Manual de señoritas para ganar la guerra 20 #2
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—Pues yo creo que es loable que vayas a hacer de voluntaria —dijo Laurie.

—Gracias, Laurie —dijo Marigold—. ¿Ves, Cyril? Así es como se comporta un auténtico amigo. —Sheldrake hizo una mueca.

—Yo también me apuntaría en mi barrio si no llegara tan tarde a casa —dijo Peggy.

—¿Por qué no lo haces aquí conmigo? —sugirió Marigold—. El coordinador de mi grupo de vigilantes antiaéreos, el señor Baggley, me dijo que necesitaban más gente, sobre todo ahora que la Luftwaffe vuelve a atacar con mayor intensidad que nunca. Podrías quedarte en mi casa después de tus turnos.

Peggy se lo pensó. La constante agitación de la guerra resultaba agotadora, pero el único modo de ponerle fin era hacer algo.

Ella sabía que sus libros jugaban un papel importante, pero aún quedaba mucho por hacer.

Debían unirse y seguir adelante. Tenía la sensación de que, si ayudaba a otros, también estaría ayudando a Joe.

—De acuerdo —dijo—. ¿Cuándo comenzamos?

—Esto es una pica para techos —explicó Roland Baggley en un tono lento y pausado.

Unos pocos días después de aquel almuerzo, Peggy y Marigold habían acudido al salón parroquial de la iglesia local para formarse junto a media docena de nuevas reclutas, entre las cuales también se encontraban Hilda y Constance—.

Hace más de tres metros de largo. El propósito de la pica para techos consiste en golpear los techos de los edificios dañados para comprobar su seguridad.

Cuando lo hagan, deben asegurarse de llevar puesto su casco de hojalata por si algún escombro se desprende y les golpea el cráneo.

El gancho que hay en el extremo de la pica también puede usarse para enganchar restos sueltos de dichos escombros.

—A Peggy le pesaban cada vez más los párpados a causa de las soporíferas explicaciones de Baggley.

Marigold se había apoyado en su brazo y había comenzado a roncar suavemente—.

En cuanto a esto, se trata de una carraca antigás —prosiguió Baggley, sosteniéndola en alto para que todo el mundo la viera—.

Su propósito consiste en advertir al público de un posible ataque con gas. Si se le da vueltas de este modo...

El ensordecedor estruendo que se oyó a continuación hizo que Marigold volviera a enderezarse en su silla de golpe.

—¡Santo cielo! —exclamó asustada, llevándose las manos al pecho.

El señor Baggley prosiguió imperturbable:

—... seremos capaces de alertar al público de la amenaza de un ataque inminente con gas o de un simulacro de ataque con gas.

Después, haremos sonar esta campanilla para avisar de que el peligro ha pasado.

—Cogió una campanilla de latón que descansaba sobre la mesa que tenía a un lado y la agitó con fuerza—. ¿Alguna pregunta?

—¿Cuándo nos darán los monos? —preguntó Marigold, mirando una pila de prendas de algodón azul marino que había en el fondo de la sala. Ya le había dicho a Peggy que estaba encantada: «El azul es mi color favorito».

El señor Baggley sonrió.

—Me alegro de que esté tan entusiasmada, señorita Cecily. Tal vez usted y la señorita Sparks podrían ayudarme a realizar una demostración en el patio trasero.

—Será un placer —dijo Peggy.

Todos los voluntarios siguieron al señor Baggley y, tras salir al patio por una puerta trasera, formaron un semicírculo a su alrededor.

—Esto es una bomba de estribo con manguera acoplada. Su propósito es apagar pequeños fuegos. Para operarlo son necesarias dos personas, así que, señorita Sparks y señorita Cecily, si son tan amables de acercarse... ¿Quién quiere ocuparse de la bomba?

—Yo lo haré —dijo Peggy, cogiendo el mango de madera con ambas manos.

—Estupendo. Señorita Cecily, usted sostenga la manguera.

—Entendido —dijo Marigold, aceptándola con el desconfiado recelo de alguien a quien estuvieran tendiéndole una serpiente venenosa.

—Es muy importante que la boca de la manguera no apunte a la gente —dijo el señor Baggley, señalando a los demás voluntarios, que rieron nerviosamente.

—No apuntar a la gente, entendido —dijo Marigold, y dirigió la manguera hacia la verja de entrada al patio.

—Y ahora, señorita Sparks, si es tan amable de accionar la bomba, por favor...

Peggy hizo lo que le pedía con ganas y, de repente, salió un chorro de agua de la boca de la manguera, lo que provocó que Marigold, asustada, la soltara. La manguera se alzó entonces como una cobra enojada, y el chorro mojó a un par de hombres que en esos momentos pasaban por delante de la verja.

—¡Cuidado! —exclamó riendo uno de los hombres, que resultó ser nada menos que Dalton—. ¡Si esto es lo que pasa cuando le das a una mujer una manguera, no es de extrañar que no les dejen usar armas!

—¡Cambiemos de puesto, Marigold! —dijo Peggy, cogiendo la manguera del suelo.

En cuanto su amiga comenzó a bombear, Peggy apuntó la boca de la manguera a Dalton y su risueño amigo, quienes no tuvieron tiempo de apartarse y terminaron empapados—.

¡Oh, lo siento! —exclamó, alzando una mano—.

Es que soy una chica y no sé bien cómo usar esto.

Les pido disculpas. Y también a usted, señor Baggley —dijo, devolviéndole la manguera a este mientras los demás voluntarios se partían de risa.

—¡Este es un traje muy caro! —exclamó Dalton.

—¡Oh, cierra el pico, Wallace! —contestó Marigold—.

Solo es agua. —Luego bajó la mirada al cubo metálico y puso cara de asco—.

Bueno, solo es agua sucia y marrón. —Intercambió entonces una mirada con Peggy y ambas se echaron a reír a carcajadas mientras el señor Baggley las miraba con impotencia, y Dalton y su amigo negaban con la cabeza, molestos.

—Bueno —dijo el señor Baggley—. Creo que ya se han hecho una idea de cómo funciona la bomba de estribo y de lo importante que es evitar apuntar la manguera hacia la gente.

—A no ser que sean unos idiotas condescendientes como Wallace Dalton —murmuró Marigold.

—Sí, porque en ese caso el propósito de la bomba de estribo consiste en dejarlos empapados —dijo Peggy antes de que ambas volvieran a estallar en carcajadas.

Todavía reían cuando llegaron al apartamento de Marigold una hora o así más tarde.

—Qué raro —dijo Marigold al abrir la puerta—. Estaba segura de que la había cerrado con llave. ¡Oh! —exclamó entonces, deteniéndose en seco al ver a Lady Lavinia Cecily de pie en la puerta de la cocina—. ¡Mamá! ¿Qué haces aquí?

Lady Lavinia parecía tener un aspecto distinto al de la gélida mujer que Peggy había conocido. Estaba algo encorvada, y las arrugas que rodeaban sus ojos evidenciaban una clara aflicción. Al ver a Peggy, frunció el ceño.

—No sabía que tenías visita, Marigold.

—No es una visita. Peggy se queda a dormir aquí después de nuestros turnos como vigilantes antiaéreas voluntarias.

Lady Lavinia enarcó las cejas.

—Vigilantes antiaéreas, ¿eh? Qué noble.

Peggy advirtió que los hombros de Marigold se tensaban. Aun así, había percibido cierto arrojo en el tono con el que había respondido, una negativa a dejarse intimidar.

—Bueno, todos tenemos que aportar nuestro granito de arena —dijo Marigold—. ¿Y a qué debo el placer? Pensaba que siempre te alojabas en el Savoy.

Lady Lavinia volvió a mirar a Peggy.

—Es un asunto privado.

—Puedo irme a casa.

—No —dijo Marigold, mirando a su madre con determinación—. Peggy es mi invitada.

—Bueno, en ese caso, ¿por qué no preparo algo de té mientras hablas con tu madre?

Marigold y Lady Lavinia se quedaron mirando la una a la otra hasta que la primera tomó la iniciativa y condujo a su madre al salón.

Peggy se dispuso entonces a preparar té, haciendo todo lo posible por ignorar la conversación que se oía desde la cocina.

Al cabo de un rato oyó un portazo procedente del salón y, un momento después, Marigold apareció en la puerta de la cocina.

—Bueno, debo decir que mi madre no ha cambiado un ápice.

—¿Estás bien? —preguntó Peggy.

Marigold se encogió de hombros.

—Ha dejado a mi padre. No es la primera vez, he de añadir. Lleva mucho tiempo soportando sus infidelidades, además de su pasión por el juego y la bebida. No puedo culparla, pero cuando he intentado consolarla, me ha rechazado como siempre hace.

—Lo siento, Marigold —dijo Peggy, rodeando los hombros de su amiga con un brazo.

—Gracias —dijo Marigold—. Estoy bien. En serio. Ya no es algo que me moleste ni sorprenda.

Peggy le dio un apretón en una mano.

—¿Quieres una taza de té?

Marigold negó con la cabeza.

—Me voy a ir a la cama. Mi madre dormirá en la otra habitación de invitados. ¿Estarás bien?

—Claro que sí. Puede que vaya a ver si tu madre quiere un poco de té.

Marigold suspiró.

—Te deseo suerte. Buenas noches.

—Buenas noches, Marigold. Y gracias por convencerme para que viniera contigo esta noche. Me alegro de que hagamos esto juntas.

Marigold sonrió.

—Yo también.

Peggy llamó con los nudillos a la puerta del salón antes de abrirla. Lady Lavinia estaba sentada en el sofá, mirando con tristeza la fotografía de Marigold y Cordy que descansaba en la repisa de la chimenea.

—Es una bonita fotografía de ambas, ¿no le parece? —dijo.

Lady Lavinia levantó la mirada con aire distraído.

—¿Qué? Oh, sí. Supongo que sí.

—He pensado que tal vez querría algo de té —dijo Peggy, dejándole una taza delante.

La gélida expresión de Lady Lavinia se suavizó ligeramente.

—Gracias. Peggy, ¿no?

—Sí —contestó ella, dirigiéndose ya hacia la puerta—. La dejaré sola.

—Marigold piensa que soy un monstruo, ¿verdad?

Ese comentario cogió a Peggy desprevenida y se quedó inmóvil.

—No estoy segura de que deba hablar en su nombre, pero «monstruo» es una palabra demasiado fuerte.

—Desearía poder hablar con ella, pero mi madre nunca lo hizo conmigo —dijo Lady Lavinia. Peggy se sentó en el otro extremo del sofá y Lady Lavinia se volvió hacia ella—. ¿Tú hablas con tu madre?

—Todo el tiempo —dijo Peggy—. Y con mi abuela. Pero cada uno es como es.