Manual de supervivencia para un GEO 3 #2
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Gabriel observó las matrículas mientras Medina seguía hablando.

—La teoría de investigación es que usan esas naves como puntos de almacenamiento temporal antes de distribuir la mercancía por la ciudad. Cambian continuamente de ubicación, así que necesitamos movernos rápido.

Uno de los agentes del fondo levantó la vista.

—¿Cuándo entramos?

Medina negó ligeramente con la cabeza.

—Todavía no. Queremos llegar al jefe de la red antes de hacer ruido.

Eso provocó algunos resoplidos discretos alrededor de la mesa.

Típico, todo el mundo quería intervenir cuanto antes, pero las operaciones largas funcionaban así: esperar, vigilar, presionar y entrar en el momento exacto.

—Lo que sí vamos a hacer —continuó Medina—, es preparar varias redadas simultáneas por si investigación confirma movimiento grande este fin de semana.

La pantalla cambió, mostrando planos de acceso a diferentes edificios.

Gabriel empezó a analizar automáticamente: entradas, ángulos, salidas y puntos ciegos.

—Robles. —Gabriel levantó la vista hacia Medina—. Tu equipo cubriría el almacén de Las Rozas si activamos el operativo.

Gabriel asintió una sola vez.

—¿Vigilancia confirma armas?

—Posible armamento corto y al menos dos individuos con antecedentes violentos.

Carlos soltó aire lentamente.

—Perfecto, qué ganas de recibir disparos un jueves.

Se oyeron algunas risas suaves alrededor de la sala.

Medina ignoró el comentario.

—La prioridad sigue siendo detenerlos con mercancía y documentación dentro de las naves. Investigación cree que uno de los almacenes también podría utilizarse para reuniones privadas de la organización.

Gabriel volvió a mirar las imágenes del polígono industrial. Naves grises y frías, discretas, perfectas para desaparecer en Madrid sin llamar la atención.

—También tenemos identificados varios vehículos utilizados para mover la mercancía —continuó Medina mientras una nueva diapositiva aparecía en la pantalla—.

Principalmente son furgonetas de empresas de distribución falsas.

Cambian matrículas constantemente, pero ya hemos localizado patrones de movimiento.

Gabriel se echó un poco hacia delante y apoyó las manos sobre la mesa, observando las imágenes.

Todo era exactamente igual que siempre: gente moviendo millones, tipos creyéndose intocables, almacenes perdidos en polígonos industriales y armas escondidas detrás de negocios aparentemente normales. Madrid estaba lleno de sitios así.

El inspector señaló una de las fotografías.

—Este almacén de Las Rozas nos interesa especialmente.

—La imagen mostraba una nave gris bastante anodina desde fuera: sin logos ni actividad visible, con las persianas metálicas bajadas.

Era perfecta para pasar desapercibida—. Llevan entrando y saliendo vehículos a horas raras toda la semana —explicó Medina—.

Y vigilancia confirma movimiento nocturno constante.

Carlos frunció el ceño.

—¿Hay vecinos por la zona?

—Pocos. La mayoría son naves vacías o negocios pequeños que cierran temprano.

Eso facilitaba muchísimo una intervención. Menos civiles, menos ruido y, por lo tanto, menos problemas.

Gabriel seguía observando el plano de acceso mientras Medina repartía varias carpetas.

—Necesitamos estudiar entradas y salidas antes de autorizar el operativo. Quiero todo preparado por si investigación da luz verde esta misma semana o la que viene.

Uno de los agentes pasó páginas rápidamente.

—¿Cuántos individuos calculamos dentro?

—Entre seis y diez, dependiendo del día.

Gabriel ya estaba mentalmente trabajando: rutas de acceso, posiciones, ángulos muertos… la rutina automática de siempre.

—Robles. —Gabriel levantó la vista hacia Medina—. Quiero que tú y Méndez reviséis esta noche el acceso exterior del polígono de Las Rozas. Nada invasivo, solo reconocimiento.

Gabriel asintió.

—Entendido —contestó.

—Investigación cree que puede haber movimiento importante de mercancía antes del fin de semana y no quiero improvisaciones si terminamos entrando.

Quiero dos rutas de entrada preparadas para cada nave —ordenó Medina mientras señalaba los planos proyectados en la pantalla—.

Principal y alternativa. Si algo sale mal dentro, nadie improvisa.

Uno de los agentes asintió mientras tomaba notas rápidamente.

—¿Haremos un acceso simultáneo? —preguntó Gabriel.

—Dependerá de lo que confirme vigilancia en las próximas cuarenta y ocho horas, pero quiero los equipos listos para entrar coordinados si hace falta.

La pantalla mostró imágenes nocturnas del polígono industrial: furgonetas entrando, persianas metálicas abriéndose, figuras moviéndose entre sombras.

Carlos apoyó un brazo sobre la mesa.

—La calle lateral de la nave de Las Rozas está demasiado expuesta.

Gabriel asintió inmediatamente.

—Y la salida trasera es estrecha. Si intentan huir en vehículo, se puede bloquear rápido.

Medina los señaló con el bolígrafo.

—Por eso vosotros vais primero a reconocimiento esta noche. Quiero distancias, accesos y posibles puntos ciegos confirmados antes de mañana.

Otro agente levantó la vista de su carpeta.

—¿Tenemos confirmación de civiles dentro?

—Negativo —respondió Medina—. Pero trabajamos como si pudiera haberlos. La última cosa que necesito es un inocente cruzándose en mitad de una entrada.

Gabriel volvió a mirar las fotografías de la nave.

Todo parecía tranquilo desde fuera, demasiado tranquilo, y eso normalmente significaba problemas.

—Revisad también cámaras exteriores y cobertura —continuó Medina—. Si entramos, quiero comunicaciones limpias y rutas claras de evacuación.

Carlos resopló suavemente.

—Qué bonito. Otra noche romántica en un polígono industrial.

Medina ni siquiera pestañeó.

—Si alguien encuentra romántico un almacén lleno de narcotraficantes, puede pedir traslado inmediatamente.

—Yo no, jefe —respondió Carlos levantando las manos—. Robles quizá. Tiene cara de enamorarse en sitios grises y silenciosos.

Gabriel ni se molestó en mirarlo.

—Trabaja y calla —protestó.

—¿Ves? Ahí está. Romance en estado puro.

Todo era serio, controlado y metódico, el tipo de entorno donde Gabriel funcionaba perfectamente: sin emociones ni conversaciones innecesarias, sin Vera Ríos hablando de reality shows de cocina durante cuarenta minutos seguidos.

La idea apareció en su cabeza sin más, y eso ya le molestó un poco. Sinceramente, no entendía por qué seguía pensando en ella.

Había sido una cita normal, nada más. Una mujer atractiva demasiado habladora, bastante divertida y mentalmente agotadora. Fin. No necesitaba analizarlo más.

—¿Robles?

Gabriel levantó la vista inmediatamente.

Medina lo observaba desde el otro lado de la mesa.

—¿Algún problema?

—No.

Carlos escondió una sonrisa pícara al lado suyo, pues supo a ciencia cierta que Gabriel acababa de distraerse pensando en la chica de la cita.

—Bien —continuó Medina—. Entonces, mañana a primera hora quiero un informe completo de accesos y posibles puntos de entrada. Si nos autorizan el operativo, quiero poder mover al equipo rápido.

La reunión terminó pocos minutos después.

Las sillas comenzaron a moverse mientras los agentes recogían carpetas y cafés vacíos.

Gabriel agarró la suya y ya se disponía a salir cuando Carlos se situó a su lado.

—Has puesto una cara rara hace un momento.

—No he puesto ninguna cara.

—La de “estoy pensando en la chica que me agotó mentalmente, pero aun así me parece guapa”.

Gabriel lo miró fijamente y empezó a caminar hacia la salida.

—Cállate.

Carlos sonrió mientras lo seguía por el pasillo.

—Solo digo que si recuerdas a una mujer después de escucharla hablar durante dos horas seguidas… probablemente te gusta más de lo que quieres admitir.

Gabriel no respondió, principalmente porque odiaba que aquella posibilidad tuviera cierto sentido.