3
A las seis y media de la mañana, Gabriel ya estaba despierto. A las siete, entrenando, y a las siete y veinte, odiando a toda la humanidad.
El gimnasio privado donde entrenaban algunos miembros de la unidad todavía estaba medio vacío a esa hora, algo que Gabriel agradecía profundamente. No soportaba los lugares abarrotados ni la gente que convertía entrenar en un evento social lleno de selfis y conversaciones innecesarias.
Para él, aquello era simple: entrenar, vaciar la cabeza y volver al trabajo. Nada más.
El sonido seco de los golpes contra el saco resonaba por toda la sala mientras Gabriel descargaba una combinación rápida y precisa.
Sudor, respiración controlada y silencio. Todo perfecto. Mucho mejor que una cena de dos horas con Vera Ríos hablando sobre centros de mesa, reality shows y traumas relacionados con bodas.
A su lado, Carlos Méndez terminaba una serie de dominadas observándolo con una sonrisa claramente divertida.
—Tienes cara de haber dormido poco.
Gabriel golpeó el saco una última vez antes de detenerse.
—He dormido perfectamente.
—Entonces esa expresión es preocupante.
Gabriel cogió una toalla y se secó el cuello.
—Mi madre me obligó a socializar.
Carlos soltó una carcajada.
—Ah, la cita —recordó.
Solo esa palabra ya le agotaba. Gabriel caminó hacia el banco de pesas mientras Carlos lo seguía todavía sonriendo como un imbécil.
Llevaban años trabajando juntos, demasiados años.
Carlos tenía treinta años y estaba divorciado, pero mantenía muy buena relación con su ex pareja.
Tenía una hija pequeña y disfrutaba muchísimo viendo cómo Gabriel sufría cualquier interacción emocional.
—¿Y? —preguntó mientras ajustaba peso en la barra—. ¿Qué tal?
Gabriel comenzó otra serie sin demasiada emoción.
—Hablaba mucho. —Carlos esperó y Gabriel terminó la repetición—. Muchísimo.
Carlos empezó a reírse antes siquiera de escuchar más.
—¿Qué significa “muchísimo”?
Gabriel dejó la barra en el soporte y se incorporó lentamente.
—Creo que dijo más palabras en la cena que yo en todo el mes de febrero.
La respuesta hizo reír todavía más a Carlos.
—Entonces era perfecta para ti. —Carlos arqueó una ceja hacia él—. ¿Era guapa al menos? —Gabriel bebió agua con una pausa demasiada larga, lo que provocó que Carlos abriese mucho los ojos—. Hostia. Sí, era guapa.
—¿Quieres ver una foto? —bromeó.
—¿La tienes? —preguntó, acercándose rápidamente.
—Mi madre me la envió para que la reconociese en el restaurante.
Abrió el WhatsApp, buscó el privado con su madre y le mostró la foto.
Carlos se quedó mirándola fijamente.
—Eh, pues sí que es guapa —dijo sorprendido.
Gabriel suspiró, apagó el móvil, lo dejó encima del banco e ignoró deliberadamente sus últimas palabras.
—Tenemos briefing esta tarde a las cuatro, ¿no?
—No cambies de tema.
—¿A las cuatro? —insistió él.
Carlos seguía riéndose.
—Sí. Y luego revisión del operativo en Vallecas.
Gabriel asintió mientras volvía a golpear el saco.
El trabajo era perfecto para hacerle olvidar, un terreno conocido, silencioso y ordenado, muchísimo mejor que las citas organizadas por Mercedes Navarro y sus amigas.
El móvil vibró sobre el banco.
—Mamá —susurró Gabriel al verlo y se pasó la mano por la cara, agobiado.
Gabriel cerró los ojos lentamente, así que Carlos aprovechó para mirar el nombre en la pantalla y sonrió al verlo.
—¿Te está haciendo el seguimiento posterior a la cita?
—Mi madre vive esto como una operación de inteligencia.
—Normal. Lleva años intentando emparejarte.
Gabriel cogió el móvil resignado.
—Un día va a secuestrar a una mujer directamente y a dejarla en mi salón.
Carlos sonrió.
—Si eso pasa, quiero estar presente.
Gabriel respondió la llamada mientras caminaba hacia una zona más tranquila del gimnasio.
—Hola, mamá.
—¡Por fin! ¿Por qué no contestabas?
—Estaba entrenando.
—¿Y no puedes entrenar y responder a tu madre al mismo tiempo?
Gabriel cerró los ojos un segundo.
—No.
—Bueno, da igual. Cuéntamelo todo.
Por supuesto, ni un “buenos días”, directamente al interrogatorio.
—No hay mucho que contar.
—Gabriel.
—La cena fue bien —acabó diciendo.
Hubo un silencio al otro lado de la línea hasta que Mercedes jadeó dramáticamente.
—¿Bien, bien?
—Mamá…
—¿Te gustó?
Gabriel apoyó la cabeza contra la pared y suspiró.
—Era… agradable.
Eso bastó para que Mercedes entrara prácticamente en combustión espontánea.
—¡Lo sabía! ¡Ay, Dios mío! ¡Sabía que os ibais a gustar!
Gabriel se pasó una mano por la cara.
—No he dicho eso.
—¿Va a haber segunda cita?
—De momento, no.
—¿Cómo que de momento no?
—Mamá, ya sabes que prefiero estar tranquilo.
—Gabriel, llevas diciendo “prefiero estar tranquilo” desde dos mil veintitrés. A este paso voy a conocer a mis nietos por videollamada desde el geriátrico.
Gabriel resopló.
—Mamá…
—¿Qué? Solo quiero un nieto. Uno pequeñito… no ocupan tanto.
Gabriel miró al techo del gimnasio.
—Claro. Porque alimentar niños y llevarlos al colegio no es trabajo.
—Pues vi a Vera hace un tiempo, nos trajo magdalenas, y parecía encantadora.
Gabriel dudó un segundo.
Sí, ese era el problema.
—Lo es.
Mercedes se quedó callada dos largos segundos.
—Te ha gustado —canturreó su madre.
Gabriel frunció el ceño.
—No empieces, mamá.
—¡Te ha gustado! ¡Confiesa!
—Mamá, tengo que trabajar.
—Eso no significa que no puedas enamorarte —siguió canturreando.
—Adiós, mamá.
—¡Gabriel!
Pero él ya había colgado.
Durante unos segundos pensó en golpearse la cabeza contra la pared.
Quería a su madre, la adoraba, y sabía que lo único que deseaba era verlo felizmente casado y con hijos, que todo aquello lo hacía, en parte, por su bien, pero él no lo deseaba en ese momento.
Estaba totalmente enfocado en el trabajo.
Además, su trabajo muchas veces era peligroso.
Aceptaba aquellas citas solo por ver sonreír a su madre, pero no porque a él le hiciese especial ilusión.
Regresó junto a Carlos mientras guardaba el móvil otra vez en el bolsillo.
Carlos seguía sonriendo como un bobalicón. Para él, aquellos momentos eran el mejor entretenimiento de su semana.
—¿Qué quería Mercedes?
Gabriel cogió su botella de agua.
—Nietos —respondió antes de dar un sorbo.
Carlos asintió lentamente.
—Ambiciosa para alguien cuyo hijo evita las relaciones como si fueran explosivos.
Gabriel lo miró fijamente.
—Trabajo literalmente con explosivos —le recordó.
—Y, aun así, creo que las citas te dan más miedo.
Carlos alzó las cejas dos veces.
Gabriel le hizo un gesto gracioso y cogió una pesa.
—Menos que un narcotraficante armado hasta los dientes —bromeó este antes de comenzar su serie.
La sala de reuniones estaba situada dentro de las instalaciones de la unidad en Madrid, en una zona restringida lejos del movimiento constante del resto del edificio.
Para llegar hasta allí había que atravesar varios controles de acceso, pasillos sobrios iluminados con luz blanca y puertas de seguridad donde el sonido de botas y conversaciones quedaba amortiguado por el ambiente hermético del lugar.
Era una sala amplia, funcional y carente de decoración innecesaria.
Todo en ella estaba diseñado para trabajar, no para resultar acogedor.
Las paredes grises, la iluminación fría y la enorme pantalla digital del fondo le daban un aspecto demasiado limpio y ordenado.
En una de las paredes había mapas de Madrid, fotografías aéreas y paneles donde se colocaban imágenes, matrículas y esquemas operativos que cambiaban continuamente según las investigaciones abiertas.
En el centro de la estancia había una mesa rectangular oscura, rodeada de sillas negras ocupadas por miembros de la unidad y agentes de investigación. Sobre la mesa se acumulaban carpetas, botellas de agua, cafés olvidados, tabletas y documentos marcados como confidenciales.
Varias pantallas secundarias mostraban cámaras de vigilancia, mapas de polígonos industriales y fotografías tomadas durante seguimientos nocturnos.
Todo el ambiente transmitía tensión contenida y rutina profesional: hombres acostumbrados a trabajar bajo presión, hablando de redadas, armas y operaciones como quien organiza horarios de oficina.
Gabriel siempre se había sentido cómodo allí. Le gustaba el orden, las normas claras y el silencio concentrado antes de una operación.
La sala de reuniones estaba en silencio cuando Gabriel entró junto a Carlos. Bueno, en silencio relativo. Siempre había alguien terminándose un café, revisando el móvil o quejándose del tráfico de Madrid. Aun así, comparado con la cena de la noche anterior, aquello le parecía un retiro espiritual.
En la pantalla del fondo se leía el nombre de la operación en la que llevaban trabajando varios meses: Operación Nereida.
Gabriel dejó la carpeta sobre la mesa y tomó asiento mientras el inspector jefe Álvaro Medina comenzaba la reunión.
Medina rondaba los cincuenta, tenía voz grave, paciencia limitada y la capacidad de hacer que incluso los agentes más veteranos dejaran de hablar cuando entraba en una sala.
—Vale, escuchad —dijo mientras cambiaba la diapositiva—. Investigación nos confirma un movimiento importante de mercancía para esta semana.
En la pantalla apareció un mapa de Madrid con varias zonas señaladas. Vallecas, Villaverde, Carabanchel y varias naves industriales a las afueras.
Gabriel cruzó los brazos mientras observaba las imágenes.
La banda llevaba meses moviendo cocaína y MDMA desde diferentes puntos logísticos repartidos por Madrid, utilizando almacenes falsos, empresas pantalla y transportes aparentemente legales.
No era algo improvisado, y eso era lo preocupante.
—Seguimos sin identificar al proveedor principal —continuó Medina—, pero ya tenemos confirmados varios intermediarios. Están moviendo mercancía desde dos naves industriales cerca de San Fernando y otra en un polígono de Las Rozas.
Carlos apoyó los codos sobre la mesa.
—¿La de Las Rozas sigue activa?
—Sí, y bastante.
La siguiente imagen mostró fotografías tomadas por vigilancia: furgonetas entrando de madrugada, movimiento constante y seguridad armada.