Manual de señoritas para ganar la guerra 21
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El primer pensamiento de Peggy al despertarse a la mañana siguiente estuvo dedicado a su hermano, y, a medida que iba despabilándose, sintió que una profunda sensación de alivio se extendía por todo su cuerpo.

El segundo consistió en recordar que más tarde iba a almorzar con Frank Bauman, lo cual le provocó una cosquilleante sensación en el estómago.

Se puso las zapatillas, se enfundó la bata y abrió el armario con la esperanza de que, por algún milagro, durante la noche Vivien Leigh hubiera dejado dentro uno de sus elegantes conjuntos.

A continuación cerró la puerta, molesta consigo misma por preocuparse por su apariencia, y luego volvió a abrirla con un sonoro suspiro.

—¿Qué sucede, tía Peg? —preguntó Nancy, asomando la cabeza por la puerta.

—Nada —dijo Peggy—. Solo me preguntaba qué ponerme.

—Pero si siempre llevas lo mismo —dijo Nancy.

—Sí —dijo Peggy—. Ya lo sé.

—¡Oh! —dijo Nancy—. ¿Es que vas a algún lugar especial?

—No exactamente —contestó Peggy—. Solo voy a almorzar fuera y quería tener buen aspecto.

—¿Vas a ir con un chico?

Peggy se rio.

—No creo que se pueda llamar «chico» al señor Beecher, pero habrá otro hombre en la cena. Y la hermana de este. Y Marigold.

—Me gusta Marigold. ¿Cómo se llaman el otro hombre y su hermana?

—Frank y Rosa.

—Oh, también me gustan esos nombres. ¿Quieres que te ayude? Se me da bien escoger conjuntos —dijo ella, extendiendo con las manos la falda de su bonito vestido con estampado de flores para ilustrar su afirmación.

—Está bien —dijo Peggy con incertidumbre—. ¿Qué sugerirías?

Nancy examinó la ropa que había en el armario con ceño pensativo.

—Hum, no hay mucho color. ¿Por qué no tomas prestado algo de mamá?

—¡Nancy! ¡Hora de peinarse! —exclamó Flo desde su dormitorio.

—Vamos, tía Peg —dijo Nancy, cogiéndola de la mano—. Hagamos como que eres Cenicienta y yo el Hada Madrina. ¡Vas a ir al baile!

Normalmente, a Peggy no le gustaba complicarse demasiado con la ropa que vestía para ir al trabajo.

Solía ponerse un elegante pero sencillo conjunto que consistía en una falda de tweed y una blusa discreta, y eso ya le parecía bien.

Salir ese día con el bonito vestido verde de Flo y su cintura entallada, sin embargo, la hacía sentir diferente.

Era como si hubiera crecido un poco y caminara con más determinación.

Reparó en que la gente, hombres y mujeres por igual, la miraban.

Parecía como si fuera menos invisible. Era una sensación extraña, pero no desagradable.

—¡Vaya, qué guapa estás! —le dijo Marigold a Peggy cuando esta entró en la oficina.

—¿No es demasiado? —preguntó Peggy alisándose la falda.

—No, para nada. Te queda bien. Resalta el color de tus mejillas.

—Gracias.

—¿Qué decía Joe en su carta? Me he pasado toda la noche pensando en vosotros.

Peggy sonrió agradeciéndole sus palabras.

—Está en Italia, en un campo de prisioneros de guerra. Parece animado. Albert está con él, lo cual creo que ayuda.

—Me alegro mucho. Debe de ser un alivio para tu familia —dijo Marigold—. ¿Y he oído que vamos a ir a almorzar con Frank y Rosa Bauman?

—Beecher nos invitó ayer a las dos.

Marigold la miró con picardía.

—Eso no tendrá nada que ver con el conjunto que llevas, ¿verdad?

Peggy comenzó a reordenar los papeles que había sobre su escritorio, evitando así la mirada de su amiga.

—En absoluto. Solo me apetecía cambiar.

—Bien hecho —dijo Marigold.

—Y también que me he dado cuenta de que se acerca mi cumpleaños e, incluso a mi edad, a una la suelen catalogar ya como solterona.

A Marigold se le encendieron los ojos.

—Oh, ¿cuándo es tu cumpleaños? Tenemos que hacer algo para celebrar que no eres una solterona.

Peggy se rio.

—El mes que viene.

—Perfecto —dijo Marigold—. Déjamelo a mí. Vamos a ir a bailar. Invita a Flo. Os podéis quedar a dormir en casa.

—No sé, Marigold...

—Nada de excusas, jovencita. Vamos a celebrarlo. La vida es corta y últimamente todos hemos estado trabajando muy duro. Necesitamos un poco de diversión.

Peggy se quedó mirando el entusiasmado rostro de Marigold.

—Parece que no tengo otra opción.

—No la tienes. Yo lo organizaré todo. ¡Será genial!

Beecher, Frank y Rosa ya estaban sentados a la mesa cuando llegaron Peggy y Marigold.

Lo hicieron cinco minutos tarde porque la segunda había tenido que «retocarse el maquillaje» antes de salir de la oficina.

Los restaurantes de esa zona de la ciudad solían estar muy concurridos y este en particular estaba lleno de trabajadores de oficinas de los alrededores, entre los cuales había algunos del Ministerio que Peggy reconoció al entrar.

El señor Leach las saludó con la cabeza desde la mesa que compartía con un colega, y Sheldrake y Laurie estaban sentados en el extremo opuesto del comedor, enfrascados en una conversación.

Cuando el camarero las condujo a su mesa, Peggy advirtió que Beecher y Frank reían por algo que Rosa había dicho. Si no hubiera sabido cuál era la verdadera relación entre ellos, habría podido pensar que se trataba de un padre almorzando con sus hijos.

—¡Ah, señorita Cecily, señorita Sparks! —dijo Beecher, poniéndose de pie—. Me alegro de que hayan podido unirse a nosotros. Ya conocen a Frank y a Rosa, claro.

—Me alegro de volver a veros a las dos —dijo Rosa.

—Esperemos que esto sea más divertido que nuestra última reunión con ese tipo tan aburrido, el señor Burbles —dijo Marigold.

—Se llama Burbage, señorita Cecily —la reprendió Beecher—. Y juega un papel muy importante en el esfuerzo bélico.

—Lo siento, señor —dijo Marigold—. Pero tiene que reconocer que es soporífero.

Beecher frunció los labios y alzó la barbilla.

—Me temo que no puedo hacer ningún comentario al respecto.

—Caso cerrado —dijo Marigold, guiñándole un ojo a Rosa, que estaba sentada a su lado.

La última silla libre era la que había al lado de Frank. Este levantó la mirada hacia Peggy con esos ojos oscuros que en el pasado habían destellado de ira, pero que ahora se iluminaban en señal de bienvenida.

—¿No quiere sentarse, señorita Sparks?

—Peggy, por favor —dijo ella, sentándose en el asiento mientras el camarero les repartía a todos las cartas.

—Disculpa, Peggy —dijo él deliberadamente, al tiempo que una amplia sonrisa arrugaba su rostro. La risueña amabilidad con la que la miraba impedía a Peggy hacer cualquier otra cosa que no fuera sostenerle la mirada.

—Bueno —dijo Beecher, examinando la carta—.

La comida aquí es aceptable si a uno le gusta la carne de cerdo enlatada.

La ofrecen de casi todas las maneras posibles: en volovanes, à la grecque o, incluso, servida en un plato que se atreven a llamar «filete Diane».

Los pudines son, sin embargo, divinos. Recomiendo especialmente el pudin de sebo con natillas.

—Desde luego, a ustedes los ingleses les encantan las natillas —observó Frank.

—No tanto como el té —dijo Peggy.

—Ah, sí. El té. Esa espantosa agua sucia que consideran su bebida nacional.

—Supongo que preferirías que tomáramos café —comentó Peggy.

Frank inclinó la cabeza cortésmente.

— Aber natürlich. Y no ese asqueroso sucedáneo hecho con achicoria, sino auténtico café hecho con granos recién tostados y molidos. —Cerró los ojos e inhaló—. ¡Ah, puro néctar!

—Yo nunca he tomado café.

Frank abrió los ojos como platos.

—¿Nunca has tomado café? Ach du lieber Gott. ¿Has oído eso, Rosa?

Rosa, que estaba enfrascada en una conversación con Beecher y Marigold, levantó la mirada de golpe.

—¿Cómo dices?

—Peggy no ha probado nunca el café. —El camarero regresó e interrumpieron su conversación para pedir la comida.

—Disculpa a mi hermano —dijo Rosa en cuanto se hubo retirado el camarero—. Está obsesionado con el país que abandonó y que lo traicionó en lugar de apreciar el que lo ha acogido con los brazos abiertos.

—No siempre somos bienvenidos —dijo Frank.

—Bueno, yo prefiero arriesgarme a recorrer las aceras de Strand que a hacerlo por la avenida Unter den Linden —dijo Rosa.

—Pues yo pienso volver en cuanto termine esta guerra —dijo él.

—¿Crees que lo harás? —preguntó Peggy.

Él se volvió de nuevo hacia ella con una intensidad que hizo que se le secara la boca.

—¿No querrías tú volver a tu patria? ¿Al lugar en el que has nacido?

—Me cuesta imaginar la idea de tener que abandonar mi casa en primer lugar, así que no sé bien cómo me sentiría.

—Puedes considerarte afortunada.

—Sí. Lo sé.

La expresión de Frank se suavizó.

—Lo siento, Peggy. Sé que a veces me altero un poco.

—Tienes razones para ello. Debió de ser muy duro verte obligado a dejar Alemania.

—Lo fue. Pero háblame de ti. ¿Dónde vives?

—En el sudeste de Londres. No lejos de aquí, aunque en un barrio que es muy distinto de esta zona de la ciudad. Vivo con mi madre, mi abuela, mi cuñada y mis sobrinos. Y también con mi hermano, claro, antes de que lo enviaran a la guerra.

—El señor Beecher me ha contado que has recibido noticias suyas.

—Sí. Ayer nos llegó una carta suya —dijo Peggy, repentinamente consciente de la situación de Frank con su propia familia—. Se encuentra bien.

—Me alegro.

—La familia de Peggy es absolutamente divina —dijo Marigold—. Me salvó cuando de veras lo necesitaba.

—Parecen buena gente —dijo Frank, sin apartar la mirada de Peggy.

—Como has dicho, soy afortunada —dijo ella.

Tal y como había predicho Beecher, lo mejor del almuerzo fue, efectivamente, el pudin. Frank se recostó en la silla y alzó las manos con una sonrisa de satisfacción.

—Usted gana, señor Beecher. El pudin de sebo con natillas estaba riquísimo. ¡Verdaderamente ausgezeichnet !

Peggy advirtió entonces que un hombre que estaba sentado solo junto a la ventana se volvía hacia ellos con el ceño fruncido al oír que alguien hablaba en alemán.

—Me lo tomaré como una pequeña victoria —dijo Beecher—. Aunque, por supuesto, me siento devastado por el hecho de que no sea usted capaz de disfrutar de nuestra bebida nacional.