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Vera se masajeó la frente.
—Claudia, es normal estar nerviosa, pero te aseguro que todo… todo va a salir muy bien —pronunció con voz calmada.
El restaurante italiano donde habían quedado estaba situado en una esquina tranquila de la Plaza de Olavide, en pleno Chamberí, rodeado de terrazas iluminadas y grupos de gente disfrutando de la noche madrileña.
Desde fuera parecía uno de esos locales modernos y acogedores que mezclaban elegancia con ambiente relajado, el tipo de sitio al que las parejas iban en las primeras citas o donde grupos de amigos alargaban las cenas hasta medianoche entre vino y risas.
El interior tenía una iluminación cálida y tenue que bañaba las mesas con tonos dorados.
Las paredes de ladrillo visto, las estanterías repletas de botellas de vino y las plantas colgantes repartidas por el local daban al lugar un aire íntimo y acogedor sin resultar excesivamente sofisticado.
Sonaba música italiana suave de fondo, apenas lo bastante alta para mezclarse con el murmullo constante de las conversaciones y el tintinear de las copas.
Desde la mesa de Vera podía verse parte de la plaza a través de los grandes ventanales, empañados por el contraste entre el frío de fuera y el calor del restaurante.
Los camareros vestidos de negro cruzaban continuamente el local, transportando platos de pasta, pizzas recién hechas y bandejas que olían a ajo, albahaca y queso fundido.
Vera levantó la vista y se quedó completamente quieta.
Un hombre acababa de entrar en el restaurante.
Era alto… muy alto. Vestía una chaqueta negra, una camisa blanca remangada y tejanos oscuros.
Tenía la espalda ancha, el pelo castaño oscuro ligeramente despeinado y unos ojos grises que parecían observar el lugar entero en menos de tres segundos.
El camarero se acercó a él y el desconocido dijo algo breve antes de que el hombre señalara directamente hacia su mesa.
Oh, oh, mierda… ese debía de ser Gabriel.
Vera parpadeó lentamente. Aquello no era lo que esperaba cuando su tía y amiga de Mercedes le había dicho: “su hijo es policía”.
Aquel hombre parecía más bien el protagonista traumatizado de una serie de acción de Netflix.
—Claudia, te tengo que dejar.
—¡Pero todavía no hemos hablado de las velas flotantes!
Vera seguía mirando cómo Gabriel caminaba hacia ella.
—Madre de Dios. —El hombre ocupaba espacio atmosférico—. Confía en mí, las velas flotarán.
—¿Y si no flotan?
—Entonces tendremos un problema muchísimo más científico que decorativo.
El camarero seguía guiándolo hacia allí.
Vera se levantó demasiado rápido de la silla.
—Te llamo mañana.
—¡Vera!
—Oremos por las velas. Adiós.
Colgó justo cuando Gabriel llegó a la mesa y, durante un segundo, ambos se observaron en silencio.
—Hola —dijo ella, sonriendo rápidamente mientras se apartaba un mechón de pelo tras la oreja—. Soy Vera.
—Gabriel.
La voz grave le provocó una breve pausa mental completamente innecesaria.
Madre mía, su tía Amparo no había exagerado nada sobre el hijo de Mercedes.
Bueno, quizá un poco con lo de “muy simpático”. Aquel hombre tenía exactamente la expresión de alguien obligado a hacer su declaración de la renta a mano.
Gabriel le estrechó la mano y Vera notó inmediatamente la firmeza de sus dedos.
—Perdona por la llamada —dijo Vera mientras ambos se sentaban—. Una novia al borde del colapso porque cree que unas servilletas color marfil pueden destruir su matrimonio antes de empezarlo.
Gabriel la observó un segundo.
—Suena intenso.
—Lo es. Una vez una novia canceló un seating plan porque Mercurio estaba retrógrado.
Él parpadeó lentamente.
—No sé qué significa eso —pronunció Gabriel lentamente.
—Yo tampoco, pero todos parecían muy preocupados —sonrió ella mientras se sentaba. Gabriel la imitó—. Mi tía me dijo que eras policía —continuó ella—, aunque, sinceramente, esperaba todo menos… esto.
Gabriel arqueó una ceja.
—¿Esto?
Vera hizo un gesto hacia él.
—Altura intimidante, mirada de asesino elegante, vibra de hombre que sabe desmontar armas y montar muebles de Ikea sin instrucciones.
Gabriel soltó aire por la nariz.
¿Eso había sido una risa?
—Eso es muy específico.
—Tengo intuición social —comentó ella, moviéndose graciosa en la silla.
—Y aparentemente mucha imaginación —respondió él sin mirarla.
—También.
El camarero apareció para tomar nota de las bebidas y Vera sonrió.
—¿Ves? Esto ya está yendo mejor que otra cita que tuve donde un hombre me enseñó fotos de su iguana durante cuarenta minutos.
Gabriel la miró.
—¿Tenía muchas fotos?
—Más de cien.
—¿De la misma iguana?
Vera lo señaló inmediatamente.
—¡Exacto! ¡Eso dije yo! —Ahí estaba, una suave sonrisa en el rostro de aquel hombre, muy leve, casi inexistente, pero definitivamente estaba ahí—.
¿Sabes qué pasa? —continuó Vera mientras dejaba el móvil boca abajo sobre la mesa—.
Que las bodas sacan lo peor de las personas.
Bueno, y lo mejor, pero sobre todo lo peor.
La semana pasada una madre quiso cambiar el color de unas flores porque, según ella, “el melocotón transmite debilidad espiritual”.
No sé qué significa eso, pero discutió veinte minutos con una florista japonesa y yo terminé mediando un conflicto diplomático internacional entre peonías.
Gabriel la observó en silencio. Ella seguía hablando sin pausas ni respiraciones visibles.
—Ajá.
—Aunque la peor fue una novia que desapareció tres horas antes de la ceremonia porque descubrió que su prometido seguía compartiendo Netflix con la ex.
Imagínate el drama. Tuve que perseguirla por un hotel de Toledo mientras lloraba y gritaba que no podía casarse con un hombre capaz de ver series románticas con otra mujer.
Gabriel parpadeó lentamente.
¿Respiraba entre frase y frase? Porque, honestamente, la chica empezaba a preocuparle un poco.
—Al final se casaron —añadió Vera alegremente—. Pero, a veces, todavía pienso en esa cuenta de Netflix.
El camarero apareció con las bebidas y Gabriel aprovechó esos gloriosos cinco segundos de silencio para beber agua.