Manual de supervivencia para un GEO 2
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—… y entonces el padrino desapareció cuarenta minutos antes de la ceremonia porque se había peleado con la novia.

Gabriel levantó lentamente la vista de la copa de vino.

—¿El padrino se peleó con la novia?

—Sí. Bueno, técnicamente ella le tiró una copa de cava primero, pero sigo pensando que él exageró muchísimo.

—Vera cortó un trozo de pan mientras seguía hablando con total naturalidad—.

Resulta que habían salido juntos años atrás y nadie me lo había contado.

¿Sabes lo difícil que es organizar una boda cuando descubres secretos de ese estilo dos horas antes? Es como dirigir una telenovela.

Gabriel parpadeó varias veces, sorprendido.

El restaurante seguía lleno alrededor de ellos, aunque Vera parecía ocupar mentalmente más espacio que todas las demás mesas juntas.

Hablaba con las manos, con la cara y con los ojos, y cada vez que empezaba una historia, otra aparecía en mitad de la primera antes de que la terminara.

Era agotador, sobre todo a nivel mental. Honestamente, Gabriel empezaba a pensar que después de aquella cita iba a necesitar, como mínimo, ocho horas de absoluto silencio y una larga caminata sin interacción humana.

Pero también era muy guapa. Ese era el problema. Si solo hablara mucho, sería sencillo. Sin embargo, sonreía, y él la miraba demasiado; se reía, y el restaurante entero parecía más ruidoso. Tenía esos ojos marrón claro, llenos de expresión, que hacían imposible ignorarla.

Era, sin duda, una combinación tremendamente desconcertante.

—¿Y tú? —preguntó Vera, señalándolo con el tenedor—. ¿Qué haces exactamente en la Policía Nacional?

Gabriel ya se esperaba aquella pregunta.

—Trabajo en operaciones especiales.

Técnicamente no era mentira.

Vera entornó los ojos.

—Eso es muy misterioso.

—No, no lo es.

—Has dicho operaciones especiales, eso es lo que dice la gente antes de explotar cosas en las películas.

Él bebió un poco de vino.

—No exploto cosas habitualmente.

—El “habitualmente” no tranquiliza tanto como crees.

Gabriel enarcó una ceja.

El camarero dejó los platos sobre la mesa: la tagliata de ternera para él y los ñoquis al pesto para Vera.

Ella emitió un sonido de felicidad inmediata.

—Mira esto, ¡qué maravilla!

Gabriel observó cómo se emocionaba con la comida.

—Te impresionas fácilmente.

—Claro. Hay que disfrutar de las pequeñas cosas. —Ella probó los ñoquis y cerró los ojos un segundo—. Vale. Esto me recuerda a una boda italiana que tuve.

Gabriel la miró fijamente.

—¿Relacionas todo con bodas?

—Es deformación profesional.

—Pensaba que eso era lo mío.

Vera sonrió ampliamente.

—Bueno, tú tienes cara de perseguir criminales y yo tengo cara de discutir con floristas a las ocho de la mañana. Cada uno carga con lo suyo. —Él soltó otra breve risa y Vera lo señaló inmediatamente—. ¡Ahí! ¡Otra vez!

Gabriel ya sabía perfectamente a qué se refería.

—No hagas eso.

—¿El qué?

—Celebrar cada vez que parezco humano.

Ella lo miró con absoluta tranquilidad.

—Eres muy atractivo, pero tienes la expresión emocional de una puerta blindada.

Gabriel la miró directamente tras aquel comentario.

—¿Eso es un insulto?

—No. Las puertas blindadas son seguras y caras.

Gabriel negó lentamente con la cabeza.

Aquella mujer convertía cualquier conversación normal en algo completamente absurdo en menos de treinta segundos y, aun así, él seguía escuchándola.

—Vale, necesito hacerte preguntas normales porque siento que hasta ahora solo te he contado traumas relacionados con bodas y personas inestables —dijo Vera mientras apartaba ligeramente el plato—. Háblame de ti.

Gabriel ya sabía que aquello iba a terminar mal.

—No hay mucho que contar.

—Eso es mentira. Todo el mundo tiene cosas que contar. ¿Cuánto hace que lo dejaste con tu ex?

Directa, muy directa.

Gabriel bebió un poco de agua antes de responder.

—Dos años.

—¿Estuvisteis mucho tiempo juntos?

—Cinco años.

Vera abrió ligeramente los ojos.

—Vale, eso ya era serio, serio. —Él asintió una vez—. ¿Y qué pasó?

Gabriel la miró tranquilamente.

—¿Siempre haces interrogatorios así en tus primeras citas?

—Sí, soy muy eficiente socializando —respondió directa.

Eso explicaba demasiadas cosas.

—Simplemente dejamos de funcionar.

Vera hizo una pequeña mueca.

—Ufff… esa frase da miedo. Es la frase elegante de “acabamos agotados el uno del otro”.

Gabriel no respondió porque técnicamente no era incorrecto.

Ella apoyó la barbilla sobre la mano mientras seguía observándolo con curiosidad.

—¿Y desde entonces nada serio?

—Trabajo bastante.

Vera sonrió.

—Mi tía tenía razón, eres difícil —lo señaló.

—Mi madre y tu tía opinan demasiadas cosas —bromeó.

Gabriel empezaba a sospechar que juntas podrían desarrollar la capacidad de destruirlo psicológicamente en tiempo récord.

—Vale, siguiente pregunta importante —continuó Vera—. ¿Qué aficiones tienes?

—Entrenar.

—Eso no cuenta. Eso lo hacéis todos los hombres inaccesibles.

Gabriel la miró fijamente.

—¿Hay una clasificación?

—Sí. Gym , problemas para expresar sentimientos y música triste mientras conducís de noche.

Aquello estaba siendo toda una experiencia.

—También leo —acabó diciendo.

Vera abrió mucho los ojos.

—¡Eso sí es interesante! ¿Qué lees?

—Novela negra.

—Claro, eso encaja muchísimo contigo. ¿Has leído romántica?

—No.

—Bueno —se quedó pensativa—, creo que sufrirías.

Gabriel no lo dudó ni un segundo.

—Sí, supongo —respondió sin saber qué otra cosa decir.

Ella se rio otra vez antes de señalarse a sí misma.

—Yo leo de todo. Aunque últimamente solo tengo tiempo para cosas ligeras porque mi cerebro vive permanentemente agotado. También me gustan muchísimo los reality shows de cocina.

—¿Por qué?

—Porque son relajantes.

Gabriel la observó varios segundos.

—¿Relajantes? Son un grupo de personas gritándose mientras cocinan.

Ella le hizo un gesto gracioso sacando la lengua.

—Depende. Hay caos bonito y caos malo.

—Eso no tiene sentido.

—Para mí sí.

Y ahí seguía: hablando, saltando de un tema a otro, sin pausas ni silencios, sin necesidad aparente de oxígeno.

Gabriel empezó a sospechar seriamente que Vera Ríos funcionaba exclusivamente a base de cafeína y energía caótica.

—También hago pilates, aunque odio el pilates, pero mi fisioterapeuta insiste porque dice que vivo estresada.

¡Ah! Y me encanta viajar… y tengo una obsesión poco sana con comprar agendas bonitas, aunque luego nunca escribo en ellas porque termino usando notas del móvil.

¿Tú tienes aficiones raras? Seguro que coleccionas cuchillos o algo intimidante.

Gabriel la miraba completamente quieto. ¿Respiraba? ¿De verdad respiraba? Llevaba al menos dos minutos hablando sin detenerse.

Él incluso bajó la vista un segundo hacia su copa de vino, intentando encontrar paz espiritual allí dentro, aunque no funcionó.

—También me gusta muchísimo decorar mesas, aunque eso probablemente ya lo habías deducido porque literalmente organizo bodas y…

Gabriel cerró los ojos un segundo. Necesitaba un segundo de oscuridad y silencio mental.

Dios, aquella mujer agotaba más que un entrenamiento de doce horas… y lo peor era que ni siquiera parecía darse cuenta.

Si aquello no fuese una cita organizada por su madre, probablemente ya habría inventado una excusa para marcharse.

No porque Vera le cayese mal; al contrario, era divertida, muy guapa, incluso encantadora.

Pero él llevaba toda su vida buscando tranquilidad: silencio, orden y calma.

Y Vera Ríos era justo lo contrario. Era ruido, movimiento, caos…

un caos muy bonito, sí, pero caos, al fin y al cabo.

—¿Te estás durmiendo? —preguntó ella de pronto.

Gabriel abrió los ojos inmediatamente.

—No —dijo rápidamente.

—Has cerrado los ojos.

—Estaba pensando —se excusó.

—¿En qué?

“En si eras humanamente capaz de callarte más de cuarenta segundos seguidos”, pensó.

—En trabajo —improvisó.

Vera hizo una mueca.

—Eso es tristísimo…

Probablemente sí, pero, sinceramente, en aquel momento, Gabriel también estaba empezando a pensar que el silencio era una necesidad médica infravalorada.

—… aunque también te digo una cosa, las despedidas de soltera deberían estar mucho más reguladas legalmente. La gente pierde completamente la cabeza cuando lleva bandas rosas y prosecco ilimitado. Una vez una madrina intentó tatuarse el nombre del camarero en Benidorm y…

Gabriel seguía mirándola fijamente. No ya por interés, sino por una extraña forma de supervivencia emocional.

Aquella mujer tenía una capacidad sobrehumana para mantener conversaciones infinitas. Sin pausas ni descanso mental.

Empezaba a sospechar que Vera Ríos no respiraba, simplemente se recargaba hablando.

—… y claro, luego nadie encontraba a la abuela porque estaba jugando al bingo en otro hotel y…

Gabriel bajó lentamente la vista hacia el plato intacto de ñoquis frente a ella. Ni siquiera estaba cenando. Solo hablaba.

—Se te va a enfriar la comida —la interrumpió.

Vera parpadeó.

—¿Qué?

—La cena —la señaló educadamente con la mano.

Ella miró el plato como si acabara de descubrir que existía.

—Ah. —Agarró el tenedor rápidamente—. Tienes razón. Hablo muchísimo cuando estoy nerviosa.

Gabriel estuvo a punto de responder con un “¿No me digas?”, pero se obligó a mantener la compostura.

—Ya me había dado cuenta —respondió y luego sonrió con tranquilidad.

Ella le devolvió la sonrisa.

—¿Te estoy agobiando?

“Sí, muchísimo”, pensó para sus adentros.

De hecho, si aquella conversación duraba media hora más, Gabriel creía seriamente que iba a necesitar atención médica especializada y una habitación insonorizada, pero Vera lo preguntaba mirándolo con esos ojos marrón claro llenos de sinceridad y energía nerviosa.

Además, era guapísima. Y eso complicaba muchísimo el hecho de mantenerse irritado.

—No —mintió educadamente.

Vera sonrió satisfecha y volvió a hablar casi de inmediato.

—Perfecto. Porque una vez un chico me dijo que conversar conmigo era como intentar escuchar tres pódcast a la vez y…

Gabriel cerró los ojos un segundo. Dios, su cerebro estaba empezando a pedir clemencia.

Ella continuó cenando entre frases e historias varias, aunque parecía incapaz de permanecer callada más de quince segundos seguidos.

Vera saltaba de tema en tema con una naturalidad desconcertante: viajes, clientes imposibles, anécdotas absurdas, Madrid, series, aficiones, comida, amigas, fiestas, bodas…

Gabriel respondía cuando era necesario, con frases cortas, mientras sentía cómo su energía social se le iba apagando poco a poco.

Lo más preocupante era que Vera parecía interpretar cada una de sus respuestas mínimas como una invitación a seguir profundizando, como si el silencio no fuese un final posible, sino solo una pausa breve antes del siguiente asalto de palabras.

—… aunque también pienso que las personas calladas dais un poco de miedo al principio.

Gabriel levantó una ceja.

—¿Sí?

—Claro. Nunca sabes si os caemos mal o si simplemente estáis pensando en vuestra lista de la compra.

—Normalmente es lo segundo.

—¿Ves? Eso es tranquilizador.

No, no lo era. Nada en aquella cena estaba siendo tranquilizador.

La conversación avanzó entre pequeñas bromas, vino y el sonido constante de la voz de Vera llenando cada rincón del restaurante.

Para cuando el camarero dejó la cuenta sobre la mesa, Gabriel sentía honestamente que acababa de sobrevivir a un entrenamiento táctico de catorce horas sin dormir.

Vera agarró el bolso enseguida.

—No, no, pagamos a medias.

Gabriel sacó la tarjeta antes siquiera de responder.

—Invito yo.

—Gabriel, de verdad, no hace falta.

—Vera.

Ella se quedó callada un segundo.

Milagro histórico.

—Vale —aceptó finalmente—. Pero la próxima invito yo.

La palabra “próxima” hizo que Gabriel sintiera un ligero cansancio existencial y un breve escalofrío.

El camarero se llevó la tarjeta mientras Vera volvía a sonreírle.

—Me lo he pasado bien.

Gabriel la observó unos segundos porque, agotamiento mental aparte, él también, de una forma extraña e incoherente.

—Yo también.

Aunque, siendo sincero, sentía que le iba a explotar la cabeza.

Salieron del restaurante hacia la Plaza de Olavide, todavía viva bajo las farolas, con esa multitud nocturna que ignoraba el paso del tiempo.

El aire fresco de la noche golpeó a Gabriel como una bendición espiritual. Silencio exterior. Por fin.

—Bueno… —dijo Vera, acomodándose el bolso sobre el hombro—. Ha sido un placer conocerte, policía misterioso.

Gabriel sostuvo su mirada unos segundos antes de inclinarse ligeramente para despedirse con dos besos.

Ella olía a perfume suave y a vainilla. Error, aquello era un error.

—Igualmente, Vera.

Ella sonrió otra vez.

Era demasiado bonita para ser alguien tan agotadora.

—Buenas noches, Gabriel.

—Buenas noches.

Y, cuando finalmente se alejaron en direcciones opuestas, Gabriel soltó aire lentamente por primera vez en toda la noche.

Dios santo, estaba mentalmente agotado. Necesitaba silencio, oscuridad, cerrar la persiana de su habitación y, quizá, sentarse quince minutos para contemplar una pared.

Sacó las llaves de su vehículo mientras caminaba hacia el aparcamiento y el móvil vibró en el bolsillo.

Se fijó en que la pantalla mostraba el nombre de “Mamá” con cinco mensajes pendientes de revisar.

Mamá: ¿Ya has acabado?

Mamá: ¿Es guapa?

Mamá: ¿Te ha gustado?

Gabriel arqueó una ceja al leer el siguiente mensaje.

Mamá: ¿Os habéis besado?

Mamá: ¡Gabriel, contesta!

—Vaya tela… —susurró, cerrando los ojos un segundo y guardando el teléfono otra vez en su bolsillo.

Ni muerto iba a llamarla ahora.

Subió al BMW negro y arrancó el motor mientras Madrid seguía vivo a su alrededor.

Condujo hasta su piso, lejos del ruido del centro, en una zona moderna y tranquila donde llevaba viviendo cuatro años.

Su apartamento era exactamente como él: ordenado, minimalista, silencioso, con colores claros, líneas rectas, muebles funcionales y nada fuera de lugar.

El salón tenía un enorme sofá gris frente a una televisión que apenas encendía, una cocina abierta impecable y grandes ventanales desde donde se veía parte de la ciudad iluminada.

No había fotografías ni decoración que distrajera, ni ruido que rompiera el aire. Solo paz.

Gabriel dejó las llaves sobre la encimera, se quitó la chaqueta y terminó sentado en el sofá, guardando absoluto silencio.

Sin televisión, sin música, sin móvil… simplemente quieto, como si acabara de regresar de una operación complicada.

Después de dos horas escuchando a Vera hablar sin detenerse a tomar aliento, empezaba a sospechar que aquello había sido exactamente eso.