27
—Tengo una sorpresa para ti —dijo Frank un fin de semana mientras paseaban por el parque de Edenham con Badger y Nancy.
Espoleada por la voluntad conjunta de Marigold, Dulcie y el espíritu de Emily, Peggy había regresado hacía poco al Ministerio, aunque seguía viviendo en casa de su madre.
Alice le había asegurado que estaba perfectamente bien y que debía regresar a su hogar conyugal, pero algo retenía a Peggy.
No les había dicho nada a su madre ni a Frank acerca del desasosiego que sentía por el hecho de que Joe no hubiera firmado su última carta con la promesa habitual de «volveremos a vernos».
Peggy se había dicho a sí misma que no era más que una superstición tonta, pero también sabía que eso significaba que Joe había tocado fondo, y eso la reconcomía por dentro.
Así pues, ya fuera por la pérdida de su abuela o por esa nueva y persistente preocupación por Joe, era incapaz de marcharse del lugar en el que se sentía más cerca de ambos.
Era consciente de que a mucha gente podía parecerle cuestionable que una esposa viviera separada de su marido, pero también sabía que Frank no era una de esas personas.
Su marido soportaba la situación con comprensiva paciencia y ella lo quería aún más por ello.
—¡Me encantan las sorpresas! —dijo Nancy, dando saltitos a su lado—. ¿Es algo de chocolate?
—Mejor aún —dijo Frank con una sonrisa irónica.
—¿Qué podría ser mejor que el chocolate?
—Por ahí —dijo, señalando una hilera de casas.
—¿Un globo de barrera? —preguntó Nancy con el ceño fruncido.
Frank se rio.
—No. Ven conmigo. Te lo enseñaré.
Un momento después, se encontraban ante una destartalada casa victoriana de ladrillo rojo en cuyo tejado faltaban tejas y con algunas palomas anidadas en el porche.
—Lo siento, Frank, pero esto no parece mejor que el chocolate —dijo Nancy con solemnidad.
—Bueno, el hombre que vivía en esta casa no la cuidó demasiado y necesita algunos arreglos, pero eso también significa que no es tan cara como otras —dijo, abriendo la puerta de entrada.
Peggy se lo quedó mirando estupefacta.
—Pero ¿quieres decir que...?
Él asintió.
—Es nuestra si te gusta, pero solo si te gusta.
Las últimas veces que he venido a visitarte he aprovechado para reunirme con algunos agentes inmobiliarios.
—La miró con ternura—. Solo quiero que seas feliz, Peggy, y sé que lo que te haría feliz es vivir cerca de tu familia.
—Se apartó para dejarlas entrar. Peggy fue pasando de una habitación a otra, contemplando las paredes húmedas, el papel pintado parcialmente despegado, los tableros de madera rotos del suelo y más palomas que salieron volando a través de las ventanas rotas en cuanto Badger apareció por la puerta y las saludó con unos ladridos—.
Tiene tres dormitorios y fontanería interior, aunque es posible que haya que renovarla.
También tiene un jardín que ahora está cubierto de matorrales, pero que podría quedar maravillosamente bien.
—Peggy permaneció en silencio mientras subían la escalera al primer piso y entraban en una habitación grande con vistas al parque.
—Me gusta —declaró Nancy al tiempo que dibujaba una cara sonriente en la ventana cubierta de mugre—. Os podría saludar desde el estanque de los patos.
—Y no te he sobornado para que dijeras eso, ¿verdad? —comentó Frank.
—Bueno, has dicho que en el camino de vuelta a casa podríamos pasar por la tienda de la señora Huggins para comprar algunos caramelos de limón ácido.
Frank se rio y se volvió hacia su esposa.
—Bueno, querida. ¿Qué te parece?
Peggy contempló la chimenea mugrienta y las ventanas grandes y sucias que ofrecían un amplio panorama de Londres, destrozada y maltrecha pero todavía en pie.
«Es un buen hombre, Peg».
«Lo sé».
«Es todo un detalle que te haya buscado esta casa. Ahora mismo está hecha un desastre, pero con un poco de esfuerzo la dejaréis como nueva. Y será un buen sitio en el que criar a vuestros hijos».
«Oh, abuela».
«Tienes que seguir adelante, Peg. Lo sabes, ¿verdad?».
—¿Peggy?
Ella se volvió hacia Frank, ese hombre amable y cariñoso que había hecho todo lo posible para ofrecerle una chispa de esperanza. Se acercó a él, le rodeó el cuello con los brazos y lo besó en la mejilla.
—Gracias —susurró con los ojos bañados en lágrimas—. Gracias.
Peggy y Marigold se pasaron los siguientes meses entrevistando a las mujeres que aparecerían en el libro ahora titulado El lugar de la mujer está en la guerra y que estaban decididas a firmar con sus propios nombres.
—Ya saben que a mí no necesitan convencerme en lo que a eso respecta —dijo el señor Beecher—, pero el señor Longforth es posible que piense de otro modo. En cualquier caso, sigamos adelante y ya abordaremos esa cuestión cuando surja, ¿no le parece, señora Pyecroft?
—Desde luego —dijo esta, asintiendo suavemente con la cabeza.
Peggy no podía imaginarse historias más inspiradoras y conmovedoras que las de las mujeres que entrevistaron para el libro. Como, por ejemplo, la de Rosemary Draper, operadora de radar del Servicio Territorial Auxiliar. Se había unido después de que su prometido muriera en combate en Francia.
—Quería hacer algo para ayudar, lo que fuera, y evitar así que otros hombres murieran y que otras mujeres como yo perdieran su futuro.
Al principio, los muchachos fueron algo condescendientes, pero cuando les demostré que era tan capaz como ellos, pronto cerraron el pico.
Como mujer, no se me permite disparar un arma, claro está, pero estoy en medio de la acción.
He oído algunas cosas realmente horribles a través del transmisor de radio, pero también he salvado vidas.
Me siento orgullosa de lo que hago. Sé que he aportado algo.
Me cuesta imaginar la idea de volver a la vida normal cuando termine la guerra.
Antes trabajaba en un banco, pero no estoy segura de que, después de la experiencia que he vivido, tenga ganas de sentarme de nuevo detrás de un escritorio.
Esto me ha abierto los ojos. Nunca volveré a ser la misma y me siento agradecida por ello.
Luego, Peggy y Marigold viajaron a Cornualles para encontrarse con Maggie Burrows y sus chicas del Cuerpo Femenino de Trabajadoras Agrícolas. Era un alegre grupo de mujeres que admitían con entusiasmo que nunca antes habían estado en el campo y, mucho menos, habían ordeñado una condenada vaca.
—¿Y qué diría que es lo más importante que ha aprendido aquí? —preguntó Peggy.
Maggie les echó un vistazo a sus compañeras antes de contestar.
—Que una mujer puede hacer lo mismo que cualquier hombre.
—Aunque cobre menos por ello —dijo una de las chicas.
—Cierto —se mostró de acuerdo Maggie—. Aunque nunca habría tenido la oportunidad de aprender a conducir un camión si me hubiera quedado en mi casa de Leytonstone.
—Ni habrías tenido que lidiar con ratas —dijo otra.
—Cierto —dijo Maggie con una risa ahogada—. Resulta que se me da muy bien cazar ratas. Hablando en serio, ¿sabéis qué es lo mejor?
—¡Los monos de trabajo! —exclamó una.
Todas se rieron.
—Este grupo de mujeres —dijo finalmente—. Somos una auténtica familia. Verdad, ¿chicas?
Peggy y Marigold se miraron la una a la otra con satisfacción mientras resonaban los vítores.
A continuación, entrevistaron a una mujer que trabajaba en una fábrica de municiones y que salía de casa cada mañana a las cinco para ir a ensamblar y montar proyectiles.
Esta les confió su sincero deseo de que uno de ellos le cayera en la cabeza al maldito alemán que mató a su hermano.
Conocieron asimismo a varias integrantes del Servicio Femenino de la Armada Real y de la Fuerza Aérea Auxiliar Femenina, y a una vigilante antiincendios que a Peggy le recordó a Emily cuando le dijo que una vez había seguido horneando una tarta mientras un vigilante antiaéreo voluntario desactivaba una bomba que había aterrizado en el jardín sin explotar.
Al parecer, cuando este hubo completado con éxito la tarea, su abuela le sirvió té y un trozo de la tarta.
—Si se me permite decirlo, Peggy, creo que hemos hecho un trabajo estupendo —dijo Marigold un día mientras emparejaban las fotografías con el texto—. Estoy particularmente orgullosa de esta fotografía de Maggie y sus compatriotas.
—Y con razón. Conseguiste capturar perfectamente su espíritu, Marigold.
Es una fotografía maravillosa. —Cogió el cuaderno—.
Bueno, vamos a hacer la última entrevista.
Por desgracia, el señor Longforth ha decidido que desea estar presente.
Al parecer, quiere asegurarse de que nuestro libro no deja en mal lugar a su departamento.
—¿Y no podría el señor Beecher mandarlo a freír espárragos?
—Beecher me ha dicho que yo era más que capaz de lidiar con Longforth.
Marigold sonrió.
—Y así es, amiga mía. ¿A quién entrevistamos hoy?
Peggy bajó la mirada a su cuaderno.
—A una mujer con la que hemos contactado a través de la señora Pyecroft. Es la responsable del Servicio Voluntario Femenino de Beechwood. Una tal Margery Travers.
Marigold sintió un escalofrío.
—Las mujeres del SVF tienen fama de ser aterradoras.
Peggy se encogió de hombros.
—Puede que no sea más que un mito.
Pero comprobaron que no lo era nada más salir del ascensor y ser recibidas por el ceño fruncido de Margery Travers. Nada más verlas, esta alzó la mirada al reloj que había sobre sus cabezas.
—Llegan tres minutos tarde —dijo a modo de presentación.
—Le pido disculpas —dijo Peggy.
—Humm —respondió Travers.
—Habíamos pensado que, si le parece bien, tal vez podríamos llevar a cabo la entrevista en la cafetería mientras tomamos un té —dijo Marigold con una de sus sonrisas más deslumbrantes.
La mirada que le dedicó la señora Travers sugería que era inmune a semejantes encantos.
—He servido más tazas de té que comidas calientes haya usted disfrutado, jovencita. Espero que ese té sea fuerte y esté ardiendo.