediata de que medio Ikea y media floristería se encontraban dentro del piso.
Había velas, cojines, mantas suaves, libros abiertos, flores secas en jarrones, revistas de bodas apiladas, fotografías, tazas repartidas por media casa y una cantidad alarmante de objetos decorativos que él no entendía para qué servían.
Todo olía ligeramente a vainilla y Gabriel empezaba a sospechar que aquel piso tenía más personalidad que muchas personas que conocía.
—Vale, no juzgues mi piso —dijo Vera entrando rápidamente detrás de él mientras encendía las luces—. He tenido una boda, un secuestro y una crisis emocional en menos de ocho horas.
Gabriel observó una manta abandonada sobre el sofá.
—¿Esto es el caos reducido o el normal?
—Esto es bastante digno, la verdad.
Gabriel avanzó despacio, observando cerraduras, ventanas, accesos y visibilidad exterior… rutina profesional, aunque resultaba difícil mantener concentración táctica cuando Vera seguía moviéndose por el piso hablando sin respirar.
—Vale, necesito una maleta, cargadores y ropa. —Abrió un armario del salón—. ¿Crees que debería llevarme zapatillas? Si voy a convivir contigo necesito comodidad para los pies.
Gabriel arqueó una ceja. ¿Eso tenía sentido? Empezó a arrepentirse otra vez de todas sus decisiones vitales.
—Solo lo imprescindible.
—Para una mujer lo imprescindible son unas ochocientas cosas.
Él la observó desaparecer por el pasillo hacia el dormitorio mientras uno de los agentes seguía revisando discretamente el apartamento.
Todo parecía normal, sin señales de entradas forzadas y sin movimiento extraño.
Gabriel terminó acercándose lentamente a una estantería del salón y ahí vio las fotografías. Vera sonriendo en bodas, con amigas, en la playa, en una terraza de verano con gafas de sol enormes y el pelo alborotado por el viento.
En todas parecía exactamente igual: luminosa, expresiva e imposible de ignorar. Muy guapa, demasiado guapa.
Gabriel cogió una de las fotografías unos segundos.
Era Vera en una boda, riéndose mientras sostenía una copa de champán. Llevaba un vestido azul oscuro y esa expresión feliz tan propia de ella, como si el mundo entero no fuera más que una conversación divertida a punto de empezar.
Si no hablase tanto… La idea apareció sola, natural, aunque la apartó inmediatamente de su cabeza.
Ni de coña, aquella mujer era agotadora.
—¡Gabriel!
Él dejó la fotografía rápidamente sobre la estantería justo cuando Vera reaparecía desde el dormitorio con una maleta abierta y seguía hablando.
—¿Un pijama o dos?
Gabriel cerró los ojos un segundo.
—Uno, tengo lavadora.
—Vale, eso es bastante razonable. —Ella lanzó ambos igualmente dentro de la maleta—. Aunque, sinceramente, esperaba un poco más de implicación personal por parte de mi protector oficial.
Gabriel chasqueó la lengua.
—No soy tu protector oficial.
Ella rio.
—Has atravesado una puerta armado para rescatarme y ahora te encargas de mi protección, luego sí eres mi protector —sentenció ella.
Él apretó la mandíbula porque lo peor era que técnicamente ella tenía razón.
Vera volvió a desaparecer en el dormitorio.
—¡No mires mis cajones! ¡Todavía no tenemos suficiente confianza para eso!
Gabriel entornó los ojos.
Uno de los agentes lo miró con auténtica compasión.
—Te compadezco muchísimo, Robles.
Gabriel observó el pasillo por donde Vera seguía hablando sola mientras hacía la maleta.
—Gracias.
Sinceramente, iba a necesitar muchísimo más que compasión para sobrevivir a aquello.
—¡¿Necesito el secador?! —gritó Vera desde el dormitorio.
Gabriel seguía de pie en el salón, con los brazos cruzados.
—Si sobreviviste a un secuestro, sobrevivirás a un mal peinado.
—Eso es facilísimo de decir para alguien con el pelo corto. Vale, me lo llevo.
Uno de los agentes soltó una risa por lo bajini mientras revisaba nuevamente la terraza.
Gabriel empezaba a sospechar que todo el mundo estaba disfrutando demasiado con su sufrimiento.
—Solo vamos a estar unos días —respondió finalmente.
Vera volvió a aparecer arrastrando la maleta medio abierta. Parecía haber intentado vaciar media casa dentro.
—¿Por qué llevas tres neceseres? —preguntó Gabriel, sorprendido.
Ella lo miró como si acabara de hacer la pregunta más absurda del planeta.
—Porque soy una mujer.
—Eso no explica nada.
—Claro que lo explica. —Abrió uno de ellos, señalándolo—. Cabello. —Luego otro—. Maquillaje. —Finalmente abrió el tercero—. Emergencias emocionales.
Gabriel la observó en silencio.
—No quiero saber qué significa eso.
— Snacks , ibuprofeno y mascarillas faciales —contestó ella.
Gabriel ya empezaba a desarrollar un tic en el ojo.
Vera siguió metiendo cosas dentro de la maleta mientras hablaba y hablaba sin parar.
—Vale, necesito el portátil, tengo reuniones mañana. Bueno… hoy, técnicamente. Dios mío, Claudia. —Se quedó quieta de golpe—. La boda. —Gabriel vio cómo la ansiedad volvía a reflejarse en su rostro—. No puedo desaparecer así. Tengo clientes. Tengo eventos esta semana. Tengo…
—Vera. —Gabriel mantuvo el tono tranquilo—. Mañana podrás organizar todo eso.
—¿Y si me buscan?
Ahí estaba otra vez el miedo real debajo del caos verbal.
Gabriel dio un paso hacia ella.
—No vas a estar sola.
Vera lo observó unos segundos y aquello la calmó más de lo que quería admitir. Gabriel podía parecer frío, serio, imposible de leer, pero cuando hablaba así, sonaba seguro, y después de aquella noche necesitaba desesperadamente esa sensación.
La tensión duró aproximadamente cuatro segundos antes de que Vera volviera a abrir la boca.
—Necesito decirte algo importante sobre convivir conmigo.
Gabriel se preparó mentalmente. A ver con qué le salía ahora.
—¿Qué?
—Ronco un poco cuando estoy congestionada.
Él cerró los ojos lentamente.
Uno de los agentes directamente abandonó la cocina para no reírse delante de ellos.
Gabriel se pasó una mano por la cara mientras Vera seguía moviéndose por todo el piso.
—¿Tu casa tiene cafetera buena?
—Tengo una cafetera normal.
—Perfecto, porque si voy a vivir escondida de narcotraficantes, necesito al menos cafeína digna. ¿Me llevo la mía?
—No.
Él negó lentamente con la cabeza, observándola volver al dormitorio, y otra vez tuvo esa sensación extraña.
Vera era agotadora, una cotorra incapaz de permanecer callada, pero el piso entero parecía lleno de ella: las fotografías, las flores, las velas, la ropa tirada sobre una silla, las agendas abiertas con notas de colores…
vida, muchísima vida. Su piso, comparado con aquello, probablemente parecía una sala de interrogatorios elegante.
La idea le resultó incómoda.
—¡Gabriel!
Él levantó la vista hacia el pasillo otra vez.
—¿Qué?
Vera apareció sujetando un pequeño cactus.
—¿Crees que pueda llevarme esto?
Gabriel miró el cactus y luego a Vera.
—¿Por qué querrías llevarte un cactus?
Ella lo sostuvo contra el pecho como si estuviera unida a él.
—Porque se llama Manolito y no pienso abandonarlo aquí.
Hubo un silencio.
Gabriel cerró los ojos un segundo.
—¿Le has puesto nombre a un cactus?
—Claro. Lleva vivo dos años. Esto ya es una relación seria.
Él volvió a mirarla lentamente.
—Vera, estamos hablando de una planta.
—Es un superviviente.
—Es literalmente un cactus.
Ella entornó los ojos.
—Me lo voy a llevar —sentenció ella. Él resopló.
Gabriel decidió no responder porque, sinceramente, no existía entrenamiento táctico capaz de prepararlo para aquella conversación.
Vera acabó dejando el cactus cuidadosamente dentro de una bolsa de tela mientras seguía hablando sola.
—Vale. Portátil, cargadores, ropa, productos faciales, Manolito…
Miró alrededor del piso y entonces el cansancio volvió a golpearla un poco.
Todo aquello estaba quedando atrás de forma demasiado brusca. Su casa, su rutina, sus cosas… la normalidad.
Gabriel la observó en silencio unos segundos y notó enseguida el momento exacto donde la energía nerviosa de Vera bajaba ligeramente y aparecía el miedo otra vez.
Ella miró el salón.
—¿Crees que podrán entrar aquí?
Gabriel respondió inmediatamente.
—No.
Vera levantó la vista hacia él.
—¿Lo dices de verdad o en plan tranquilizador?
Él sostuvo su mirada unos segundos.
—Lo digo de verdad.
Ella tragó saliva lentamente y asintió. Otra vez, cuando Gabriel hablaba así, resultaba muy fácil creerle.
—Vale. Aunque si alguien toca mis velas aromáticas voy a denunciar a todo el crimen organizado.
Uno de los agentes reapareció desde la puerta principal.
—Robles, todo limpio.
Gabriel asintió automáticamente.
—Nos vamos.
Vera miró alrededor una última vez antes de agarrar la correa del bolso y la bolsa del cactus.
Gabriel se acercó entonces a la maleta más grande antes de que ella pudiera cogerla.
—Ya la llevo yo.
Ella levantó la vista inmediatamente.
—Puedo cargarla sola.
—Ya lo sé.
Pero igualmente agarró la maleta y uno de los otros agentes cogió la segunda.
Vera los observó unos segundos mientras salían hacia el pasillo y aquella sensación rara volvió otra vez. Después de la peor noche de su vida, Gabriel seguía allí, serio, callado, agotado mentalmente por su mera existencia, pero sin apartarse de su lado ni un momento.
Ella cerró la puerta del piso lentamente y mientras caminaban hacia el ascensor acompañados por los agentes, pensó algo que no tenía ningún sentido, considerando las circunstancias: probablemente se sentía más segura caminando junto a Gabriel que en cualquier otro lugar de Madrid.