Manual de supervivencia para un GEO 8 #2
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—Normal. —Luego bajó ligeramente la voz, mirando a Gabriel—. Necesitamos llevarla a declarar cuanto antes. —Gabriel entendió enseguida el tono—. Investigación quiere tomarle declaración completa esta noche. Ha estado dentro demasiado tiempo.

Gabriel miró brevemente hacia Vera.

Ella seguía hablando con un sanitario que probablemente ya estaba reconsiderando sus decisiones profesionales.

—¿Ha dicho algo útil? —preguntó el inspector.

—Todavía no.

—Varios detenidos confirman que el jefe estuvo dentro antes de salir. —Gabriel frunció ligeramente el ceño. Ahí estaba el problema real—. Si ella lo vio, tenemos un asunto serio.

Aquello cambiaba completamente la situación: ya no era solo una rehén accidental, podía convertirse en una testigo importante.

El inspector terminó de ajustarse la chaqueta.

—Llévala a comisaría.

Gabriel levantó la vista inmediatamente.

—¿Yo?

—Está alterada. Contigo se calma más.

Los dos miraron automáticamente hacia Vera, la cual estaba gesticulando muchísimo mientras explicaba algo sobre “la energía agresiva del hombre de la cinta aislante”.

Gabriel suspiró y Medina le dio una palmada breve en el hombro.

—Buena suerte, Robles.

Sinceramente, Gabriel empezaba a sospechar que iba a necesitarla.

Observó a Vera desde varios metros de distancia mientras ella seguía hablando con el sanitario. Seguía nerviosa, muchísimo, y gesticulaba con la manta térmica encima como si estuviera dando una conferencia improvisada sobre secuestros, drogas, vinos y traumas relacionados con la cinta aislante.

Y en breve tendría que meterla en un vehículo. A solas con él. Treinta minutos en un espacio cerrado. Sin escapatoria.

Gabriel cerró los ojos un segundo. Dios santo, aquello iba a destruirle el sistema nervioso.

Se imaginó mentalmente el trayecto: ella preguntando cosas, saltando de tema en tema, hiperventilando, hablando del operativo, de la boda, de las armas, de él siendo GEO.

Probablemente iba a necesitar terapia al llegar a comisaría, pero entonces Vera levantó la vista hacia la nave otra vez y esta vez Gabriel vio algo distinto: el miedo real.

Aunque intentara taparlo hablando, las manos seguían temblándole debajo de la manta, los ojos estaban demasiado abiertos y mantenía la respiración acelerada.

De golpe, toda la parte divertida desapareció un poco porque, sí, Vera le agotaba mentalmente, pero también acababa de vivir algo horrible y estaba completamente sola allí.

Gabriel soltó aire lentamente antes de caminar hacia ella.

Vera levantó la vista inmediatamente al verlo acercarse.

—¿Qué pasa ahora?

Gabriel se detuvo frente a ella.

—Tienes que venir conmigo.

Ella parpadeó.

—¿A dónde?

—A comisaría. Necesitamos que declares todo lo que ha pasado dentro.

—¿Ahora?

—Ahora.

Ella miró automáticamente hacia la carretera, como si pudiera ver la boda desde allí.

—Pero… tengo que volver a mi trabajo.

Gabriel ya esperaba esa respuesta.

—No.

—Hay cuarenta personas bebiendo sin supervisión.

—Vera…

—Y Alicia probablemente está al borde del colapso.

—No puedes volver a la boda esta noche.

Ella frunció el ceño inmediatamente.

—¿Por qué? —preguntó más mosqueada.

Gabriel dudó un segundo porque no quería asustarla más.

—Porque necesitamos hablar contigo primero.

Eso claramente no le bastó.

—¿Y después?

—Después ya veremos.

Vera cruzó los brazos debajo de la manta.

—Eso no me ha gustado nada.

Gabriel ignoró el comentario.

—Necesito que vengas conmigo.

Ella lo observó unos segundos antes de suspirar con resignación.

—Vale, pero necesito mi móvil porque Alicia va a llamar al ejército.

Gabriel miró alrededor.

—Estaba dentro, lo habrán recogido los agentes.

Uno de los GEO apareció justo entonces, llevando varias pertenencias recuperadas de la nave.

Gabriel señaló el móvil de inmediato.

—¿Es ese?

Ella lo cogió enseguida, como si recuperara uno de sus objetos más preciados.

—Gracias a Dios.

Lo miró con los ojos muy abiertos. Veintitrés llamadas perdidas.

—Ay, sí. Alicia ya ha asumido que estoy muerta.

Mientras caminaban hacia el vehículo camuflado de Gabriel, ella devolvió la llamada rápidamente.

Apenas Alicia descolgó, ya gritó.

—¡¿Vera?!

Gabriel ya empezaba a arrepentirse de no haberse puesto tapones antes.

—¡Estoy viva!

—¡¿Dónde estás?! ¡He llamado a tres hospitales!

Vera miró brevemente a Gabriel mientras caminaban entre vehículos policiales.

—Vale, necesito que mantengas la calma porque lo que voy a contarte es rarísimo.

—¿Qué ha pasado?

—Pues técnicamente me secuestraron.

Gabriel cerró los ojos un segundo.

Perfecto, muy discreto todo.

—¿Qué?

—¡Pero estoy bien! Bueno, más o menos bien. Resulta que entré en una nave equivocada llena de narcotraficantes y…

Gabriel abrió la puerta del vehículo, mirándola directamente.

—No des muchos detalles.

Vera bajó un poco el móvil.

—Dice Gabriel que no dé muchos detalles.

Gabriel puso los ojos en blanco al escuchar aquello y Alicia gritó todavía más fuerte desde el otro lado.

—¡¿Gabriel está contigo?!

—Sí.

—¡¿El policía callado?!

Vera miró a Gabriel mientras entraba en el vehículo.

—Aparentemente no era un policía normal. Era un policía versión Call of Duty .

Gabriel apretó la mandíbula.

—Vera...

—¿Qué? ¡Es una descripción visual muy válida!

Alicia seguía gritando cosas incomprensibles al teléfono.

—¡¿Estás herida?! ¡¿Qué nave?! ¡¿Qué narcotraficantes?! ¡¿Qué está pasando?!

Vera se acomodó en el asiento todavía con la manta encima.

—Vale. Te hago un resumen rápido: fui a buscar el vino, encontré droga, molesté muchísimo a unos narcotraficantes y luego Gabriel entró armado atravesando puertas.

Silencio absoluto al otro lado, incluso Gabriel la miró lentamente.

—Sabía que esa cita iba a darte problemas —le susurró Alicia.

—Bueno… luego te lo explico mejor —dijo Vera finalmente mientras se sujetaba la manta térmica con una mano y el móvil con la otra—. Ahora tengo que ir a comisaría.

—Pero… ¿estás bien entonces?

—Sí, estoy bien.

—Oye… ¿y esto saldrá por la tele?

Vera suspiró.

—No, no creo que vaya a salir en las noticias. Bueno… eso espero.

Gabriel lanzó una mirada rápida hacia ella. Con Vera involucrada, sinceramente, empezaba a no dar nada por supuesto.

—Te llamo luego, ¿vale? Y controla al de la corbata azul.

La respuesta de Alicia le hizo cerrar los ojos inmediatamente.

—Si yo te contara…

—¿Qué ha hecho ahora? —exclamó. Gabriel la miró un segundo enarcando una ceja, aquella pregunta tenía un tono asustado—. Perfecto, claro, ¿cómo no iba a acabar medio desnudo en la fuente? —Gabriel apretó brevemente los labios—. Luego hablamos.

Vera colgó finalmente y dejó caer la cabeza contra el respaldo del asiento, otorgando tres segundos de silencio, luego giró la cabeza hacia él.

—¿Entonces tú haces esto normalmente?

Ahí estaba, la avalancha.

Gabriel salió lentamente del polígono industrial, incorporándose a la carretera principal.

—Trabajo en la unidad desde hace años.

—¿Y nunca pensaste que era información relevante para una primera cita?

—No suelo hablar de trabajo.

—Esto no es un trabajo normal. Yo pensaba que eras tipo… policía tranquilo.

Él arqueó una ceja.

—¿Policía tranquilo?

—Sí, de multas o papeleo… o cosas donde nadie atraviesa puertas gritando.

Gabriel soltó aire suavemente por la nariz.

—No funciona exactamente así.

Vera seguía observándolo como si todavía no terminara de encajar las piezas y, honestamente, una parte de ella seguía viéndolo sentado en aquel restaurante: callado, serio y mirándola fijamente mientras ella hablaba sin respirar, pero ahora, además, sabía que ese mismo hombre entraba armado en operaciones contra narcotraficantes.

La mezcla resultaba absurdamente intimidante y extrañamente atractiva, lo cual, sinceramente, le preocupaba un poco.

—¿Y tu madre sabe esto?

—Sí.

—¿Y no vive constantemente al borde de un infarto?

—Bastante.

Vera resopló suavemente.

—Normal.

Gabriel conducía tranquilo, una mano sobre el volante y la otra descansando cerca de la palanca de cambios mientras las luces de Madrid cruzaban el interior oscuro del vehículo y Vera seguía hablando. Claramente, su cerebro había decidido gestionar el trauma verbalizándolo absolutamente todo.

—Es que sigo sin creerme que los hombres esos quisieran secuestrarme. O sea, literalmente yo estaba intentando ayudar.

Gabriel la miró un segundo.

—No ayudabas.

—Sí ayudaba. Tenían fatal organizada la furgoneta.

—Vera…

—¿Qué?

—Eran narcotraficantes.

—Y muy desordenados.

Gabriel negó lentamente con la cabeza.

Dios santo, aquella mujer era una cotorra, una cotorra nerviosa, hiperactiva y agotadora y, aun así, mientras la escuchaba hablar atropelladamente sobre todo lo que se le pasaba por la cabeza, Gabriel seguía notando exactamente la misma sensación incómoda que durante la cena: que quería seguir escuchándola, aunque le agotara la existencia.