26 #3
—El Ministerio no es un lugar para gente como yo. Debería haberme quedado aquí, en Edenham, cuidando de mi familia y de mi comunidad. Si hubiera hecho eso, mi abuela todavía estaría viva.
Marigold se quedó atónita.
—No lo dirás en serio, ¿verdad?
—Desde luego que lo hago. Si hubiera estado aquí, podría haber advertido que no se encontraba bien y haberla llevado al hospital antes de que fuera demasiado tarde. Es tan sencillo como eso.
Marigold la miró con tristeza.
—No puedes salvar a todo el mundo, Peggy. Yo estaba con Cordelia la noche que bombardearon el Café de Paris. Ella murió, yo seguí con vida. No es el destino ni los hados ni nada que esté bajo nuestro control. Es una tragedia horrible y no hay nada que nadie pueda hacer para evitarlo.
Peggy la contempló fijamente un momento. Sabía que lo que su amiga estaba diciéndole era cierto, pero aun así seguía sintiendo la carga de la responsabilidad como una losa en su estómago.
—¿Te sentiste culpable por la muerte de Cordelia?
—A todas horas —dijo Marigold—. No dejaba de rememorar los acontecimientos tratando de averiguar qué podría haber hecho de otra manera, qué habría pasado si ella hubiera estado bailando con el tipo con el que yo estaba haciéndolo o si habría podido salvar su vida de algún modo justo después.
Casi me vuelvo loca. —Tomó las manos de Peggy—.
Estás consumida por la tristeza. Has perdido a una de las personas más importantes de tu vida.
Créeme, entiendo muy bien cómo te sientes.
Algo así te hace pedazos. —Una inquietante verdad había comenzado a abrirse paso en la mente de Peggy—.
¿Sabes qué es lo que me salvó? —Peggy negó con la cabeza—.
Tú. Tú y Beecher, Laurie y, sí, también Sheldrake. Pero sobre todo tú, Peggy.
—No sé qué decir.
Marigold le puso una mano en un hombro.
—Querida amiga, no tienes que decir nada, pero podrías dejar que te ayudara. Sigues siendo necesaria, ¿sabes?
—¿En el Ministerio? —Peggy negó con la cabeza—. No lo creo. Como he dicho, no es lugar para alguien como yo.
—¿Alguien como tú? ¿Qué quiere decir eso exactamente?
—Alguien de un lugar como este —dijo ella, señalando con la mano el pub en el que se encontraban—. Alguien que nunca ha recibido clases de dicción ni ha tenido niñeras o criadas.
—Quieres decir en oposición a alguien como yo, que ha tenido todas esas cosas.
—Tienes que admitir que en el Ministerio hay mucha más gente como tú que como yo.
Marigold se encogió de hombros.
—¿Y qué? Sí, recibes algún que otro comentario ignorante y estúpido, pero la mayoría de la gente te respeta por tu inteligencia y tu trabajo.
Gente como Beecher, la señora P. o sir James.
Perdóname, Peggy, pero realmente creo que tienes cierto complejo de inferioridad.
Y, la verdad, no creo que tu abuela lo aprobara, especialmente si eso te impide hacer algo que merece la pena.
—¿Merece realmente la pena?
—Yo creo que sí, y sé que antes tú también lo hacías.
Y, por si sirve de algo, creo que estás cometiendo una estupidez renunciando a ello después de lo duro que has trabajado.
Cuando te conocí eras una tímida florecilla y has terminado convirtiéndote en un imponente roble.
Y, sí, ahora soy yo quien te sermonea a ti.
—Pensaba que habías pedido el traslado —dijo Peggy, divertida.
—Es prerrogativa de las damas cambiar de opinión —contestó, con aires de formalidad—. Tú también podrías hacerlo si quisieras.
Peggy vaciló. En el fondo entendía lo que su amiga quería decir.
La guerra seguía en curso y Joe estaba atrapado en ella.
Era solo que se había esforzado mucho para conseguir que su hermano regresara a casa y no había servido de nada.
Ni siquiera los libros de la señora Pyecroft parecían funcionar.
Resultaba difícil ver qué más podía hacerse salvo esperar y rezar.
—Tengo la sensación de que ahora mismo me necesitan aquí —dijo en voz baja—. No estoy segura de que pueda volver al Ministerio.
La puerta que daba a la escalera se abrió de golpe y apareció Dulcie. En cuanto divisó a Peggy, se dirigió directamente hacia ella.
—¡Ah, Peggy, a ti andaba buscándote! Necesito hablar contigo. Se trata de algo de importancia nacional.
—¿En serio? —dijo Peggy, alzando una ceja.
—¿Queréis que me marche? —preguntó Marigold.
—Oh, no, su señoría —dijo Dulcie con una reverencia—. Esto os concierne a ambas. He tenido una idea. Para vuestros libros.
Peggy miró a Marigold.
—¿Ah, sí?
—Sí —dijo Dulcie—. Tenéis que escribir historias sobre mujeres como tu abuela.
Mujeres reales que aportan su granito de arena sin pedir nada a cambio, y que, además de cuidar de sus familias, también hacen lo que pueden por los demás.
Tu abuela siempre estaba ayudando a quienes la rodeaban.
No dejaba de quejarse por ello, sí, pero hacía lo que fuera necesario por cualquiera.
—Eso es cierto —dijo Peggy.
A Marigold se le encendieron los ojos.
—Creo que es una idea estupenda. Podríamos buscar varias mujeres a las que entrevistar y yo haría algunas fotografías. También podríamos usar parte del material de ese título que Longforth canceló. Y dedicar el libro a la memoria de tu abuela.
—Suena maravilloso —admitió Peggy.
—No os pediré ni un penique por la idea —dijo Dulcie—. Que lo hagáis en memoria de mi amiga de toda la vida ya es suficiente recompensa para mí.
—Es muy generoso de su parte, señora Twigg —dijo Peggy.
—Solo hay un pequeño detalle —le dijo Marigold a su amiga.
—¿Cuál?
—Para hacer todo eso tendrás que volver al trabajo. —Marigold la miró fijamente mientras Dulcie asentía con entusiasmo—. El Ministerio te necesita, Peggy Bauman.
Kriegsgefangenenlager Septiembre de 1944
Queridísima Peg:
Gracias por tus cartas. Llegan con cuentagotas y sin demasiado orden.
Estas últimas semanas he recibido dos tuyas, tres de Flo, una de mamá y, desde hace ya algún tiempo, ninguna de la yaya.
Me alegro de saber de ti. Debo decirte que esta es la carta más difícil que he tenido que escribir.
¿Recuerdas que te expliqué que durante los ataques aéreos de los aliados extendíamos sábanas con las letras «PG»?
Por desgracia, últimamente estos ataques han sido muy frecuentes y es demasiado peligroso hacer nada que no sea ponerse a cubierto.
Un día de la semana pasada, Albert y yo estábamos jugando a las cartas cuando sonó la sirena, así que nos demoramos un poco en salir del barracón.
Cuando finalmente lo hicimos, uno de los refugios ya estaba prácticamente lleno.
Albert me metió en él a empujones y, con una gran sonrisa, me dijo que él iría al otro y que ya nos reencontraríamos luego en el barracón y terminaría de desplumarme.
«¡Sigue soñando!», le contesté yo. Esa fue la última vez que lo vi, Peg.
Una bomba cayó justo encima de su refugio de hormigón.
La mitad de los hombres que estaban dentro murieron y los demás quedaron tan malheridos que la mayoría desearía haber muerto también.
Perdona la crudeza, pero tengo que ponerlo por escrito.
Si hay alguien que puede comprenderlo sé que eres tú.
Después del bombardeo, nos pasamos tres días y tres noches buscando supervivientes y enterrando a los fallecidos.
No entraré en detalles, pero no me avergüenza reconocer que lloré como un niño mientras lo hacía.
Nunca habría podido sobrellevar esta guerra de no ser por Albert Cobb.
No habría podido encontrar un mejor amigo.
Ojalá lo hubieras conocido. No sé muy bien qué va a pasar ahora.
Lamento darte una noticia tan triste. Estate tranquila, que yo estoy bien, así que no te preocupes, pero, por favor, reza por mí.
Tu hermano que te quiere,
Joe