Manual de señoritas para ganar la guerra 26 #2
94%

26 #2

—¿De qué sirve que me quede sentada en casa? —le preguntó a Peggy. El señor Miller, que había abierto la tienda el día posterior a la muerte de su hija, no cuestionó la decisión.

Por las tardes, cuando estaban solas, seguían llorando el fallecimiento de Emily, claro, pero también compartían historias de ella, se reían de las barbaridades que llegaba a decir, y celebraban su fuego, su determinación y su travieso sentido del humor.

Mientras su madre estaba trabajando, Peggy solía ir a la biblioteca.

El primer día que apareció en el edificio, notó que el señor Alderman no tenía claro si debía consolarla.

Su antiguo superior pareció sentirse visiblemente aliviado cuando ella le dijo que estaba bien y que solo quería sentarse un rato a leer.

—Por supuesto, querida —contestó él—. La señorita Bunce o yo estaremos encantados de ayudarte si necesitas algo. Lo que sea.

—Gracias.

La señorita Bunce era tan amable como recordaba.

Le sugería títulos o apartaba los que pensaba que a ella podían gustarle.

Peggy solo quería sentarse en silencio rodeada de libros porque ahí se sentía segura.

Temía que, si disponía de demasiado tiempo para pensar en Emily o en el hecho de que ya nunca volvería a verla, se hundiría en un oscuro pozo de desesperación del que ya no conseguiría salir.

Prefería sentarse, pasar las páginas de algún libro e imaginar que su abuela todavía estaba con ella.

«Así que has dejado el trabajo, ¿eh?».

«Es mejor así».

«Es una pena, teniendo en cuenta lo mucho que te has esforzado».

«Algunas cosas no están destinadas a suceder».

«Eso es cierto. Es mejor aceptarlas. O, si no, una podría volverse loca. ¿Y qué hay de Joe? ¿Le has contado ya lo que me ha pasado?».

«No, hemos decidido que ya tiene bastante con lo suyo».

«Pobre muchacho. Tal vez podéis decirle que mis cartas se han extraviado».

«Algo así haremos».

«¿Y qué hay de Alice?».

«Estoy cuidando de ella».

«Es fuerte. Ha soportado más cosas que la mayoría de la gente. Estará bien. Y tú también».

—¿Estás teniendo una de tus conversaciones imaginarias con la bisabuela?

Peggy no se dio cuenta de que Nancy había entrado en la biblioteca hasta que, de repente, la vio de pie a su lado.

—¿Y tú de dónde sales?

—Quería venir a verte. Además, a mí también me gusta la biblioteca.

Peggy le dio un beso en la coronilla y percibió el reconfortante aroma del jabón Sunlight.

—Me alegro de que estés aquí, y, contestando a tu pregunta, sí, estaba conversando con la bisabuela en mi cabeza. Hace que me sienta mejor.

—Lo sabía. Cuando lo haces te quedas con la mirada perdida. Y lo entiendo. Me parece bonito. —La niña se sentó junto a su tía—. La echo de menos.

Peggy le dio un apretón en una mano.

—Y yo también.

—Aunque solía decirme que hablaba demasiado.

—No creo que ella fuera la más indicada para decir eso.

Nancy soltó una risita ahogada.

—¿Crees que está en el cielo con el abuelo Charlie?

Peggy la observó un momento. Su familia nunca había sido religiosa, pero le gustaba creer que Emily Marsh seguía en algún lugar, ofreciendo sus opiniones sin tapujos a quienquiera que las necesitara y velando por la familia junto a su padre.

—¿Tú qué crees?

—Estoy segura de que sí.

—Entonces yo también lo creo.

Nancy asintió, satisfecha, y luego sacó el ejemplar de Mujercitas que estaba leyendo.

—¿Nos quedamos sentadas aquí tranquilamente, tía Peg?

—Eso me encantaría —dijo Peggy, y siguió hojeando su libro mientras, a su lado, su sobrina seguía con el dedo las palabras del suyo y movía los labios sin articular sonido.

La iglesia se llenó hasta los topes para el funeral de Emily Marsh. Sentada entre Frank y Nancy en el primer banco, Peggy miró a su alrededor y se preguntó qué pensaría su abuela de todo ese revuelo.

«¿Por qué Edna Cope está al fondo llorando y lamentándose de este modo? ¡Si no podía verme ni en pintura!».

«Solo está presentando sus respetos».

«¿Respetos? ¡Ja! Nunca me perdonó que la criticara por lo mal que limpiaba el polvo de la biblioteca. ¡Había una capa de un par de centímetros, Peg!».

«Pues a mí me parece muy bonito que tanta gente haya venido a despedirse de ti. Hay toda una hilera de mujeres del SVF. Incluso la señora Pike está aquí. Ha dicho que no había nadie como tú».

«Un cumplido claramente con segundas. En cualquier caso, no pierdas de vista a Elsie Cooper durante el velatorio. Si no la vigilas, vaciará las bandejas de sándwiches en su bolso».

«Te echo de menos, yaya».

«Siempre estoy aquí, so tonta».

Peggy sacó de un bolsillo el pañuelo en el que su abuela había bordado una curvilínea «P» de color lavanda y se enjugó los ojos.

Sonrió cuando Frank le cogió una mano y le dio un apretón para advertirle de que sir James entraba en la iglesia seguido del señor Beecher, Sheldrake, Laurie y Marigold.

Luego volvió a mirar hacia delante y concentró la mirada en el catafalco que tenía enfrente.

Se había preguntado si iría sir James, pero no esperaba toda una delegación del Ministerio.

No había hablado con Marigold desde la discusión y no estaba segura de que ese día fuera a tener la fortaleza necesaria para hacerlo.

—¿Es ahí donde irá el ataúd de la bisabuela? —susurró Nancy desde el otro lado.

Peggy asintió, intercambiando una mirada con su madre, que estaba sentada al otro extremo del banco, entre Flo y Charlie.

Ella y Alice habían organizado el funeral juntas, imaginando qué diría Emily respecto a cada detalle, desde las flores («Rosas de color rosa frescas del jardín, no hay nada mejor») a los himnos que hubiera preferido («Cualquier cosa menos el maldito All Things Bright and Beautiful , según el cual, como reza el mismo título, todas las cosas son brillantes y hermosas»).

—En pie —dijo la voz del pastor desde el fondo de la iglesia.

Luego todos coincidieron en que había sido una ceremonia preciosa, que a Emily le habría encantado y que ahora ella estaba en un lugar mejor junto a «su querido Reggie».

Peggy apreció las muestras de afecto y añadió que, en su opinión, las palabras del reverendo Edward Blythe habían resumido a su abuela a la perfección.

—La señora Marsh marcó las vidas de muchas personas y se aseguró de que todo el mundo supiera qué pensaba.

Para ella, sin embargo, lo cierto era que Emily no estaba en un lugar mejor.

Su abuela todavía debería estar allí, y sabía que su madre pensaba lo mismo.

Cuando todo el mundo se reunió luego en el velatorio que tuvo lugar en la sala de encima del pub, Peggy no pudo evitar sentirse una mera espectadora.

El ambiente estaba apagado y nadie hablaba mucho.

Reparó en que su madre le decía algo a sir James y cómo luego este inclinaba la cabeza hacia ella con auténtica tristeza.

También vio al señor Alderman con una taza de té en las manos, absorto en sus sombríos pensamientos.

Y divisó a Dulcie sentada junto a Nancy y Flo.

Parecía absolutamente perdida. Sin duda, Emily Marsh había marcado muchas vidas y realmente parecía que nadie sabía cómo seguir adelante sin ella.

—Voy a salir un momento para que me dé un poco el aire —le dijo a Frank—. Quédate aquí.

Él le dio un beso en la mejilla antes de que se marchara y ella sonrió, apreciando su presencia discreta y reconfortante.

Era consciente de que últimamente estaba algo distante con su marido, pero la tranquilizaba el hecho de que él parecía comprenderlo.

Luego se dirigió hacia la escalera y, tras bajarla, cruzó el bar.

—¡Peggy! —dijo una voz cuando ya estaba llegando a la puerta.

Al volverse, vio a Marigold mirándola con una expresión que transmitía tristeza y arrepentimiento.

—Hola, Marigold. Ha sido muy amable por tu parte que hayas venido.

Marigold tenía los ojos empañados por las lágrimas.

—Solo faltaría. Tu abuela era una reina entre las mujeres. Lo siento muchísimo, Peggy.

—Gracias.

—¿Tienes cinco minutos para hablar?

—De acuerdo —dijo.

—¿Te apetece tomar algo? —Peggy negó con la cabeza y se sentaron en un rincón del pub—. Quiero pedirte perdón por lo que dije.

—Creo que soy yo quien debe disculparse, Marigold. Lo siento mucho.

—Bueno, la situación se nos fue un poco de las manos. Luego no pude evitar preguntarme si realmente pensabas esas cosas de mí. Debo confesar que me dolieron.

Peggy se quedó mirando la mesa manchada de cerveza.

—Lo siento. Estaba furiosa y lo pagué contigo. Estuvo mal. Y tienes razón, a veces me comporto como si me creyera por encima de los demás, pero sé muy bien de quién he sacado eso.

—De tu abuela. —Peggy asintió—. Debo confesar que me he sentido celosa de ti porque tuvieras a tu madre y a tu abuela de tu lado. Ya sabes cómo son las cosas en mi familia.

—¿Cómo está tu madre?

—Definitivamente, las cosas están mejorando entre nosotras. La llamé por teléfono la semana pasada y se mostró realmente afectada cuando le conté lo de tu abuela. Me pidió que os transmitiera sus condolencias a ti y a tu familia.

—Qué amable de su parte.

—Ella y mi padre están planeando divorciarse, y eso parece haberle quitado un peso de encima. Incluso me dijo que había visto algunas de mis fotografías en uno de nuestros libros y que le habían parecido bastante buenas.

—Cielos, Marigold. Viniendo de ella es todo un elogio.

Ella se rio.

—Desde luego. Nunca tendremos una relación tan estrecha como la que tú tienes con tu familia, pero ya es algo.

Y me da la sensación de que ahora cuento con la determinación necesaria para lidiar mejor con ello.

—Le echó una mirada furtiva a Peggy—. El señor Beecher me ha dicho que has presentado tu renuncia. Lamento oír eso.

—No lo hagas. Es la decisión correcta.

—¿Estás segura?

—Nunca debería haber comenzado a trabajar ahí.

—¿Por qué diantre dices eso?