Manual de supervivencia para un GEO 1 #3
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—Aunque también entiendo a la novia, ¿eh? —continuó Vera en cuanto el camarero desapareció—. Hay límites en las relaciones. Compartir contraseña con una ex me parece rarísimo. ¿Tú compartirías Netflix con una ex?

Gabriel dejó el vaso despacio sobre la mesa.

—No tengo Netflix.

Vera lo miró horrorizada.

—¿Cómo que no tienes Netflix?

—No tengo tiempo.

—Eso es tristísimo —lo señaló con la mano.

Él se encogió de hombros.

—Tengo vida.

—Y estrés laboral, ¿no? —bromeó ella.

Él enarcó una ceja y chasqueó la lengua.

—Mi madre también dice eso.

—Pues tu madre me cae fenomenal.

Claro que sí, por supuesto, su madre y Vera juntas probablemente podrían destruir su estabilidad mental en menos de cuarenta y ocho horas.

—Además, tu madre le pasó fotos tuyas a mi tía.

Gabriel se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—De pequeño. —Vera le sonrió muy feliz—. Había una donde llevabas un disfraz de dinosaurio. —Gabriel cerró los ojos un segundo. Traición, aquello era alta traición—. También me contó que rompiste la nariz de un niño con ocho años.

—Fue accidental —se defendió él.

—Según ella, le empujaste porque dijo que las croquetas de tu abuela estaban malas.

Gabriel apoyó lentamente la espalda en la silla.

—Mi madre habla demasiado.

Vera rio.

—Ah, no, no, eso es imposible. Seguro que yo le gano. —Él la miró directamente y Vera sonrió inmediatamente—. ¿Qué?

—Nada.

—¿Por qué me miras así?

Gabriel dudó un segundo.

—Creo que tienes razón. Estoy intentando entender cómo se puede hablar tanto sin desmayarse —bromeó.

Ella volvió a reír.

—¡Eso me dice mi padre constantemente!

—¿Y?

—Que aprendió hace años que interrumpirme solo empeora las cosas.

Gabriel asintió lentamente.

Tenía sentido, muchísimo sentido.

Vera se inclinó ligeramente hacia delante, apoyando los codos sobre la mesa.

—Tú eres quien no habla mucho.

—No me gusta hablar por hablar.

—¿Y pensarías en morir si contaras más de tres frases seguidas?

Él sostuvo su mirada.

—No lo descarto.

Eso la hizo reír otra vez.

El camarero apareció finalmente junto a la mesa con una libreta en la mano y una sonrisa paciente de profesional acostumbrado a interrumpir primeras citas incómodas.

—¿Ya saben qué van a pedir?

—Sí —respondió Vera inmediatamente—. Bueno… creo. Espera. No, dame literalmente diez segundos, porque siempre me pasa lo mismo con las cartas italianas. Todo tiene queso y eso dificulta muchísimo la toma de decisiones.

Gabriel observó cómo agarraba la carta otra vez con absoluta concentración dramática.

—Es pasta, Vera. No un examen oficial del Estado.

—Precisamente por eso quiero elegir bien. La felicidad dura poco. Una mala carbonara permanece para siempre.

Gabriel pidió primero, concediéndole el tiempo que necesitaba.

—La tagliata de ternera, poco hecha.

—¿Ves? —dijo Vera, señalándolo inmediatamente—. Los hombres serios siempre pedís cosas serias.

Gabriel enarcó una ceja.

—¿Hay comidas graciosas?

—Claro, los raviolis son simpáticos. La lasaña transmite estabilidad emocional y los ñoquis tienen energía de persona caótica pero feliz.

El camarero ya estaba claramente disfrutando de la situación.

Gabriel, en cambio, seguía intentando comprender cómo aquella mujer podía convertir una carta en un test psicológico.

—Entonces pedirás ñoquis —dedujo él.

—Exacto, ¿ves como sí hablas cuando quieres? —Ella devolvió la carta—. Los ñoquis al pesto, por favor. Y pan, mucho pan. Nunca confío en la gente que rechaza pan gratis.

El camarero, todavía sonriendo, recogió las cartas y se alejó.

Gabriel apoyó un codo sobre la mesa.

—¿Siempre hablas así?

—¿Así cómo?

—Como si tuvieras cinco conversaciones simultáneas en la cabeza.

Vera sonrió ampliamente.

—Sí. ¿Es raro?

Él la miró unos segundos, con cierta diversión.

—Un poco.

—Mi profesora de primaria decía que parecía una radio encendida veinticuatro horas. —Gabriel podía creerlo perfectamente—. Y un chico con el que salí una vez me dijo que necesitaba descansar solo de escucharme pensar.

—¿Y cuánto duró aquello?

—Tres citas.

—Sorprendente resistencia física —rio él.

Ella volvió a reír, aunque esta vez con más fuerza.

Todo en Vera parecía intenso: la voz, las expresiones, las historias, la energía…

Gabriel estaba acostumbrado a personas controladas, silenciosas y predecibles. Vera era todo lo contrario. Y, sinceramente, empezaba a sospechar que aquello iba a terminar agotándolo profundamente.

—¿Y tú? —preguntó ella apoyando la barbilla en la mano—. ¿Siempre eres tan callado?

—Sí.

—¿Incluso con tus amigos?

—Sí.

—¿Y con tu ex?

Gabriel bebió agua tranquilamente.

—Especialmente con mi ex.

—Vale, eso ha sido gracioso —lo señaló—. ¿Ves como debajo de esa cara seria hay una persona?

—Gracias.

—Aunque sigues mirando a la gente como si fueras a interrogarla.

—Eso es deformación profesional —admitió él.

Ella se inclinó un poco hacia delante.

—Tu madre me dijo que eras muy protector.

Gabriel notó inmediatamente la trampa en aquella frase.

—Mi madre habla demasiado.

—Eso no responde a la pregunta.

Él sostuvo su mirada unos segundos antes de responder.

—Depende de la persona.

Por primera vez desde que se habían sentado, Vera pareció quedarse callada medio segundo más de lo habitual, y Gabriel descubrió algo inesperado: en silencio, también estaba guapa.