Manual de supervivencia para un GEO 9 #2
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Gabriel observaba cómo la ansiedad volvía a disparársele claramente. Respiración rápida, movimientos nerviosos, hablar aún más deprisa… empezaba a preocuparse de verdad.

—Vera…

Ella se giró inmediatamente hacia él.

—¿Qué hago si saben quién soy? Porque tenían mi bolso. ¡Mi DNI estaba ahí! ¡Y las tarjetas de la empresa! ¡Y además todo el mundo me encuentra en Instagram porque las novias me etiquetan constantemente y…!

—Vera… —intentó calmarla y dio un paso hacia ella—. Respira…

Ella intentó hacerlo, pero fracasó en el intento.

—¡Y dale con que respire! —acabó ella de los nervios. Él puso su espalda recta—. No puedo respirar tranquila si hay narcotraficantes buscándome, Gabriel.

Y ahí estaba otra vez el miedo real.

Gabriel bajó ligeramente el tono.

—Ahora mismo no sabemos si van a intentar acercarse a ti.

—Eso tampoco me tranquiliza lo más mínimo —se quejó ella.

—Lo importante es que hasta aclarar el riesgo necesitamos tomar ciertas precauciones —dijo Morales.

Vera se quedó completamente quieta.

—¿Qué clase de precauciones?

Nadie respondió enseguida. Gabriel supo lo que venía después. La mirada de reojo de su superior se lo confirmó. Y preferiría enfrentarse otra vez a la nave llena de narcotraficantes.

La puerta de la sala se cerró suavemente detrás de Vera.

Gabriel siguió a Medina por el pasillo en silencio mientras varios agentes continuaban trabajando. Papeles, llamadas, teclados, movimiento constante, pero él apenas prestaba atención porque ya sabía perfectamente de qué iba aquella conversación.

Entraron en una sala más pequeña al fondo del pasillo, más sobria todavía y sin ventanas. Solo tenía una mesa, varias carpetas y una cafetera que probablemente llevaba demasiadas horas funcionando.

Medina cerró la puerta detrás de ellos y Gabriel se apoyó ligeramente contra la pared, cruzándose de brazos.

—No.

El inspector levantó una ceja.

—Ni siquiera he hablado todavía.

—No hace falta.

Medina inspiró mientras dejaba la carpeta sobre la mesa.

—La vio directamente. —Gabriel no respondió, pero lo sabía, sabía que ese era precisamente el problema—. Ella también lo vio a él —continuó—. Cara, voz y presencia dentro de la nave. Es demasiado.

Gabriel tensó ligeramente la mandíbula.

—¿Investigación qué dice?

—Que si el capo sospecha que puede reconocerlo, Vera pasa a ser un riesgo.

—Ahí estaba, exactamente lo que esperaba escuchar.

Medina abrió la carpeta mostrando varias fotografías de la operación—.

Además, tienen su bolso con su nombre completo, documentación, empresa… localizarla no sería nada complicado.

Gabriel miró las imágenes un segundo antes de apartar la vista.

Perfecto, absolutamente perfecto.

Medina continuó hablando con tono práctico.

—Hasta que determinemos si existe amenaza real, no puede quedarse sola.

—Llevadla a un piso protegido.

—No quiere, ya lo has visto.

Gabriel levantó la vista inmediatamente.

—¿Qué?

—Acaba de decirle a la agente que prefiere volver a la nave antes que “desaparecer en un piso secreto lleno de fluorescentes tristes”.

Gabriel cerró los ojos un segundo.

—Medina…

—Está nerviosa, Robles.

Eso era quedarse corto.

Gabriel se pasó una mano por la mandíbula lentamente. Una parte de él entendía perfectamente el miedo de Vera, pero otra parte mucho más importante seguía pensando: “ni de coña”.

Medina lo observó varios segundos.

—Confía más en ti.

Gabriel soltó una risa incrédula.

—No creo que Vera confíe en nadie. Creo que simplemente habla hasta que el resto de personas se rinden.

Eso hizo que Medina sonriera.

—Aun así, contigo está más tranquila.

Gabriel miró directamente al inspector.

—Has escuchado cómo habla, ¿verdad?

—Todos hemos escuchado cómo habla —se burló Medina.

—Cuarenta minutos en un vehículo y ya estoy reconsiderando mi estabilidad mental.

—Es temporal —acabó diciendo.

—Es lo mismo que decís cuando empiezan las operaciones largas y luego acabamos tres semanas bebiendo café y con ansiedad.

Medina ignoró el comentario.

—Necesita protección hasta aclarar el nivel de riesgo.

—Que la lleve otro —dijo con tono serio.

—No.

Gabriel resopló bajando la mirada un segundo. Sabía perfectamente lo que venía ahora: la orden. Y preferiría entrar otra vez armado en aquella nave antes que convivir con Vera en su piso silencioso y perfectamente organizado.

Ella era exactamente lo contrario a todo lo que mantenía su paz mental intacta. Ruido, movimiento, caos... alguien emocionalmente inestable después de un secuestro.

Medina cruzó los brazos.

—Es una orden, Robles.

Gabriel apoyó las manos sobre la mesa unos segundos, pensando, y entonces miró hacia la puerta entreabierta.

Desde allí alcanzaba a ver parcialmente el pasillo exterior y la salita donde se encontraba Vera, sentada en una silla con un vaso de agua entre las manos mientras hablaba muy nerviosa con una agente.

Incluso desde lejos seguía moviendo muchísimo las manos al hablar, pero ahora también parecía pequeña, agotada y asustada, y eso le provocó una sensación incómoda en el pecho.

Sabía reconocer perfectamente cuándo alguien intentaba ocultar el miedo detrás del humor, y Vera llevaba haciéndolo toda la noche.

—La vio, Gabriel —Medina habló más despacio esta vez.

Eso bastó.

Él cerró los ojos un segundo antes de soltar aire lentamente.

Mierda.

—¿Cuánto tiempo?

—Hasta que tengamos claro el riesgo real.

Gabriel abrió los ojos, ya completamente resignado.

—Voy a arrepentirme muchísimo de esto.

Medina le dio una palmada en el hombro.

—Probablemente.

Y, sinceramente, Gabriel empezaba a sospechar que aquellas iban a ser las semanas más largas de toda su vida.