Manual de señoritas para ganar la guerra 25
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El apartamento de dos habitaciones que ahora Peggy compartía con Frank y Rosa era acogedor.

Pertenecía a un amigo de los Beecher que, tras jubilarse, se había trasladado a la costa de Kent, pero que quería seguir conservando la propiedad para alquilarla.

Era ideal para Peggy, pues le permitía ir andando al Ministerio.

A pesar de ello, no podía evitar sentir una punzada de nostalgia cada vez que pensaba en la casa de su madre.

Echaba de menos las charlas matutinas con Nancy sobre cosas como si Badger estaba engordando o la comida favorita del mariscal de campo Montgomery (Nancy estaba segura de que era el pudin de sebo).

También echaba de menos a su abuela diciéndole que desayunara y a su madre despidiéndose de ella por las mañanas con un beso.

Y pasarse las tardes cotilleando con Flo y que esta le leyera el horóscopo, o el cálido cuerpo de Charlie cuando el niño le rodeaba el cuello con sus dulces bracitos y la abrazaba con fuerza.

Le encantaba estar casada con Frank, por supuesto.

Se sentía afortunada de poder darle las buenas noches con un beso y despertarse a su lado por las mañanas.

Y disfrutaba de las cenas con él y su hermana, en las que compartían anécdotas de su día, reían y charlaban.

Si Rosa estaba fuera, encendía algunas velas y disfrutaba de la cena con su marido.

Luego le cogía de la mano y bailaban al son de la música de la radio o del gramófono antes de irse a la cama y hacer el amor.

Peggy era feliz. Sabía que lo era y también que era normal que echara de menos a su familia.

Ahora todo era distinto y nuevo, y tardaría un poco en acostumbrarse, pero estar con Frank la hacía sentir como si hubiera encontrado una parte de sí misma que ni siquiera había sido consciente de que le faltara.

La vida en el Ministerio era menos alegre.

No había hablado con Marigold desde la discusión que habían tenido, y cuando fue a trabajar al día siguiente y su escritorio seguía vacío a las nueve y media, supuso que había retomado su vieja costumbre de llegar tarde.

A medida que fueron pasando las horas y seguía sin aparecer, sin embargo, comenzó a preocuparse.

—¿Sabes dónde está la señorita Cecily, Hilda?

—El señor Beecher ha dicho que ha cogido la baja.

—Ah, entiendo —dijo Peggy.

Un poco después, el señor Beecher apareció en su despacho.

—¿Podemos hablar un momento, señora Bauman?

A pesar de la negativa del Ministerio a aceptar su nuevo apellido, el señor Beecher lo había adoptado respetuosamente y ella se sentía discretamente agradecida por ello.

La ventaja de haberse casado con un «enemigo extranjero» era que no se había visto obligada a renunciar al trabajo por ser una mujer casada.

«Soy el lado positivo de tu situación», le había dicho Frank con una sonrisa irónica.

De camino a su despacho, Peggy reparó en la seriedad de la expresión del señor Beecher. Este cerró la puerta y se sentó, indicándole a ella que hiciera lo mismo.

—Como sabe, no soy un hombre que se ande con rodeos, así que iré directo al grano. La señorita Cecily ha solicitado el traslado.

—¡Oh! —contestó Peggy, sin saber bien cómo responder—. ¿Ha explicado por qué?

—No. Solo me ha dicho que sentía que su tiempo aquí había llegado a su fin. —Beecher examinó atentamente el rostro de Peggy como si en él fuera a descubrir la verdad.

—Entiendo —dijo ella, evitando su mirada.

Beecher exhaló un suspiro.

—Mire, señora Bauman, Peggy. Esto no es un patio de colegio y yo no soy vuestro director. Aun así, me veo en la obligación de preguntarte si habéis discutido.

Ella vaciló. Había llegado al trabajo con la intención de arreglar las cosas con Marigold.

Al fin y al cabo no había sido más que una discusión tonta, aunque lo que se habían dicho hubiera dolido.

Ahora no podía evitar sentir una nueva oleada de indignación por el hecho de que Marigold hubiera decidido actuar por su cuenta sin tratar de solucionar sus problemas con ella.

—Puede que nos dijéramos algunas cosas —dijo en voz baja.

—¿Tuvo algo que ver con la cancelación de la publicación del libro sobre organizaciones femeninas?

—En parte. Yo estaba muy molesta.

—Eso me ha dicho el señor Lear.

—Creo que tenía razones para estar molesta, señor.

Beecher alzó las manos con las palmas abiertas.

—Y estoy de acuerdo, pero diría que no merecía la pena perder una valiosa colega y amiga solo porque el señor Longforth cometiera un error de juicio.

Peggy se quedó en silencio un momento. Sabía que él tenía razón, pero aun así seguía molesta.

—Entonces, ¿a usted también le parece un error de juicio?

—Así es.

—¿Hablará con él al respecto?

—No.

Peggy hizo lo posible para disimular la impaciencia de su tono de voz.

—¿Puedo preguntarle por qué, señor?

Beecher consideró un momento la pregunta.

—¿Sabes cómo pasé los primeros diez años de mi carrera? —Peggy negó con la cabeza—. Desafiando a la autoridad. ¿Y sabes cómo me fue?

—Imagino que mal, a juzgar por su expresión.

—Muy muy mal. Enfurecí a mis superiores, me quedé exactamente en el mismo nivel salarial y solo conseguí sumirme en la más absoluta infelicidad.

—Entonces, ¿cree que debería limitarme a obedecer sin cuestionar nada?

Beecher negó con la cabeza.

—¡Oh, cielos, no! Solo tienes que aprender a escoger tus batallas.

—Pensaba que ya lo hacía.

—No, Peggy, no es así. Haces frente a cada injusticia que ves, lo cual es admirable, pero deberías librar solo las batallas verdaderamente importantes.

—Cogió la cubierta del libro sobre organizaciones femeninas—.

Si te enfrentas a Longforth por esto, él se asegurará de dificultarte la publicación de todos tus libros.

Si, en cambio, aceptas su decisión y dejas que pase un poco de tiempo, es posible que quizá consigas convencerlo para publicarlo más adelante.

—¿Está diciéndome que lo deje pasar?

—Oh, no. Eres demasiado inteligente para permitir que yo te dicte lo que debes hacer. Solo estoy ofreciéndote el beneficio de mi experiencia. Es cosa tuya decidir si me haces caso.

Peggy suspiró.

—¿Y qué hay de Marigold?

—De momento aún dispone de unos días de permiso, pero me parece que todavía está en Londres.

No quiero firmar su solicitud de traslado.

Creo que sois un equipo estelar. Espero que encontréis un modo de arreglar las cosas.

—Peggy asintió—. Y, por cierto, no creo que debas perder ese espíritu combativo.

Solo necesitas aprender el arte de la diplomacia.

Ambas cosas se complementan a la perfección, especialmente en tiempos de guerra. Igual que tú y la señorita Cecily.

Peggy salió del despacho de Beecher con una sensación de derrota.

Había conseguido muchas cosas desde que había comenzado a trabajar aquí, y, sin embargo, no había sido capaz de ayudar a Joe y había perdido la única amiga que había hecho desde que había comenzado la guerra.

De vuelta a su escritorio, vio que la puerta del despacho de la señora Pyecroft estaba abierta y echó un vistazo a su interior.

—¡Ah, señora Bauman! —dijo Pyecroft levantando la vista de su escritorio—. ¿Podemos hablar un momento?

—Por supuesto —contestó Peggy, y entró al despacho.

—Cierre la puerta y siéntese, por favor. —Peggy hizo lo que se le dijo. La señora Pyecroft la observó un momento antes de continuar—. Tengo entendido que su hermano se encuentra prisionero en Alemania.

Peggy asintió.

—Primero estuvo en Italia, pero luego, en lugar de enviarlo a casa, fue capturado y trasladado a Alemania.

—Es terrible que un ser querido esté prisionero. ¿Y cómo se encuentra el señor Bauman?

—Muy bien, gracias.

La señora Pyecroft habló lentamente, escogiendo con mucho cuidado sus palabras.

—Lo que voy a decirle es alto secreto.

—Lo comprendo —dijo Peggy.

Pyecroft prosiguió:

—Recientemente he comenzado a colaborar con una organización secreta que ayuda a escapar a los prisioneros de guerra.

—Peggy la miró fijamente—. Hemos tenido algunos éxitos notables y estamos buscando nuevas formas de cosechar algunos más.

Una idea es colocar nuestros llamados kits de huida escondidos en las costuras y los lomos de los libros que enviamos a los campos de prisioneros de guerra en los paquetes de la Cruz Roja.

—Entiendo —dijo Peggy.

—Mi propuesta es pedirle que produzca un libro que tenga un tamaño adecuado para ello y que su marido nos ayude con la impresión del libro y la inclusión del kit en el lomo.

—¿Y cómo sabrán los prisioneros qué hay dentro?

—Contamos con agentes detrás de las líneas enemigas, algunos de ellos en los campos mismos. Hombres y mujeres muy valientes. Es un trabajo altamente peligroso.

—Lo haremos —dijo Peggy sin vacilar.

—¿No quiere consultarlo primero con su marido?

—Lo conozco. Sé lo que dirá.

—Muy bien —dijo la señora Pyecroft—. Comenzaremos mañana.

Peggy llamó a sus contactos del mundo de la edición para reimprimir Las uvas de la ira , cuyas 464 páginas ofrecían un lomo suficientemente amplio para esconder el kit, que consistía en una brújula del tamaño de un botón y un mapa en miniatura.

Cada mapa tenía que adaptarse a un campo de prisioneros concreto.

La señora Pyecroft estuvo de acuerdo en que Rosa y una serie de socios de confianza de los Bauman fueran incorporados al equipo para que ayudaran a llevar a cabo el minucioso trabajo.

—Me sorprende que permitan que unos alemanes se hagan cargo de esta tarea —bromeó Frank un día.

Peggy le rodeó el cuello con los brazos y lo besó en la mejilla.

—Eres más digno de confianza que la mitad de los británicos que conozco —le dijo.

Peggy no le preguntó en ningún momento a Pyecroft si alguno de esos libros terminaría en el campo de Joe y no se hizo ninguna mención al respecto hasta que un día Pyecroft le preguntó si su hermano estaba encerrado en el Stalag 344.

—Sí, señora Pyecroft.