Manual de señoritas para ganar la guerra 22 #2
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—Bueno, hay que disfrutar del momento. —A continuación, se llevó una mano a la boca y susurró—: No creo que sirvan auténtico champán a no ser que seas el primer ministro, pero ¿a quién le importa?

—¿Está aquí el primer ministro? —preguntó Frank, mirando por encima del hombro. Parecía sentirse tan incómodo ahí como Peggy.

—No, pero cuando entrábamos he visto a nuestro querido ministro en el vestíbulo —dijo Marigold—.

¡Querida! —exclamó de repente cuando vio a alguien a quien conocía en el otro extremo del bar; acto seguido, cogió a Rosa de la mano y añadió—: Ven conmigo.

Hay alguien a quien quiero que conozcas.

Ahora mismo volvemos —le dijo a Peggy por encima del hombro.

Peggy y Frank se quedaron un momento mirándose fijamente mientras ella se devanaba los sesos en busca de algo interesante que decir.

—Feliz cumpleaños —dijo él al fin.

—Gracias. —Hubo otra pausa que amenazaba con tornarse incómoda.

—Bueno, ¿cómo va todo?

—Bastante bien. He recibido una postal de Joe. Parece que está bien.

—Eso es bueno. Me alegro.

—¿Y tú?

—Bien. Ocupado, pero bien. —Peggy jugueteó un poco con el tallo de su copa antes de darle otro largo trago—. Tienes muy buen aspecto —se atrevió a decir él finalmente.

Peggy lo miró a los ojos, cautivada por su suave expresión.

—Gracias.

—Estás hermosa.

Ella notó que comenzaba a enrojecer y apartó la mirada. Vio a Marigold y a Rosa, que se habían acomodado en una mesa y estaban hablando con una glamurosa mujer que Peggy estaba segura de haber visto en alguna de las revistas de Flo.

—Creo que nos han abandonado —dijo.

Frank siguió su mirada y rio.

—Mira, Peggy. No sé tú, pero yo me siento algo incómodo aquí. Este no es exactamente mi ambiente habitual. ¿Te gustaría que fuéramos a algún otro lado?

Ella se volvió hacia él con una sonrisa.

—Me encantaría, pero tengo que avisar a Marigold. Al fin y al cabo, ella es quien ha organizado esta velada para mí.

—Por supuesto. Te esperaré aquí.

A Marigold no le sorprendió que Peggy le dijera que se marchaba con Frank a otro lugar. Le quitó importancia a su disculpa con un movimiento de mano y le dio un beso en la mejilla.

—Llámame cupido —dijo, guiñándole un ojo.

Peggy esperó que Frank no se diera cuenta del rubor escarlata que teñía sus mejillas cuando se unió de nuevo a él.

—Conozco un lugar perfecto, pero hay que caminar un poco —dijo él—. ¿Prefieres que cojamos un autobús?

—No me importa pasear —dijo Peggy.

—Entonces sígame, señorita Sparks —dijo él, haciendo una reverencia.

Era una noche templada, el cielo estaba lleno de estrellas y la luna brillaba sobre sus cabezas como si fuese un faro.

A pesar de llevar ya casi cuatro años de apagones, a Peggy siempre le costaba un poco acostumbrarse a las calles oscuras, iluminadas únicamente por algún autobús ocasional.

Avanzaba con cautela hasta que Frank le ofreció un brazo que ella aceptó con un pequeño salto secreto de alegría.

Se cruzaron con algunas pocas personas y, cada vez que alguien los saludaba con una sonrisa y un movimiento de cabeza, Peggy se regodeaba íntimamente con la idea de que los veían como otra pareja más que había salido a dar un paseo.

Una parte de ella había temido que no tuvieran mucho que decirse, pero pronto quedó claro que, en cuanto dejaron atrás la abrumadora atmósfera del Ritz, todas las incómodas trivialidades desaparecieron y comenzaron a hablar y reír como si fueran viejos amigos.

De hecho, a Peggy le sorprendió lo fácil que le resultaba conversar con él.

Charlaron sobre sus familias, su infancia, su trabajo.

Peggy le habló de Joe y compartió esperanzas y miedos que rara vez explicaba a nadie.

Frank, a su vez, le confió sus preocupaciones más profundas.

Temía por su familia en Alemania y le explicó que ni siquiera estaba seguro de si seguían vivos.

La ira que sentía alimentaba su trabajo y lo empujaba a ayudar en todo lo que pudiera a que los Aliados ganaran la guerra.

—Algunas personas dirían que estoy traicionando a mi país, pero están equivocadas. Es mi país el que me traicionó a mí hace tiempo —dijo con amargura.

—Soy incapaz de imaginar lo que debe de ser tener que abandonar tu casa —dijo Peggy.

—Ya no es mi casa —dijo, negando con la cabeza.

—¿Y qué hay de Gran Bretaña? ¿La consideras tu casa?

Él la miró con los ojos fruncidos por su risueña expresión.

—Estoy empezando a hacerlo.

—Bueno, ¿y adónde vamos? —preguntó ella, evitando su mirada.

Frank señaló entonces el elegante edificio que tenían delante, desde el que unas estatuas de la reina Victoria y su marido contemplaban el mundo con aire majestuoso.

—Había pensado que podíamos cenar con Victoria y Alberto —dijo—. ¿O me meterán en la Torre de Londres por ser tan informal?

Peggy se rio.

—Tu secreto está a salvo conmigo.

Mientras él la conducía al interior del museo, Peggy recordó haberlo visitado de pequeña con su madre y haberse maravillado con los amplios y resonantes pasillos, las ornamentadas escaleras de mármol, las enormes esculturas, los cuadros y, en definitiva, con la abrumadora belleza de todo aquello que los seres humanos podían llegar a crear si se empeñaban en ello.

Ahora, grandes secciones del Museo Victoria y Alberto estaban cerradas y muchos objetos habían sido retirados o habían quedado ocultos tras sacos de arena para protegerlos.

Ella y Frank se dirigieron hacia el otro extremo del museo por un pasillo con arcadas y llegaron a una gran sala.

A lo largo de una de las paredes habían instalado una cantina, y los altos expositores de cristal que Peggy recordaba en el centro habían sido reemplazados por mesas y bancos.

Un cartel al fondo anunciaba «Menú del restaurante» y prometía «Sopa, rosbif y dos verduras, tarta de melaza y natillas» por menos de un chelín.

—Puede que no sea el Ritz, pero sé lo mucho que te gustan las natillas —dijo Frank.

—Es perfecto —dijo Peggy—. Y además tienen café.

Frank hizo una mueca.

—No es café de verdad, pero en cualquier caso será mejor que tu té.

Después de hacer cola con sus bandejas, consiguieron encontrar dos asientos libres en el bullicioso restaurante.

Peggy estaba encantada de lo fácil que le resultaba la compañía de Frank.

En su conversación no había silencios incómodos o momentos difíciles, y cuando ella le habló de su antiguo trabajo en la biblioteca y de su amor por los libros, a él se le iluminaron los ojos.

Frank le explicó entonces que había aprendido inglés leyendo relatos de Somerset Maugham y ella le contó lo mucho que le gustaba la poesía de Rilke.

Todavía estaban sentados a la mesa cuando la mujer del SVF con cara de pocos amigos que dirigía la cantina les preguntó si no tenían una casa a la que marcharse.

—¿Y ahora adónde vamos? —dijo Frank cuando volvieron a salir a la calle.

Peggy consultó la hora en su reloj.

—Tengo que volver al apartamento de Marigold. Quizá debería intentar coger un autobús.

—Yo te acompañaré.

—Son varios kilómetros —dijo Peggy.

—No me importa si a ti tampoco —dijo él—. Es una noche encantadora y, a juzgar por la falta de sirenas, también tranquila.

—En ese caso, acepto tu amable oferta. Y tienes razón, es una noche encantadora —dijo ella, sonriéndole.

Frank le ofreció un brazo y ella lo aceptó, inclinándose un poco más hacia él y disfrutando de la calidez de su tacto.

Recorrieron las oscuras calles, saludando a todo aquel que se cruzaban.

Justo cuando pasaban por delante de un club nocturno de Piccadilly, un grupo de jóvenes uniformados salía a la calle, empujándose y bromeando.

Al llegar a su altura, uno de ellos chocó con el hombro de Frank.

—Deberías tener más cuidado —dijo Frank, con cierta irritación.

—¿Qué has dicho, amigo? —dijo el hombre, volviéndose hacia él con un peligroso brillo en los ojos.

—Déjalo estar, Jackson —le advirtió uno de sus compañeros.

Jackson se encaró con Frank.

—¿Lo dejamos estar, amigo?

Frank soltó el brazo de Peggy.

—No soy tu amigo, y si chocas con alguien, creo que lo educado es pedirle perdón.

Jackson se quedó mirando fijamente a Frank y luego se echó a reír.

—Eso crees, ¿eh? Lo cierto es que tienes razón. No somos amigos. De hecho, eres extranjero. Te lo noto en la voz. ¿De dónde eres? —Al oír eso, un par de amigos de Jackson se colocaron a cada lado de este y se quedaron mirando amenazadoramente a Frank.

—Vamos, déjalo estar —dijo otro que los observaba desde cierta distancia.

—Cierra el pico, Williams —dijo Jackson—. Bueno, ¿de dónde eres?

—De Alemania —dijo Frank.

Jackson abrió los ojos desmesuradamente.

—¿Eres alemán?

Frank asintió.

—Y judío. Pobre de mí, ¿eh?

Jackson no supo bien cómo reaccionar ante el humor sarcástico de Frank.

—En ese caso, ¿no deberías estar encerrado en la Isla de Man o algo así?

—Deberíamos arrestarlo —dijo el tipo menudo y enjuto que estaba a su lado.

—Bueno, ya basta —dijo Peggy, colocándose en medio—.

Podéis iros todos a casa. Este hombre es un judío alemán que trabaja para el Gobierno con el objetivo de poner fin a esta guerra.

Y, presumiblemente, vosotros sois soldados de permiso que están luchando en la guerra, así que nadie tiene que arrestar a nadie porque todos estamos en el mismo bando.

Ahora dejadnos en paz antes de que llame a la policía y a vuestro comandante.

Los hombres dieron un paso atrás.

—Está bien, está bien. No hace falta ponerse así —dijo Jackson—. Disculpe, señorita.

Peggy lo fulminó con la mirada.

—Intenta leer un libro de vez en cuando, a ver si dejas de ser tan ignorante. En Inglaterra todo el mundo es extranjero. Prácticamente todos descendemos de los anglosajones o los romanos.

Jackson la miró sorprendido.

—Cierto. Lo siento.

—Me alegro de que lo sientas —dijo Peggy, temblando de ira—, aunque quizá deberías dejar de pedirme perdón a mí y disculparte con este hombre.