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El trayecto hasta Las Rozas transcurrió entre semáforos, llamadas perdidas y el nivel exacto de estrés al que Vera funcionaba diariamente sin colapsar.
—No, Alicia, el seating plan no se cambia ahora —dijo mientras adelantaba a un taxi—. Si movemos otra vez a la tía Marisa acabaremos provocando una guerra civil… y ¿cómo que el de la corbata azul está intentando pinchar música? ¡Quítale el móvil!
—Dice que tiene alma de DJ —pronunció Alicia.
—No me importa que diga que tiene “alma de DJ ”. Quítaselo de todos modos.
Colgó finalmente y soltó aire.
—Madre de Dios —susurró, sofocada.
Aquella boda iba a terminar con ella internada en una clínica de salud mental.
Condujo algunos minutos más pensando automáticamente en todo lo que todavía podía salir mal: la lluvia, la mesa nueve, la suegra de Claudia, el DJ , los invitados borrachos, el vino… especialmente el vino.
—De verdad, ¿cómo puede beber tanto la gente? —murmuró para sí mientras cambiaba de carril—. Parecían estudiantes en plena noche de jueves en la universidad.
Y aún quedaban horas de fiesta, ¡horas!
Cuando finalmente salió hacia el polígono industrial de Las Rozas, el ambiente cambió completamente.
Había menos vehículos, las calles eran amplias y estaban vacías, las farolas blancas estaban encendidas y las naves industriales permanecían silenciosas, alineadas unas junto a las otras.
Todo parecía demasiado quieto.
Vera disminuyó la velocidad mientras observaba los números pintados sobre las fachadas. Nave ocho, nave diez, nave doce, nave quince…
Frunció ligeramente el ceño.
—No… espera…
¿Cuál había dicho el proveedor? ¿Doce? ¿Catorce?
—¡Maldita sea!
Redujo todavía más la velocidad, volvió a coger el móvil y llamó rápidamente al proveedor.
Los tonos sonaron en todo el vehículo.
—Vamos, Julián… que tengo prisa —sollozó.
Directamente saltó el buzón de voz.
Vera dejó caer la cabeza un segundo contra el respaldo.
—Perfecto. Fantástico. Muy profesional todo.
Dio otra vuelta lenta por el polígono, observando las naves cerradas con las persianas bajadas, las luces apagadas y todo en completo silencio.
—Bueno, Vera, no entres en pánico —se dijo a sí misma mientras seguía conduciendo despacio—. Solo estás perdida de noche en un polígono industrial, buscando vino para un grupo de alcohólicos con corbata.
Llamó de nuevo.
Nada.
—Como sobreviva a esta boda, exijo vacaciones pagadas en una isla sin seres humanos.
Fue entonces cuando la vio. Una nave industrial algo más adelante permanecía con las persianas entreabiertas, con luz dentro y varias cajas apiladas cerca de la entrada.
Vera frenó lentamente.
—Vale… esto es prometedor.
Después de veinte minutos dando vueltas, un proveedor desaparecido y cuarenta invitados consumiendo vino como si fuera agua bendita, necesitaba a toda costa coger las cajas e irse de allí.
Aparcó el vehículo frente a la nave y apagó el motor.
El silencio del polígono resultaba extraño comparado con el caos constante de la boda.
Vera agarró el bolso y las llaves antes de bajar del vehículo.
—Entro, cojo el vino y me voy —murmuró mientras caminaba hacia la entrada.
La puerta lateral metálica estaba entreabierta.
Vera entró directamente, sin pensarlo demasiado, mientras el eco de sus pasos resonaba sobre el suelo de cemento.
—¿Julián?
La nave era enorme por dentro, fría y mal iluminada, con techos altísimos atravesados por vigas metálicas y luces industriales blancas que parpadeaban ligeramente sobre varias zonas del almacén.
Había palés apilados, cajas de cartón, estanterías industriales y varias furgonetas aparcadas al fondo. El aire olía a humedad, gasolina y algo más fuerte que Vera no consiguió identificar de inmediato.
Nada que ver con un almacén de vino normal.
—¿Hola? —alzó un poco la voz.
Avanzó un poco más, sujetando el móvil y las llaves.
—¡Vengo a buscar las cajas de vino!
Su voz resonó por la nave mientras caminaba hacia una zona más amplia iluminada al fondo.
—Vamos, no estoy para tonterías —susurró para ella misma, sin dejar de caminar por la nave.
Se quedó parada cuando le pareció escuchar unas voces. Resopló y fue directa hacia esa sala. Había varios hombres, seis en concreto, todos vestidos de oscuro, tensos y callados, demasiado callados.
Había cajas abiertas sobre una mesa y varios paquetes envueltos en plástico repartidos por encima.
Uno de los hombres levantó lentamente la cabeza hacia ella.
Vera sonrió automáticamente, demasiado distraída aún para entender del todo lo raro que era aquello.
—Eh, soy Vera. He hablado con Julián. —Los hombres la miraron intrigados sin decir nada. Ella señaló hacia la entrada—. Las cajas que están fuera son las del vino que os había pedido, ¿no?
Uno de los hombres frunció el ceño.
—¿Qué?
Vera soltó aire rápidamente, ya empezando a agobiarse.
—No tengo tiempo para esto, de verdad. Decidle a Julián que me llevo las cajas y luego que me pase las facturas o lo que sea.
¿Son las de vino blanco y tinto que pedí?
—Nadie respondió y Vera resopló—. Vale, pues ya las meto yo sola…
hombres… —dijo, girándose para volver hacia la entrada, cuando vio a otro hombre aparecer en el pasillo lateral.
Esta vez sí lo entendió todo de golpe. Aquel hombre llevaba una pistola en la mano.
Se quedó completamente quieta, al igual que el hombre, y durante un segundo nadie habló.
Vera miró el arma, luego al hombre y luego otra vez el arma.
No sabía por qué, pero aparentemente su cerebro reaccionaba al peligro haciendo comentarios absurdos, así que soltó una risa nerviosa.
—Eh… que lo voy a pagar —bromeó.
Nadie se rio, lo cual era una mala señal. Muy mala señal.
Los hombres comenzaron a moverse lentamente, rodeándola.
Vera dio un paso atrás inmediatamente.
—Vale… esto… esto empieza a dar miedo.
Uno de ellos la observó con desconfianza.
—¿La conocéis?
—No.
—Yo no la he visto nunca —respondió otro.
—He llamado a Julián —insistió Vera rápidamente, levantando un poco las manos—. El proveedor del vino. De una boda. Solo necesito las cajas y…
Uno de los hombres soltó una risa seca.
—Bonita, aquí no hay ningún Julián.
El silencio posterior le golpeó directamente en el estómago.
Ah, mierda.
Vera miró alrededor otra vez. Las cajas abiertas, los paquetes, las armas, los hombres… ¿dónde se había metido?
—Vale… —murmuró lentamente—. Creo que me he equivocado de almacén. —Nadie parecía encontrar aquello especialmente divertido—. Solo necesito el vino —añadió rápidamente—. Y sinceramente empiezo a pensar que estas cajas no son precisamente Rioja —acabó susurrando.
—No, cariño. Obviamente esas cajas no son vino.
Fue entonces cuando una puerta metálica del fondo se abrió y el ambiente cambió inmediatamente.
Todos los hombres se apartaron ligeramente mientras otro hombre salía de una oficina interior. Alto, traje oscuro impecable, pelo negro peinado hacia atrás, expresión fría. Tenía esa clase de presencia tranquila que daba mucho más miedo que los gritos.
Vera notó cómo el estómago se le hundía un poco más.
El hombre recorrió la escena con calma antes de detener la mirada en ella.
—¿Qué pasa aquí?
Uno de los hombres respondió enseguida.
—Ha entrado preguntando por vino.
El desconocido siguió observándola varios segundos, demasiados segundos.
—Ha visto demasiado —dijo otro.
El hombre del traje la miró de la cabeza a los pies.
—Cogedla —ordenó antes de salir por la puerta.
El corazón de Vera se detuvo prácticamente al instante.
—¿Qué? —Dos hombres avanzaron hacia ella—.
¡Eh, eh, eh! ¡No! ¡No, no, no! ¡Yo solo venía a por vino!
—Retrocedió rápidamente mientras levantaba las manos—.
¡Os habéis confundido! ¡Tengo una boda! ¡Hay gente borracha esperándome!
—Uno de ellos la agarró del brazo—. ¡Suéltame!
—Vera empezó a forcejear inmediatamente—.
¡Que me dejéis! ¡Solo quería las malditas botellas! ¡Ni siquiera me gusta el vino!
La vigilancia sobre la nave llevaba activa desde hacía horas. Sin luces, sin sirenas y sin movimientos visibles, solo paciencia.
Los vehículos camuflados permanecían distribuidos estratégicamente alrededor del polígono industrial mientras distintos equipos controlaban accesos, calles laterales y posibles rutas de escape sin llamar la atención.
Todo estaba totalmente calculado.
Gabriel observaba la nave desde el interior de una furgoneta oscura aparcada dos calles más abajo, parcialmente oculta entre otros vehículos industriales. La tableta apoyada sobre sus piernas mostraba las cámaras de apoyo y las imágenes que iban llegando desde vigilancia.
A su lado, Carlos revisaba comunicaciones con un auricular colocado mientras otro compañero monitorizaba el movimiento exterior.
Aquí todo era precisión, silencio y rutina operativa.
—Movimiento lateral sur hace tres minutos —informó una voz por el canal interno.
Gabriel observó inmediatamente la pantalla correspondiente.
Dos hombres habían salido brevemente a fumar antes de volver dentro. Nada nuevo, pero al menos seguían confirmando presencia activa.
—Recibido —respondió Carlos en voz baja.
Gabriel seguía estudiando entradas y ventanas.
La autorización definitiva para intervenir todavía no había llegado, ya que investigación quería confirmar si el jefe de la red se encontraba dentro aquella noche.
Por eso esperaban. Y los GEO sabían esperar.
Aquello formaba parte del trabajo: observar, escuchar y anticipar.
No irrumpían en lugares porque sí. Cada entrada se preparaba al milímetro.
—Puerta principal sin cambios —informó otro agente desde vigilancia exterior—. Sin movimiento de vehículos desde hace veinte minutos.
Gabriel levantó la vista hacia la nave visible a lo lejos, entre las luces blancas de un polígono demasiado tranquilo.
Carlos ajustó el auricular.
—Equipo dos mantiene cobertura trasera.
—Recibido.
En otra calle cercana, varios agentes permanecían distribuidos discretamente: uno controlando la salida secundaria, otro vigilando posibles accesos desde la nave colindante y otro preparado por si aparecía tráfico inesperado.
Todo sin uniformes visibles, sin exposición innecesaria.