Manual de señoritas para ganar la guerra 25 #2
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25 #2

—Ya sabe que no puedo prometerle nada. Estas cosas las deciden instancias más elevadas.

—Lo sé.

La señora Pyecroft asintió.

—Siempre adelante, como le gusta decir al señor Beecher.

—Siempre adelante, señora Pyecroft.

Peggy esperaba ver a Marigold en algún turno de su grupo de vigilancia antiaérea. Valoraba la opinión del señor Beecher y sabía que tenía razón acerca de lo absurdo que suponía perder una amiga por algo tan trivial. Por desgracia, se llevó una decepción.

—Ha llamado para decirnos que, lamentablemente, tenía que marcharse —dijo el señor Baggley mientras repartía las linternas y los silbatos a los voluntarios.

—Oh, qué pena —dijo Peggy.

—Desde luego. Si continuamos con la tónica de las últimas semanas, nos espera una noche movida.

La predicción del señor Baggley resultó ser acertada.

Desde mediados de junio, la Wehrmacht había comenzado a lanzar unos nuevos y mortíferos cohetes sobre pueblos y ciudades de todo el país, y Londres era el lugar más afectado.

Después del bombardeo de la escuela de Nancy, Peggy no podía pretender ser inmune a los horrores que veía, pero, en cierto modo, las tragedias que la guerra traía consigo se habían convertido en parte de la vida cotidiana.

Eso no quería decir que no llorara por las vidas truncadas o no se le hiciera un nudo en el estómago al ver miembros y cuerpos destrozados y ensangrentados, pero se había visto obligada a endurecer el ánimo o, como decía su abuela, a «desarrollar una espina dorsal de acero».

En caso contrario, corría el riesgo de volverse loca.

Cuando comenzó esta nueva ronda de bombardeos, Frank le suplicó a Peggy que renunciara a su puesto de vigilante antiaérea.

—Es demasiado peligroso —le había dicho—. Voy a pasarme las noches dando vueltas de un lado a otro de la casa, preocupado por ti.

—Únete tú también y así podremos dar vueltas de un lado a otro juntos —bromeó ella.

—No tiene gracia, Peggy —dijo Frank—. Además, soy un «enemigo extranjero», ¿recuerdas? No me aceptarían por miedo a que encontrara la manera de hacer que la luna brillara más para que la Luftwaffe pudiera ver sus objetivos con mayor facilidad.

—¿Ahora quién bromea? —dijo Peggy, rodeándole el cuello con los brazos y dándole un beso.

Él enarcó una ceja.

—¿Serviría de algo si, como marido tuyo, te ordenara que renunciaras?

Ella frunció los labios.

—Creo que, después de haber conocido a mi abuela, ya sabes cuál es la respuesta a esa pregunta.

—Por favor, ten cuidado, Peggy. Es muy peligroso estar ahí fuera.

Ella lo miró a los ojos.

—Es peligroso estar en cualquier lugar, Frank, pero debemos seguir luchando.

La primera sirena sonó a los diez minutos del inicio del turno.

—Bueno —dijo el señor Baggley—. Movámonos de forma ordenada y asegurémonos de que la gente llega sin problemas a sus refugios.

Sé que todo el mundo está cansado después de que estas condenadas bombas no dejen de caer noche y día, pero debemos seguir cumpliendo con nuestro deber.

Con valor y presencia de ánimo, conseguiremos superar la noche. Buena suerte.

En ausencia de Marigold, a Peggy la habían emparejado con una nueva recluta llamada Phyllis Bickerstaff, que aparentaba menos de los dieciocho años que tenía.

En cuanto salieron al exterior, no dejó de mirar rápidamente a uno y otro lado y, cuando la primera bomba cayó a lo lejos, se agarró al brazo de Peggy, haciendo que esta también se sobresaltara.

—No pasa nada, Phyllis —la tranquilizó Peggy—. Recuerda lo que el señor Baggley ha dicho y sé valiente.

—Ser valiente. De acuerdo. Sí. Eso haré —dijo Phyllis, a pesar de que se la veía tan asustada como un conejo acorralado—.

Lo siento. Es solo que esta es mi primera vez, ¿sabes?

Y tengo miedo. Mi abuela no deja de hablar acerca de estas nuevas bombas.

Dice que son todavía más aterradoras que las zumbadoras.

Según dice, los alemanes terminarán gaseándonos con ellas a todos mientras durmamos.

—Bueno, probablemente sea mejor no preocuparse por algo así hasta que suceda —dijo Peggy.

Explotó otra bomba, esta vez a unas pocas calles, haciendo que Phyllis gritara.

Peggy se volvió y la cogió por los hombros—.

Mira, Phyllis, tienes que intentar mantener la calma, ¿de acuerdo?

Que grites no va a ayudarnos ni a nosotras ni a nadie que nos necesite.

¿Lo comprendes? —Phyllis asintió con los ojos muy abiertos—.

Buena chica. Ahora será mejor que respires hondo y te tranquilices, porque hemos de ir al lugar en el que ha caído la bomba para ver si alguien necesita ayuda. ¿Podrás hacerlo?

—Creo que sí. Gracias, Peggy.

Esta le dio unas palmaditas en una mano.

—No pasa nada. Todo saldrá bien. Ahora ilumina el camino con la linterna para que no tropecemos con nada. Iremos por ahí.

Cayó otra bomba y Phyllis volvió a agarrarse al brazo de Peggy.

—No creo que lo consiga.

Peggy se detuvo.

—¿Sabes qué hacía siempre mi abuela cuando yo estaba asustada?

—Phyllis negó con la cabeza—. Me cantaba.

¿Quieres que lo probemos? —Peggy se devanó los sesos pensando qué canción cantar y sonrió al recordar a Joe—.

«We’ll meet again...» —entonó al evocar lo que le decía siempre su hermano, «Volveremos a vernos», y sonrió al pensar en la inusual imagen de dos mujeres caminando del brazo en medio de un bombardeo mientras una de ellas trataba de imitar lo mejor posible a Vera Lynn.

Fue entonces cuando oyó la dulce y clara voz de Phyllis uniéndose a ella.

Peggy asintió, animándola, y reparó en que la chica la agarraba cada vez con menos fuerza del brazo a medida que ganaba confianza y la intensidad de su voz aumentaba.

La escena que se encontraron era la de una devastación ya familiar.

Dos edificios se habían venido abajo cual castillos de arena derribados por una ola.

Ya habían llegado otros vigilantes y un equipo de camilleros estaba sacando cuerpos de los escombros.

Los afortunados supervivientes miraban asustados hacia el cielo con el rostro ensangrentado, los que no habían tenido tanta suerte yacían cubiertos con sábanas.

—Vamos. Tenemos que ayudar —dijo Peggy.

Phyllis, todo hay que decirlo, no vaciló.

Ambas se apresuraron a unirse a una cadena de personas que había comenzado a retirar escombros, madera, ladrillos, muebles y aquello que se interpusiera en su desesperada busca de supervivientes.

El humo y el polvo resultaban asfixiantes, pero nadie cejaba en el empeño.

Peggy no se había sentido más decidida en toda su vida.

Pensó en todos aquellos a quienes amaba.

Los seres queridos de otras personas estaban sepultados ahí abajo y ella tenía el deber de ayudar, tanto por esas personas como por su propia familia.

En lo más hondo sentía que, si podía salvar a una persona, el universo tal vez también salvaría a Joe. Al cabo de una hora, se oyó un grito:

—¡Aquí hay una madre y un bebé!

Peggy corrió hacia el lugar del que provenía el grito y, con el corazón latiéndole con fuerza, vio cómo una mujer emergía con su bebé en brazos. Ambos estaban magullados y ensangrentados, pero vivos. Peggy alzó la mirada al cielo. «Gracias», dijo, moviendo los labios sin articular sonido.

—¡Vamos, Peggy! —la instó Phyllis—. No hay tiempo para descansar. Hay que retirar más escombros por aquí.

—Tu abuela estaría orgullosa de ti, Phyllis —le dijo cuando se unían a otra cadena de rescatadores.

Phyllis sonrió.

—La tuya también.

Peggy llegó a casa poco después de la medianoche, agotada y con el cerebro todavía bulléndole a causa de los acontecimientos que había vivido.

No la sorprendió que Frank estuviera esperándola, pues solía hacerlo, pero no esperaba encontrárselo nada más abrir la puerta de entrada.

Su expresión la alertó de que algo iba mal.

Si bien él no podía dejar de preocuparse mientras ella hacía sus turnos de vigilante antiaérea, luego siempre la recibía con una cariñosa mirada de alivio.

Esa noche, sin embargo, su rostro pálido y ansioso estaba crispado por la inquietud.

—¿Sucede algo? —preguntó ella al tiempo que él la cogía de las manos.

—Creo que deberías sentarte.

—¿Qué pasa? ¿Es Rosa? —preguntó ella mientras él la conducía a la cocina y se sentaba a su lado a la mesa.

Él negó con la cabeza.

—Rosa está bien. Ha salido con una amiga.

Ella trató de encontrar la verdad en su expresión.

—Entonces, ¿de qué se trata? ¿Qué es lo que ha pasado, Frank? Estás asustándome.

Él bajó la mirada y, después de tragar saliva, la miró con los ojos llenos de pesar y las palabras comenzaron a salir atropelladamente de su boca.

—Se trata de tu abuela. Tu madre se la ha encontrado en el jardín. Había salido a coger tomates. Dice que no ha sufrido. Creen que ha sido un ataque al corazón. Lo siento mucho.

Ella se lo quedó mirando fijamente. Sin duda estaba soñando.

Acababa de ver a su abuela ese mismo fin de semana.

Habían subido a la colina de Edenham con Nancy y Badger y, sentadas en un banco que había en la cima, habían estado riéndose a carcajadas mientras Nancy contaba cómo Alfie Riley había aterrorizado a su profesora, la señorita Winslow, porque se le había escapado del pupitre el ratón que tenía de mascota y que había llevado ese día a la escuela.

¿Cómo podía ser que tan solo el sábado anterior hubiese estado sentada junto a su abuela en el parque, aferrada a su brazo y llorando de risa mientras Nancy relataba esa caótica escena?

¿Cómo podía haberse extinguido para siempre el feroz amor de la mujer que había sido una segunda madre para ella?

Apagado en un instante. ¿Cómo podía ser que aquella fuera la última vez que estuviera sentada con ella, contemplando su expresión irónica y divertida, percibiendo su perfume con aroma a rosa, oyendo cómo su contagiosa risa las envolvía como un abrazo?