Manual de supervivencia para un GEO 4 #2
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Vera se giró y se encontró con Alicia Moreno, su compañera de trabajo, apoyada contra una mesa llena de muestras florales, café en mano.

Alicia llevaba casi tres años con ella y tenía la paciencia necesaria para sobrevivir en aquel negocio.

—Es normal —respondió Vera mientras dejaba la tableta sobre la mesa—. La gente pierde la cabeza justo antes de casarse. Nuestro trabajo consiste básicamente en evitar homicidios familiares.

Alicia soltó una risa.

—Pues Sergio parece tranquilo.

—Porque los hombres en las bodas viven en una realidad paralela. Él cree que todo se organiza solo, como por arte de magia.

—Bueno, técnicamente tú haces que parezca así.

Vera se dejó caer en una silla giratoria mientras se recogía el pelo rápidamente.

—Y por eso necesito vacaciones.

Alicia arqueó una ceja inmediatamente.

—Hablando de dramas emocionales. Cuéntame lo de la cita.

Vera levantó la vista.

—¿Qué cita?

—La cita misteriosa con el policía sexy organizada por tu tía y Mercedes. Llevo días esperando detalles.

Ella hizo un gesto gracioso mientras cogía un bolígrafo.

—No fue misteriosa.

—¿Era guapo? —Vera dudó medio segundo y Alicia abrió mucho los ojos—. Era guapo, ¿eh?

—Era… alto.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Muy alto.

—Veeera…

Ella se apoyó contra el respaldo de la silla.

—Vale, sí. Era muy guapo y tenía unos ojos grises rarísimos, de esos que parecen analizarte psicológicamente.

Alicia sonrió.

—Ajá.

—Pero era calladísimo.

—Eso para ti significa cualquier persona que haga pausas al respirar.

—No, Alicia, de verdad. Creo que dijo unas treinta palabras en toda la noche.

—¿Y tú cuántas?

Vera abrió la boca y la cerró.

—No es relevante.

Alicia empezó a reírse.

—Pobre hombre, tuvo que…

—¡No hablo tanto! —se quejó ella.

Las dos se quedaron calladas un segundo cuando el móvil de Vera empezó a sonar otra vez. Alicia sonrió todavía más.

—Vera, cariño… acabas de responder a esa frase antes de que yo terminara de mirarte. Sí hablas tanto.

Vera agarró el teléfono mientras resoplaba dramáticamente.

—Bueno, pues para tu información, sobrevivió a la cena —comentó.

El móvil seguía vibrando en la mano de Vera. Miró la pantalla e hizo un gesto con la cara.

—Uyyy.

SANDRA — BODA TOLEDO.

Vera cerró los ojos un segundo.

—Si esto es otra crisis floral, dimito. —Alicia soltó una carcajada mientras ella descolgaba—. Sandra, por favor, dime que nadie ha huido.

—¡Vera! Necesito que me tranquilices.

Mala señal, muy mala señal.

Vera se levantó inmediatamente y comenzó a caminar por la oficina mientras abría otra carpeta.

—Vale, ¿qué ha pasado?

—La madre de Iván quiere cambiar las mesas.

Vera se quedó quieta.

—¿A nueve días de la boda?

—Dice que así habrá mejor “energía familiar”.

Vera miró al techo mientras Alicia ya se estaba riendo desde la otra punta de la oficina.

—Sandra, escúchame atentamente. Nadie muere por un seating plan .

—Mi suegra sí podría matar.

—Eso es distinto —apuntó rápidamente.

Vera empezó a revisar rápidamente el plano de mesas desde la tableta. Aquello era exactamente lo que hacía todos los días: apagar incendios emocionales vestidos de beige y flores secas.

—Vale. Respira. ¿Qué quiere cambiar exactamente?

Sandra comenzó a hablar demasiado rápido.

—Ahora dice que no puede sentarse cerca de la tía Marisa desde lo de Navidad… y entonces Iván se ha enfadado porque dice que su madre dramatiza, pero luego mi madre también se ha enfadado porque…

—Sandra, estás hiperventilando… como sigas así te vas a desmayar.

—Alicia soltó otra risa detrás de ella mientras seguía trabajando en unas muestras.

Vera abrió el plano de mesas—. A ver… la tía Marisa pasa a la mesa ocho, tu suegra a la seis y tu madre se queda en la siete porque, si la movemos, honestamente, podríamos provocar una guerra diplomática.

—¿Tú crees que funcionará?

—Sandra, cariño, llevo seis años organizando bodas. He separado ex novios, familias que no se hablan y una vez senté a dos personas enfrentadas políticamente sin que hubiese víctimas. Confía en mí.

Aquello pareció tranquilizarla casi de inmediato.

—Gracias, gracias… no sé qué haría sin ti.

—Pues probablemente cancelar la boda y vivir en el bosque —Sandra soltó una risa nerviosa—. Vale, todo solucionado. Ahora quiero que te tranquilices.

—Entendido.

—Perfecto. —Vera colgó finalmente y dejó caer la cabeza hacia atrás—. A este paso, voy a terminar medicada.

Alicia bebió café tranquilamente.

—No, pero probablemente acabarás canonizada.

En ese momento, la puerta se abrió y Claudia apareció de nuevo, bastante más calmada o, al menos, dentro de los estándares emocionales aceptables para una novia a seis días de casarse.

—Vale —dijo entrando con el móvil todavía en la mano—. Mi madre ya no cree que el matrimonio esté maldito.

—Eso siempre es una buena noticia.

Claudia se acercó a la mesa, ya más tranquila.

—He hablado con Sergio y me ha dicho que me relaje.

Alicia levantó la vista inmediatamente.

—Los hombres siempre creen que un “relájate” ayuda —comentó desde atrás.

—Lo sé —respondió Claudia—, pero luego Vera me explica las cosas y sí me relajo.

Vera sonrió mientras volvía a revisar documentos.

—Porque yo sí tengo inteligencia emocional.

—Y ansiedad organizada —añadió Alicia.

—Exacto —la señaló con el bolígrafo.

Claudia sonrió antes de mirar el panel enorme lleno de horarios, proveedores y fotografías.

—No entiendo cómo puedes controlar tantas cosas a la vez.

Vera levantó la vista.

—Porque si yo me derrumbo, todos nos derrumbamos.

Claudia volvió a sonreír y, sinceramente, esa era la parte favorita de Vera de todo aquello.

Sí, había estrés, muchísimo, clientes histéricos, familias complicadas, problemas absurdos, pero también le gustaba convertir el caos en algo bonito, aunque a veces sobreviviera únicamente a base de café y de una preocupante capacidad para hablar sin respirar.