Manual de supervivencia para un GEO 1
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Manual de supervivencia para un GEO

Manual de supervivencia para un GEO

Por Mariah Evans

© inepub.com

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La fina lluvia de finales de septiembre golpeaba suavemente las ventanas del piso de Mercedes Navarro en Chamberí, Madrid, mientras Gabriel terminaba de abrocharse los puños de la camisa frente al espejo del recibidor.

—Ponte bien el cuello, hijo, que pareces cansado de vivir.

—Porque lo estoy —pronunció sin mirar a su madre.

Mercedes resopló con dramatismo antes de acercarse con un frasco de colonia en la mano.

Gabriel apenas tuvo tiempo de reaccionar.

—Mamá… —se quejó. Demasiado tarde, las tres pulverizaciones fueron directas al cuello—. Joder.

—No blasfemes. Y deja de quejarte, que vas a conocer a una chica preciosa.

Gabriel entornó los ojos un segundo mientras el olor a colonia invadía todo el pasillo.

Tenía veintiocho años, trabajaba como GEO para la Policía Nacional, entrenado para operaciones de alto riesgo y, aun así, era incapaz de sobrevivir a su madre un sábado por la tarde.

Terminó de remangarse ligeramente la camisa blanca, ya arrepentido de haberse dejado convencer.

Los tejanos oscuros y los zapatos negros bastaban para que pareciera arreglado sin dar la impresión de haberse esforzado demasiado, aunque Mercedes lo observaba como si estuviera preparando a un actor para una alfombra roja.

—Mírate —dijo ella emocionada—. Si es que eres guapísimo, no entiendo cómo sigues soltero.

Gabriel agarró las llaves del mueble de la entrada.

—Porque trabajo —le recordó.

—No, porque tienes menos vida social que una farola —protestó su madre, siguiéndolo por el pasillo.

—Las farolas tienen mucha vida social.

—¡No me vaciles! —exclamó con los labios apretados.

Mercedes le dio un golpecito en el brazo antes de caminar hacia la cocina y volver con una pequeña libreta floreada que Gabriel conocía demasiado bien.

La llamaba la libreta del terror. Su madre la llevaba usando dos años, desde que él había roto con Laura. Desde entonces, su madre se había transformado en una suerte de agencia matrimonial y le había conseguido cinco citas, ¡cinco!

Gabriel seguía sin entender cómo una mujer de cincuenta y siete años podía organizar más encuentros románticos que aplicaciones enteras de citas.

—A ver —dijo ella abriendo la libreta—. Vera Ríos, veintiséis años, organizadora de bodas y eventos. Sobrina de Amparo.

—¿Quién es Amparo?

Mercedes levantó la vista, horrorizada.

—¿Cómo que quién es Amparo? ¡Amparo! La del café de los martes.

—Eso no responde absolutamente nada —respondió.

—La rubia.

—Mamá, todas tus amigas son rubias —le recordó.

—Pues la más rubia. —Gabriel soltó aire por la nariz, agotado—. Escúchame bien, porque luego no prestas atención. Vera es simpática, divertida, muy habladora…

—Perfecto. Justo lo que necesito —ironizó.

—No pongas esa cara. A las mujeres nos gusta conversar, no comunicarnos en código morse.

Él se pasó una mano por el pelo castaño oscuro, todavía ligeramente húmedo tras la ducha.

—Esto lo hago por ti —pronunció.

—Lo sé.

—Y es la última vez.

Mercedes soltó una carcajada.

—Eso dijiste con Marta… y luego llegó Patricia.

—Mamá…

—Y Lucía era monííísima.

Gabriel miró a su madre de la cabeza a los pies.

—Lucía me preguntó cuántos hijos quería tener antes de pedir la bebida.

—Eso demuestra compromiso —indicó a su hijo.

Gabriel la miró fijamente.

—Eso da miedo.

Mercedes ignoró completamente el comentario y siguió pasando páginas de la libreta.

—Le gusta viajar, tiene su propia empresa y dice Amparo que cocina muy bien.

—Voy a cenar con ella, no a contratarla.

—¡Ay! Qué poca ilusión le pones a todo. Así no voy a tener nietos nunca —acabó con voz aguda.

—Te recuerdo que soy hijo único. La presión psicológica aquí es bastante evidente.

Ella lo señaló con el bolígrafo.

—Todos tus amigos están casados.

—Mis amigos no entran en edificios con explosivos.

—Carlos sí —apuntó rápidamente.

—Carlos está divorciado.

Mercedes abrió la boca y la cerró.

—Bueno… pero tiene hijos.

Gabriel soltó una risa breve, cansada, mientras se ponía la chaqueta negra.

Vivía solo desde hacía cuatro años en un apartamento moderno cerca de Las Tablas, lejos del caos permanente de Chamberí, pero aquello no había impedido que su madre convirtiera encontrarle novia en el proyecto principal de su vida.

Desde la ruptura con Laura, Mercedes había decidido que Gabriel necesitaba una mujer, una familia y, probablemente, terapia emocional.

—¿Le has comprado flores?

Gabriel la miró lentamente.

—¿Qué?

—Flores —remarcó su madre.

—No voy a aparecer con flores en una primera cita.

—Pues un detalle —dijo nerviosa.

—No.

—Unas chocolatinas.

—Mamá.

—Una vela bonita.

—Voy a cenar. No a pedirle matrimonio.

Mercedes suspiró mientras lo seguía hasta la puerta.

—De verdad que no sé a quién has salido tan soso.

Gabriel abrió la puerta del piso.

—A papá, seguramente.

Eso la hizo sonreír al instante. Y ahí estaba el problema. Por eso seguía aceptando aquellas citas absurdas, porque verla ilusionada seguía siendo una debilidad demasiado fácil de explotar.

—Se llama Vera —insistió Mercedes una última vez mientras él esperaba el ascensor—. Sé agradable.

—Siempre soy agradable.

Ella soltó una carcajada tan fuerte que una vecina abrió la puerta del piso de enfrente.

—Gabriel Robles, eres mi hijo, te quiero… pero no eres agradable. No confundamos conceptos.

Gabriel entró al ascensor y se giró hacia su madre con la ceja arqueada por su último comentario.

—Gracias mamá, yo también te quiero —ironizó mientras pulsaba el botón para bajar.

—¡Llámame cuando termine la cita! —Gabriel cerró los ojos y suspiró—. ¡Llámame! ¿Eh? ¡Gabriel! ¡Que me llames!

—Claro, mamá —contestó él. Luego pulsó el botón para bajar.

—¡Que luego nunca me cuentas nada!

—Porque no hay nada que contar.

—¡Pues hoy sí puede haberlo! ¡A lo mejor es la mujer de tu vida!

Él abrió los ojos lentamente.

—Mamá, solo voy a cenar. Relájate. —Miró las puertas del ascensor—. ¿Por qué no se cierran? —preguntó para sí mismo bastante desesperado.

—¡Gabriel! ¡Que me llames!

Las puertas comenzaron a cerrarse, aunque demasiado despacio para su gusto.

—Que sí, mamá.

—¡Y sé simpático!

—Eso ya me lo has pedido, no abuses de los milagros.

Mercedes resopló.

—¡Y no pongas esa cara de asesino profesional!

Gabriel se quedó mirándola con absoluta calma.

—Soy literalmente un asesino profesional entrenado por el Estado.

Mercedes apretó los labios, visiblemente enfadada.

—¡Ay, hijo, de verdad que no ayudas nada! Ahora te pasaré su foto al WhatsApp para que la reconozcas —gritó como si acabase de acordarse.

Las puertas terminaron de cerrarse por fin.

Gabriel apoyó la cabeza un segundo contra la pared metálica del ascensor y dejó escapar aire lentamente.

Al fin. Silencio. Bendito silencio.

Bajó hasta el aparcamiento subterráneo del edificio mientras se aflojaba ligeramente el cuello de la camisa. El silencio del garaje fue casi terapéutico después de media hora escuchando a su madre organizar su vida sentimental como si dirigiera una operación militar.

Su BMW X5 negro descansaba en la plaza del fondo, impecable, discreto y excesivamente serio.

Gabriel abrió el vehículo, dejó las llaves y la chaqueta en el asiento del copiloto y arrancó el motor mientras la radio comenzaba a sonar suavemente.

Condujo fuera del garaje hacia las calles húmedas de Chamberí y tomó dirección a la plaza de Olavide.

Madrid brillaba bajo las luces de la noche del sábado con sus terrazas llenas, parejas caminando, taxis circulando y grupos riendo en las esquinas. La ciudad estaba viva.

Por primera vez en semanas, Gabriel condujo sin tener la cabeza ocupada con operaciones, entrenamientos o informes.

La verdad era que no se negaba a la idea de tener una familia algún día. Nunca le había disgustado, pero era algo que no iba a admitir delante de su madre; solo le faltaba eso. Sí, deseaba una casa tranquila, una rutina normal… alguien esperándolo al volver.

La idea le gustaba más de lo que estaba dispuesto a reconocer en voz alta.

El problema era que su vida rara vez dejaba espacio para algo así.

Pertenecer a la unidad de élite del Cuerpo Nacional de Policía, el Grupo Especial de Operaciones o GEO, no era un trabajo que se quedara en la oficina al terminar el día.

Era una forma de vivir, de pensar y de estar siempre alerta y, honestamente, hacía tiempo que había asumido que quizá no era fácil construir algo estable alrededor de eso.

Por eso las citas le agotaban, porque siempre terminaban igual: preguntas, horarios imposibles, explicaciones incómodas y distancia.

Quizá su madre tenía razón y trabajaba demasiado. O quizá, simplemente, no había conocido todavía a la persona adecuada.

—Claudia, escúchame atentamente, porque voy a decir esto una sola vez y necesito que respires mientras tanto.

Vera sujetó el móvil entre el hombro y la oreja mientras revisaba por quinta vez la decoración floral colocada sobre una de las mesas del restaurante italiano de la Plaza de Olavide.

—La boda es dentro de diez días, no mañana. Está todo controlado.

Vera apartó una copa de vino que un camarero acababa de dejar demasiado cerca de su agenda electrónica.

—No, el violinista no ha desaparecido, tiene gastroenteritis. Son cosas distintas. —Suspiró mientras se pasaba la mano por el cabello—. Claudia, cariño, si se estuviera fugando con tu prima, no te lo diría su representante.

Abrió la agenda electrónica repleta de notas de colores y las revisó.

Organizar bodas era básicamente apagar incendios emocionales vestidos con flores caras y, aun así, adoraba su trabajo.

Le encantaba transformar el caos en algo bonito.

Le encantaban las luces, la música, los nervios de última hora y esa sensación de haber creado uno de los días más importantes en la vida de alguien, aunque eso también implicara responder llamadas a las nueve de la noche mientras intentaba tener una cita organizada por la amiga pesada de su madre.

—Sí, ya he hablado con el cáterin. Sí, también con la finca. Y con el fotógrafo. Y con el DJ. Y con la Wedding Content Creator , esa que contrataste para TikTok. Y no, nadie va a olvidar los centros de mesa.