Manual de señoritas para ganar la guerra 20
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Ansiosos por recibir noticias de Joe, Peggy y su familia se habían acostumbrado a pasarse horas en la ventana delantera con la esperanza de ver aparecer al cartero o al repartidor de telegramas.

Un sábado por la mañana, se oyó un chillido procedente del salón, seguido de un atronador grito de Charlie.

Peggy acudió corriendo, con Emily pisándole los talones.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó Emily al ver a Nancy sentada en el alféizar de la ventana con aire recatado mientras Charlie yacía en el suelo sollozando.

—¡Me ha empujado! —dijo Charlie, señalando a su hermana con un dedo acusatorio.

Peggy lo cogió en brazos.

—¿Has empujado a tu hermano, Nancy?

—Se ha caído —dijo la niña.

—¡Mentirosa! —exclamó Charlie al tiempo que Flo, que había estado cambiando las sábanas de las camas con Alice, descendía a toda prisa la escalera.

—¡Muy bien, se acabó! —dijo Emily—. Vamos al parque. Nancy, vas a venir conmigo, tía Peg y Badger.

—Pero yo quiero quedarme aquí a esperar la carta —protestó Nancy.

Peggy le dio a Charlie a Flo y se arrodilló ante Nancy.

—Nadie leerá la carta sin ti.

La niña la miró con ojos tristes.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo —susurró Peggy, inclinándose hacia ella—. Y a lo mejor podemos pasar a visitar a la señora Huggins.

A Nancy se le iluminaron los ojos.

—¿Para comprar caramelos? —Peggy asintió—. Los que más me gustan son los de naranja —añadió Nancy.

—Entonces compraremos de naranja —dijo Peggy—. Vamos, coge tu abrigo.

El tiempo no acababa de decidirse entre seguir aferrándose al invierno o abrazar de una vez la promesa de la primavera.

La escarcha matutina iba derritiéndose poco a poco a medida que el sol comenzaba a calentar el día y el cielo brillaba con un azul gélido.

Peggy se alzó el cuello del abrigo mientras ella y Emily caminaban detrás de Nancy, que iba dando saltitos por la calle con Badger trotando alegremente a su lado.

—Qué suerte ser joven y poder olvidar tus preocupaciones con una excursión al parque y la promesa de una bolsa de dulces, ¿eh, yaya? —dijo Peggy, entrelazando el brazo con el de Emily.

—Hum —contestó esta con una inusual falta de energía.

Peggy miró a su abuela de reojo. Últimamente la notaba cambiada.

No se trataba de un cambio monumental, pues seguía mostrándose tan obstinada y directa como siempre, pero Peggy había advertido cierto cansancio en ella.

Emily siempre había sido quien los animaba a todos, la que los hacía reír o discutir.

Ese espíritu seguía ahí, pero parecía haberse desgastado un poco después de años y años siendo el corazón de la familia.

Tampoco era de extrañar. Emily Marsh había sobrevivido a las muertes de su marido y de su yerno, y ahora su nieto estaba en peligro.

Aunque fuera una persona tan fuerte y resiliente, estas cosas terminaban pasando factura.

—¿Estás bien, yaya? —preguntó Peggy cuando entraron en el parque y comenzaron a pasear junto a la valla que lo cercaba.

—¿Quién? ¿Yo? —dijo Emily—. Estoy bien, Peg.

Me sentiría mucho mejor si hubiéramos recibido noticias de Joe, pero eso nos pasa a todas.

Especialmente a esa —dijo, señalando a Nancy, que acababa de gritarles por encima del hombro que ella y Badger iban a «subir corriendo esa colina grande».

Emily alzó el rostro al cielo—. Mucho mejor —dijo—.

Un poco de sol en la cara siempre hace maravillas. Bueno, ¿cómo va el trabajo?

A Peggy se le iluminaron los ojos.

—Me gusta mucho. Me siento afortunada de estar trabajando ahí.

—Y ellos son afortunados de tenerte a ti. Nos has hecho sentir muy orgullosas a todas.

—Gracias, yaya.

—Siempre hemos sabido que lo harías, desde que eras una cría.

Estabas llena de preguntas, mientras que tu hermano tenía todas las respuestas.

—Emily soltó una risa ahogada al recordarlo—.

Me acuerdo del día en el que os acercasteis a vuestro padre y le dijisteis: «Queremos visitar al rey.

¿Dónde vive?». «En el palacio de Buckingham», contestó él.

«¿Y dónde está eso?», preguntaste tú. Todavía puedo visualizar a vuestro padre levantando la mirada hacia mí con ese brillo en los ojos que siempre tenía cuando os seguía el juego.

Sacó su reloj de bolsillo y dijo: «Tenéis que coger el tren de las diez y cuarto en la estación de Edenham y bajar en Charing Cross, al final de la línea.

Al salir de la estación, torcéis a la izquierda y cruzáis el gran arco.

No tiene pérdida. Luego seguís The Mall todo recto hasta el palacio de Buckingham, pasada la estatua dorada de la reina Victoria.

Si en lo alto del palacio ondea la bandera, es que el rey está en casa.

Entonces os dirigís a la puerta de entrada, llamáis al timbre y le decís al sirviente que os abra, que habéis ido a tomar té con el rey y que lo queréis con leche y un azúcar, gracias».

—Emily soltó otra risa ahogada—. ¿Y sabéis lo que hicisteis?

—Cuéntamelo —dijo Peggy. Había oído la historia mil veces antes, pero le encantaba el modo en que su abuela la explicaba.

—Tú y Joe cogisteis vuestros abrigos, os pusisteis los zapatos y salisteis corriendo por la puerta mientras estábamos distraídos.

No nos enteramos hasta que un policía llamó a la puerta dos horas después con vosotros dos a cuestas.

Habíais llegado hasta Charing Cross antes de que alguien reparara en vosotros.

—Emily le acarició la barbilla a Peggy—.

Vuestro padre os envió a la cama sin cuento para ti ni cena para Joe, pero recuerdo que, en realidad, no estaba enfadado.

Más tarde, se volvió hacia mí y me dijo: «Son dos pillos de cuidado, ¿eh, mamá?

Algún día harán grandes cosas». —A Emily le brillaban los ojos—.

Parece que tenía razón, ¿no? Estaría orgulloso de ti y de tu hermano.

—Le dio unas palmaditas en la mano a Peggy—. Sé que yo lo estoy.

Nancy se acercó a ellas pegando saltitos.

—Se me han ocurrido más preguntas —exclamó.

Emily volvió la cabeza hacia Peggy.

—Y he aquí otra pilla de cuidado —dijo con una mirada de satisfacción antes de volver a mirar a Nancy—. Adelante, jovencita, ¿qué quieres saber ahora?

Trabajar en el Ministerio le proporcionaba a Peggy un bienvenido respiro de la inquietud que sentía mientras esperaba noticias de Joe.

Ella y Marigold nunca habían estado más ocupadas, y el propio ministro había acudido al departamento para felicitarlas a ambas por la serie de La vida cotidiana en Gran Bretaña , que acababa de publicar su quincuagésimo título.

Después de la reunión que habían mantenido con el señor Burbage, Peggy llamaba a Rosa una vez a la semana para asegurarse de que no hubiera ningún problema.

Un día fue Frank quien contestó el teléfono.

—¿Sí? —dijo su voz con impaciencia.

Peggy lo reconoció de inmediato, pero continuó:

—Me gustaría hablar con Rosa si está disponible, por favor.

—Se encuentra en una reunión.

—¿Es usted el señor Bauman?

—¿Es usted la señorita Sparks?

Ella detectó cierto tono burlón en su voz.

—Lo soy. Como Rosa no está disponible, tal vez podía decirme usted cómo va todo.

Él exhaló un suspiro.

—Aparte de tener mucho trabajo y no contar con suficiente personal, todo va de maravilla, como se suele decir.

«Es un tipo realmente imposible», pensó ella.

—¿Y no han tenido más problemas con Racionamiento de Papel?

—No. Está claro que los encantos de Lady Cecily hicieron maravillas con el señor Burbage y su departamento.

—Me alegro de oírlo.

—Bueno, si eso es todo, me despido. No tengo mucho tiempo para cháchara.

Peggy perdió la paciencia.

—¿Sería demasiado pedir que fuera usted más educado? Sé que la situación era complicada, pero hice todo lo posible para solucionarla y no creo que merezca su grosería.

—¿Cómo dice?

—Acepto sus disculpas.

Hubo una pausa al otro lado de la línea.

—Lo siento —dijo él—. No debería haberle hablado de ese modo.

—De nuevo, acepto sus disculpas. —Hubo otra pausa—. Bueno, será mejor que le deje seguir con su trabajo.

—¿Ha tenido noticias de su hermano?

La pregunta le sorprendió tanto como si le hubiera propuesto matrimonio.

—¿Cómo sabe usted...?

—Rosa me lo contó. Justo después de regañarme por haberla contrariado en la reunión.

Peggy se rio.

—Ahora su hermana me cae todavía mejor. Lamentablemente, la respuesta es negativa. No hemos recibido ninguna noticia, pero la falta de noticias son buenas noticias, como nos gusta decir a los ingleses.

Ahora le tocó reír a Frank.

—A ustedes los ingleses les gusta ver el lado positivo, ¿verdad? Tomar té y mantener encendido el fuego de la chimenea y demás.

—¿Qué otra cosa puede hacerse?

—Cierto.

—¿Y qué hay de su familia? ¿Alguna noticia?

—Nada desde hace más de un año.

—Lo siento.

—La falta de noticias son buenas noticias, Peggy.

Ella percibió el cambio de tono en su voz al llamarla por su nombre de pila. Había pasado a ser amigable. Cálido, incluso.

—Muy cierto, Frank —contestó ella.

Hubo una breve pausa.

—Bueno, será mejor que vuelva al trabajo. Le diré a Rosa que ha llamado.

—Cierto. No hay tiempo para cháchara. Adiós —dijo Peggy, y colgó el auricular preguntándose por qué esperaba que volviera a ser él quien contestara la próxima vez que telefoneara.

—Me he apuntado para hacer de vigilante antiaérea voluntaria —anunció Marigold un día durante el almuerzo.

—¿En serio? —dijo Sheldrake, mirando de reojo a Laurie y Peggy—. Espero que no te rompas una uña.

—¡Oh, cierra el pico, Cyril! —dijo Marigold. A medida que su amistad había ido creciendo, los cuatro habían comenzado a tutearse—. Hay cosas más importantes de las que preocuparse que una uña rota.

—Qué profundo. Creo que Churchill mencionó algo parecido en una de sus últimas retransmisiones —dijo él, alzando la vista hacia el techo con fingida admiración.

Marigold le dio una cachetada en el brazo mientras los demás reían.

—Eres un hombre horrible.