Manual de supervivencia para un GEO 9
35%

9

La comisaría seguía completamente activa pese a la hora que era. Policías entrando y saliendo, teléfonos sonando, pantallas encendidas, el murmullo constante de conversaciones y pasos llenando los pasillos iluminados por fluorescentes blancos.

Vera caminaba junto a Gabriel todavía envuelta en la manta térmica, sujetando el bolso contra el pecho mientras observaba todo a su alrededor.

Seguía procesando fatal lo acontecido esa noche y, además, empezaba a notar el cansancio golpeándole de repente.

—Hay demasiada gente despierta a estas horas —murmuró mientras atravesaban el pasillo principal—. Esto me parece poco sano.

Gabriel caminaba a su lado manteniendo el paso tranquilo.

—Es una comisaría.

—Ya, yo a estas horas normalmente estoy quitando horquillas del pelo a novias borrachas.

Eso arrancó una exhalación divertida de uno de los agentes que pasaba cerca. Gabriel ni siquiera reaccionó o, al menos, no externamente, porque internamente llevaba cuarenta minutos sobreviviendo al equivalente psicológico de un pódcast infinito.

La condujo hasta una sala más apartada al fondo del pasillo con cristales opacos, mesa metálica, sillas negras y cafetera en una esquina. Nada acogedor.

—Vale —dijo Vera entrando lentamente—. Esto parece el sitio donde en las series alguien confiesa los asesinatos.

—Solo tienes que declarar lo ocurrido.

—Ah, perfecto. Muchísimo menos intimidante entonces —ironizó.

Gabriel le apartó una silla.

—Siéntate.

Ella lo miró un segundo antes de obedecer. Que obedeciese sin protestar demostraba que estaba realmente nerviosa.

Gabriel se quedó de pie cerca de la puerta mientras Medina entraba junto a otro inspector de investigación con una carpeta en la mano.

El inspector Morales rondaba los cuarenta, tenía cara de dormir poco y expresión permanente de haber perdido la paciencia con la humanidad años atrás.

En cuanto Vera levantó la vista hacia ellos, se puso a hablar.

—Antes de empezar, quiero aclarar oficialmente que yo no sabía que aquella nave estaba llena de droga.

Morales tomó asiento lentamente.

—Lo imaginamos.

—Es que creo que he tomado varias malas decisiones hoy y no quiero añadir narcotráfico internacional a la lista.

Gabriel cerró los ojos un segundo.

Medina carraspeó disimulando algo peligrosamente parecido a una risa.

—Señorita Ríos —comenzó Morales, abriendo la carpeta—, necesitamos que nos explique exactamente lo ocurrido desde que salió de la boda.

Vera asintió rápidamente y empezó. ¡Y cómo empezó!

—Vale. Todo esto es culpa del vino.

Morales levantó lentamente la vista.

—¿Perdón?

—Había una boda. Bueno, hay una boda. Técnicamente la boda sigue existiendo ahora mismo, aunque desconozco el estado del novio porque uno de sus amigos terminó semidesnudo en una fuente y…

—Vera —intervino Gabriel con calma—, ve al grano.

Ella lo señaló.

—¿Ves? Esto también lo hace. Como si yo fuese un GPS defectuoso.

Morales observó alternativamente a ambos, intentando entender qué clase de dinámica extraña tenían.

—Señorita Ríos —repitió con paciencia—. La nave.

—Sí. Vale. Fui a buscar vino porque los invitados estaban bebiendo como marineros con depresión y el proveedor no contestaba al teléfono. Entonces, vi una nave abierta y pensé: “oh, probablemente aquí está el vino”. Resulta que no era vino, era droga.

Hubo un silencio y Morales tomó una nota lentamente.

Gabriel seguía de pie con los brazos cruzados, observándola, y cuanto más hablaba Vera, más evidente resultaba que el cansancio y la ansiedad estaban empezando a mezclarse peligrosamente.

—¿Cuántos individuos vio dentro? —preguntó Morales.

—Muchos.

—¿Cuántos exactamente?

Vera frunció ligeramente el ceño, pensando.

—No lo sé… cinco… seis… uno estaba agotado conmigo…

Gabriel se pasó una mano por la barbilla.

—¿Estaban armados?

—Sí. Muchísimo. Además, uno tenía cinta aislante y quiso ponérmela en la boca.

Morales anotó algo más.

—¿Escuchó nombres?

—No. Bueno… quizá sí. Había mucha gente hablando y no...

—Vera —dijo Gabriel. Ella levantó la vista—. Concéntrate.

El tono no fue duro, al contrario, fue demasiado tranquilo, y aquello la ayudó un poco.

Vera respiró más despacio esta vez.

—Vale… sí. Hablaron de cargamentos, de Valencia y de irse esta noche.

Morales levantó la vista rápidamente, eso sí era útil.

—¿Algo más?

Vera dudó un segundo.

—Luego salió otro hombre. El jefe, creo.

La sala quedó sumida en un silencio expectante.

Gabriel levantó la vista despacio y Medina dejó de escribir.

Morales apoyó lentamente el bolígrafo sobre la mesa.

Ahí estaba, el momento que lo cambiaba todo.

—¿Puede describirlo? —preguntó Morales con cierta urgencia en la voz.

El cambio de tono fue tan evidente que Vera lo notó al instante y eso hizo que algo incómodo comenzara a crecerle en el estómago.

Gabriel seguía completamente quieto al otro lado de la sala, demasiado quieto.

Vera tragó saliva antes de responder.

—Era alto, mucho. Bueno, no tanto como Gabriel, pero sí… alto. —Ella empezó a ponerse nerviosa otra vez—. Llevaba traje oscuro y el pelo negro peinado hacia atrás. Era muy serio, como… tranquilo, pero de una forma que da miedo.

Morales anotaba rápidamente.

—¿Edad aproximada?

—Treinta y muchos o… cuarenta. No sé. —Gabriel seguía observándola fijamente y Vera empezaba a notar claramente que algo iba mal—. Fue él quien dio la orden —añadió más despacio—. Dijo… “cogedla”.

Hubo silencio otra vez.

La mano de Morales se detuvo un segundo sobre la libreta. Vera lo vio y el miedo volvió de golpe. Ahora entendía algo horrible: aquellos hombres no habían sabido qué hacer con ella y eso significaba que probablemente nada bueno estaba planeado.

La respiración empezó a acelerársele otra vez.

—Pregunté qué iban a hacer conmigo… varias veces.

—Gabriel levantó ligeramente la cabeza. La voz de Vera ya no sonaba igual, ahora había miedo real bajo la superficie—.

Y no me respondían. —Se abrazó un poco más a la manta térmica mientras hablaba—.

Solo se miraban entre ellos o seguían trabajando.

Y eso era peor porque… porque si nadie quiere decirte qué va a pasarte, probablemente es porque no va a ser algo bueno, ¿no?

—La sala quedó completamente en silencio.

Vera bajó la vista hacia sus manos—. Y, entonces, empecé a pensar que quizá no iba a salir de allí.

Aquello golpeó diferente, incluso Morales relajó ligeramente la expresión.

Gabriel dio un paso hacia ella automáticamente.

—Eh. —Vera levantó la vista rápidamente hacia él—. Ya estás a salvo. —Su voz sonó tranquila y firme—. No pasó nada.

Ella asintió rápidamente, intentando controlar la respiración, pero los ojos se le habían empañado de lágrimas.

—Es que daba muchísimo miedo.

Gabriel sostuvo su mirada unos segundos y, sinceramente, verla así le produjo una sensación muy desagradable en el pecho. Vera podía ser agotadora, caótica, una cotorra incapaz de callarse, pero nadie debería verla con esa cara.

Morales carraspeó suavemente, retomando el interrogatorio.

—¿Escuchó cómo se dirigían a ese hombre?

Vera intentó concentrarse otra vez.

—No… creo que no. Todos parecían bastante tensos cuando salió.

—¿Lo vio tocar algo? ¿Hablar de mercancía? ¿Dar instrucciones?

Ella se secó rápidamente una lágrima antes de responder.

—Solo dijo que había visto demasiado y que me cogieran. Luego se fue por una puerta lateral.

Morales anotó otra vez mientras Medina observaba a Gabriel brevemente con esa mirada silenciosa de “tenemos un problema”.

Vera volvió a levantar la vista.

—¿Qué pasa? —Nadie respondió de inmediato y eso la puso todavía más nerviosa—. Vale, no me gusta nada esta cara que tenéis ahora mismo.

Gabriel apoyó una mano sobre el borde de la mesa.

—Sigue declarando —comentó como si nada.

—Gabriel.

—Vera.

—No, perdona, eso ha sonado súper policial y necesito aclarar cosas antes de seguir.

Morales soltó aire lentamente antes de continuar.

—¿Ese hombre la vio claramente?

Vera parpadeó.

—Sí… claro.

—¿Habló directamente delante de usted?

—Sí.

La tensión en la sala subió otro nivel y ahora Vera ya sabía definitivamente que aquello no era normal.

—¿Por qué parece que esto empeora cada vez que respondo? —preguntó lentamente.

Nadie respondió. Y eso fue todavía peor.

El silencio se alargó unos segundos más, pero fueron suficientes para que Vera comenzara a ponerse todavía más nerviosa.

—Vale —dijo mirando alternativamente a Morales, Medina y Gabriel—. Necesito que alguien me explique qué está pasando, porque, de verdad, esta noche ya he superado mi límite de experiencias traumáticas.

Morales cerró lentamente la carpeta. Mala señal, muy mala señal.

Gabriel seguía observándola en silencio desde el otro lado de la mesa.

Medina habló finalmente.

—El hombre que describes probablemente era uno de los objetivos principales de la investigación —indicó Medina finalmente.

Vera parpadeó.

—¿Objetivo principal en plan… importante?

—Muy importante.

Ah, mierda.

Vera se incorporó lentamente en la silla.

—Pero… vosotros lo habéis detenido, ¿no? —Hubo un silencio otra vez y ya empezaba a odiar muchísimo aquellos silencios—. ¿Lo habéis detenido? —repitió.

Morales negó con la cabeza.

—No estaba dentro cuando entramos.

El estómago de Vera se revolvió y ella empezó a negar lentamente con la cabeza.

—No, no, no… espera. Espera un momento. ¿Me estáis diciendo que el hombre peligroso que ordenó secuestrarme sigue suelto?

Gabriel habló esta vez.

—Vera…

—¡No, Gabriel, esta es una información importantísima! —Se levantó automáticamente de la silla, bastante alterada—. ¡Ese hombre me vio la cara! ¡Y yo vi la suya!

—Lo sabemos —contestó Gabriel.

—Y eso es malo, ¿verdad? —Silencio otra vez. Dios santo, odiaba aquella gente profesional que respondía con silencios dramáticos—. ¡Decid algo… joder!

Medina suspiró finalmente.

—Sí. Podría ser un problema.

—¿Podría? —Vera lo observó con detenimiento—. ¿Cómo que podría? ¡Claro que es un problema! ¡Literalmente me secuestraron! —Comenzó a caminar nerviosa por la pequeña sala—. Vale, genial. Fantástico. Increíble la gestión del vino esta noche.