Manual de señoritas para ganar la guerra 20 #3
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20 #3

—Me gustó visitar tu casa aquella vez, pero no pude quedarme demasiado. Me recordó a todas las cosas que habría deseado tener en mi familia.

A Peggy le sorprendió esa confidencia.

—Podría tratar de hablar con Marigold. Creo que a ella le gustaría.

—Creo que ya no sé hablar con nadie.

—Está hablando conmigo ahora.

Lady Lavinia parpadeó rápidamente, como si cayera en la cuenta.

—Sí, supongo que sí. —Levantó la mirada hacia Peggy—. ¿Te ha hablado de su hermana?

Peggy asintió.

—Lo siento.

—Rosamund, se llamaba. —Peggy reparó en que sus ojos se iluminaban al pronunciar el nombre—. Eran unas gemelas verdaderamente adorables. Y estaban muy unidas. Tenía solo seis años.

—Debió de ser muy duro.

Lady Lavinia se la quedó mirando asombrada, como si fuera la primera vez que alguien le decía eso.

—Mi madre me dijo que debía reprimir mis sentimientos y superarlo. Que ese era el único modo de seguir adelante. —Peggy seguía mirándola, sin saber bien qué responder—. Así que eso fue lo que hice. Y ahora no tengo nada ni a nadie.

—Tiene a Marigold.

—Mi hija me detesta.

—No lo hace. Si le explicara cómo se siente, ella la escucharía. La conozco.

Lady Lavinia no parecía segura.

—No lo comprendería.

—Sí que lo haría. Ha perdido a su mejor amiga. Ella también está de duelo. Y perdió a su hermana. No es demasiado tarde para arreglar las cosas.

—Quizá.

—No hay quizá que valga. Todas las familias tienen desacuerdos, pero, si se quieren, ya cuentan con todo lo que necesitan para restablecer la relación y podrán encontrar un modo de hacerlo.

—Unas palabras muy sabias, Peggy.

—Son de mi abuela, no mías. —Se puso de pie—. Y ahora, si no le importa, me iré a la cama. Mañana tenemos que madrugar. Buenas noches, Lady Lavinia.

La madre de Marigold asintió. Su expresión se había suavizado.

—Gracias por el té.

La carta llegó un día con el correo de la tarde mientras Peggy estaba en el trabajo. Su madre la llamó por teléfono. Su tono de voz, normalmente tranquilo, sonaba quebrado a causa de la emoción.

—Ha llegado. Una carta. Con la letra de Joe. ¡Oh, Peg! ¡Y estoy aquí sola!

—Ábrela, mamá.

—No. Quiero que estemos todas juntas.

Peggy consultó la hora.

—Pero son solo las tres.

—No pasa nada —contestó Alice—. Se lo contaré a Flo y a mamá, pero se lo ocultaré a Nancy. Y Charlie es demasiado pequeño para comprender nada. ¡Oh, Peg! ¡Está bien! ¡Joe está bien!

—¿Puedes ver el matasellos?

—Es de Italia.

—Eso es bueno. Si las cosas salen como están previstas, ahí la guerra podría terminar pronto. En ese caso, quizá lo envíen a casa.

—¿Lo crees de veras?

—Nada es seguro, pero hay muchas posibilidades. —Su madre se quedó callada un momento y luego Peggy oyó unos sollozos sofocados—. Tranquilízate, mamá. Sea como sea, Joe está bien. ¿No es así?

Alice se sorbió la nariz para tratar de contener las lágrimas.

—Sí. Y ahora mismo eso es lo más importante.

Marigold estaba observando a Peggy con los ojos muy abiertos cuando esta colgó el auricular.

—Perdona que me entrometa, pero parecían buenas noticias.

—Joe está en Italia. Deben de tenerlo metido en algún campo de prisioneros de guerra del país.

—¡Oh, sí que son buenas noticias! ¿Y qué dice en su carta?

—Mamá no la abrirá hasta que yo no llegue a casa.

—Entonces tienes que marcharte. Es una emergencia familiar.

—No sé. Estamos muy ocupadas. Serán solo unas horas.

Marigold exhaló un suspiro.

—Como quieras. —Se puso de pie—. Ahora vuelvo.

Peggy bajó la mirada al documento que estaba corrigiendo.

Se trataba de un fascinante libro de John Betjeman sobre las ciudades y los pueblos ingleses en cuya lectura había estado enfrascada hasta que había recibido la llamada de su madre.

Respiró hondo e hizo todo lo posible para concentrarse de nuevo en el texto, pero las palabras parecían danzar al ritmo de su emocionado corazón.

De repente, llamaron ligeramente a la puerta de su despacho.

Al levantar la mirada, Peggy vio al señor Beecher de pie en la entrada.

—¿Podemos hablar un momento, señorita Sparks? En privado.

A ella esto la sorprendió.

—Por supuesto.

—Gracias. —Beecher entró en el despacho y cerró la puerta tras de sí—. Necesito pedirle que, por favor, haga algo por mí —dijo—, y necesito que no cuestione lo que voy a pedirle.

—Suena serio.

—Lo es.

—Muy bien.

—Necesito que vuelva a casa ahora mismo con su familia.

—Marigold se lo ha contado.

—Puede que la señorita Cecily haya mencionado que ha recibido usted una noticia importante. Me alegro de saber que su hermano está a salvo.

—Gracias, señor Beecher.

—Espero que su carta le proporcione la tranquilidad que necesita.

Por cierto, mañana voy a almorzar con Frank y Rosa Bauman.

¿Le gustaría acompañarnos? Sé que han estado trabajando estrechamente con ellos en la serie La vida cotidiana en Gran Bretaña .

Él me ha dicho que ha sido usted de enorme ayuda.

—¿Ah, sí? —dijo Peggy, esperando que sus mejillas no estuvieran tan sonrojadas como las sentía.

Beecher asintió.

—Aprecio mucho a los Bauman. De hecho, estoy emparentado con ellos. Mi esposa es prima de su difunta madre. Los ayudamos cuando llegaron aquí.

—Entiendo. Fueron ustedes muy amables.

—Son buena gente. Entonces, ¿se unirá a nosotros? Quizá también podría venir la señorita Cecily.

—No puedo hablar por Marigold, pero yo iré encantada.

—Excelente. Bueno, ya la he entretenido suficiente. Buena suerte, señorita Sparks.

Campo 82, Laterina, Italia Abril de 1943

Mi querida familia:

¿Por dónde empezar si no es comunicándoos que estoy vivo y a salvo en un campo de prisioneros de Italia?

Podéis escribirme a la dirección del remitente que figura en la carta, así que hacedlo, por favor, y no os preocupéis, estoy bien.

No puedo contaros lo que pasó, pero, como podéis imaginaros, estamos todos furiosos por haber sido capturados por los italianos.

A ellos les sonrió la suerte y a nosotros no, pero aquí estamos y hay que sobrellevarlo lo mejor posible.

En cualquier caso, si las cosas salen como esperamos en *****, saldremos del paso.

Y no quiero alimentar falsas esperanzas, pues quién sabe qué puede pasar en esta guerra, pero el ambiente aquí es optimista.

¿Qué puedo contaros sobre este lugar? Es enorme.

Hay miles de tipos de todas partes. En general, está bien.

No tenemos muchas comodidades, pero cuidan de nosotros.

La comida es correcta, nada especial. ¡Lo que daría por el pudin de carne y riñones de mamá o uno de los bizcochos de la yaya!

Me alegro de informaros de que Albert se encuentra en mi barracón.

No sé dónde estaría sin él, la verdad. Nos animamos el uno al otro.

En nuestro barracón, todos tenemos un colchón de paja y cuatro mantas, lo cual no está nada mal, pues algunos de los muchachos de otros barracones tienen que dormir en el suelo de hormigón.

La buena noticia es que el sistema postal funciona, aunque las cartas pueden llegar a tardar uno o dos meses.

Todas las semanas recibimos paquetes de la Cruz Roja, lo que nos ayuda a aumentar nuestras raciones.

Si pudieras enviarnos algunos de tus calcetines, mamá, todos te lo agradeceríamos.

Te alegrará saber, Peg, que aquí hay una biblioteca, aunque todavía no he visto ninguno de tus libros.

El otro día Albert comenzó a leer Guerra y paz y todos bromeamos con que eso lo mantendrá ocupado hasta el final de la contienda.

Yo he descubierto a John Steinbeck y supongo que no hace falta que te explique, Peg, lo maravilloso que resulta evadirse con un libro.

También procuramos hacer ejercicio, aunque no hay suficiente espacio para jugar al fútbol, que es lo que a todos nos gustaría hacer.

Albert y yo nos hemos ofrecido voluntarios para trabajar en la granja a cambio de raciones extras.

Es bastante duro y el granjero no es muy amigable que digamos, pero es bueno contar con la distracción de un trabajo.

Como podéis ver, pues, estoy bien. Os echo a todos de menos, pero tengo esperanza en lo que nos deparará el futuro.

Nancy y Charlie, espero que os estéis portando bien con vuestra madre.

Te quiero, Flo, y también a todos los demás.

No os preocupéis por mí. Volveremos a vernos.

Un fuerte abrazo de vuestro querido nieto, hijo, hermano, marido y padre,

Joe