26
Cuando Frank le dio la noticia, el mundo que rodeaba a Peggy pareció desdibujarse y sus sonidos se atenuaron.
Era como si lo oyera todo con la cabeza debajo del agua y tuviera que esforzarse para comprender lo que él estaba explicándole.
Siguió escuchándolo en silencio mientras Frank le repetía que parecía haber sido algo rápido e instantáneo y que su abuela no debía de haber sentido ningún dolor.
Un momento Emily Marsh estaba viva y, al siguiente, había dejado de existir.
Sosteniéndole una mano y acariciándole el rostro, él le dijo lo mucho que lo sentía, que era consciente del shock que suponía para ella y que Emily había sido una mujer maravillosa.
Peggy lo miraba sin pestañear, incapaz de creer que aquello fuera real.
Luego se soltó, se levantó de la silla con el abrigo todavía puesto y se dirigió hacia la puerta de entrada.
—¿Adónde vas?
Era una pregunta razonable, pero ella no tenía la más remota idea. Solo tenía claro que no podía detenerse.
—Fuera —fue lo único que se le ocurrió decir.
—Deja que te acompañe.
—No —dijo ella bruscamente, y luego, suavizando el tono, añadió—: Gracias, pero necesito estar sola.
Frank se acercó a ella y le dio un abrazo. Peggy permaneció rígida, completamente inmóvil. Sabía que él solo estaba siendo amable, pero era imposible consolarla. Se sentía entumecida y necesitaba escapar. Él le dio un beso en la coronilla y luego con lágrimas en los ojos dejó que se marchara.
—Te quiero.
Peggy asintió y esperó que él comprendiera que ella también lo quería, pero que en esos momentos no podía encontrar la fortaleza necesaria para articular palabra alguna.
Salió del apartamento a la calle. El mundo estaba sumido en la oscuridad y las nubes cubrían completamente el cielo ocultando el centelleo de las estrellas y el resplandor de la luz de la luna.
Peggy apretó el paso con la mirada puesta en el haz de su linterna.
Ya sabía adónde necesitaba ir. Sería una larga caminata.
Tenía las piernas cansadas y le dolían los huesos, pero su tenaz determinación la obligaba a poner un pie delante del otro, impulsada por un único pensamiento.
«Emily ha muerto. Mi querida yaya ha muerto».
Había claudicado la persona que los sostenía siempre a todos y que nunca permitía que nadie considerara ni siquiera por un instante la idea de claudicar.
Los había dejado. ¿Cómo podía haber sucedido tal cosa?
¿Cómo era posible? Peggy levantó la mirada al cielo con ira y deseó que apareciera la Luftwaffe para poder vociferar y gritar con el puño en alto, echándoles a los nazis la culpa de todo.
El estrés y la tensión de la guerra habían terminado por pasar factura a su abuela y la culpa era de Hitler.
Presa de la rabia, se enjugó las lágrimas con las palmas de la mano y se puso en movimiento.
Ya habría tiempo para llorar. De momento, debía seguir adelante.
Continuó recorriendo las maltrechas y destrozadas calles de Londres y pasó por delante de parques en ruinas en los que antaño jugaban los niños, de edificios bombardeados en los que había residido gente o de agujeros abiertos donde otros habían trabajado.
Con cada paso que daba se sentía más y más enojada.
Al rato, divisó la imponente silueta del edificio del Ministerio elevándose por encima de los que lo rodeaban.
Su amenazadora presencia en medio de la oscuridad hizo que sintiera una nueva oleada de furia e indignación.
¿En qué estaba pensando cuando había aceptado un empleo ahí?
¿Realmente creía que su trabajo iba a contribuir de algún modo al esfuerzo bélico?
¡Qué sorprendente arrogancia había demostrado al producir todos esos libros y folletos inútiles!
¿De qué servían? ¿Acaso habían protegido a sus seres queridos?
¡Ahora Emily estaba muerta y Joe estaba encerrado en un campo, obligado a soportar quién sabía qué!
¡Qué idiota había sido al pensar que nada de lo que hiciera podía importar, al creer que podía cambiar algo!
Aceleró el paso, desesperada por alejarse de ese lugar.
Nunca debería haber comenzado a trabajar ahí.
Debería haberse quedado en la biblioteca, haber seguido viviendo en casa de su madre para cuidar adecuadamente de su familia y haberse limitado a rezar como todo el mundo para que acabara la guerra.
En menos de una hora, Peggy había llegado al río.
Contempló un momento sus aguas turbias y luego siguió adelante.
Imaginó a Emily a su lado, animándola, aunque sabía bien que la llamaría «tonta» por haber emprendido una caminata semejante.
Cuando estaba cruzando fatigosamente el puente, un camión de verduras que avanzaba por la calzada se detuvo a su lado.
—¿Peggy? —dijo una voz—. ¿Qué diantre estás haciendo aquí?
Ella se volvió sorprendida y reconoció de inmediato al hombre que le había hablado.
—Señor Miller —comenzó a decir—. Estoy... —Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas al ver al amable verdulero para el que trabajaba su madre mirándola con cara de profunda preocupación.
A él pareció alarmarle ese arrebato.
—No llores, Peggy. Vamos, sube. Te llevaré a casa.
La mera mención de su casa familiar le provocó una nueva ronda de lágrimas, pero aun así se las arregló para subir al camión.
—Gracias —dijo con un hilo de voz.
Él metió una mano en un bolsillo y sacó un pañuelo limpio.
—Ten. Coge esto. ¿Qué diantre ha pasado, querida?
Ella se volvió hacia él con los ojos bañados en lágrimas.
—Mi abuela ha muerto —dijo tartamudeando.
El rostro del señor Miller se ensombreció.
—Oh, querida. Lo siento mucho. Era una mujer realmente maravillosa. —Peggy asintió y él giró la llave del contacto—. Vamos, agárrate fuerte. Te llevaré a casa lo más rápido que pueda.
Peggy apoyó la cabeza en la ventanilla mientras el camión del señor Miller recorría a toda velocidad las calles del sur de Londres.
El peso de la tristeza parecía tirar de ella hacia abajo como si quisiera hundirla en las profundidades de un océano.
Al poco, cayó en un sueño inquieto del que se despertó con un sobresalto unos minutos después, cuando el camión se detuvo frente a la casa de su madre.
—Ya hemos llegado —dijo el señor Miller.
Ella reparó en su expresión apesadumbrada y recordó que él mismo había perdido a su propia hija.
Pensó entonces que debía de echarla de menos todos los días y que, en realidad, el dolor y la tristeza nunca llegaban a desaparecer del todo.
Sus miradas se encontraron en un momento de comprensión mutua y entonces ella le cogió una mano y le dio un apretón.
—Dile a tu madre que lo siento mucho —le pidió él.
—Gracias.
Peggy recorrió el sendero sintiendo como si su cuerpo estuviera hecho de mármol.
La casa estaba a oscuras, pero, al acercarse a la puerta de entrada, divisó una rendija de luz en la ventana de la cocina.
Sacó su llave del bolsillo y la introdujo en la cerradura.
En cuanto abrió la puerta, apareció su madre.
Alice tenía los ojos enrojecidos y el rostro pálido por el dolor.
Por un momento, pareció sorprendida de ver a su hija, pero acto seguido sintió una oleada de alivio y, entre lágrimas, ambas se fundieron en un abrazo.
—¡Oh, Peg! —exclamó Alice, enterrando la cabeza en el hombro de su hija—. Nos ha dejado. Nos ha dejado, Peg. ¿Qué vamos a hacer ahora?
Peggy se abrazó con fuerza a su madre, aferrándose a ella como si ya no fuera a soltarla jamás.
—No lo sé, mamá —dijo entre sollozos, rindiéndose a la avalancha de dolor que la embargaba—. No lo sé.
Peggy pasó la mano por los suaves lomos de los libros de la sección de ficción de la biblioteca de Edenham y seleccionó uno al azar.
Se lo llevó a la sala de lectura, lo dejó encima de una mesa de nogal y se sentó en una de las sillas dispuestas alrededor de esta.
A continuación, abrió el libro, alisó la primera página y comenzó a leer.
Le daba igual el argumento. De hecho, apenas conseguía concentrarse en las palabras.
Pero, en esos momentos, la mera rutina de estar sentada en ese espacio sagrado pasando metódicamente las páginas era lo único que parecía calmar su mente afligida.
Al día siguiente de llegar a Edenham había llamado a dos personas.
La primera había sido Frank. Él le rogó que volviera con él, que le dejara cuidarla.
—Estoy con mi madre, Frank, y aquí es donde necesito estar por ahora. Espero que lo comprendas.
—Te quiero, Peggy, así que por supuesto que lo comprendo. Te llamaré pronto e iré a visitarte el fin de semana.
—Estoy deseando verte.
La otra persona a la que llamó fue al señor Beecher, que se quedó sin palabras cuando ella le contó lo que había sucedido. Cuando finalmente recuperó la voz, sonó quebrada a causa del dolor.
—Oh, querida Peggy. Lo siento muchísimo. Por favor, acepta mis más sinceras condolencias y tómate todo el tiempo que necesites.
—No volveré al trabajo, señor Beecher.
—Has sufrido una gran conmoción, Peggy. Por favor, no tomes todavía ninguna decisión apresurada.
—No lo hago. Ya lo he decidido. Le enviaré mi carta formal de renuncia por la mañana.
Él se quedó un momento callado antes de contestar.
—Esto me entristece mucho, pero respeto su decisión si ya es definitiva.
—Lo es.
A Peggy le sorprendió que el dolor hiciera que todo cobrara mayor nitidez.
Era como si, por primera vez en su vida, pudiera ver el mundo tal y como realmente era.
Nunca había estado más segura de encontrarse en el lugar adecuado, cuidando de los miembros de su familia, consolándolos, ofreciéndoles su apoyo.
Fiel a su carácter estoico, Alice había vuelto al trabajo de inmediato.