Manual de señoritas para ganar la guerra 21 #2
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—Ah, pero vivo con la esperanza de ser capaz de iniciar a la señorita Peggy Sparks en el placer que supone tomar kaffee und kuchen .

Después de que Beecher hubiera pagado la cuenta, salieron fuera para despedirse. Marigold y Rosa parecían haber entablado amistad y estaban haciendo planes para verse de nuevo cuando la primera exclamó:

—¡Oh, deberíais ambos ayudarnos a celebrar el cumpleaños de Peggy el mes que viene!

Esta sintió que de repente el pánico se apoderaba de ella.

—Estoy segura de que Rosa y Frank tienen mejores cosas que hacer.

—En realidad no —dijo Rosa—. A mí me encantaría. ¿Frank?

Este miró a Peggy.

—¿Por qué no? Mi hermana siempre me dice que debería divertirme más.

—Eso es lo que Marigold suele decirme a mí —comentó Peggy.

—En ese caso deberíamos intentar pasarlo bien juntos, señorita Sparks.

Peggy se rio.

—De acuerdo, señor Bauman.

—¡Maravilloso! —dijo Marigold, juntando las manos, y reparó en que Beecher los miraba a todos con una sonrisa—. ¿Le gustaría unirse a nosotros?

Eso pareció coger por sorpresa a Beecher.

—Aunque me conmueve su invitación, señorita Cecily, me temo que normalmente a las nueve ya estoy acostado con un Ovaltine y un libro edificante, pero gracias de todos modos.

—Nos vemos entonces, pues —le dijo Frank a Peggy, tendiéndole una mano para despedirse—. Será un placer.

Ella se la estrechó con una sonrisa y se dio cuenta de que sentía exactamente lo mismo.

En ese momento, salió del restaurante a la calle el hombre en el que se había fijado antes. Parecía molesto por que estuvieran en medio de su camino y, al pasar, golpeó con el hombro a Frank.

— Verdammte Juden —murmuró por lo bajo.

—¡Hey! —exclamó Peggy a su espalda, pero el hombre ya había doblado la esquina. Se volvió hacia Frank, cuyo rostro estaba ensombrecido por la ira—. ¿Te encuentras bien?

—Sí, estoy bien —dijo en un tono que sugería todo lo contrario—. Vamos, Rosa. Deberíamos marcharnos. Adiós. Gracias por el almuerzo, señor Beecher.

Este tomó su mano y se la estrechó con firmeza.

—Cuídense —les dijo a ambos, y, mientras contemplaba cómo se alejaban cogidos del brazo, añadió—: Es una triste verdad que, incluso en este país, a los judíos no siempre se les trata con la compasión que merecen.

—Eso es algo que me indigna —dijo Peggy.

Beecher se volvió hacia ella.

—No se deshaga nunca de esa ira, señorita Sparks.

Al entrar en el edificio del Ministerio, se encontraron con Longforth en el vestíbulo.

—Ah, qué bien. Están todos aquí. Tenemos un problema.

—¿Qué sucede? —preguntó Beecher.

Longforth inclinó ligeramente la cabeza, señalando con la mirada a un lado.

—Esa mujer de ahí. —Peggy, Marigold y Beecher se volvieron hacia el lugar que les estaba indicando—. ¡No! No miren todos a la vez, sean discretos.

—¿De qué va todo esto, Longforth? —preguntó Beecher—.

¿Por qué está tan alterado por una inofensiva anciana?

—Peggy le echó un vistazo disimulado. Era una mujer delgada y de aspecto frágil que llevaba una boina de color albaricoque y unas gafas con montura metálica. Parecía tener una expresión vivaz.

—Dice que quiere ver a Eliot y a Bell —susurró Longforth.

Beecher arrugó el entrecejo.

—Pero ¿cómo narices ha terminado aquí?

—Porque algún idiota de la sección de material de oficina le ha dicho que aquí es donde trabajan los escritores.

—¿No podemos decirle simplemente que en estos momentos no están?

—Ya lo hemos intentado. Dice que los esperará porque tiene un mensaje muy importante para ellos. ¿Qué podemos hacer?

Marigold y Peggy intercambiaron una mirada.

—Quizá podrían hacerse pasar por ellos —dijo Peggy.

—Sí, buena idea —añadió Marigold.

Entonces fueron Longforth y Beecher quienes se miraron entre sí.

—No estoy seguro de que sea muy apropiado —dijo Beecher, visiblemente incómodo.

—¿Por qué no? —dijo Peggy—. Nosotras fingimos que somos ellos todo el tiempo.

—Lo cierto es que cuando iba a Oxford pisé las tablas... ¿Sabe qué, señor Beecher? Estoy dispuesto a hacerlo si usted también —dijo entonces Longforth con expresión nostálgica.

Beecher negó con la cabeza, exasperado, pero accedió:

—Oh, está bien. Será mejor que acabemos de una vez con esto, pero que sea breve. —Peggy y Marigold se sonrieron la una a la otra—. No sé por qué sonríen. Ustedes también vienen.

La mujer se llamaba Dahlia Mackintosh y había viajado desde Edimburgo solo para expresar su agradecimiento por el trabajo de los señores Eliot y Bell.

—He usado una parte de mis raciones para hacerles un pastel Dundee —les dijo con un suave acento escocés al tiempo que deslizaba hacia ellos por encima del tablero de la mesa un paquete atado con un cordel.

—Bueno, estamos muy agradecidos por el esfuerzo que ha realizado, querida señora —dijo Longforth inclinando la cabeza cortésmente.

—¿Y cuál de ustedes es el señor Eliot y cuál el señor Bell? —preguntó ella entonces.

Ellos intercambiaron una fugaz mirada de pánico.

—Yo soy el señor Eliot —dijo Beecher.

—Sí, y yo Basil Bell —dijo Longforth.

—Herbert —murmuró Peggy.

—Oh, Herbert Eliot —dijo entonces Longforth.

—Bell —le instó Marigold.

Longforth soltó una risa avergonzada.

—Disculpe, quería decir Herbert Bell —dijo.

La señorita Mackintosh frunció el ceño.

—No parecen estar muy seguros de sus nombres.

—Bueno —comenzó a explicar Beecher—, lo cierto es que no son nuestros verdaderos nombres.

La señorita Mackintosh se mostró horrorizada.

—¿No son sus verdaderos nombres?

Beecher le lanzó una mirada de pánico a Peggy, que intervino rápidamente.

—Es muy habitual que los escritores adopten seudónimos —dijo—. De ahí la confusión.

—Ah —contestó Dahlia con aire decepcionado—. Entiendo.

—Pero nos alegra mucho que le hayan gustado nuestros libros —dijo Marigold—. Peggy y yo ayudamos a recopilarlos.

—Creo que son maravillosos —explicó la señorita Mackintosh—. El de historia escocesa es mi favorito, por supuesto.

—Claro —dijo Peggy con una sonrisa.

—Aunque, si me permiten el atrevimiento, tengo una pequeña crítica.

—¿Ah, sí? —dijo Longforth.

—No hay suficientes mujeres.

—¿Cómo dice?

—Mu-je-res —repitió lentamente la anciana como si se dirigiera a un idiota—. Ya sabe, las hembras de la especie. Ustedes tienen a Shelley y a Byron, a Tennyson y a Keats. Pero ¿dónde está Emily Brontë? ¿Y Elizabeth Barrett Browning? ¿Y Elizabeth Gaskell?

—Incluimos a algunas mujeres en el libro sobre novelistas ingleses —dijo Peggy.

—Así es. Yo mismo lo aprobé —dijo Longforth.

La señorita Mackintosh se lo quedó mirando fijamente con sus penetrantes ojos.

—Eso fue meramente simbólico —dijo.

—¿Cómo dice? —preguntó él, intimidado por el escrutinio de la mujer.

—Digo que fue simbólico. Creo que pueden hacerlo mejor, señor Bell.

Peggy y Marigold se miraron entre sí, divertidas.

—Bueno —dijo el señor Beecher, ofreciéndole una mano—. Le agradecemos que se haya tomado la molestia de venir a vernos, señorita Mackintosh.

—No ha sido nada —dijo la menuda mujer con dulzura, estrechándoles las manos a todos—. Disfruten del pastel.

—Pankhurst tiene mucho de lo que responder —dijo Longforth mientras observaban cómo se alejaba la mujer.

—¿Vas a tardar mucho más, Marigold? —preguntó Peggy unos pocos días más tarde.

Iban a realizar su primer turno como vigilantes antiaéreas voluntarias, y le había dicho deliberadamente a su amiga que debían llegar a las seis cuando en realidad el señor Baggley les había dicho que lo hicieran a las seis y media.

—Solo un momento, Peggy —respondió Marigold desde el cuarto de baño. Salió unos pocos segundos después e hizo una pose—. ¿Qué te parece?

Peggy se quedó asombrada. Teniendo en cuenta la naturaleza utilitaria de su conjunto, Marigold se las había arreglado para lucirlo con el estilo y el glamur de una estrella de Hollywood.

Llevaba el pelo peinado con unos suaves rizos que enmarcaban su hermoso rostro, y se había aplicado pintalabios rojo con la más absoluta perfección.

—Sabes que no vamos a ir a tomar cócteles al Savoy, ¿verdad?

—Querida, que estemos en guerra no significa que vaya a dejar de arreglarme. Me compré este pintalabios nuevo para la ocasión. Se llama «rojo victoria» —dijo ella, frotando los labios entre sí—. Y ahora vayamos tirando o llegaremos tarde a la cita con nuestro querido señor B.

Peggy sacudió la cabeza con incredulidad.

—Dios nos libre de llegar tarde —dijo, saliendo de casa detrás de su amiga.

—Atención todo el mundo —dijo el señor Baggley mientras los voluntarios terminaban de congregarse en el puesto de vigilantes, que antaño había sido un quiosco de refrescos y en el que todavía podían verse carteles que prometían una deliciosa variedad de helados Lyons Maid—.

Como aprendieron en el curso de formación, por lo general permanecemos aquí a menos que oigamos una sirena.

Ocasionalmente, patrullaremos las calles para asegurarnos de que no hay ninguna luz en los edificios y, en caso de que veamos alguna, procederemos con corrección y cortesía.

Si oímos una sirena, yo me quedaré aquí y ustedes patrullarán las calles para comprobar que la gente ya ha acudido a los refugios o está de camino a ellos.

Luego se dirigirán ustedes mismos a su refugio y, cuando suene el aviso de que el peligro ha pasado, saldrán para llevar a cabo una evaluación de posibles incidentes o, si pueden, solucionarlos ustedes mismos.

Antes de atender a los heridos, es imperativo que alerten a las autoridades mediante las cabinas de policía, alarmas de incendios o teléfonos públicos.

Por favor, no se pongan en peligro, pero presten primeros auxilios siempre que puedan.

Recuerden que el valor y la presencia de ánimo son nuestras consignas. Buena suerte.

A pesar del alentador discurso del señor Baggley, el primer turno de Peggy y Marigold transcurrió sin incidentes. Al cabo de una hora, las envió a ambas a patrullar la zona, que estaba llena de gente que había salido a disfrutar de la noche.

—¿Crees que al señor B. le importaría que nos tomáramos algo? —preguntó Marigold al pasar por delante del tercer restaurante a oscuras. Desde la calle, donde todavía no había anochecido del todo, podía oírse el tentador ruido que los felices comensales hacían en su interior.

—Por desgracia sí —dijo Peggy—. Pero estamos cumpliendo con nuestro deber cívico y eso es mucho más importante.

—Si tú lo dices —contestó Marigold, haciendo sonar distraídamente su carraca, lo cual hizo que dos mujeres se dieran la vuelta, alarmadas—. Lo siento —se apresuró a decir—. Falsa alarma. Por favor, sigan con lo suyo.

Poco después, pasaron por delante de un grupo de soldados norteamericanos uniformados.

—Buenas noches, señoritas —dijo uno con voz pastosa—. ¿Les gustaría tomar algo con nosotros?

Marigold le echó un vistazo a Peggy antes de regalarles a los soldados su sonrisa de estrella de cine.

—Me temo que no podemos. Como pueden ver, estamos de servicio.

—¡Ay, cielo! ¡Me rompe el corazón! —dijo el soldado, golpeándose el pecho exageradamente con fingida desesperación.

Marigold soltó una risa ahogada.

—Quizá más tarde —dijo por encima del hombro, y luego, a su amiga—: Lo cierto es que podría acostumbrarme a esto.

—¿Has hablado con tu madre desde la otra noche? —preguntó Peggy más tarde, mientras continuaban con su ronda.

—Cuando nos marchamos a la mañana siguiente seguía dormida, y no me ha llamado desde entonces. ¿Te dijo algo cuando le llevaste el té?

—Cree que la consideras un monstruo.

Marigold se rio con amargura.

—Es más perceptiva de lo que creía.

—Tengo la sensación de que le gustaría hablar contigo, pero no sabe cómo.

Marigold se volvió hacia Peggy.

—¿Tan difícil es si realmente quieres hacerlo? Tú hablas todo el tiempo con tu madre y con tu abuela. Nosotras dos hablamos. Por el amor de Dios, últimamente incluso yo hablo con Sheldrake.

Peggy se encogió de hombros.

—Cada uno es como es.

—No la justifiques.

—No lo hago. Solo te recuerdo lo que siempre decimos de que la vida es corta. Quién sabe lo que podría pasar. No querrás arrepentirte más tarde de algo que podrías haber hecho ahora.

Marigold la miró de reojo.

—¿Por qué tienes que ser tan condenadamente sensata todo el tiempo? —Y, alzando las manos, añadió—: De acuerdo, Peggy Sparks. Intentaré hablar con el monstruo de mi madre.

Peggy entrelazó un brazo con el de Marigold y sonrió con satisfacción.

—Buena chica —dijo.