Manual de señoritas para ganar la guerra 19 #2
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19 #2

Peggy la abrazó con fuerza. La semana anterior había visto a la señora Riley en la cola de la carnicería, con un niño en cada brazo, los ojos cargados de tristeza y la mirada perdida.

—Así es. Debemos estar agradecidos por estas cosas y mantenernos animados. Eso es lo que tu papá querría. —Nancy asintió.

—Hora de ir a la cama, jovencita —dijo Alice, tendiéndole una mano—. ¿Quieres que me lleve también a Charlie, Flo? Pareces agotada.

—Vamos, dámelo a mí —dijo Emily, extendiendo los brazos.

—Pensaba que no te gustaba acostarnos, bisabuela —dijo Nancy, siguiéndola escalera arriba.

—Es que estoy llena de sorpresas —contesto Emily.

Cuando se hubieron marchado, Peggy se sentó junto a Flo.

—¿Estás bien?

Flo se encogió de hombros.

—La verdad es que no. Pero tienes razón, al menos está vivo.

—Están obligados a cuidar a los prisioneros de guerra, Flo. Todo irá bien.

Flo miró fijamente a Peggy con expresión implorante y los ojos llenos de lágrimas.

—¿Y si no es así, Peg? ¿Y si no vuelve a casa?

Peggy le cogió una mano.

—Ni se te ocurra pensar eso. Está vivo. Está a salvo. Todo irá bien.

—¿Volveremos a verlo? —preguntó Flo.

Peggy le sostuvo la mirada y, al tiempo que elevaba en silencio una oración, dijo:

—Volveremos a verlo.

Había algo en la penosa rutina diaria de la guerra que a Peggy le recordaba a una cinta transportadora.

Parecía empujar a todo el mundo hacia delante.

Nunca se detenía y era imposible bajarse.

No había más remedio que continuar. Ocasionalmente la pérdida o el dolor, la preocupación o el miedo, hacían todo lo posible por arrastrarla a una hacia atrás, pero había que evitarlo.

Era necesario seguir adelante y confiar en que llegarían días mejores.

Por eso la señora Cooper siempre estaba fregando el escalón de la entrada de su casa, y por eso el señor Miller abrió su verdulería al día siguiente de que su hija muriera, y también por eso, la mañana después de recibir el telegrama, Peggy y los demás miembros de su familia se levantaron de la cama como siempre y se prepararon para ir a la escuela y al trabajo.

Solo Nancy parecía algo reacia a seguir la rutina habitual.

—¿Y si llega una carta de papá cuando estoy en la escuela?

—En ese caso, estará esperándote en casa cuando vuelvas —dijo Emily, que se había sentado a la mesa de la cocina y le trenzaba el pelo.

—Pero no quiero que nadie la lea antes que yo.

—Entonces te esperaremos y la leeremos juntas.

—Pero...

—¡Nada de peros! Ya basta, Nancy Sparks. Ahora deja de moverte. Estás haciendo que las trenzas me salgan mal. —Nancy cerró la boca con firmeza. Su mueca de disgusto parecía replicar la expresión de concentración de su bisabuela.

—Míralas —dijo Peggy, observándolas desde la puerta de la cocina—. Como dos gotas de agua. Bueno, me voy.

—Que tengas un buen día, querida —dijo Alice, dándole un beso cuando pasó a su lado.

—Tú también, mamá. ¿Me llamarás si hay noticias?

—Por supuesto. Tú y la señora Cooper seréis las primeras en enteraros —dijo Alice con una sonrisa cansada.

—¿Qué sucede? —preguntó Marigold en cuanto Peggy entró en la oficina.

—¿A qué te refieres?

—Te lo noto en la cara. Tengo buena intuición para estas cosas.

Peggy maldijo el hecho de que su expresión siempre delatara sus pensamientos. Su madre solía decirle en broma: «Eres un libro abierto, Peg. A veces, mirarte la cara es como leer un relato».

—Joe ha sido hecho prisionero.

Marigold se llevó una mano a la boca.

—¡Oh, Peggy! ¡Lo siento mucho! ¿Por qué no te has quedado hoy en casa?

—¿A hacer qué? ¿Pasarme el día preocupándome? No. Y, además, tengo esa reunión con Frank Bauman. Aunque no puedo decir que me muera de la ilusión, la verdad.

—Iré contigo.

—No hace falta, Marigold.

—Insisto. Las chicas tenemos que hacer frente común contra estos hombres detestables.

—Está bien —dijo Peggy, sintiéndose agradecida por no tener que enfrentarse ella sola a la inevitable ira de Frank Bauman—. Gracias.

Salieron de la oficina más tarde de lo que a Peggy le habría gustado debido a que Marigold le había contado a todo el departamento lo de Joe, lo cual provocó que todos los miembros del equipo fueran a visitar a Peggy para ofrecerle algunas palabras de ánimo.

Beecher le dijo que su puerta estaba siempre abierta, y Sheldrake incluso le llevó una taza de té.

—Si su hermano tiene la mitad de su coraje y determinación, señorita Sparks, todo irá bien —le aseguró la señora Pyecroft.

Cruzaron Londres a toda prisa, pero, cuando llegaron a la calle que les habían indicado, les costó encontrar el edificio que estaban buscando.

Pasaron por delante tres veces antes de que Marigold divisara un sucio letrero y confirmara que estaban en el lugar adecuado.

Peggy entró en pánico al advertir que llegaban diez minutos tarde.

Naturalmente, Marigold se lo tomó con calma, lo cual no hizo sino irritar aún más a Peggy.

Esta no necesitaba más razones para que Frank Bauman la criticara.

—Y ahora recuerda, Peggy, no dejes que nos mangonee, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —dijo Peggy, girando el picaporte.

Al entrar, se sorprendió al descubrir que no parecía haber ninguna recepcionista ni, de hecho, tampoco una recepción propiamente dicha.

Del vestíbulo, tenuemente iluminado y con las paredes del color de un té mal preparado, salían dos pasillos a cada lado cuyas puertas permanecían obstinadamente cerradas.

A lo lejos, se oía el traqueteo de las imprentas.

Peggy no pudo evitar que se le sonrojaran las mejillas al preguntarse cómo se las arreglarían para anunciar su llegada.

Marigold, en cambio, no tuvo ningún reparo en plantarse al final del pasillo y ponerse a gritar:

—¿¡Hola!? ¿¡Hay alguien!? ¿¡Hola!? ¿¡Señor Bauman!?

Al cabo de un momento, la puerta que había al fondo se abrió y apareció el rostro de Frank.

—Al fin —dijo con cara de pocos amigos—. Me alegro de que hayan decidido unirse a nosotros.

—Sí, bueno, tal vez si el letrero del lugar no estuviera tan sucio habríamos podido leerlo bien —dijo Marigold.

—Lo lamento mucho. Haré que el servicio lo limpie de inmediato —dijo Frank, cruzándose de brazos.

—Lamentamos el retraso —dijo Peggy.

Él se la quedó mirando en silencio un momento como si intentara decidir si la disculpa era genuina y luego las hizo pasar.

Peggy se sintió inmediatamente aliviada al ver a Rosa sentada a la mesa, que estaba muy vieja y llena de arañazos.

Cuando su hermano se sentó a su lado, ella levantó la mirada y sonrió tranquilizadoramente a Peggy.

En el extremo opuesto se encontraba Royston Burbage, de Racionamiento de Papel, con cara de pocos amigos.

La iluminación de la sala era tan tenue como la del vestíbulo.

Peggy advirtió que había algunas manchas de humedad en un rincón del techo y que alrededor de las ventanas la pintura estaba algo descascarillada y amarillenta.

—¿Qué estaba diciendo, señor Burbage? —dijo Frank con impaciencia antes de que Peggy y Marigold hubieran tenido la oportunidad de sentarse siquiera.

Rosa alzó una mano y se volvió hacia ellas.

—Me gustaría pedirles perdón por los modales de Frank.

Otra vez —dijo, volviéndose hacia su hermano con una ceja enarcada.

Peggy recordó al instante lo mucho que le gustaba esa mujer—.

Señorita Sparks y señorita Cecily, sean bienvenidas.

Me alegro de verlas de nuevo. Creo que ya conocen al señor Burbage, ¿no es así?

—Encantada —dijo Marigold, dedicándoles su sonrisa hollywoodiense primero al señor Burbage y luego a Rosa.

—Conocemos al señor Burbage, aunque puede que él no se acuerde de nosotras —dijo Peggy, volviéndose hacia el aludido—.

Buenas tardes, señor, y mil disculpas de nuevo por nuestro retraso.

Soy Peggy Sparks y esta es Marigold Cecily.

Trabajamos en el Ministerio supervisando la publicación de la serie La vida cotidiana en Gran Bretaña .

Tengo entendido que hay algunos problemas con el suministro de papel.

Espero que podamos encontrar una solución que sea satisfactoria para todos.

—Tras decir eso, miró a Frank, que estaba contemplándola con interés.

—El señor Burbage estaba hablándonos acerca del folleto Pautas para la producción de libros en economía de guerra —dijo Frank—. Estoy seguro de que ambas lo conocen, ¿no?

Peggy sabía que estaba poniéndolas a prueba, pero antes de que tuviera oportunidad de contestar, Marigold intervino.

—Desde luego, es mi lectura favorita antes de acostarme —dijo con una risa ahogada.

El señor Burbage frunció el ceño.

—Es un folleto muy importante y todos aquellos que estén involucrados en la producción de material impreso deberían conocerlo bien.

—Y lo hacemos, señor Burbage —dijo Peggy—. Lo conocemos muy bien. ¿No es así, Marigold? —añadió con toda la intención.

—Desesperadamente bien —dijo Marigold—. Creo que casi mejor que a mi propia familia.

—Imagino que tienen muy en cuenta las normas tipográficas, ¿no? —dijo Frank con una ceja alzada.

Peggy estaba acostumbrada a que los hombres la subestimaran, por lo que aquella pregunta no la cogió desprevenida.

—Sin duda supone un auténtico reto tener que decidir si conviene sacrificar el número de palabras por página o el tamaño de la fuente, pero somos muy estrictas en cuanto al cumplimiento de las directrices.

Es fundamental seguir al pie de la letra las normas de racionamiento de papel —dijo, mirándolo con aire triunfal.

Frank había alzado también la otra ceja, sorprendido.

—Me alegro mucho de oír eso, señorita Sparks —dijo el señor Burbage—. Y me complace constatar su interés por las directrices. Algunos de los miembros del departamento editorial del Ministerio consideran nuestro trabajo aburrido.