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Peggy estaba decidida a descubrir hasta el más mínimo detalle de la situación de su hermano después de ver la reacción de su familia al mensaje de Joe.
Flo se quedó mirando fijamente el telegrama durante un largo rato, como si de ese modo pudiera convertir sus palabras en algo más esperanzador, y luego se volvió hacia Peggy con lágrimas en los ojos.
—No lo entiendo —susurró—. ¿Cómo es que Arthur está en casa y Joe no?
Emily se cruzó de brazos.
—Necesitamos respuestas. ¿Por qué razón está en Alemania? Debería estar en casa con nosotras.
Alice permanecía sentada a la mesa con la cabeza gacha. Se la veía derrotada. Peggy le puso una mano en el hombro.
—Todo saldrá bien, mamá. Joe dice que nos enviará más noticias pronto y que no nos preocupemos. Mañana iré a hablar con sir James, a ver si puede ayudar en algo.
Su madre levantó la mirada y asintió cansinamente, y a Peggy se le rompió un poco el corazón. Era difícil seguir adelante y decirse que todo saldría bien cuando no parecía haber tregua en el implacable torbellino de noticias cada vez peores.
Y la secretaria de sir James tampoco le dio muchos motivos para albergar esperanza.
—Me temo que hoy sir James no está en la oficina. Su primera cita disponible es... —deslizó un dedo bien cuidado por las páginas de la agenda de su superior— el jueves de la semana que viene.
Levantó la mirada hacia Peggy esbozando una fugaz sonrisa sin apenas alzar las comisuras.
—Vaya. Esperaba poder verlo antes. Es bastante importante, ¿sabe?
—¿Puedo preguntarle de qué se trata? ¿Es algo relacionado con los asuntos del Ministerio? —preguntó la mujer, mirándola por encima de las gafas con montura de carey que llevaba.
Habría sido muy fácil mentir y decirle que era en relación con algún asunto vital de su estrategia editorial, pero Peggy creía en decir la verdad. Tal vez esa mujer lo comprendería.
—No. Es por mi hermano. Verá, ha sido hecho prisionero en Alemania y...
—Bueno, lo siento mucho por su hermano, obviamente, pero no creo que sea un asunto para sir James. Estoy segura de que lo comprende. Que pase un buen día.
La mujer inclinó la cabeza y volvió a su trabajo, dejando a Peggy sin otra alternativa que regresar a la biblioteca con las mejillas ardiéndole a causa de la frustración.
—Dios mío —dijo Marigold, que estaba hablando con Sheldrake—. Pareces más enfadada que mi madre cuando mi padre anda por ahí jugando y apostando.
—He ido a pedirle a sir James si podía ayudarme a averiguar dónde se encuentra Joe, pero su secretaria no ha sido de mucha ayuda —le contó Peggy justo cuando la señora Pyecroft salía de su despacho.
Se quedó mirando fijamente a Peggy.
—Lamento oír lo de su hermano —dijo.
—Gracias —contestó Peggy—. Disculpe si la he molestado.
—Me alegro de que lo haya hecho —dijo Pyecroft.
Unos pocos días después, Peggy recibió una visita inesperada de la secretaria de sir James. No se mostró más amable que la vez anterior, y le dio la noticia con evidente fastidio.
—Sir James ha tenido una cancelación en su agenda y puede verla ahora si quiere acompañarme.
—Oh, gracias —dijo Peggy, siguiéndola.
—¡Ah, Peggy! ¡Me alegro de verte! —dijo sir James, haciéndola pasar a su despacho—. Gracias, Daphne.
—Señor —dijo esta, dedicándole a Peggy una última mirada glacial.
—Gracias por recibirme —dijo Peggy, sentándose al otro lado de un escritorio de roble macizo y mirando a su alrededor las estanterías repletas de libros y el retrato del rey, que los observaba benévolamente.
—No es ninguna molestia. Estoy encantado de ayudarla en lo que pueda. Tengo entendido que se trata de Joe —dijo sir James con solemnidad—. Lamenté mucho enterarme de que se encuentra en un campo de prisioneros de guerra en Alemania.
—Me preguntaba, señor, si tal vez usted estaba al tanto de qué ha pasado. Toda mi familia está ansiosa por recibir alguna noticia y, como puede imaginar, mi abuela se ha mostrado especialmente interesada en que hable con usted.
—Por supuesto. Mi querida señora Marsh..
. —Sir James hizo una pausa antes de responder, como si estuviera eligiendo con mucho cuidado sus palabras—.
Lo único que sé es que Joe tuvo la mala fortuna de ser capturado por los alemanes.
A estos les está costando aceptar el hecho de que los italianos pronto se retirarán de la guerra.
—Mala fortuna —repitió Peggy—. Es un modo de decirlo.
Sir James la observó con preocupación.
—Lo siento, Peggy. Ya sabe que si pudiera ofrecerle más información lo haría. En cualquier caso, he conseguido al menos una dirección para que pueda escribirle.
A Peggy se le encogió el corazón mientras aceptaba la hoja con membrete gubernamental.
—Gracias. ¿Y qué hacemos ahora? ¿Rezar y limitarnos a esperar como el resto de la nación?
—Me temo que eso es todo lo que podemos hacer. Pero sigo siendo optimista y creo que la situación cambiará tan pronto como los italianos capitulen. No te desanimes, Peggy.
Ella sabía que sir James tenía razón, pero ese ciclo de esperar buenas nuevas y luego sufrir el revés de recibir más noticias malas parecía no tener fin.
Era imposible que no pasara factura. Podía ver el cansancio en los ojos de Flo, la desesperación en el rostro de su madre y la interminable decepción que suponía para Nancy regresar a casa de la escuela un día tras otro esperando encontrar una carta de su padre.
Únicamente Emily se mantenía estoica y determinada, y Peggy hacía todo lo posible por emularla.
—Ese muchacho ganará la guerra por todos nosotros y, antes de que nos demos cuenta, estará de vuelta en casa —decía siempre que alguien expresaba en voz alta la más mínima duda—. Nunca se rendirá, y nosotras tampoco debemos hacerlo.
Esa tarde, cogió la dirección que sir James le había dado a Peggy y, volviéndose hacia las demás, dijo:
—Vamos a escribirle todas cartas a Joe y mañana las enviaré por correo. Como siempre dices, Peg, las palabras ayudan a que la gente mantenga el ánimo, así que debemos hacer eso por nuestro muchacho.
—Le escribiré con mi mejor letra —dijo Nancy.
—Buena chica —dijo Emily.
Se sentaron a la mesa de la cocina y comenzaron a escribir sus cartas bajo la luz de la lámpara.
Peggy observó sus rostros: la tierna mirada de Flo mientras pensaba en su querido marido, el ceño fruncido de Nancy a causa de la concentración, decidida como estaba a que cada palabra le saliera perfecta, Alice sonriendo con dulzura y Emily asintiendo con satisfacción al firmar su carta con un beso.
Se imaginó entonces a las familias de todo el país compartiendo estos momentos que no tenían nada que ver con las penurias de la guerra, sino con el amor de una familia, y se concentró en escribir su propia carta, preguntándose qué le gustaría saber a Joe.
Deseaba expresarle lo mucho que lo quería y lo echaba de menos, y las ganas que tenía de verlo de nuevo.
La suya siempre había sido una relación jovial y fácil, y la vida esos días era todo lo contrario.
Aun así, sabía que debía tratar de mantenerlo alegre y animarlo.
La vida en el campo de prisioneros seguramente debía de ser muy fría y dura.
Alzó su pluma y vertió su corazón en la carta.
Le contó sus aventuras con Marigold como vigilantes antiaéreas, los momentos felices que había pasado con Nancy y Charlie, y lo feliz que la hacía Frank y las ganas que tenía de que lo conociera.
Te echamos mucho de menos. Siempre has sido mi más feroz protector y ahora yo haré todo lo que pueda para protegerte y traerte a casa. Te quiero mucho. Estoy deseando que vuelvas y conozcas a Frank y estés con nosotros de nuevo. Volveremos a vernos. Te lo prometo.
Te quiere,
Peg
Para Navidad, los italianos efectivamente habían capitulado, pero eso solo había servido para que los alemanes se mostraran todavía más decididos. En Nochebuena, el señor Beecher se presentó ante sus empleados y, a falta de algo más embriagador, alzó su taza de té y dijo:
—Quiero tomarme un momento para desearles a todos una feliz Navidad. Ya sé que lo digo cada año, pero espero de veras que este sea el último año de la guerra.
—¡Muy bien dicho! —dijo Dalton—. ¡Basta de pavos de mentira en la cena de Navidad!
—¡O de peras en conserva de postre! —añadió Hilda.
Peggy sonrió, pero solo podía pensar en el regreso de Joe y en cómo sería la vida con él sentado a la mesa junto al resto de su familia, haciendo estallar petardos de Navidad, riendo y cantando.
Parecía haber pasado una eternidad desde que le habían enviado las cartas, pero todavía no habían recibido ninguna respuesta.
No sabían nada de él desde aquella primera postal.
Todo el mundo les decía que el correo de los prisioneros de guerra era, en el mejor de los casos, irregular y que no debían preocuparse, pero Peggy había advertido que incluso Emily llevaba cada vez peor la falta de noticias.
—Pareces distraída —le dijo Marigold, apareciendo a su lado.
—Solo estaba pensando en Joe. Nunca anda muy lejos de mis pensamientos. Me pregunto cómo estará —dijo Peggy.
—Una de las amigas de mi madre tiene un hijo al que también han hecho prisionero de guerra y dice que está animado, a pesar de las circunstancias.
Parece que incluso han organizado una universidad en el campo y él ha retomado sus estudios.
También celebran conciertos y practican deporte.
Espero que las cosas para Joe sean parecidas.
—Gracias, Marigold —dijo Peggy—. ¿Y tú qué planes tienes para Navidad? Ya sabes que siempre hay sitio en nuestra mesa.
—Eres un encanto, pero lo cierto es que van a venir invitados a casa.
—¿Ah, sí?
Su amiga esbozó una enigmática sonrisa.
—Rosa Bauman vendrá a cenar, puesto que su hermano tiene otros planes.
Peggy se rio.
—Mi abuela insistió. Yo no pensaba que Frank fuera a querer venir, pero él me aseguró que hacía mucho que no practicaba su fe y que no pasaba nada.
—¿Y Nancy y Charlie están emocionados por las Navidades?