23 #2
—Les emociona más la idea de conocer a Frank. Creo que Flo agradece que venga, pues este año no hay muchos juguetes.
—Me alegro por ti, Peggy —dijo Marigold—. Creo que Frank es un tipo espléndido.
—Yo también —dijo Peggy.
Las interrumpió la llegada de Lady Lavinia con su aspecto inmaculado de siempre, pero también había algo diferente en ella, una expresión más suave y más relajada.
—Hola, mamá —dijo Marigold, acercándose a ella para saludarla con un beso que Lady Lavinia no rechazó—. He reservado una mesa en el Russell, si te parece bien.
Lady Lavinia asintió.
—Gracias, querida. —Y, antes de marcharse, se volvió hacia Peggy—: Feliz Navidad, Peggy. Saluda a tu familia de mi parte, por favor.
—Feliz Navidad, Lady Lavinia.
—Entonces, ¿crees que mi papá está celebrando una cena de Navidad como nosotros?
—preguntó Nancy, que no había apartado la mirada de Frank desde que este había llegado dos horas antes.
Peggy lo miró alentadoramente. Nada más cruzar la puerta de entrada le habían preguntado por todos los temas posibles, desde la salud de Winston Churchill a cuándo creía él que terminaría el racionamiento, pasando por si prefería Winnie the Pooh o Piglet.
—Sí —contestó Frank sin vacilar.
—Hum —dijo Nancy, desmenuzando con el cuchillo y el tenedor la carne que tenía en el plato—. Espero que le guste el cordero más que a mí.
—Ya me como yo tu plato —dijo Charlie.
Nancy se volvió hacia él con el ceño fruncido.
—No he terminado, so cerdito.
—¡Nancy! —la regañó Flo—. ¡No insultes a tu hermano!
Charlie se encogió de hombros.
—A mí me gustan los cerditos.
Frank se volvió hacia él.
—En alemán los llamamos ferkel .
— Ferkel —repitió Charlie, entusiasmado.
— Ferkel —dijo también Nancy, riéndose.
—Pero ¿qué has hecho? Ahora no habrá quien los pare —dijo Peggy, y todos se rieron.
—No lo digáis en la escuela —les advirtió Frank—. U os meteréis en problemas.
—¿Por qué? —preguntó Nancy.
—Ahora mismo a la gente no le gusta nada cualquier cosa que tenga que ver con Alemania —le explicó Alice.
—Pero a mí me gustas tú y eres alemán —le dijo Nancy a Frank.
—Bueno, lo cierto es que ya no me siento muy alemán —dijo él—. Creo que preferiría ser británico como tú.
Nancy juntó las manos dando una palmada.
—Me alegro, porque así podrías casarte con la tía Peggy y pasaríamos juntos todas las Navidades.
Frank miró de reojo a Peggy.
—Ya veremos —dijo esta—. Ahora termínate la cena de Navidad o se la daré a ese pequeño ferkel que tienes por hermano.
Charlie soltó otra risa ahogada.
— Ferkel.
Peggy reparó entonces en que Emily observaba la escena desde la cabecera de la mesa con una expresión de satisfacción en el rostro.
Cuando hubieron terminado de cenar, Nancy convenció a Frank para jugar a las cartas con Charlie y con ella en la sala de estar, Alice fue con ellos para mantener el orden.
Peggy y Flo aprovecharon para recoger la mesa, y Emily y Dulcie las miraban.
—Estás muy callada hoy, yaya —dijo Peggy, guiñándole un ojo a Flo, que se rio.
—¡Serás descarada! —dijo Emily—. Solo quería tomarme un momento para sentirme agradecida por la gente que tengo cerca y pensar en los que no están con nosotros.
—Como nuestro querido Joe —dijo Dulcie.
Emily asintió.
—Eso es.
—¿Dónde habéis dicho que está?
Emily puso los ojos en blanco.
—En Alemania.
Dulcie hizo una mueca.
—Odio a los alemanes.
—No dejes que Peggy te oiga decir eso —dijo Emily—. Su novio es alemán.
Dulcie se mostró horrorizada.
—¿En serio? ¿Tú lo sabías, Peggy?
Esta intercambió una mirada divertida con Flo.
—Sí, señora Twigg. Es judío. Tuvo que huir de Alemania por culpa de los nazis.
—Oh, sí —dijo Dulcie—. Ahora recuerdo que lo habías mencionado. Pobre. ¿Cómo habéis dicho que se llama?
—Frank —contestó Peggy.
—Ah, sí, Frank. Es muy apuesto —dijo Dulcie—. Y tiene unos ojos preciosos. Me recuerda al Cary Grant ese.
Flo soltó una risita mientras fregaba los platos.
—Yo lo encuentro encantador, Peg —dijo esta—. ¿Tú no, yaya?
Emily levantó la mirada y asintió secamente.
—No está mal —dijo.
Alice no quiso ni oír hablar de la posibilidad de que Frank no se quedara a pasar la noche y Frank no quiso ni oír hablar de la posibilidad de que Peggy le cediera su cama.
—Aquí estaré más que cómodo —dijo, señalando el catre plegable que habían colocado en un rincón del salón, junto al reluciente árbol de Navidad.
Peggy echó un vistazo por encima del hombro. Dulcie se había marchado a casa y ya podía oír a su abuela roncando profundamente en su habitación mientras Alice y Flo les leían cuentos a los niños para que se durmieran.
—Me alegro de que hayas decidido pasar la Navidad con nosotros —dijo, rodeándole el cuello con los brazos y besándolo.
—Yo también —dijo él, atrayéndola más hacia sí a medida que el beso se intensificaba. Finalmente, se separaron y él le tomó la cara entre las manos—. Te quiero, Peggy Sparks.
Era la primera vez que le decía eso y, mientras contemplaba su rostro dulce y bondadoso, ella se dio cuenta de que sentía lo mismo.
—Yo también te quiero.
—En ese caso, ¿le concedemos a Nancy su deseo y nos casamos?
Peggy nunca había sido una de esas mujeres que suspiraban por un príncipe azul.
Siempre había pensado que los finales de los cuentos de hadas eran precisamente eso, cuentos.
En la vida real, no había finales felices, y menos todavía con una guerra de por medio.
Pero en ese momento, ahí de pie junto a Frank, mirándole directamente a los ojos y viendo en ellos únicamente amor y ternura, se dio cuenta de que enamorarse también podía ser sencillo y que los momentos de felicidad había que aprovecharlos.
—¿Estás pidiéndome que me case contigo?
Él le tomó una mano y se la besó.
—Así es.
Ella sonrió y contestó:
—Entonces acepto.
Kriegsgefangenenlager Diciembre de 1943
He pasado unas buenas Navidades: pastel de carne, tarta, cerveza, ¡y tus cartas!
Tus felices noticias me han alegrado muchísimo.
Aquí hace frío y hay heladas, pero estoy animado.
Canté villancicos con los muchachos y pensé en todos vosotros.
Albert está organizando conciertos y revistas para mantenernos ocupados.
Estamos todos bien, así que estad tranquilas.
Más noticias en breve. Por favor escríbeme y envíame calcetines si puedes. Volveremos a vernos.
Te quiere como siempre,
Joe