22
—¡Cumpleaños feliz, tía Peg! —exclamó Nancy cuando Peggy apareció bostezando por la puerta de la cocina—.
Y cumpleaños feliz, papá —añadió—, dondequiera que estés.
—Peggy le dio un fuerte abrazo y un beso en la coronilla.
Los cumpleaños siempre eran más difíciles sin su hermano gemelo, pero se sentía agradecida por el intenso amor de su sobrina—.
La bisabuela y yo te hemos hecho un pastel cada una.
—Se suponía que eso era una sorpresa para más tarde —dijo Emily—. Cumpleaños feliz, Peg.
—¿Dos pasteles? —dijo Peggy.
Emily señaló a Nancy con un movimiento de cabeza.
—Ella ha insistido, así que hemos hecho dos pequeños. Por suerte, Dulcie tiene gallinas.
—Cumpleaños feliz, cielo —dijo Alice, inclinándose para darle un beso a su hija—. ¿Tienes tiempo para desayunar?
Peggy consultó la hora en su reloj.
—Tomaré solo una taza de té.
Emily chasqueó la lengua.
—Las jóvenes de hoy en día nunca os sentáis a desayunar más de cinco minutos. Parece que os alimentéis de té y aire. En mi época, tomábamos gachas con azúcar todas las mañanas.
—No me gustan las gachas —dijo Nancy—. Son demasiado grumosas.
—No cuando las hago yo —dijo Emily.
—Aquí tienes, cielo —dijo Alice, dejando una taza de té delante de su hija.
—Gracias, mamá.
—Cumpleaños feliz, Peg —dijo Flo, entrando en la cocina con Charlie en los brazos.
—Umpeaño elis —repitió Charlie, extendiendo sus regordetes puños hacia ella. Peggy lo cogió y lo dejó en su regazo, y no pudo evitar reírse cuando él le dio un beso en la mejilla y se la dejó llena de babas.
—Pareces cansada, Peg —dijo Alice.
—Han sido unas semanas muy ajetreadas —dijo Peggy, haciendo lo posible para contener otro bostezo—. Y a eso hay que añadir los turnos de vigilante antiaérea.
—¿Por qué no lo haces aquí en el barrio? —protestó Emily—. O también podrías unirte al Servicio Voluntario Femenino conmigo y tu madre. La otra noche no paramos ni un segundo.
—Ya lo hemos hablado, mamá —dijo Alice—. Para cuando Peggy llegara a casa, ya sería demasiado tarde. Es más fácil que los haga ahí y se quede a dormir en casa de Marigold.
—Es solo que me sentiría más segura sabiendo que Peg está patrullando nuestra zona y, además, en ese caso podría prepararle una buena taza de té de nuestra cantina móvil.
—¿Acaso me echas de menos, yaya?
Emily hizo un gesto con la mano para quitarle importancia.
—No digas tonterías. Anda, ten —dijo, deslizando un puñado de cartas hacia ella—. Ábrelas. Creo que te gustará la que está encima de todo.
A Peggy se le iluminaron los ojos al reconocer la letra.
—¡Es de Joe!
—Lo he mantenido en secreto —dijo Nancy sin dejar de botar arriba y abajo en su silla mientras Peggy abría el sobre—. Léela, tía Peg.
Peggy sonrió.
—«Querida Peg, cumpleaños feliz. Espero que te haya impresionado que enviara esta carta un mes antes para que te llegue a tiempo.
Me alegro de recibir tus cartas y de saber que estáis todos bien.
Yo también lo estoy. Pronto te enviaré más noticias.
Volveremos a vernos. Te quiere, Joe». —Al terminar, miró a Flo a los ojos.
Peggy sabía que estaban pensando lo mismo.
¿Cómo le iban realmente las cosas a Joe?
En estas postales y cartas no podía contar demasiado.
Una parte de ella deseaba poder asomarse a su mundo y verlo por sí misma, aunque otra temía lo que pudiera descubrir.
—Me pregunto qué va a hacer papá en su cumpleaños —dijo Nancy, expresando los pensamientos más íntimos de todos—. ¿Creéis que ha recibido nuestro paquete? Me pregunto si Albert le habrá hecho un pastel.
Flo acarició el pelo de su hija.
—Espero que sí.
Peggy reparó en el fatigado tono en el que había dicho eso y deseó poder hacer algo por ella.
—¿Estás segura de que no quieres salir con Marigold y conmigo mañana? —preguntó.
Flo suspiró.
—Estoy demasiado cansada, Peg, y necesito quedarme aquí para ocuparme de los niños.
—Quizá yo tampoco debería ir —dijo Peggy.
—Sí que deberías —dijo Alice—. Es tu cumpleaños. Debes salir a divertirte siempre que tengas la oportunidad.
—Cuando era joven ni en sueños habría dejado pasar la ocasión de pasármelo bien —dijo Emily—. Con o sin guerra.
—¿Tú has sido joven alguna vez, bisabuela? —dijo Nancy con una sonrisa traviesa.
Emily la fulminó con la mirada, indignada.
—Estos jóvenes están volviéndose cada día más descarados. Si le hubiera hablado así a mi bisabuela, me habría dado una buena azotaina en el trasero.
Alice cogió una fotografía del tocador.
—Esta era tu bisabuela de joven —dijo, dejándola delante de Nancy.
—Eres igual que la tía Peg —comentó la niña, examinando la fotografía de una hermosa joven que miraba a lo lejos con los ojos llenos de asombro.
—Ahí tenía unos años menos que Peg. En esa época trabajaba como cocinera para la familia Randolph —dijo—. La fotografía me la tomaron justo antes de conocer a Reg. —Y, dándole unas palmaditas en la mano a Peg, le dijo a esta—: Por cierto, ya va siendo hora de que conozcas a un buen hombre.
—¿Qué hay de Frank? —preguntó Nancy.
—¿Quién es Frank? —preguntó a su vez Emily.
—Nadie —dijo Peggy.
—Pues parecía alguien cuando te he oído hablarle a mamá sobre él —dijo la niña.
Flo le guiñó un ojo a Peggy, que se bebió el resto del té de un trago, evitando la mirada de su abuela.
—Lo siento, tengo que marcharme —dijo, dejando a Charlie en el regazo de su sorprendida madre—. Gracias por las felicitaciones. ¡Nos vemos luego! —Cogió su abrigo y su bolso del perchero y salió a toda prisa por la puerta.
—¡No creas que esta conversación ha terminado aquí, Peggy Sparks! —exclamó su abuela—. Seguiremos cuando vuelvas a casa.
El elegante bar que había en el sótano del Ritz ofrecía a sus adinerados clientes un acogedor refugio frente a la monótona existencia en tiempos de guerra en la superficie.
Con sus arañas de color miel, sus suelos de mármol dorado y sus mullidos sofás de terciopelo, era el último grito en lujo decadente.
—César Ritz diseñó el hotel para que realzara la belleza de sus huéspedes femeninas —le contó Marigold a Peggy mientras el portero, tocado con un sombrero de copa, les abría la puerta y las saludaba llevándose una mano al ala—.
Me ha parecido que era el lugar perfecto para celebrar tu cumpleaños. Yo invito.
Peggy se había acostumbrado a las diferencias sociales de la gente que trabajaba en el Ministerio y a que hombres que se habían educado en Eton le pidieran que les hiciera el té o dieran por sentado que era una de las secretarias del Departamento de Mecanografía.
Había aprendido a adaptarse e incluso disfrutaba de su estupefacción cuando les mostraba los libros que había escrito o editado.
Era consciente de que había tenido suerte de recalar en un departamento con alguien como el señor Beecher al mando y la señora Pyecroft haciendo su silenciosa magia en segundo plano.
Aun así, no pudo evitar sentirse como un pez fuera del agua cuando entraron en el bar y se encontró con la hedonista visión de la élite de la sociedad londinense bebiendo, riendo y bailando.
Ni siquiera supuso un consuelo que Marigold le hubiera dejado el elegante vestido de color verde oliva que llevaba puesto ni que le hubiera ayudado a peinarse y a aplicarse un poco de maquillaje.
Se sentía tan incómoda como si llevara los zapatos puestos en los pies equivocados.
—Ten —dijo Marigold, tendiéndole una copa llena de un burbujeante líquido de color ámbar—, bébete esto. Pareces un conejo deslumbrado por los faros de un coche. ¡Salud!
—¡Salud! —dijo Peggy, dándole un sorbo a la bebida y haciendo una mueca a causa de su efervescencia.
Marigold se rio.
—Te acostumbrarás. Solo tienes que relajarte un poco. Cordy y yo solíamos pasárnoslo genial aquí —dijo ella, sonriendo al recordarlo.
—Debes de echarla de menos —dijo Peggy.
—Era el amor de mi vida —dijo Marigold. Peggy se quedó estupefacta, y Marigold la miró con timidez—. ¿Te escandaliza eso?
—Si te refieres a si me escandaliza tu revelación, lo cierto es que no, en realidad no.
Lo que me sorprende es no haberlo sospechado nunca.
—Recordó los comentarios de Dalton cuando almorzaron juntos años atrás y pensó en el hecho de que, a pesar de su belleza y su encanto, en realidad nunca había visto a su amiga con un hombre.
Marigold miró a su alrededor.
—Hay que tener cuidado con quién pueda oír estas cosas, pero este es un lugar bastante seguro. —Peggy siguió su mirada y reparó en que había mujeres sentadas en parejas que parecían ser algo más que amigas—. Y sé que mi secreto está a salvo contigo, Peggy.
—Desde luego.
—Sabes que nuestra amistad lo es todo para mí, ¿verdad?
Peggy sonrió.
—Y para mí también.
—Me siento afortunada de haberte conocido, Peggy Sparks. Me has enseñado lo que es importante en la vida.
—Cielos, eso me hace sonar como una espantosa maestra de escuela.
Marigold negó con la cabeza.
—No, me refiero al modo en que os tratáis en tu familia, el modo en que os cuidáis unos a otros. Ha hecho que me dé cuenta de a quién valoro y de que la vida es algo más que fiestas glamurosas.
—Lo dice una mujer que está tomándose un cóctel en el Ritz —bromeó Peggy.
Marigold se rio.
—¿Ves? Por eso me gustas. No dejas que se me suban los humos. Feliz cumpleaños, querida amiga. —Chocó su copa con la de Peggy y luego le echó un vistazo a la puerta—. ¡Oh, mira, aquí están Frank y Rosa! —añadió, saludándolos con la mano.
A Peggy el estómago le dio un vuelco nada más ver a Frank. Bebió otro sorbo para calmar su nerviosismo.
—¡Este sitio es realmente encantador! —dijo Rosa cuando llegó a su lado.
—Me pareció que todos nos merecíamos un capricho —dijo Marigold—. Os pediré algo de beber. —Se volvió hacia el camarero—. Dos cócteles más de champán, por favor, Jim.
—¿Champán? —dijo Rosa, aceptando la copa que le tendían—. ¡Está agasajándonos de veras, Lady Cecily!
Marigold la miró con un brillo travieso en los ojos.