24
Peggy y Frank se casaron en primavera. Fue Emily quien disipó las dudas de su nieta sobre si debían esperar hasta el regreso de Joe.
—¿Quién sabe cuánto va a durar esta condenada guerra? —dijo—. Hay que aprovechar al máximo estos momentos, Peg. Hazme caso, Joe así lo querría también.
—Mamá tiene razón —dijo Alice—. Y ya volveremos a celebrarlo cuando tu hermano vuelva a casa.
—Yo me pondré a bailar en la calle en esa fiesta —dijo Emily.
Peggy sonrió. Solían hablar acerca de lo que harían cuando Joe regresara y cómo lo celebrarían. Nunca contemplaban la posibilidad de que eso no pudiera suceder. Nadie lo hacía si sus seres queridos todavía estaban vivos. Había que mantener la esperanza. No había otro modo de soportar la guerra.
Frank llevó el único traje que había traído consigo de Alemania, con un botonier naranja y una amplia sonrisa de felicidad.
El conjunto de Peggy fue el producto de mucha deliberación de sus tres damas de honor después de revisar primero su armario, luego el de Flo y finalmente el de Marigold en busca de algo que pudieran adaptar para la ocasión.
—¿Y yo no tengo nada que decir al respecto? —preguntó Peggy cuando rechazaron rotundamente el contenido de su armario y se decantaron por una combinación de los vestidos de Flo y la selección de conjuntos que Marigold había traído con ella.
—La verdad es que no, cariño —dijo Marigold, dándole un beso en la mejilla—. Por favor, no te lo tomes mal, pero tu armario carece de la paleta requerida para una boda.
—Es un poco soso, tía Peg —dijo Nancy.
—¡Nancy! —la regañó Flo, dirigiéndole luego una mirada consoladora a Peggy—. Nos aseguraremos de que tengas un aspecto fabuloso, ¿verdad, chicas?
—¡Oh, sí! —contestaron al unísono Nancy y Marigold con entusiasmo.
Al final, Peggy llevó un vestido con un estampado con flores de cerezo, cortesía de Flo, y una chaqueta entallada de color rosa orquídea que le prestó Marigold.
—Estás preciosa, tía Peg —dijo Nancy, tendiéndole el ramo de flores de cerezo a juego que había hecho con ayuda de Emily.
En ausencia de Joe, y teniendo en cuenta su papel en la vida de Frank, Peggy le había pedido al señor Beecher que la acompañara al registro civil.
Mientras esperaban en el vestíbulo, él se volvió hacia ella.
—Si la señora Beecher y yo hubiéramos sido bendecidos con una hija, habría deseado que fuera tan extraordinaria como tú, Peggy. Frank es un joven afortunado. —Ella le dio un beso en la mejilla y él le dio unas palmaditas en la mano a modo de respuesta.
Mientras Peggy y Frank intercambiaban sus votos, podían oírse continuos sollozos de alegría que culminaron con Dulcie Twigg sonándose la nariz ruidosamente, lo cual provocó las risitas de Nancy y Charlie.
Luego Peggy alzó los ojos hacia su nuevo marido y ambos intercambiaron una mirada de pura alegría.
—Hola, señora Bauman —dijo él.
—Hola.
Alice y Emily se lucieron con la recepción, celebrada en la sala que había encima del pub en el que trabajaba Alice.
Habían tenido que reservar raciones y presionar a algunas personas, pero, gracias a la amabilidad de vecinos y amigos, finalmente consiguieron servir una variedad de sándwiches de paté de carne y de pescado, ensaladas de verduras y un pastel de Madeira.
Peggy miró alrededor de la sala. El señor Beecher y su esposa reían con Rosa y Marigold, un desconcertado Sheldrake trataba de mantener una conversación con Dulcie, Nancy ponía a prueba los conocimientos sobre libros de Laurie, y Alice y Frank charlaban como viejos amigos.
—¿Contenta, Peg? —preguntó Emily, apareciendo a su lado.
—Mucho —contestó ella—. ¿Y tú?
—Ya me conoces. Si mi familia está feliz yo también lo estoy.
—Desearía que Joe estuviera aquí.
—Volverá —dijo, dándole unas palmaditas en el brazo—. Bueno, será mejor que vaya a rescatar a tu amigo de Dulcie. Las bodas la aturden un poco.
—¿Yaya? —dijo Peggy.
Emily se volvió hacia ella.
—¿Qué?
Peggy le rodeó el cuello con los brazos y la estrechó contra sí.
—Gracias.
Cuando se separaron, a Emily le brillaban los ojos.
—Tonta —dijo, acariciándole la barbilla.
Unas pocas semanas después, Peggy estaba sentada a su escritorio revisando la maquetación de un nuevo libro sobre organizaciones femeninas que, tras la visita de la señorita Dahlia Mackintosh, habían acordado con el departamento de Longforth que formara parte de su serie de Libros de Guerra Oficiales.
Peggy estaba especialmente satisfecha con él, ya que la autora, una tal señora Grace Halfpenny, había adoptado un tono familiar y coloquial que le recordaba a los informes que solía escribir ella misma.
Halfpenny también había entrevistado a varias mujeres y había conseguido reflejar sus discretas pero significativas hazañas, ya fuera dirigiendo una cantina del SVF, brindando apoyo a quienes lo necesitaban o, en el caso de Winnie Bagshawe, una mujer de ochenta y siete años, tejiendo más de dos mil pares de calcetines desde el comienzo de la guerra.
Peggy todavía estaba sonriéndole a Winnie, que le devolvía la sonrisa desde la fotografía que había tomado Marigold, cuando contestó al teléfono.
—Publicaciones.
—¿Peggy Sparks?
—En realidad es Peggy Bauman —dijo ella, admirando su anillo de matrimonio. Había pertenecido a Emily, quien le había asegurado: «Te será más útil a ti. Yo ya me he resignado a la idea de que Clark Gable no me propondrá matrimonio, y, además, tal y como tengo los nudillos, a mí ya no me entra».
—Precisamente de eso quería hablar con usted. Soy la señora Gower, del Departamento de Personal Femenino. ¿Tiene un momento para venir a verme ahora?
Media hora después, Peggy volvió a la oficina hecha una furia, cerró la puerta de un portazo y se dejó caer en su silla.
—Vaya —dijo Marigold, levantando la mirada desde su escritorio—. ¿Qué ha pasado?
—Los mandamases no me permiten usar mi nombre de casa en el trabajo.
—¡Oh!
—Al parecer, los apellidos que suenan alemanes no son deseables entre el personal del Ministerio.
—Ah, entiendo.
A Peggy le irritó la despreocupada aceptación de Marigold.
—Pero eso está mal, ¿no?
Marigold se encogió de hombros.
—Quizá, pero también entiendo su punto de vista. En cualquier caso, si he de serte sincera, para mí siempre serás Peggy Sparks.
—Pero esa no es la cuestión, Marigold. ¿Por qué diantre tienen que decirme qué nombre puedo usar? —Peggy hervía de rabia.
—No lo sé. Lo siento.
De repente, el teléfono de Peggy volvió a sonar. Descolgó rápidamente el auricular y se lo llevó a la oreja.
—Publicaciones.
—¿Señorita Sparks? Soy Lear.
—Ah, hola, señor Lear —dijo, sin molestarse en corregirlo tras su desalentadora conversación con la señora Gower.
—El señor Longforth me ha pedido que la llamara. Tenemos que cancelar el libro.
—¿Cómo dice?
—Ya sabe, el libro sobre las organizaciones femeninas. Ya no lo necesitamos.
—¿Por qué?
Esa contestación pareció desconcertar a Lear.
—¿Qué quiere decir?
—¿Por qué ya no es necesario el libro?
Lear vaciló, percibiendo un tono amenazante en la voz de Peggy.
—Creo que el señor Longforth no está muy seguro de que vaya a tener muchos lectores —dijo, escogiendo sus palabras tan cuidadosamente como si caminara sobre cristales rotos.
—¿Por tratarse de un libro sobre mujeres y su papel en la guerra?
—Bueno, no creo que él lo expresara exactamente así.
—Ya, entonces, ¿cómo lo dijo? —Peggy no le dio tiempo a responder y prosiguió—: La verdad, me parece extraño que el señor Longforth considere que no hay lectores para un libro como este teniendo en cuenta que la mitad de la población del país son mujeres, y que, además, hay un buen número de hombres a los cuales también les interesaría.
—Marigold se quedó mirando a Peggy, que parecía sumida en la ola de enfado y descontento que le había provocado su conversación con la señora Gower—.
También me parece extraño que el señor Longforth no tenga el valor o la cortesía de comunicarme este mensaje en persona, en especial después de la cantidad de tiempo y esfuerzo que la señorita Cecily y yo le hemos dedicado al libro, por no mencionar el que ha invertido la señora Halfpenny.
Así pues, dígale por favor al señor Longforth que espero su disculpa en persona en cuanto le sea posible.
Que tenga un buen día, señor Lear —dijo finalmente, y colgó el auricular antes de que él tuviera oportunidad de responder.
En los días previos a su vida en el Ministerio, Peggy rehuía los conflictos, pero acogió la indignación que sentía en ese momento como si fuera una nueva amiga.
—Caramba —dijo Marigold—. Creo que le ha quedado bien claro.
—¡Es que no hay derecho! —dijo Peggy, señalando las páginas que tenía delante—. ¿Acaso creen que no se nos ocurre nada mejor que hacer con nuestro tiempo que crear libros para que luego los cancelen por capricho? ¿Qué le digo yo ahora a la señora Halfpenny?
—Estoy segura de que lo comprenderá.
—Pero ¿por qué debería hacerlo? ¿Y por qué tú no estás tan enfadada como yo por todo esto?
Marigold se encogió de hombros.
—¿De qué serviría? Longforth no va a cambiar de opinión, así que estaría preocupándome por nada.
—¿Y acaso no debemos preocuparnos por las cosas que nos importan? ¿Tomar una postura? ¿No es de eso de lo que trata precisamente esta condenada guerra?
Marigold exhaló un suspiro.
—Supongo. Puede que, simplemente, yo no tenga tu espíritu combativo.
—Eso tal vez se debe a que no has tenido que luchar por nada en tu vida. —Peggy quizá habría lamentado las palabras que acababan de salir de su boca si en esos momentos la ira no estuviera consumiéndola por dentro.
—Un momento —contestó Marigold—. Eso no es justo. Ya te conté que he tenido mis dificultades. En realidad no sabes cómo son las cosas para mí.
—¿Ah, no? —dijo Peggy—. Sé que nunca has tenido que pedir nada en toda tu vida, que te lo han servido todo en bandeja, que la gente se desvive por ayudarte solo por quién eres y el aspecto que tienes. Todo eso lo sé muy bien.
El rostro de Marigold enrojeció.
—Eso no es cierto.
—¿No lo es? ¿Y qué hay de aquella reunión con el señor Burbage? No se planteaba ni por asomo ayudar a Frank y a Rosa hasta que tú interviniste y te pusiste a coquetear con él.
Los ojos de Marigold refulgieron de ira.
—Bueno, no todos vamos por ahí mirando por encima del hombro a los demás, dando por sentado que todo aquel que posea un título o una educación es malvado.
—Yo no hago eso.
—Sí que lo haces. Todo el tiempo. Me lo hiciste a mí cuando nos conocimos, de hecho. La verdad, que no puedes soportar, por cierto, es que tú y yo no somos tan distintas. De hecho, tú eres más afortunada que yo, Peggy. Mucho más.
Peggy resopló con desdén.
—¿En serio? ¿La chica con tres casas es menos afortunada que yo? ¿Cómo puede ser eso, Marigold? ¿Qué tengo yo que tú no tengas?
—Amor —contestó Marigold al tiempo que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Kriegsgefangenenlager Abril de 1944
Querida Peg:
Lo primero que tengo que decir es: ¡felicidades!
Me hizo mucha ilusión recibir la noticia de tu boda con Frank.
La yaya tiene razón, me alegro de que no la pospusieras.
Espero que fuera un día maravilloso. Lamento habérmelo perdido, pero, como dices, ahora tendremos más cosas que celebrar cuando vuelva a casa.
Solo escribir esta palabra, «casa», me llena de alegría.
Me siento como si estuvieras muy lejos de mí, pero imaginarte celebrando la recepción en el piso de encima del pub me hace sonreír.
Tengo muchas ganas de conocer a Frank. Parece un buen tipo.
Me alegro de que hayas encontrado a alguien que te haga feliz, Peg. Nadie lo merece más.
En cuanto a mí, estoy bien. Hago todo lo posible para mantener el ánimo alto, pero no puedo engañarte, resulta difícil seguir adelante.
A veces siento que esta guerra no terminará nunca, y siempre que pienso que estamos ganando o que hay una posibilidad de que vuelva a casa, todo se esfuma de golpe.
Albert no deja que me recree en ello. Dice que tenemos que mantenernos esperanzados y rezar.
En cierto modo, me recuerda a ti. Sé que tú tampoco dejarías que me hundiera.
Lo noto en tus cartas. Las leo y releo, Peg, porque me recuerdan todas las cosas y las personas que echo en falta y eso me da fuerzas.
Al menos el invierno ya ha pasado y vuelve a ser primavera.
Eso sí, en cuanto empieza a hacer calor, las moscas aparecen y se quedan aquí cual huéspedes indeseados hasta que regresa el invierno.
La suerte es que hemos conseguido algunos papeles atrapamoscas, así que la cosa no está tan mal.
La comida también ha mejorado un poco y nos llegan los paquetes de la Cruz Roja, lo cual ayuda.
¡Tengo suerte de que me gusten las patatas, el pan y el nabo, pues es lo que comemos casi todos los días!
También recibí tu paquete. Gracias. Disfruté del libro, aunque la historia me pareció un poco extraña.
Me gusta el título, Un mundo feliz . Me hace pensar en la vida después de la guerra.
Ahora están leyéndolo los muchachos, así que está un poco manoseado, pero es una buena distracción.
Tú siempre decías que los libros hacen que todo sea mejor, y ahora entiendo lo que querías decir.
Albert y yo trabajamos en una fábrica de caucho que hay cerca del campo.
Es otra distracción, aunque nos hacen trabajar duro.
Mamá se volvería loca si supiera que solo me ducho una vez cada diez días.
Albert suele bromear diciendo que al menos no hay mujeres por aquí.
¡No se acercarían a nosotros si nos olieran!
En general, me encuentro bien. Como hay varias fábricas en los alrededores, los muchachos de las fuerzas aéreas suelen pasar por encima del campo.
Durante los bombardeos, nosotros extendemos sábanas en las que se puede leer «PG», las iniciales de «prisioneros de guerra» para que no nos arrojen ninguna bomba.
Cada vez que los veo siento que mis esperanzas se renuevan.
Lamento que esta carta no me haya salido tan alegre como las otras.
Está siendo una guerra muy larga, pero volveremos a vernos.
Te quiere,
Joe