Manual de supervivencia para un GEO 8
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Las luces azules iluminaban intermitentemente el polígono industrial mientras varios vehículos policiales y vehículos camuflados ocupaban la zona alrededor de la nave.

El operativo seguía activo con agentes entrando y saliendo, detenidos siendo trasladados y radios sonando constantemente.

Sinceramente, estaba siendo una noche rarísima.

—Te voy a tomar otra vez la tensión, ¿vale? —dijo la sanitaria, agachándose frente a ella.

—Claro. —Vera seguía hablando demasiado rápido—. Aunque creo que lo que tengo es ansiedad y no hipertensión. Bueno, probablemente ambas cosas. ¿Eso puede pasar? Siento que mi cerebro está funcionando a unas tres mil revoluciones por minuto y…

La sanitaria sonrió con paciencia profesional.

—Respira hondo.

Vera obedeció.

Gabriel permanecía cerca, hablando brevemente con Medina mientras observaba constantemente a su alrededor.

Seguía con el chaleco táctico puesto, el comunicador en el oído y esa expresión seria que hacía que todo el mundo se apartase automáticamente de su camino, muchísimo más intimidante que en la cena.

Vera seguía mirándolo de reojo cada pocos segundos, como si todavía no terminara de creérselo.

—¿Ese es tu novio? —preguntó la sanitaria distraídamente mientras guardaba material.

Vera abrió muchísimo los ojos.

—¿Qué? ¡No! Cenamos solo una vez.

La mujer sonrió divertida.

—Ajá.

—De verdad que no. Además, creo que le agoto mentalmente —acabó con sinceridad.

Gabriel levantó ligeramente la vista hacia ella desde varios metros más allá porque, por supuesto, lo había escuchado todo.

¡Maldita capacidad táctica la de esos hombres!

Medina terminó de hablar con él y se alejó hacia otro grupo de agentes mientras Gabriel finalmente caminaba hacia la ambulancia.

Vera se incorporó inmediatamente.

—Necesito decir algo importante.

Gabriel se detuvo frente a ella.

—¿Qué pasa?

—Creo que uno de los secuestradores me odiaba.

Él sostuvo su mirada varios segundos ¿Por qué hablaba sin sentido?

—Vera…

—No, de verdad, el de la cinta aislante estaba al límite.

La sanitaria soltó una risa mientras se apartaba discretamente.

Gabriel apretó los labios un segundo, probablemente intentando no reaccionar.

—¿Cómo estás? —preguntó finalmente con voz más calmada.

Eso hizo que Vera dudara, porque, pese al evidente agotamiento, él parecía genuinamente preocupado.

—Bien —respondió demasiado rápido. Gabriel arqueó una ceja, pues claramente no la creyó lo más mínimo—. Vale… no bien, bien —admitió finalmente—. Pero tampoco estoy mal del todo. Aunque creo que voy a desarrollar un trauma con las furgonetas blancas.

Él se agachó frente a ella, manteniendo el tono tranquilo.

—Ya ha pasado.

Vera tragó saliva.

Ahora que todo había terminado, el miedo estaba empezando a asentarse de verdad. El ruido de las armas, los gritos, la nave, el hombre diciendo “cogedla”.

Las manos le temblaron un poco debajo de la manta térmica y Gabriel lo notó enseguida.

—Eh. —Su voz se tornó aún más suave—. Mírame. —Vera levantó la vista hacia él—. Estás fuera. ¿Vale? Ya está.

Ella asintió rápidamente, intentando controlar la respiración.

—Es que ha sido horrible.

—Lo sé.

—Y encima creo que he molestado muchísimo a unos narcotraficantes —gimió.

Gabriel cerró los ojos un segundo.

Dios santo, incluso en aquel estado seguía haciendo comentarios absurdos.

—Uno literalmente dijo que prefería que llegase antes la policía —continuó Vera mientras se tapaba más con la manta.

Gabriel soltó aire por la nariz en algo peligrosamente parecido a una risa.

Vera lo señaló inmediatamente.

—¡Ah! ¡Eso! ¡Acabas de hacer eso!

—¿El qué?

—La mini risa rara que haces cuando intentas no reírte.

Gabriel recuperó inmediatamente la expresión seria.

—No sé de qué hablas.

—Sí lo sabes.

Él negó lentamente con la cabeza.

—Necesitas descansar.

—Necesito desaparecer del planeta una temporada —lo corrigió ella rápidamente.

Gabriel no respondió y miró hacia los lados, asegurándose de que todo seguía como debía.

La sanitaria terminó de colocarle el tensiómetro alrededor del brazo mientras Vera seguía envuelta en la manta térmica mirando todo el despliegue policial a su alrededor, como si todavía no terminara de aceptar que aquello era real. Seguía procesándolo fatal.

—Quédate quieta un momento —pidió la sanitaria mientras observaba el aparato.

Vera obedeció aproximadamente tres segundos.

—Es que además tu uniforme táctico cambia muchísimo tu personalidad —dijo directamente a Gabriel—. O sea, ahora la cena tiene otro contexto. Tú ahí sentado, callado y misterioso, y resulta que literalmente combates contra narcotraficantes.

Gabriel permanecía apoyado en la ambulancia, con los brazos cruzados.

—No combato contra los narcos constantemente.

—Acabas de entrar en una nave gritando con una pistola.

—Es mi trabajo.

La sanitaria intentó mantener la compostura mientras revisaba la tensión, aunque claramente estaba disfrutando demasiado con aquella conversación.

—Bueno, la tensión está bastante bien, teniendo en cuenta la noche que llevas.

—¿Ves? —Miró a Gabriel—. Estoy perfectamente.

—Tienes ansiedad, no superpoderes —bromeó la sanitaria.

Vera asintió rápidamente.

—Sí, eso también lo sospechaba.

La sanitaria terminó de retirar el tensiómetro.

—No tienes lesiones importantes. Solo estrés, nervios y probablemente mucho cansancio cuando baje la adrenalina.

—¿Más cansancio? Siento que llevo despierta desde dos mil siete.

Otro sanitario cercano sonrió disimuladamente ante aquel comentario.

Gabriel seguía observándola en silencio y, cuanto más hablaba Vera, más evidente resultaba que aquello era simplemente su manera de no derrumbarse, porque entre frase y frase las manos seguían temblándole un poco, respiraba demasiado rápido y cada vez que miraba hacia la nave, apartaba la vista enseguida.

La sanitaria guardó el material.

—¿Tienes algún familiar al que podamos avisar?

Vera se quedó pensativa.

—No. Bueno, sí, pero mi madre se moriría directamente si le cuento algo o, peor aún, vendría aquí.

Gabriel levantó ligeramente una ceja.

—¿Eso es peor?

—Muchísimo. Mi madre convertiría esto en una tragedia griega.

La sanitaria sonrió.

—Entonces mejor esperar —pronunció ella.

—Sí, definitivamente mejor esperar. Aunque Alicia seguramente ya esté imaginando que estoy enterrada en una cuneta.

Gabriel habló finalmente.

—¿Tu compañera?

—Sí. Le dije que iba a buscar vino y desaparecí durante más de una hora. Ahora que lo pienso, debe de estar subiéndose por las paredes.

Él asintió ligeramente y desvió la vista un segundo hacia la nave mientras otro grupo de agentes salía escoltando a varios detenidos.

Todo seguía bajo control, pero él continuaba allí, junto a ella, y Vera empezaba a notarlo.

—¿No deberías estar haciendo cosas importantes? —preguntó señalando alrededor—. Parece que todo el mundo trabaja muchísimo más que tú.

Gabriel volvió a mirarla.

—Ahora mismo tú eres parte de las cosas importantes.

Gabriel lo dijo completamente serio, natural, sin darse cuenta siquiera de lo que había dicho en realidad. Vera se quedó callada dos segundos enteros.

La sanitaria los observó alternativamente con expresión sospechosamente entretenida antes de ponerse en pie.

—Bueno, médicamente estás bien, pero deberías intentar descansar cuando puedas.

—Perfecto.

La mujer sonrió mientras se alejaba hacia otro vehículo y Vera volvió a quedarse sola con Gabriel.

—Necesito llamar a Alicia.

Gabriel ni siquiera parecía sorprendido.

—Luego.

—No, Gabriel, de verdad. Esa mujer creerá que me ha secuestrado una secta si no la llamo.

—Vera.

—¿Qué?

—Primero tranquilízate —dijo cruzándose de brazos.

—¡Estoy tranquilísima!

Gabriel la miró directamente. La manta térmica seguía temblando ligeramente alrededor de sus hombros.

—Claro.

Vera resopló y se pasó una mano por el pelo.

—Vale, quizá no muchísimo, pero creo que estoy gestionándolo bastante bien para alguien que casi acaba amordazada en un almacén lleno de cocaína o lo que sea que traficasen esos delincuentes.

Él apretó brevemente los labios otra vez. Aquella expresión suya empezaba a resultarle peligrosamente familiar.

—¿Sabes qué es lo peor? —continuó Vera—. Que ahora voy a asociar el vino blanco con el crimen organizado.

—Estoy seguro de que podrás superarlo.

—No lo sé. Esto ha sido muy traumático para mi relación con los eventos sociales.

Gabriel negó lentamente con la cabeza.

—Hablas muchísimo cuando estás nerviosa.

—Y cuando no lo estoy también, sí, ¡ya me lo han dicho hoy unas catorce personas! —acabó de los nervios.

Eso hizo que él desviara brevemente la mirada.

Carlos pasó cerca de ellos acompañado por otro agente y, al ver que Vera seguía hablando, soltó aire por la nariz.

—Sigue viva, entonces.

—Gracias por la preocupación humana —respondió ella inmediatamente.

—De nada. Aunque, sinceramente, pensé que los narcos te devolverían voluntariamente. —Gabriel le lanzó una mirada de advertencia a su compañero y Carlos levantó ambas manos—. ¿Qué? Lo estaban pasando fatal —bromeó.

Vera se quedó consternada.

—¡Eso es muy ofensivo!

Carlos se acercó a Gabriel para susurrarle.

—Uno nos pidió llorando que nos lo llevásemos ya de aquí.

—¡Ohhh! —gritó ella que lo había escuchado—. ¡Y todo eso porque intenté ayudarles a ordenar la furgoneta!

Carlos empezó a reírse directamente mientras seguía caminando y Gabriel cerraba los ojos un segundo. Aquello se estaba convirtiendo en un circo y lo peor era que una parte muy pequeña de él empezaba a encontrarlo entretenido.

A lo lejos, Medina terminó de hablar con varios agentes y caminó hacia ellos, quitándose los guantes tácticos.

El inspector observó primero a Vera y luego a Gabriel. Gabriel se separó unos pasos de la ambulancia para acercarse a su superior.

—¿Cuál es su estado?

Gabriel respondió automáticamente.

—Sin lesiones, pero con mucha ansiedad.

—¡Y muchísimo trauma emocional! —añadió Vera inmediatamente desde la ambulancia.

Medina enarcó una ceja al escuchar su grito y luego miró a Gabriel con calma medida.