Manual de señoritas para ganar la guerra 22 #3
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Jackson miró a Frank, que parecía tan estupefacto como él por el estallido de Peggy.

—Lo siento, amigo —dijo el soldado.

Williams le dio una palmada en el hombro.

—Vamos, larguémonos antes de que nos metas en más problemas. —Y, despidiéndose de Frank y Peggy con un movimiento de cabeza, añadió—: Disculpad a mi amigo. Buenas noches.

Un poco más adelante, Frank se volvió hacia Peggy.

—Bueno —dijo—. Nunca me habían rescatado antes. Es una sensación bastante embriagadora.

Peggy negó con la cabeza y se echó a reír.

—Lo siento, Frank. Ya sé que puedes librar tus propias batallas, pero la gente ignorante hace que me hierva la sangre.

—Ya me he dado cuenta —dijo él, con una sonrisa que le arrugaba los ojos—. Gracias, Peggy Sparks, mi protectora y amiga.

—Solo siento no haber sido suficientemente rápida cuando aquel tipo te insultó en el restaurante.

Frank se encogió de hombros.

—Comparado con los nazis era un tipo inofensivo, aunque mentiría si dijera que estas cosas no me importan. Incluso en Gran Bretaña, con vuestra democracia parlamentaria y vuestra libertad de expresión, existen tipos como Oswald Mosley y sus fascistas.

—Menos mal que los han internado a todos.

—Sí, pero hay más gente que piensa así. —En ese momento, estaban pasando por delante de un restaurante de la cadena Lyons Corner House—. Fíjate en ese cartel, por ejemplo.

Peggy lo leyó en voz alta.

—«Esta empresa no contrata a ningún enemigo extranjero, naturalizado o no».

—Según las leyes de este país, supuestamente yo soy un enemigo extranjero, así que no es de extrañar que Jackson y sus amigos piensen de ese modo.

Esto es adoctrinamiento —dijo Frank—. Como bien sabes, Peggy, las palabras tienen poder.

A personas como yo se nos etiqueta como extranjeros, enemigos, judíos.

Se nos mete a todos en grupos. Nos juzgan.

El hecho de que Gran Bretaña nos etiquete de esa forma da carta blanca a tipos como el del restaurante para llamarnos «malditos judíos».

¿Cuál es la diferencia entre eso y el fascismo?

Peggy bajó la mirada.

—Lo siento, Frank —dijo.

Él extendió una mano y le alzó la barbilla.

—No tienes nada por lo que disculparte. Sabes que todo esto que estoy diciendo es cierto y aun así has dado la cara por mí. Nadie había hecho eso antes. Eres de las buenas, Peggy Sparks.

Ella le sostuvo la mirada cuando le dijo eso.

Solo podía pensar en que quería besarlo.

Él sonrió al acercar su cara a la de ella y sus labios se encontraron en un momento que a Peggy le pareció como si mil fuegos artificiales explotaran en su corazón.

Al separarse, él le acarició la mejilla y la miró fijamente a los ojos.

—Las palabras tienen poder, pero los actos también —dijo ella, acurrucándose contra su pecho mientras él la envolvía en sus brazos.

Peggy estaba sola en casa cuando llamaron a la puerta.

Flo había llevado a los niños al parque, y Emily y Alice estaban haciendo cola para obtener raciones, de modo que ella se había ofrecido a quedarse y hacer las tareas domésticas.

Agradecía poder disfrutar al fin de un rato a solas, lejos del ajetreo del Ministerio y las interminables preguntas que le hacía Marigold sobre Frank, y deleitándose asimismo en el hecho de que en casa no estuvieran Nancy o Emily interrogándola sobre el mismo tema. Solo su madre parecía comprenderlo.

—Disfruta de esta parte, Peggy. El enamoramiento. Recuerdo cuando lo viví con tu padre. Me sentía como si me hubieran salido alas y fuera capaz de surcar los cielos —le había dicho, dándole unas palmaditas en la mano.

Peggy sabía exactamente qué quería decir.

En las últimas semanas, Frank parecía haber encontrado múltiples excusas para visitar el Ministerio y, antes de cada encuentro, Peggy sentía un cosquilleo en el estómago que luego se tornaba en una sensación de vacío anhelante cuando él se marchaba.

Así pues, suponía un auténtico lujo estar sola en casa, escuchando un poco de música relajante en la radio y disponiendo de algo de tiempo para pensar en él.

También esperaba más noticias de Joe. Habían recibido otra carta desde la postal de su cumpleaños cuyo tono era igual de ambiguo.

Aun así, toda noticia de que se encontraba bien era suficiente para ella.

Lo primero que pensó cuando llamaron fue que era Nancy.

Imaginó que debía de haberse adelantado a Flo y Charlie y ahora exigía que le abriera la puerta.

Por eso, al abrir, a Peggy le sorprendió encontrarse ante un hombre con una mata de pelo rubio y rizado y que debía de tener la edad de Joe.

Por la expresión expectante del tipo, intuyó que debería saber quién era, pero no conseguía ubicarlo.

—Peggy —dijo él, dándose cuenta de la confusión de ella—. Soy Arthur. Arthur Morris.

—Arthur —dijo ella, y su mente se retrotrajo inmediatamente a su infancia.

Era ese niño pequeño con las rodillas llenas de costras y la nariz mocosa que solía seguirlos a ella y a Joe a casa desde la escuela, pidiéndoles unirse a sus juegos.

El hombre que en esos momentos estaba ante ella, sin embargo, no parecía conservar nada de esa inocencia ni energía juveniles.

Su rostro presentaba una palidez grisácea y tenía los ojos ojerosos a causa del cansancio—. Entra, por favor. ¿Cómo estás?

—No estoy mal, gracias —dijo, siguiéndola hasta la cocina—. Lo cierto es que no puedo quejarme.

Ella ya estaba llenando de agua el hervidor.

—Siéntate, por favor —dijo ella—. Prepararé un poco de té.

—Gracias. Es muy amable de tu parte. —Arthur hablaba lenta y deliberadamente.

Peggy lo recordaba como un niño muy vivaz, con la mirada siempre brillante y alerta, dispuesto a participar en cualquier juego al que se le invitara.

Los ojos azules que la miraban en esos momentos, sin embargo, habían perdido ese brillo.

Parecían apagados y sin vida, como si alguien hubiera extinguido la chispa que había en ellos.

«Eso es lo que hace la guerra —pensó Peggy—.

Sofoca el espíritu». Tras preparar el té, dejó la tetera sobre la mesa y cogió dos tazas con sendos platillos y la jarra de leche.

—Lo sirvo, ¿de acuerdo? —dijo, añadiendo un chorrito de leche a cada taza y removiendo la tetera antes de verter el té.

—Gracias, Peggy. Me alegro de verte después de todo este tiempo.

—Y yo me alegro de verte a ti, Arthur.

Él le dio un sorbo a su té.

—¿Joe ha salido?

Peggy se lo quedó mirando fijamente, sorprendida.

—¿Salido?

Arthur asintió.

—Esperaba verlo.

Peggy parpadeó.

—Lo siento, Arthur. No entiendo bien lo que quieres decir.

Una expresión de pánico apareció fugazmente en el rostro de Arthur.

—Yo estaba en el mismo campo que Joe y nos enviaron a todos a casa, así que había supuesto que estaría aquí.

Peggy sintió como se desvanecía toda la alegría que había sentido antes.

—¿Enviado a casa? ¿Cuándo?

Arthur tragó saliva.

—El mes pasado.

—¿El mes pasado? —Los pensamientos se le aceleraron. Si Arthur había conseguido regresar, existía la posibilidad de que Joe también estuviera de camino a casa, ¿no?—. ¿Cuándo fue la última vez que lo viste?

—El día antes de irnos. Estábamos todos en distintos barracones, así que no lo vi cuando salimos del campo. Lo siento, Peggy. Pensaba que ya habría vuelto.

Arthur parecía tan desolado que Peggy extendió una mano para consolarlo.

—No pasa nada, Arthur. No podías saberlo. Y, además, es posible que Joe esté de camino y simplemente se haya retrasado en algún lugar, ¿no te parece?

Arthur se la quedó mirando fijamente, deseando con todas sus fuerzas que eso fuera cierto.

—Sí, seguro que es lo que ha pasado.

Peggy le dio un apretón en la mano.

—Tu madre se alegrará de tenerte en casa, ¿no? Joe me contó que tienes novia. Debe de estar contenta de verte.

—Nos casaremos el mes que viene.

—Eso es maravilloso. Felicidades.

Arthur parecía inseguro.

—Yo solo... quería hablar con Joe. No hay mucha gente que entienda lo que es, ¿sabes?

Peggy podía ver lo atormentado que se sentía.

Los horrores de la guerra parecían seguir vivos en su cerebro.

Probablemente ni siquiera desaparecían cuando cerraba los ojos por la noche.

Se había liberado de las penurias de la guerra, pero estaba claro que nunca conseguiría escapar de las cosas que había visto. Ella volvió a apretarle la mano.

—Estoy segura de que Joe regresará pronto —dijo, con la esperanza de que, al decir eso en voz alta, pudiera conseguir que se hiciera realidad.

Kriegsgefangenenlager Agosto de 1943

Me encuentro bien. Estoy prisionero en un campo alemán. No os preocupéis por mí. En breve os enviaré más noticias y una dirección para escribirme. Volveremos a vernos.

Os quiero a todos,

Joe