Manual de señoritas para ganar la guerra 27 #2
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—Estoy segura de que así será —dijo Peggy—. Por aquí, por favor.

—¿Señorita Sparks? —ladró una voz.

Ella se volvió.

—Señor Longforth. Estábamos a punto de acompañar a la señora Travers a la cafetería para realizar la entrevista, si desea usted venir con nosotros.

—Muy bien.

La señora Travers volvió su gélida mirada hacia él.

—¿Y usted quién es?

Él la miró sorprendido antes de tenderle una mano.

—Le pido disculpas, querida señora. Soy Henry Longforth, director del Departamento de Publicaciones —contestó él.

—Hace bien en disculparse. Ha llegado usted siete minutos tarde —dijo ella, dándole unos golpecitos a su reloj de muñeca con el dedo índice de la otra mano antes de volverse de nuevo y seguir a Peggy.

A medida que avanzaba la entrevista, quedó rápidamente claro que Henry Longforth había encontrado la horma de su zapato.

—Verán, mientras ustedes permanecen aquí sentados diciéndole al país qué debe hacer, en el Servicio Voluntario Femenino trabajamos duro para asegurarnos de que ganamos esta guerra —les dijo la señora Travers.

—¿Ah, sí? —dijo Longforth con sorna—. ¿Y no cree que eso también tiene algo que ver con los muchachos que están luchando en el extranjero?

Margery se volvió hacia Peggy y Marigold y puso los ojos en blanco como si estuviera en presencia de un completo idiota.

—Claro que sí, pero ¿quién les proporciona apoyo para que puedan realizar esa tarea?

¿Quién les envía calcetines para que puedan conservar secos los pies o paquetes para que puedan alimentarse?

¿Quién mantiene en marcha Gran Bretaña mientras la guerra sigue su curso?

¿Quién proporciona té y simpatía a nuestros guardias, policías y bomberos?

¿Quién ofrece consuelo y apoyo a aquellos cuyo hogar ha sido bombardeado?

¿Quién se asegura de que haya una Gran Bretaña a la que regresar?

—¡Oh, bravo! —exclamó Marigold, estallando en un espontáneo aplauso.

Margery frunció los labios y, esbozando lo que parecía una sonrisa, se volvió hacia Longforth.

—¿Quién hace todas esas cosas? —preguntó—. Porque no creo que sea usted, ¿verdad?

—Caramba —dijo Marigold cuando volvían luego a su oficina—. Nunca había visto a un ser humano volverse del color que ha adquirido Longforth cuando Margery Travers lo ha puesto en su lugar. ¿Qué tono dirías que era? ¿Carmesí? ¿Violeta?

Peggy soltó una risa ahogada.

—Remolacha. Parecía una remolacha en conserva de la mejor calidad.

—¡Ah, señora Bauman, señorita Cecily! —dijo la señora Pyecroft, recibiéndolas en la puerta de la oficina—. ¿Qué tal ha ido con la señora Travers?

Peggy y Marigold intercambiaron una mirada.

—Digamos que no creo que tengamos más problemas con el señor Longforth respecto al libro —dijo Peggy.

La señora Pyecroft asintió satisfecha.

—Excelente. Un trabajo formidable, como le gusta decir a la señorita Cecily.

El señor Beecher insistió en que todo el departamento acudiera a la imprenta para ver cómo el primer libro salía de la prensa.

Ahora que la marea de la guerra se inclinaba cada vez más hacia la victoria en Europa, daba la sensación de que el trabajo que estaban llevando a cabo en el Ministerio no tardaría en llegar a su fin.

Cuando Frank entregó a Marigold y Peggy el primer ejemplar de El lugar de la mujer está en la guerra firmado por sus autoras, el señor Beecher estalló en aplausos mientras Rosa, Sheldrake, Hilda y Constance silbaban y vitoreaban a sus compañeras.

—Es como si estuviera sosteniendo un bebé recién nacido —dijo Marigold mientras acariciaba la cubierta del libro, desde la que todas las mujeres que habían entrevistado, formando un collage, las miraban con un orgullo similar.

Luego abrió la cubierta y le dio un apretón en el brazo a Peggy al ver la dedicatoria.

«En memoria de Emily Marsh, 1870-1944».

—Si me permiten su atención un momento..

. —dijo el señor Beecher. Se volvió hacia Peggy y Marigold—.

Enhorabuena a ambas no solo por la publicación del libro, que es un trabajo realmente magnífico, sino por todo el duro esfuerzo que han realizado a lo largo de estos últimos años.

Me siento inmensamente orgulloso de este departamento y todo lo que hemos conseguido.

—Al decir eso, les hizo una pequeña reverencia con la cabeza a los presentes—.

Puede que algunos menosprecien nuestro trabajo en el Ministerio y nos consideren meros difundidores de propaganda del Gobierno, pero creo de veras que hemos hecho todo lo posible para trabajar con integridad, tratar de elevar la moral de la nación y ofrecer un poco de esperanza que nos conduzca a días más prósperos.

Es un honor trabajar con todos ustedes. Si viviéramos en otros tiempos, brindaría con el mejor champán francés, pero hoy solo puedo ofrecerles mi reconocimiento y transmitirles el orgullo que siento.

Gracias. —Su mirada se cruzó un momento con la de Peggy y ambos compartieron una sonrisa.

—¿Puedo decirle a mi esposa lo inmensamente orgulloso que también me siento de ella? —dijo Frank, atrayéndola hacia sí.

—Por supuesto —dijo Peggy—. De hecho, es curioso que Marigold haya comparado el libro con un recién nacido —comentó, levantando la mirada hacia su marido con las cejas alzadas.

—¿De verdad? —dijo Frank con el rostro iluminado.

Peggy asintió.

—De verdad. Espero que el año que viene podamos celebrar una nueva vida y el final de la guerra.

Frank la abrazó y le dio un beso en la coronilla.

—En ese caso será mejor que nos pongamos las pilas con la nueva casa.

Para gran satisfacción de Henry Longforth, el libro no vendió demasiado.

—Le advertí a Beecher que no era más que una tontería sentimental —le oyó decir Sheldrake—. A los lectores no les interesa realmente lo que hacen las mujeres. Lo que quieren son historias de valentía y aventuras.

—Lo siento —dijo Sheldrake tras contarles lo que había oído mientras almorzaban.

Peggy se encogió de hombros.

—Me da igual lo que piense Henry Longforth. Y, además, tampoco esperaba que se vendieran miles de ejemplares. Solo quería contar las historias de esas mujeres.

—¿Y qué hay de malo en ser sentimental? —preguntó Marigold—. Ese hombre no tiene alma.

—Pues a mí me parece un libro maravilloso —dijo Laurie—. Y también a mi madre. Y a todas sus amigas.

—Esa es recompensa suficiente para mí —dijo Peggy. A continuación, se puso de pie y estiró los brazos, desentumeciéndose—. Voy a dar un paseo por la plaza —añadió—. Órdenes del bebé. Nos vemos dentro de un rato.

Nubes gris pálido y blancas cubrían completamente el cielo. Al cruzar la calle, divisó a la señora Pyecroft en la entrada de la plaza. Esta se volvió hacia ella y alzó las cejas a modo de saludo.

—Señora Bauman, ¿tiene tiempo para dar un pequeño paseo?

Peggy se sintió gratamente sorprendida. A lo largo de los años, sus interacciones habían sido funcionales, meramente parte del trabajo que realizaban, pero ella siempre había sentido curiosidad por esa mujer y, secretamente, siempre había deseado compartir con ella una conversación propiamente dicha.

—Sí, claro.

Caminaron en silencio bajo unos árboles esqueléticos cuyas ramas se aferraban desafiantes a sus últimas hojas.

—¿Está decepcionada por la recepción del libro? —preguntó la señora Pyecroft al cabo de un rato.

—En absoluto —contestó Peggy—. Me siento muy orgullosa de él.

—Y con razón. —Pyecroft metió una mano en un bolsillo—. Por cierto, hoy he recibido este mensaje. He pensado que quizá le interesaría leerlo.

Peggy desdobló la nota que le dio Pyecroft, sorprendiéndose al ver el sello de la Casa Blanca en el encabezamiento.

Mi querida Magdalena:

Confío en que estés bien. Solo quería escribirte una breve nota para agradecerte que me hayas enviado del libro de Peggy y Marigold.

Me ha parecido maravilloso. Por favor, transmíteles mis felicitaciones a ambas.

Estoy convencida de que, con mujeres como las que aparecen representadas en sus páginas al frente de nuestros esfuerzos, seremos capaces de traer de vuelta pronto a nuestros muchachos y poner fin a esta terrible guerra.

Con mis mejores deseos.

Atentamente,

Eleanor

Peggy levantó la mirada hacia la señora Pyecroft, quien en esos momentos estaba contemplando cómo un petirrojo que se encontraba a unos metros de distancia trataba de sacar con esfuerzo un gusano de la tierra.

—Qué listos son los petirrojos, ¿no le parece? Decididos. Resistentes. Siempre los he admirado.

—Sí, sin duda son unos pajarillos muy valientes, pero ¿puedo preguntarle por esta carta? ¿Cómo...? ¿Cuándo...? ¿Por qué...? —Peggy tenía dificultades para articular las preguntas que quería hacerle.

La señora Pyecroft se volvió hacia ella.

—La vida está llena de preguntas, señora Bauman.

Algunas necesitan respuesta y otras no. Fíjese en mi caso, por ejemplo.

La gente hace todo tipo de preguntas sobre mí.

Quieren saber de dónde vengo, quién soy, qué hago.

Si tuvieran esa información, harían suposiciones y juzgarían.

Si supieran que soy alemana, por ejemplo, me juzgarían.

Me considerarían una extranjera. Una forastera.

Una espía, incluso. Pronto descubrí que, si guardo silencio y hago lo que hay que hacer, soy capaz de conseguir muchas cosas.

Y he comprobado que usted y miles de mujeres jóvenes también lo han hecho.

La guerra nos ha ofrecido una gran oportunidad y habríamos sido idiotas de no haberla aprovechado.

—Miraba fijamente a Peggy mientras hablaba—.

Puede que usted no vea las consecuencias directas de sus buenas obras, y que un hombre como Henry Longforth quiera que usted crea que no existen.

Él, por ejemplo, no se creería que uno de sus libros más recientes ha servido para que más de quinientos prisioneros se escapen del campo en el que estaban presos.

Peggy abrió los ojos como platos.

—¿Más de quinientos?

La señora Pyecroft asintió.

—Y estos, a su vez, nos han podido ofrecer información clave sobre el enemigo. De modo que, como ve, al final su trabajo ha tenido un gran alcance y ha sido vital.

—Gracias, señora Pyecroft. —Peggy le tendió la nota.

—Quédesela y enséñesela a la señorita Cecily —le contestó—. Y asegúrese de enmarcarla y colgarla de la pared para que la próxima vez que el señor Longforth vaya a visitarla pueda verla. Los pequeños esfuerzos tienen grandes repercusiones, señora Bauman.

Telegrama de correos

Lamentamos informarle de que su esposo, Joseph Charles Sparks, ha sido declarado desaparecido tras su fuga la noche del 30 de enero de 1945. Cualquier información adicional que recibamos le será comunicada inmediatamente en cuanto obtengamos notificación por escrito de la Cruz Roja.