Manual de supervivencia para un GEO 7 #2
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7 #2

Uno de los narcotraficantes intentó moverse bruscamente cerca de unas cajas, pero Gabriel reaccionó empujando a Vera detrás suyo mientras apuntaba.

—¡Al suelo!

El hombre obedeció inmediatamente mientras Vera observaba todo con la respiración acelerada.

El ruido, las luces, los GEO moviéndose por la nave con precisión absoluta y Gabriel, en mitad de todo aquello, parecía completamente distinto al hombre callado de la cena: más frío, más serio y más peligroso.

Carlos apareció junto a ellos retirándose el casco y, al ver a Vera, también se quedó paralizado un segundo. Sin duda, la recordaba de la fotografía que le había mostrado Gabriel en el gimnasio.

—Hostia puta.

Gabriel ni siquiera lo miró.

—No digas nada.

—¿Esta es la civil?

—Carlooos... —pronunció mientras le hacía un gesto para que guardase silencio.

Carlos se acercó totalmente asombrado, situándose al lado de su amigo.

—¿Es la de la cita? —insistió.

—¡Carlos! ¡Coño!

Vera seguía mirando alternativamente a los dos y luego alrededor, donde la situación ya estaba más controlada por la policía.

—Vale, necesito contexto… porque me siento como si estuviese dentro de una serie policiaca —dijo mirando de un lado a otro.

Uno de los GEO pasó junto a ellos.

—Objetivo principal detenido.

—Recibido —respondió Gabriel sin apartar la vista de Vera.

Ella seguía completamente despeinada, nerviosa y, aun así, seguía siendo absurdamente bonita.

—¿Puedes caminar?

—Sí, aunque creo que voy a necesitar un mes de descanso —dijo sin estarse quieta.

La nave seguía llena de movimiento alrededor de ellos. Agentes asegurando zonas, detenidos esposados contra el suelo, radios sonando constantemente, luces tácticas moviéndose entre cajas y vehículos… y, en mitad de todo aquello, Vera estaba entrando oficialmente en una crisis nerviosa.

—No puedo creer que esto me haya pasado por culpa del vino.

O sea, ¡literalmente por culpa del vino!

Esto es ridículo. ¿Sabes la cantidad de veces que he ido a buscar cosas para bodas?

Centros de mesa, hielo, flores… Una vez incluso perseguí una alpaca porque una novia quería una alpaca en un cóctel y…

—Vera… —Gabriel mantenía una mano firme en su brazo, guiándola hacia una zona más segura mientras hablaba con la calma exacta que utilizaban en situaciones de estrés—. Respira.

—Estoy respirando. —No lo parecía, en absoluto—.  Es que, además, el hombre de la cinta iba a taparme la boca, y eso me parece feísimo, yo solo estaba intentando ayudarles con la logística y…

Gabriel apretó los labios solo un poco.

¡Virgen santa! ¡Ni secuestrada se callaba!

Carlos caminaba al otro lado, revisando la nave mientras observaba la escena con una expresión cada vez más divertida.

—¿Siempre habla así? —preguntó finalmente a su compañero casi en un susurro.

Gabriel lo miró de reojo.

—Sí.

—Joooder.

Vera giró inmediatamente la cabeza hacia Carlos. Lo cierto es que ninguno de los dos esperaba que los hubiese escuchado.

—¡Estoy en shock! ¡La gente habla cuando está en shock!

—La mayoría no tanto —murmuró Gabriel.

Vera abrió la boca, horrorizada.

—¡Qué borde eres!

Gabriel cerró los ojos un segundo.

Perfecto, ahora discutía con un GEO en mitad de una operación antidroga.

Dos agentes pasaron junto a ellos escoltando a uno de los detenidos y ambos miraron a Vera claramente sorprendidos, principalmente porque seguía hablando sin respirar.

—… y ese hombre me apuntó con un arma y luego, para colmo, tú resultas ser GEO cuando mi tía me dijo que eras un policía normal. ¡Normal! ¿Sabes el trauma que tengo ahora mismo?

Gabriel seguía guiándola hacia la salida mientras suspiraba.

—Vera…

—¿Qué?

—Baja la voz.

Ella respiró rápido varias veces intentando tranquilizarse, pero cuanto más nerviosa estaba, más hablaba, y Gabriel empezaba a darse cuenta de que aquello probablemente funcionaba así siempre.

—Es que todavía no entiendo qué hago aquí. Yo solo quería vino. Había una boda, gente bebiendo muchísimo. Uno de ellos intentó abrazar al DJ y…

De pronto, su voz se rompió y Gabriel lo notó enseguida. Detrás del caos verbal, el humor nervioso y las frases absurdas… Vera empezaba a temblar.

Ahí estaba la realidad, el miedo que llegaba tarde. Siempre llegaba.

Ella tragó saliva rápidamente.

—¿Y si me hubiese pasado algo?

Gabriel se detuvo inmediatamente y la miró. Por primera vez desde que había entrado allí, Vera parecía realmente asustada: tenía los ojos brillantes, la respiración acelerada y las manos le temblaban ligeramente.

Gabriel bajó automáticamente el tono de voz.

—No te ha pasado nada.

Ella intentó asentir.

—Ya, pero…

—Estás bien.

Vera seguía respirando rápido.

—Es que había armas, Gabriel… y cajas rarísimas. Y uno quería pegarme cinta aislante en la boca. ¿Sabes lo humillante que es eso?

Carlos resopló al otro lado.

No podía más, literalmente no podía más.

Gabriel le lanzó una mirada de advertencia para que no dijese nada en ese momento.

—Y, además, creo que insultaron mi capacidad organizativa.

—Vera…

—¿Qué?

—Respira más despacio —repitió.

Ella obedeció aproximadamente dos segundos.

—¿Y tú desde cuándo eres GEO? Porque esto cambia muchísimo nuestra cita retrospectivamente —lo señaló a él y luego se señaló a sí misma.

Gabriel se pasó una mano por la cara mientras otro de sus compañeros pasaba cerca y sonreía de forma socarrona. Honestamente, empezaba a entender perfectamente la reacción colectiva de la nave.

La llevaron finalmente hacia la salida mientras varios agentes seguían entrando y saliendo del almacén.

Justo cuando pasaban cerca de uno de los detenidos esposados contra la pared, el hombre levantó la cabeza hacia Vera completamente agotado y la señaló indignado.

—¡No vuelvo a secuestrar a una mujer así en mi puta vida!

—Todos giraron la cabeza automáticamente, pues el hombre seguía alteradísimo—.

¡No se calla ni debajo del agua! ¡Todo el rato hablando de cajas, bodas y vinos!

—Un GEO tuvo que esconder la cara aguantándose la risa, pero el detenido todavía no había terminado—.

¡Te juro que prefería que entrase antes la policía que seguir escuchándola!

Vera abrió los ojos como platos, ofendidísima por aquel comentario.

—¡Pues yo también prefería no estar secuestrada!

—¡Encima discute! ¡Manda cojones! —gritó mientras lo esposaban.

Carlos se tuvo que girar porque ya estaba perdiendo la batalla contra la risa.

Gabriel cerró los ojos un segundo. Aquello era surrealista. Y lo peor era que, incluso después de todo aquel operativo, seguía pensando exactamente lo mismo que durante la cena: Vera iba a terminar destruyéndole la paz mental, pero también era la chica más hermosa que jamás había visto.