Manual de supervivencia para un GEO 7
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Vera seguía sin entender cómo demonios había terminado secuestrada en una nave llena de narcotraficantes. Todo por culpa de unos invitados alcohólicos y una boda con exceso de vino.

Sinceramente, aquello iba a ser dificilísimo de explicar, si es que salía con vida de allí.

La tenían sentada en una silla metálica cerca de una de las paredes, maniatada, mientras varios hombres seguían moviendo cajas y paquetes hacia una furgoneta blanca abierta en mitad de la nave.

Nadie parecía especialmente contento con su presencia, especialmente porque Vera no podía dejar de hablar.

—Vale, solo quiero decir que esto me parece una reacción desproporcionada por un malentendido logístico.

Uno de los hombres la miró desde el otro lado de la nave.

—Cállate.

—Lo intento, pero cuando estoy nerviosa hablo más —gimió y luego apretó los labios.

Uno de los hombres pasó a su lado con otra caja.

—Madre mía… ¡que no se calla!

Vera hizo una mueca graciosa que también denotaba nerviosismo.

—Sí, eso también me lo dicen mucho. Mi padre literalmente finge perder cobertura cuando le llamo.

Los hombres siguieron cargando cajas y ella observó la furgoneta unos segundos.

—Además, estáis organizando fatal el espacio.

—Esa observación hizo que dos de ellos levantaran la cabeza lentamente.

Grave error, pero Vera ya había empezado—.

No, escuchadme. Si vais a cargar tantas cajas deberíais distribuir mejor el peso porque luego en las curvas se mueve todo y es horrible.

Una vez organicé una boda en Guadalajara y el proveedor de cava colocó fatal una furgoneta y acabamos persiguiendo botellas por la A-42.

Uno de los hombres dejó la caja en el suelo con fuerza.

—¿Te quieres callar de una puta vez?

Vera tragó saliva.

—Vale.

El hombre resopló y siguió cargando cajas.

—Aunque también os digo que la logística criminal me parece muchísimo más estresante de lo que imaginaba —acabó diciendo Vera.

El hombre del arma cerró los ojos lentamente.

—No puedo más —dijo, desquiciado.

—Lo siento. De verdad. Es por los nervios —sollozó ella.

—Pues ponte nerviosa en silencio, bonita.

Vera lo intentó, pero los hombres seguían moviendo paquetes de un lado a otro completamente desorganizados y su cerebro sencillamente no podía ignorarlo.

—Ese orden tampoco tiene sentido —comentó antes de poder contenerse—. Estáis poniendo cajas pesadas encima de otras más pequeñas. Eso es una pesadilla de inventario.

Los tres hombres se quedaron mirándola, incrédulos.

—¿Nos estás dando consejos para mover droga? —preguntó uno.

Vera abrió mucho los ojos.

—No. Bueno… técnicamente sí, pero solo organizativos. Éticamente sigo estando totalmente en contra de… todo esto.

Uno de ellos soltó aire bruscamente mientras se pasaba una mano por la cara.

—Juro por Dios que prefiero a la policía.

—Bueno, eso puede solucionarse muy rápido porque, sinceramente, llevo desaparecida bastante rato y mi compañera es muy dramática y a lo mejor ya ha...

Otro la señaló inmediatamente.

—¡Cállate de una vez!

—Sí, sí —dijo rápidamente.

Ella observó a dos hombres intentando cerrar una caja mal encajada.

—Eso no va a entrar así. —Todos levantaron la vista hacia ella y Vera suspiró—. Perdón, perdón, pero es que está torcido. Vais a romperlo.

Uno de ellos tiró la cinta adhesiva sobre una mesa.

—¿Pero tú respiras entre frase y frase?

—Sí… creo.

El hombre del arma miró a otro, completamente agotado.

—Te juro que como venga la policía voy a entregársela yo personalmente.

—¡Eh! —protestó Vera inmediatamente—. Eso es feísimo.

—Llevo quince minutos escuchándote hablar sobre cajas.

—Porque las estáis colocando fatal —protestó ella, indignada.

El hombre apoyó la cabeza un segundo contra la pared.

—No puedo creer que esta sea la rehén que nos toca hoy.

—Vale… Mmm… —dijo Vera después de unos segundos intentando mantenerse callada—.

¿Qué vais a hacer conmigo? —Nadie respondió.

Los hombres seguían moviendo cajas hacia la furgoneta con expresiones cada vez más tensas.

Uno revisaba paquetes, otro hablaba por teléfono en voz baja y otro vigilaba constantemente la entrada.

Todos parecían agotados de escucharla—. Necesito información para gestionar mi ansiedad.

El hombre del arma la miró lentamente.

—¿Tú sabes estar callada?

—Sí… pero no mucho rato —admitió.

Hubo un resoplido colectivo de desesperación.

Uno de ellos señaló directamente hacia ella.

—Escúchame bien. Si vuelves a abrir la boca, te pongo una mordaza.

Vera abrió mucho los ojos.

—Vale. Vale. Ya me callo.

El hombre siguió mirándola varios segundos más antes de volver con las cajas.

Permaneció callada mientras ellos seguían trabajando alrededor de la nave.

—La carga de Valencia sale esta noche.

—Pues más vale que llegue el resto antes de las once.

—El jefe no quiere retrasos.

Uno de ellos golpeó una caja con frustración.

—¿Cuánto falta?

—Todavía quedan cuatro palés.

Vera observaba todo en silencio, intentando respirar despacio, aunque el silencio le resultaba físicamente incómodo.

—La policía está moviéndose más últimamente —murmuró otro hombre mientras revisaba el cargamento.

—Por eso nos vamos esta noche.

—¿Y ella?

Vera tragó saliva inmediatamente ante aquel silencio.

—Bueno —intervino rápidamente—, también existe la opción de dejarme ir y fingir todos que nunca nos hemos conocido. —Nadie reaccionó, malísima señal—. Honestamente, no quiero recordar nada de esto. De hecho, probablemente voy a necesitar terapia.

Uno de los hombres cerró los ojos lentamente.

—Dios mío…

—Lo siento. Es el estrés. Hablo muchísimo cuando tengo miedo.

—Y cuando no tienes miedo también —murmuró otro.

Tampoco era mentira.

Vera observó cómo seguían metiendo paquetes en la furgoneta, completamente mal distribuidos, y aguantó un poco, pero entonces vio cómo uno intentaba cerrar la puerta trasera forzando varias cajas.

—Eso se os va a caer en la primera curva. —Todos giraron lentamente la cabeza hacia ella y Vera hizo una mueca de arrepentimiento—. Perdón.

El hombre de la pistola dejó lo que tenía en las manos.

—No puedo más —rugió.

Agarró un rollo de cinta aislante de encima de una mesa y comenzó a caminar directamente hacia ella.

—Eh… espera.

—Te juro por Dios que voy a taparte la boca.

Vera empezó a removerse nerviosa en la silla.

—¡Vale! ¡Vale! ¡Ya está! ¡No hablo más! ¡Lo prometo!

—Eso llevas diciendo todo el rato.

—¡Esta vez va en serio! —El hombre seguía avanzando—. ¡De verdad! ¡Puedo ser silenciosa! ¡A veces incluso hago yoga!

—¿Qué tiene que ver el yoga con esto?

—¡No lo sé, estoy improvisando!

El hombre ya estaba prácticamente delante de ella levantando la cinta aislante cuando un ruido metálico resonó en la nave, fuerte y seco.

Todos se quedaron completamente quietos, en el más absoluto silencio.

El hombre de la cinta giró lentamente la cabeza hacia la entrada y otro agarró inmediatamente el arma.

Vera notó cómo el corazón se le aceleraba violentamente mientras los delincuentes se tensaban alrededor de la nave.

—¡Policía! ¡Al suelo! —El caos explotó en la nave de forma inmediata—. ¡Policía! ¡No os mováis!

La puerta principal reventó hacia dentro con un estruendo brutal mientras varias figuras vestidas de negro irrumpían simultáneamente desde distintos accesos con movimientos rápidos y perfectamente coordinados.

Los GEO entraron como una sola unidad: precisos, violentos y controlados.

—¡Al suelo!

—¡Manos arriba!

—¡No os mováis!

Uno de los narcotraficantes intentó sacar el arma y recibió un impacto inmediato que lo lanzó contra unas cajas.

Otro salió corriendo hacia la puerta trasera.

—¡Movimiento atrás! —gritó alguien por comunicaciones.

Gabriel avanzó junto al primer equipo atravesando la nave mientras analizaba automáticamente amenazas, ángulos y posiciones.

Todo ocurrió en segundos.

Uno de los delincuentes volcó una mesa para cubrirse; otro levantó las manos sin dudarlo. En medio del caos, Vera seguía atada a una silla, mirando alrededor con los ojos muy abiertos, aturdida e incapaz de callar.

—¡Madre mía! ¡Madre mía! ¡Madre mía!

Gabriel giró la cabeza hacia ella y el tiempo se detuvo un segundo.

No, no podía ser, sentada en mitad de una operación antidroga y rodeada de narcotraficantes estaba Vera Ríos, la organizadora de bodas, la mujer incapaz de callarse, una de las peores citas de su vida, pero también la más guapa.

Gabriel se quedó completamente inmóvil medio segundo.

—¡Me cago en mi vida! —susurró Gabriel.

—¡Robles! ¡La rehén!

La voz de Carlos lo devolvió inmediatamente al operativo.

Gabriel reaccionó al instante y avanzó hacia ella con el arma alzada mientras otro GEO reducía al hombre de la cinta aislante contra el suelo.

—¡Quieto! ¡No te muevas!

Vera levantó la vista hacia Gabriel. Al principio se quedó mirándolo e inclinó su cuello, pensativa, hasta que sus ojos se abrieron tanto que pensaba que iban a explotar.

—¿Tú?

Incluso en mitad de un operativo armado seguía teniendo capacidad para sonar ofendida.

Gabriel llegó hasta ella, agachándose inmediatamente para comprobar las ataduras.

—¿Estás herida? —preguntó directamente.

—¡¿Tú eres GEO?!

Claro, perfecto, maravilloso momento para tener aquella conversación.

—Vera… —la cortó él.

—¡Tu madre dijo que eras policía! ¡Esto es policía premium!

Gabriel sacó una navaja táctica, cortando rápidamente las bridas de sus muñecas mientras a su alrededor seguían escuchándose gritos y órdenes.

—¡Nave asegurada!

—¡Lateral limpio!

—¡Dos detenidos atrás!

Vera seguía mirándolo completamente en shock mientras todo era caos a su alrededor.

—No puedo creer que seas tú —comentó mientras él cortaba las bridas.

—Ahora mismo tampoco es mi momento favorito —pronunció él.

Eso la hizo parpadear. Incluso allí, rodeado de armas, seguía teniendo un humor seco.

Gabriel terminó de liberarla y la ayudó a levantarse rápidamente.

—Escúchame atentamente. Te vas a quedar detrás de mí y no te separas ni un metro, ¿entendido?

Vera asintió inmediatamente mientras se masajeaba las muñecas.

Milagro histórico. Estaba callada, probablemente por primera vez desde que la conocía.