Manual de señoritas para ganar la guerra 19 #3
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—¿Cómo pueden decir eso? —dijo Frank con los ojos relucientes a causa de la gracia que le había hecho el comentario de Burbage e ignorando la mirada asesina de Rosa.

—Bueno, es nuestro deber, ¿no, Marigold? —dijo Peggy, decidida a no ceder las riendas de la discusión.

—¿Qué? —dijo Marigold, conteniendo un bostezo—. ¡Ah, sí! ¡Por supuesto!

—Bueno, al grano —dijo el señor Burbage—. Estos títulos de La vida cotidiana en Gran Bretaña que están produciendo...

—Sí —dijo Peggy, metiendo una mano en su bolso y sacando un ejemplar—. Están vendiéndose muy bien, y por eso necesitamos más papel.

El señor Burbage cogió el ejemplar de Vida en los pueblos ingleses y hojeó desconcertado el libro.

—Hay muchas páginas. E ilustraciones.

—Podríamos reducir eso. E incluir menos ilustraciones.

—Algunos de los títulos y separadores de los capítulos son algo extravagantes —dijo.

—Vaya —dijo Frank—. Esa es una de las principales directrices de Pautas para la producción de libros en economía de guerra , ¿no, señor Burbage? No podemos permitirnos extravagancias.

Peggy frunció el ceño. Frank Bauman era realmente exasperante.

—Podemos ser menos extravagantes —dijo ella.

El señor Burbage suspiró.

—Es mucho papel.

—Ya lo sé, señor —dijo Peggy—. Pero estos libros forman parte de los planes del propio ministro para levantar la moral de nuestros conciudadanos tanto en casa como en el extranjero.

—Porque nada levanta más la moral que un libro sobre la vida en los pueblos ingleses —murmuró Frank, provocando que Peggy lo fulminara con la mirada al tiempo que Rosa le daba un pequeño codazo.

—Mire, señor Burbage, sabemos lo ocupado que está —dijo Marigold en un tono de voz suave como la seda—.

Y le estamos muy agradecidas por su tiempo y por la importante labor que realiza, así que, si tanto Peggy como yo nos comprometemos personalmente a asegurarnos de que se cumplen todas sus directrices, ¿no podría considerar la posibilidad de permitirnos usar un poco más de papel?

¿Por favor? —Peggy advirtió que él se la quedaba mirando de ese modo en que los hombres solían mirar a su amiga.

Burbage había pasado a ser un planeta que orbitaba el sol Marigold y ya no había nada que pudiera hacer para escapar de su encanto magnético.

La severa expresión del señor Burbage se suavizó.

—De acuerdo —dijo—. Pero estaré muy atento a esta operación. Ténganlo presente.

—¡Oh, señor Burbage! ¡Es usted un encanto! —exclamó Marigold, juntando las manos como una niña a la que le hubieran prometido un helado—. ¡Gracias! ¡Mil veces gracias!

La expresión de Burbage se ablandó aún más hasta convertirse en una sonrisa indulgente, y le tendió el ejemplar de Vida en los pueblos ingleses a Peggy.

—¡Oh, quédeselo, por favor! —dijo ella.

Él negó con la cabeza.

—Gracias, pero no. No soy muy aficionado a la lectura.

—Se nota —dijo Rosa cuando Burbage se hubo marchado.

—Lo hemos conseguido, Peggy —dijo Marigold, cogiéndola por los hombros.

—Eso parece —contestó Peggy.

—Bravo —dijo Rosa.

—Enhorabuena —dijo Frank, con cierta amargura—. Resulta interesante comprobar que sus amigos de Racionamiento de Papel capitulan cuando llega la caballería del Ministerio pero no atienden las peticiones de dos judíos.

—Frank —le advirtió Rosa.

—¿Qué? —dijo Frank, alzando las manos—. ¿Acaso no es cierto? Ambos hablamos con ellos y les dijimos lo mismo que estas dos señoritas, casi palabra por palabra, pero no nos hicieron caso.

—Lo siento —dijo Peggy—. No tenía ni idea.

Él le sostuvo un momento la mirada.

—Ese es el problema. La mayoría de la gente no tiene ni idea. —Él cogió sus papeles y se dirigió hacia la puerta—. Gracias por venir al rescate. —Peggy observó cómo se alejaba con una mezcla de indignación y culpa.

—No le haga caso —dijo Rosa mientras Marigold desaparecía un momento para «empolvarse la nariz»—. Lo consume la inquietud.

—Parece que tiene razones para ello —dijo Peggy.

Rosa se encogió de hombros.

—Somos afortunados de estar a salvo en Inglaterra, pero él sigue muy preocupado por nuestra familia en Alemania. Los dos lo estamos. Es muy duro no tener ninguna noticia. Supone una carga muy pesada para ambos. Mi hermano no siempre es capaz de dejar estas cosas de lado cuando trabaja.

—Lo siento. Debe de ser duro.

—Creo que lo es para todo el mundo. ¿Tiene algún familiar luchando en la guerra?

—Mi hermano está, o mejor dicho estaba, luchando en el norte de África. Ayer nos enteramos de que ha sido hecho prisionero.

—Ahora soy yo quien lo siente —dijo Rosa—.

Espero que todo salga bien. —Se puso de pie y le tendió una mano a Peggy—.

Me ha encantado volver a verlas a usted y a la señorita Cecily, y no le haga caso a Frank.

Bajo ese exterior brusco, tiene un buen corazón.

Y ahora, si me disculpa, debo hacer algunas llamadas telefónicas para contratar más personal.

Gracias a su departamento vamos a tener mucho trabajo, y, a pesar de lo que Frank pueda hacerla creer, nos sentimos muy agradecidos por ello.

—Creo que ha ido bastante bien —dijo Marigold en el camino de vuelta al Ministerio.

Peggy asintió, aunque los comentarios que había hecho Frank la molestaban. Odiaba la idea de que él y Rosa fueran tratados de esa manera, pero también la idea de que a causa de tal cosa él pudiera pensar mal de ella.