5
La finca estaba preciosa.
Vera llevaba despierta desde las seis de la mañana y todavía no había tenido tiempo de sentarse más de tres minutos seguidos, pero incluso ella tuvo que admitirlo al bajar del vehículo aquella mañana: todo había quedado exactamente como lo había imaginado.
Las mesas redondas decoradas en tonos crema y verde oliva ocupaban el jardín principal bajo una hilera interminable de luces colgantes.
Había flores blancas repartidas por cada rincón, música suave sonando por los altavoces y camareros vestidos de negro moviéndose discretamente entre bandejas de copas y aperitivos.
Todo era elegante, luminoso y perfecto, o al menos eso intentaba conseguir antes de que los invitados empezaran a beber cantidades ilegales de vino y destruyeran la estabilidad del evento.
—Las velas de la entrada están torcidas —dijo Vera mientras caminaba rápidamente por el jardín sujetando un walkie-talkie en una mano y el móvil en la otra—. Y necesito más hielo en la barra exterior antes de que empiece el cóctel.
Dos camareros asintieron inmediatamente.
Alicia apareció detrás de ella, revisando una lista.
—Fotógrafo colocado.
—¿Segundo fotógrafo? —preguntó Vera.
—También.
—¿ DJ ?
—Vivo y funcional.
—¿Madre del novio?
Alicia levantó lentamente la vista.
—Vigilada.
Aquel era exactamente el momento en el que todo se volvía más intenso: los invitados llegando, las familias entrando en contacto y los nervios multiplicándose por momentos.
Vera adoraba esa parte caótica, agotadora, pero viva.
Se detuvo junto a la mesa principal y revisó rápidamente la colocación de las tarjetas.
—La tía Marisa sigue en la ocho, ¿verdad?
—A veinte metros de la suegra —confirmó Alicia—. Seguridad máxima.
—Perfecto. —Un camarero pasó junto a ellas y Vera lo detuvo enseguida—. Necesito que rellenéis las copas más despacio.
El chico parpadeó, confundido.
—¿Perdón?
Alicia señaló discretamente hacia una mesa cercana.
—Mesa cinco.
Vera siguió la dirección y suspiró inmediatamente.
Los amigos del novio llevaban exactamente cuarenta minutos allí y ya parecían preparados para cometer delitos menores.
—Madre mía… —murmuró.
Uno de ellos acababa de levantar otra botella de vino como si estuviera celebrando el fin de una guerra.
Alicia cruzó los brazos.
—Es impresionante cómo la gente pierde la dignidad cuando escucha la palabra “barra libre”.
—No llevan ni una hora aquí.
—El de la corbata azul ya me ha preguntado dos veces dónde está el tequila.
Vera cerró los ojos un segundo.
—Claro que sí.
—Y uno ha intentado ligar conmigo mientras se llevaba seis croquetas en una servilleta.
—¿Cuál?
—El alto.
La ceremonia acababa de terminar hacía poco y ahora los invitados llenaban el espacio entre música, conversaciones y copas que desaparecían sospechosamente rápido.
Vera revisó otra vez el móvil. Horarios correctos, cáterin funcionando, música bien, fotografía bien… un milagro absoluto.
—¿Sabes qué es lo más peligroso de las bodas? —preguntó Alicia mientras observaban cómo un camarero abría otra botella.
—¿Las emociones?
—El vino gratis.
Vera soltó una carcajada y justo entonces vio a Claudia acercándose casi corriendo con expresión de pánico.
Ah, perfecto, la tranquilidad había durado demasiado.
—Vera.
Ahí estaba esa voz, la voz de una novia entrando en crisis.
Vera se giró inmediatamente mientras Claudia levantaba el vestido para avanzar más rápido entre las mesas.
Todavía estaba preciosa: maquillaje impecable, velo perfecto y flores intactas, pero tenía exactamente la expresión de alguien a punto de sufrir un colapso en público.
—Te la dejo. Voy a impedir que el de la corbata azul robe otra botella —murmuró Alicia.
—Gracias.
Claudia llegó hasta ella respirando rápido.
—Necesito que me digas la verdad.
Mala frase, muy mala frase.
Vera sonrió automáticamente, con esa calma profesional que llevaba años perfeccionando.
—Claro. ¿Qué pasa?
—¿La gente se está aburriendo?
Vera parpadeó una vez y miró alrededor. La gente reía, bebía, comía, hablaba, los niños corrían por el jardín, y un señor acababa de empezar a bailar solo cerca de la barra.
No, definitivamente no parecían aburridos.
—Claudia, hay un hombre intentando abrir una botella con los dientes. Te prometo que nadie se está aburriendo.
Eso pareció tranquilizarla solo un poco.
—Es que noto a mi madre rara —le susurró.
—Tu madre lleva rara desde las ocho de la mañana.
—Ya…
Vera la sujetó suavemente del brazo y empezó a caminar con ella por el jardín.
—Escúchame. Todo está saliendo bien. El fotógrafo está feliz, el cáterin funciona, Sergio no ha desaparecido y tu tío todavía no ha discutido con nadie. Vamos por encima de la media nacional de estabilidad familiar.
Claudia suspiró.
—¿Seguro?
—Segurísimo.
A lo lejos, Alicia apareció junto a la barra haciendo una señal dramática con la cabeza. Aquello solo podía significar una cosa: peligro.
Vera miró discretamente hacia allí y vio a los amigos del novio ya demasiado animados para la hora que era.
Uno de ellos intentaba convencer al DJ de poner reguetón.
No, ni hablar.
—Dame dos minutos —le dijo a Claudia—. Voy a evitar un crimen musical y vuelvo.
Claudia asintió más tranquila mientras Vera caminaba rápidamente hacia la barra.
Alicia la recibió cruzándose de brazos.
—Tenemos una situación crítica.
—Lo estoy viendo.
El de la corbata azul ya abrazaba al DJ como si fueran hermanos.
—Eh, bro , pon algo para levantar esto —escuchó que decía.
Vera abrió mucho los ojos.
¿Levantar qué? Si eran las seis de la tarde.
—No —dijo acercándose inmediatamente—. Nada de reguetón todavía.
El hombre la señaló dolido con la copa de vino.
—¡Pero si es una boda!
—Precisamente por eso quiero que sobrevivas.
Alicia se acercó por la espalda.
—Lleva siete copas —le comentó a Vera, aunque el muchacho la escuchó.
—No exageres —protestó él.
Alicia lo miró.
—Quizá alguna más…
El muchacho se quedó pensativo unos segundos.
—Bueno… puede que ocho.
Vera se masajeó la frente… y aún quedaban horas de fiesta por delante.
—Voy a necesitar vacaciones después de esto —murmuró.
Alicia observó el jardín lleno de invitados felices y gente bailando cerca de las mesas.
—Y eso que esta boda está siendo tranquila.
Vera la miró horrorizada.
—No digas eso en voz alta. ¿Quieres matarnos?
Demasiado tarde, el walkie-talkie de Vera sonó de repente.
—Vera, tenemos un problema con la mesa de postres.
Ella cerró los ojos lentamente.
Claro, por supuesto, porque las bodas nunca permitían relajarse demasiado tiempo.
—Vera.
El tono de Alicia ya sonaba preocupado cuando apareció otra vez junto a la barra. Eso nunca era buena señal.
Vera seguía hablando por el walkie-talkie mientras revisaba la colocación de los postres.
—No, las mini tartaletas van en la mesa izquierda. La izquierda buena, no la otra izquierda rara.
Colgó y miró a Alicia.
—¿Qué pasa ahora?
Alicia señaló discretamente hacia la barra.
—Tenemos un problema etílico.
Vera siguió la dirección de su dedo.
Los amigos del novio seguían bebiendo vino como si estuvieran intentando olvidar colectivamente una tragedia nacional. Una botella vacía descansaba sobre la mesa, y otra… y otra.
Uno de ellos acababa de brindar con un camarero.
—No puede ser —susurró Vera asustada.
—Sí puede.
—¿Cuántas botellas llevan?
Alicia se quedó pensándolo.
—Honestamente, he perdido la cuenta.
Vera abrió mucho los ojos cuando vio al encargado de cáterin acercarse rápidamente hacia ellas.
Ah, perfecto… más problemas.
—Dime que vienes a traer buenas noticias —pidió Vera inmediatamente.
El hombre hizo una mueca incómoda. Aquello tampoco era buena señal.
—Estamos consumiendo el vino muchísimo más rápido de lo previsto.
Vera miró otra vez hacia la mesa de los amigos del novio.
Uno estaba intentando llenar tres copas a la vez.
Claro, por supuesto.
—¿Cuánto queda? —preguntó con ansiedad.
—Si siguen a este ritmo… una hora —contestó el camarero.
—Bueno, la capacidad de beber que tienen esos… es impresionante.
—No me hace gracia —la cortó Vera.
—A mí un poco sí.
Vera ya estaba sacando el móvil.
—No pueden quedarse sin vino en mitad de una boda. Claudia se desmayaría.
Marcó rápidamente el número del proveedor mientras caminaba hacia una zona más tranquila del jardín.
Alicia iba detrás, todavía observando a los invitados como si estuviera viendo animales salvajes alimentándose.
—Hola, Julián, soy Vera —habló rápidamente en cuanto descolgaron—. Necesito más cajas de tinto y blanco. Urgente.
La expresión de Vera cambió de golpe.
—¿Cómo que no puedes traerlo? —gritó. Alicia ya estaba preparándose psicológicamente para el desastre—. ¿Hora y media? Julián, en hora y media estos hombres estarán intentando fermentar uvas manualmente.
Eso hizo reír incluso al proveedor.
Vera comenzó a caminar más deprisa mientras se sujetaba el móvil entre la oreja y el hombro, revisando mensajes al mismo tiempo.
—Vale, dime dónde está el almacén.
Alicia la observó. Vera esquivaba camareros, invitados y a una niña pequeña mientras hablaba con tres personas a la vez.
Milagrosamente, Vera nunca chocaba con nadie.
—Ajá… sí… polígono industrial… nave doce…
Alicia arqueó una ceja.
—¿Lo estás apuntando?
—Lo estoy memorizando.
—Eso no cuenta.
—Claro que cuenta —exclamó Vera de los nervios.
Vera seguía sujetando el móvil, el walkie-talkie y unas tarjetas. Literalmente no tenía manos suficientes.
—Vale, sí, prepáralo. Llegaré en media hora. Gracias. —Colgó finalmente y suspiró—. Voy yo.
Alicia abrió los ojos como platos.
—¿Tú sola? ¿Ya podrás con las cajas?
—No queda otra. Necesito que te quedes aquí, controlando.
—Se dio cuenta de que Alicia la miraba preocupada—.
Alicia, vivo en Madrid, no en Gotham. —Vera empezó a buscar las llaves del vehículo dentro del bolso—.
Escúchame atentamente. Voy a ausentarme exactamente el tiempo necesario para evitar un motín alcohólico.
Alicia cruzó los brazos.
—Esto es lo más organizadora de bodas que has dicho nunca.
—Si Claudia se queda sin vino, cancela el matrimonio.
—Probablemente.
Vera señaló hacia la barra.
—Tú vigila a los amigos del novio. Especialmente al de la corbata azul.
Alicia miró hacia la mesa justo cuando el hombre intentaba abrir otra botella antes de terminar la anterior.
—Creo sinceramente que ese hombre necesita supervisión médica.
—Y yo necesito conducir hasta un almacén lleno de cajas de vino porque la gente no sabe beber con moderación.
Se guardó finalmente las llaves en la mano mientras Alicia seguía observándola.
—¿Seguro que quieres ir sola?
Vera ya caminaba hacia la salida de la finca.
—Voy a tardar menos yendo yo que esperando al proveedor.
—Eso es lo que siempre dicen las protagonistas de una peli antes de desaparecer misteriosamente.
Vera soltó una carcajada.
—Relájate. Solo voy a buscar vino. —Vera siguió avanzando rápidamente entre mesas mientras revisaba mentalmente todo lo que faltaba para la cena—. Escúchame. Si Claudia pregunta por mí, le dices que estoy solucionando una incidencia logística y que todo está controlado.
—O sea, le miento.
—No es mentir, es gestión emocional.
—Ah, claro. Como cuando dijiste que la madre del novio era “intensa” en vez de “una amenaza pública”.
Vera soltó una risa.
—También.
Llegaron hasta la entrada de la finca y Vera se giró hacia ella.
—El DJ tiene la lista correcta para el primer baile, ¿vale?
—Sí.
—Y vigila que nadie toque la mesa de postres antes de tiempo. El primo pequeño de Claudia ya ha intentado robar macarons dos veces.
—Controlado.
—Y si el de la corbata azul vuelve a acercarse a la barra de chupitos, le dices al camarero que no le sirva más, por su propio bien.
Alicia miró hacia el jardín. El hombre estaba bailando abrazado a otro invitado mientras seguía sujetando una copa llena de vino.
—Creo que ya ha pasado al siguiente nivel y ahora mismo funciona por energía espiritual.
Vera soltó una carcajada.
—Perfecto. Entonces mantenlo lejos del micrófono.
—Haré lo que pueda, pero, sinceramente, ese hombre tiene pinta de empezar un karaoke ilegal en cualquier momento.
Vera señaló la finca una última vez.
—Todo irá bien.
Alicia levantó una ceja.
—Has dicho eso demasiado rápido. Nunca dices eso tan rápido.
—Porque irá bien.
—Eso también lo dicen las auxiliares de vuelo antes de las turbulencias.
Vera abrió la puerta del vehículo todavía sonriendo.
—Alicia, voy a recoger vino. Nada más.
—Ajá. Y yo voy a impedir que cuarenta adultos borrachos destruyan una boda elegante.
—Confío plenamente en ti.
Alicia la miró unos segundos.
—Ya. Gracias. El problema es que yo no confío tanto en mí.
Vera volvió a reírse.
—No dramatices.
—Vera, hay un señor intentando ligar con una estatua del jardín —acabó con voz aguda.
Ambas miraron automáticamente hacia la finca.
—Vale —admitió Vera lentamente—. Eso sí me preocupa un poco.
—Gracias.
Vera chasqueó la lengua.
—Si pasa cualquier cosa, me llamas.
—¿Cualquier cosa?
—Alicia.
—Es que necesito límites claros. Porque para mí “cualquier cosa” incluye incendios, peleas familiares y gente llorando en los baños.
—Eso es una boda normal —dijo sentándose en el asiento y poniéndose el cinturón.
—Tienes razón.
Vera arrancó finalmente el motor.
—Confío en ti.
Alicia suspiró resignada mientras retrocedía hacia la finca.
—Eso es muchísima presión para una persona que acaba de ver a un invitado beber vino directamente de la botella.