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Gabriel observaba el exterior desde el asiento del copiloto mientras Carlos conducía lentamente por una calle secundaria del polígono, como si fueran dos trabajadores más terminando el turno de tarde.
La nave destacaba poco desde fuera: gris, anónima, con la persiana metálica cerrada en ese momento y sin rótulos visibles. Perfecta para pasar desapercibida. Precisamente por eso resultaba sospechosa.
—Hay poca actividad alrededor —murmuró Carlos mientras seguía avanzando despacio.
Gabriel asintió sin apartar la vista.
A aquellas horas, la mayoría de empresas del polígono habían cesado ya la actividad. Solo algunas luces aisladas permanecían encendidas en talleres o almacenes cercanos.
Había silencio, asfalto mojado, farolas blancas y un ambiente muerto. Era, sin duda, el tipo de sitio donde podían mover droga durante horas sin llamar demasiado la atención.
—Reduce un poco más —dijo Gabriel.
Carlos obedeció inmediatamente y pasaron frente a la nave sin mirar directamente demasiado tiempo. Todo discreto, sin prisas ni movimientos bruscos.
La experiencia enseñaba que muchas operaciones salían mal precisamente por llamar la atención antes de tiempo.
Gabriel analizó automáticamente: altura de la nave, salidas laterales, cámaras visibles, ángulos de visión, espacio de maniobra...
Había dos cámaras exteriores, una puerta lateral metálica y el acceso principal amplio para vehículos, con una posible salida trasera conectada con otra calle del polígono.
—La calle de atrás es mala para cerrar perímetro —comentó Carlos.
—Demasiado estrecha.
—Y si salen en vehículo, se complica.
Gabriel seguía observando.
Había una furgoneta blanca aparcada cerca del lateral derecho, sin logos ni movimiento.
—Da otra vuelta por detrás.
Carlos giró en la siguiente esquina sin cuestionarlo.
Las vigilancias previas servían precisamente para eso, para conocer el terreno, anticipar movimientos y visualizar entradas reales antes de una intervención. Aquella era la parte que casi nunca aparecía en las películas.
Cuando rodearon la parte trasera de la nave, Gabriel vio inmediatamente lo que buscaba.
—Ahí.
Carlos frenó ligeramente. Dos hombres fumaban junto a una puerta secundaria parcialmente iluminada. No parecían ser de seguridad profesional, pues estaban demasiado relajados. Uno llevaba algo abultado bajo la sudadera, probablemente un arma corta.
Gabriel memorizó posiciones mientras Carlos seguía conduciendo sin detenerse.
—Puerta trasera activa —comentó Gabriel.
—Sí.
—Y con vigilancia.
Gabriel sacó el móvil de trabajo y anotó rápidamente varios detalles operativos: puntos de acceso, cobertura, vehículos y personal visible.
Después, levantó otra vez la vista hacia la nave, alejándose lentamente.
—Si entramos, el equipo principal debe ir delante y un segundo equipo cerrando atrás.
—Y tiradores en cubierta lateral —comentó Carlos.
Gabriel siguió repasando mentalmente posibilidades.
El GEO trabajaba así, pensando antes de actuar, visualizando escenarios completos antes siquiera de recibir autorización. Nada de héroes improvisados entrando a lo loco.
—Hay demasiado espacio abierto delante —comentó Carlos—. Si alguien corre, tenemos mala cobertura.
—Necesitamos apoyo lateral.
Carlos lo miró brevemente.
—Medina va a querer entrar rápido si investigación confirma un movimiento grande.
Gabriel apoyó el brazo sobre la ventanilla.
—Entonces más vale que tengamos todo claro antes de actuar.
El vehículo avanzó hasta salir del polígono antes de detenerse finalmente en una calle más apartada.
Carlos apagó completamente las luces interiores y ambos se quedaron observando la distancia en silencio.
Gabriel volvió a mirar la fotografía aérea de la nave en la tableta. La pantalla iluminó tenuemente el interior oscuro del vehículo mientras Gabriel ampliaba la imagen aérea con dos dedos. Entradas, distancias y posibles coberturas.
Su cerebro funcionaba automáticamente de aquella manera desde hacía años.
Carlos apoyó un brazo sobre la puerta, observando el polígono a lo lejos.
—Demasiado tranquilo.
Gabriel asintió levemente.
La experiencia le había enseñado que los sitios verdaderamente peligrosos rara vez lo parecían desde fuera.
Normalmente eran exactamente así: silenciosos, apagados y corrientes, una nave gris perdida entre decenas de almacenes idénticos donde cualquiera pensaría que solo guardaban material industrial.
Gabriel deslizó otra fotografía en la tableta.
La cámara de vigilancia mostraba movimiento registrado dos noches antes: furgonetas entrando a las dos de la mañana, luces interiores encendiéndose y hombres descargando cajas.
—Si mueven mercancía aquí, probablemente tienen otra salida además de la principal —dijo Gabriel.
Carlos miró otra vez hacia la nave.
—¿Un subterráneo?
—O comunicación interior con la nave de al lado.
Eso explicaría por qué vigilancia todavía no había logrado identificar exactamente cuánto producto almacenaban allí.
Gabriel amplió el lateral izquierdo del edificio. Había demasiado espacio muerto entre las dos naves, por lo que aquello se transformaba en un posible punto de fuga.
—Mañana necesitamos un plano completo del alcantarillado y conducciones —añadió Gabriel.
Carlos rio.
—Me encanta cómo tu cerebro convierte cualquier edificio en una amenaza táctica.
—Es nuestro trabajo —le recordó.
—Sí, pero tú disfrutas bastante más que yo.
Gabriel ignoró el comentario.
El operativo previo era casi tan importante como la entrada. Se requería analizar, pensar y prever errores antes de que ocurriesen, eso era lo que mantenía viva a la gente.
El móvil de Carlos vibró brevemente.
Miró la pantalla y resopló.
—Mi ex mujer.
—¿Todo bien?
—Quiere saber si mañana llegaré a tiempo para acostar a la niña.
Gabriel guardó silencio mientras Carlos respondía rápidamente al mensaje.
Aquello siempre le resultaba extraño de observar: compañeros hablando de hijos, rutinas, familias… una vida normal.
Carlos guardó el móvil otra vez en su bolsillo.
—¿Sabes qué pienso?
Gabriel siguió mirando la tableta.
—No especialmente —respondió.
—Que tu madre no va tan desencaminada.
Eso hizo que Gabriel levantara la vista lentamente.
—¿Perdón?
Carlos sonrió ligeramente.
—Te hace falta alguien que te saque un poco por ahí. —Gabriel apoyó la tableta sobre sus piernas—. ¿A que llevas desde esta mañana pensando en una organizadora de bodas hiperactiva?
Cabroncete. ¿Le había leído la mente o qué?
Gabriel desvió la mirada hacia el exterior oscuro del polígono.
—Solo fue una cita.
—Claro —respondió como si se tratase de un loco.
—Carlos…
—Vale, vale.
Gabriel volvió a observar la nave a lo lejos. Todo seguía tranquilo y sin movimiento visible. Algo allí dentro no terminaba de gustarle, y el problema era que, normalmente, cuando tenía esa sensación, acababa teniendo razón.
El estudio de Vera Ríos parecía vivir al borde del caos organizado.
Portátiles abiertos, muestrarios de telas sobre una mesa, catálogos de flores, cajas con decoración, pósits pegados en casi cualquier superficie disponible y tres móviles sonando en distintos puntos de la oficina, como si estuvieran coordinándose para destruir su estabilidad mental.
Aun así, Vera se movía por allí con absoluta naturalidad, aquel era su mundo.
Un local luminoso cerca de Chamberí conformaba el espacio de trabajo, decorado con tonos claros y lleno de fotografías de bodas anteriores, mesas perfectamente montadas y paneles de inspiración repartidos por las paredes.
Había flores frescas en la entrada, olor a café recién hecho y música suave sonando de fondo mientras varias personas trabajaban entre llamadas, correos y listas interminables.
—Claudia, mírame —dijo Vera mientras sujetaba suavemente a la novia por los hombros—. Respira.
Claudia respiró hondo antes de volver a estar al borde del colapso.
—Es que no me puedo creer que falten solo seis días. Vera, literalmente seis. ¿Y si llueve? ¿Y si mi tío vuelve a discutir con la madre de Sergio? ¿Y si el DJ pone reguetón durante la cena? Porque yo dije clarísimamente que nada de reguetón durante la…
—No habrá reguetón durante la cena —la interrumpió Vera con paciencia infinita—. Y tampoco va a ser un problema si llueve porque ya he hablado con la finca para montar el plan alternativo por si acaso.
Claudia seguía nerviosa, muchísimo.
Vera agarró rápidamente la tableta y comenzó a hablar mientras deslizaba horarios.
—Mira. Escucha porque te voy a explicar exactamente cómo va a ir todo y necesito que no entres en pánico entre frase y frase, ¿vale?
—Claudia asintió demasiado rápido—. A las nueve llegan maquillaje y peluquería.
A las diez y media empezamos fotos. A las doce llega el fotógrafo a la finca.
A las doce y cuarenta y cinco los invitados ya estarán sentados.
A la una llega Sergio. A la una y cuarto entras tú.
A la una y media lloramos todos un poco.
Luego canapé, cóctel, cena y a las dos de la mañana probablemente tu tío baile salsa con alguien inesperado. Todo controlado.
Claudia la observó en silencio unos segundos.
—¿Cómo haces para acordarte de todo?
—Tengo memoria.
Eso arrancó una risa nerviosa a Claudia. Bien, objetivo conseguido.
Vera sonrió. Aquella era precisamente la parte más importante de su trabajo: hacer que la gente sintiera que alguien tenía el control cuando ellos estaban demasiado ocupados entrando en crisis.
—Confía en mí —añadió mientras le daba un vaso de agua—. Tu única obligación ese día es casarte y no desmayarte. Del resto me encargo yo.
Claudia, finalmente, pareció relajarse un poco.
—No sé qué haría sin ti.
—Probablemente cometer delitos.
Claudia volvió a reír antes de que su móvil empezara a sonar.
—Es mi madre.
—Mucha suerte —respondió Vera haciendo una señal de la cruz exagerada.
Claudia salió sujetando el móvil como si fuera una bomba a punto de explotar. En cuanto desapareció por la puerta, una voz sonó detrás de Vera.
—Madre mía, qué nerviosa está.