Manual de señoritas para ganar la guerra 19
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Peggy cruzó las puertas de la Casa del Senado y se detuvo para darle las gracias al joven que le había sostenido la puerta.

La maleducada recepcionista de su primer día en el Ministerio hacía mucho que ya no estaba, y su sustituta, una chica de mirada vivaz, la saludó con una respetuosa inclinación de cabeza.

Peggy había superado su miedo a los chirriantes ascensores y, justo cuando presionaba un botón para llamar a uno, aparecieron a su lado Sheldrake y Laurie.

—Buenos días, señorita Sparks —dijo el primero.

—Buenos días, señor Sheldrake. Laurie —dijo ella.

—¿Los veo a ambos para almorzar? —preguntó Laurie cuando se separaron a la entrada de la biblioteca.

—Nos vemos luego —dijo Sheldrake.

En los últimos seis meses se habían producido muchos cambios en el departamento.

Peggy, Marigold y Sheldrake habían sido ascendidos y ahora tenían personal a su cargo.

A Peggy y a Marigold las habían trasladado a una sala situada en la entreplanta de la biblioteca.

El lado de Marigold estaba caóticamente desordenado, mientras que el de Peggy permanecía impecable.

Sheldrake seguía fielmente sentado ante el despacho de Beecher, aunque ahora supervisaba a otros dos empleados, uno de los cuales era Dalton, que no estaba muy contento con la situación.

El otro miembro del equipo era el señor Fairchild, que había sido reincorporado al departamento y había conseguido vencer finalmente el bloqueo que le causaba la guerra escribiendo un superventas instantáneo para la serie de La vida cotidiana en Gran Bretaña sobre su querido bardo.

Las dos empleadas a cargo de Peggy y Marigold también compartían este espacio.

Se llamaban Hilda y Constance Bream. Eran dos jóvenes hermanas que les había presentado la señora Pyecroft para que decidieran si las consideraban aptas para el puesto y que eran tan sumamente eficientes como esta les había prometido.

Además, también eran inmunes a las zalamerías de Wallace Dalton, otra cosa que a este tampoco le hacía demasiado feliz.

La serie de La vida cotidiana en Gran Bretaña había resultado ser un rotundo éxito, y Herbert Bell y Basil Eliot se habían vuelto muy populares entre el público lector.

Cuando llegó la primera carta de un miembro del Gabinete de Guerra felicitando a «los señores Eliot y Bell por su espléndida colección de libros celebrando lo mejor de la vida británica», Peggy se sintió complacida, pero aun así no pudo evitar preguntarse qué debían de pensar aquellos que no formaban parte del Gobierno.

No tuvo que esperar demasiado, pues comenzaron a recibir cartas de hombres y mujeres de todo el país elogiando los títulos y pidiendo más.

Fueron, sin embargo, los comentarios de Joe en una de sus cartas lo que le hizo darse cuenta del impacto que estaban teniendo los libros.

La llevó al trabajo y vio cómo Marigold contenía las lágrimas y Beecher tosía discretamente.

—Bueno, si esto no aviva nuestros esfuerzos, no sé qué lo hará —dijo.

Peggy y Marigold se habían dado cuenta de que ellas solas no podían hacer frente a la demanda de libros, de manera que, con la cooperación de Beecher y Longforth, comenzaron a encargar títulos a todo escritor famoso que estuviera dispuesto a escribir uno.

Tanto Longforth como Lear les pasaron sus contactos, y Peggy se encontró a sí misma trabajando con autores como John Betjeman o su viejo amigo Graham Greene, mientras que Marigold casi se desmaya cuando Cecil Beaton elogió una de sus fotografías mientras trabajaban juntos en un título.

En cierto modo, a Peggy no le parecía real, pero creía firmemente que su trabajo estaba teniendo un auténtico impacto en el esfuerzo bélico.

Había una parte de ella que habría preferido ver sus verdaderos nombres en las cubiertas de los libros, claro está, pero decidió que no le importaba que tuvieran que asumir identidades masculinas si eso ayudaba a ganar esa guerra.

Poco a poco, incrementaron las tiradas y las ventas comenzaron a dispararse, y, un día, Peggy recibió una llamada.

—¿Peggy Sparks? Soy Frank Bauman —gruñó la voz.

A Peggy le chocó su tono hostil.

—Hola, señor Bauman. ¿Cómo está?

—Aparte de que usted y sus colegas están matándome a trabajar, todo está en orden.

—Lo siento, no acabo de entenderle.

—No, seguro que no, pues en caso contrario habría hablado con su impresor antes de duplicar el pedido.

Peggy se enojó.

—Lo siento, ¿está quejándose otra vez porque le damos más trabajo?

—Claro que no, pero apreciaría una llamada para advertirme de que tendré que volver a pelearme con los de Racionamiento de Papel. Como sabe, no están muy dispuestos a proporcionarle cantidades extras a una empresa dirigida por judíos alemanes.

—Creía que eso ya se había solucionado. No sabía que seguía siendo un problema.

—Lo dice como si no fuera cosa suya.

—Perdone, pero me parece injusto que me hable en ese tono. ¿Cómo iba yo a saber que sucedería esto?

—Oh, claro, ¿cómo iba usted a saberlo? Usted se limita a chascar los dedos y, ¡tachán!, aparece un libro.

—¿Ha hablado con el señor Beecher?

—No, no he hablado con el señor Beecher porque el nombre Peggy Sparks es el que figura en el pedido, por tanto estoy hablando con usted. ¿O acaso prefiere que me dirija al hombre que está al cargo?

Peggy estaba furiosa, sobre todo porque sin haberse dado cuenta le había dicho exactamente eso.

—Bueno, ¿y qué quiere que haga al respecto, señor Bauman?

—Bueno, señorita Sparks, el siempre eficiente señor Burbage ha solicitado una reunión con nosotros el jueves a las diez en punto. Le sugiero que, si quiere que sus libros sigan imprimiéndose, salga de los acogedores confines del Ministerio y acuda a la cita.

—Muy bien. Ahí estaré —dijo Peggy, decidida a no darle a ese hombre tan exasperante la satisfacción de saber lo molesta que se sentía.

—Muy bien. Nos vemos entonces.

—Adiós, señor Bauman.

—Adiós, señorita Sparks.

Peggy se quedó mirando enfurecida el auricular unos instantes antes de colgarlo con fuerza.

—¡Este hombre es insufrible!

—¿Qué hombre? —preguntó Marigold, levantando la mirada de las fotografías que estaba estudiando.

—Frank Bauman. Acaba de regañarme por algo que yo ni siquiera sabía que había hecho.

—Eso no parece muy justo —dijo Marigold.

—¿Por qué no puede ser más educado? Pensaba que, después de haber trabajado en los libros de Buchan, ya nos entendíamos.

—Yo incluso había empezado a pensar que estaba enamorado de ti —dijo Marigold despreocupadamente.

—¿Cómo dices? —dijo Peggy, sintiendo cómo se le enrojecían las mejillas.

Marigold la miró con el ceño fruncido.

—A ti también te gusta.

Peggy soltó un resoplido con la esperanza de que Marigold no advirtiera lo sonrojada que estaba.

—Lo siento, pero no es así. Es un hombre de lo más grosero. Se comporta como el doctor Jekyll y el señor Hyde. Encantador en algunas ocasiones y totalmente detestable en otras.

—Pues asegúrate de decírselo.

—Lo haré —dijo Peggy—. Estoy harta de estos hombres irracionales.

—Creo que todas lo estamos —dijo Marigold—. ¡Abajo con Buchan y Bauman!

Peggy advirtió que algo iba mal nada más abrir la puerta de entrada.

Había demasiado silencio. Normalmente, la recibían Nancy, Charlie, Badger o, invariablemente, los tres.

En cuanto entraba, venían corriendo por el pasillo hacia ella.

Esa noche, en cambio, los niños estaban ausentes y Badger se limitó a avanzar con paso lento hasta el vestíbulo y, tras detenerse, volvió tristemente la cabeza hacia la cocina.

Al oír el murmullo de la voz de su madre y algún que otro sollozo entrecortado, Peggy sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo.

Se sentía dividida entre el deseo de ir corriendo y averiguar qué había pasado o permanecer inmóvil y no tener que enterarse.

En cuanto abrió la puerta de la cocina, sus ojos divisaron de inmediato el telegrama que había sobre la mesa.

—Peggy —dijo su madre—. No te he oído entrar.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Peggy. Su mirada pasó del telegrama al rostro fruncido de su abuela, y luego a Charlie, que permanecía acurrucado en el regazo de Flo mientras esta lloraba en silencio.

Nancy, que hasta entonces había estado con la cabeza apoyada en el hombro de Alice, se enderezó y corrió hacia ella.

—¡Oh, tía Peggy! —exclamó, rodeándole la cintura con los brazos—. ¡Han hecho prisionero a papá!

—¿Prisionero? —dijo Peggy. Su primer pensamiento fue de alivio. «No está muerto. Joe todavía está vivo».

—No tiene sentido —dijo Emily, mirando el telegrama con el entrecejo arrugado como si fuese todo culpa de ese trozo de papel—. Pensaba que a nuestros muchachos les estaba yendo bien en África.

Peggy cogió el telegrama de la mesa. Las palabras parecían nadar ante sus ojos.

IMPORTANTE ... ENTREGAR EN MANO ... INFORMACIÓN OFICIAL RECIBIDA ... EL SOLDADO J. C. SPARKS HA SIDO HECHO PRISIONERO DE GUERRA ... RECIBIRÁN CARTA EN brEVE.

—¡Oh, tía Peggy! —se lamentó Nancy.

—Cállate, niña —la regañó Emily—. Asustarás a tu hermano.

Charlie estaba sentado en el regazo de su madre, contemplándolos a todos con los ojos muy abiertos y un pulgar en la boca. Peggy advirtió que Flo lo atraía más hacia sí y le acariciaba sus suaves rizos castaños.

—No pasa nada, Nancy —dijo Peggy, con la sensación de que lo decía más para ella misma—. Tu papá está a salvo. A los prisioneros de guerra los cuidan bien. Es la ley.

—Como si Hitler respetara la ley... —murmuró Emily.

—¡Mamá! —le advirtió Alice antes de volverse hacia su nieta—. Peggy tiene razón, Nancy. Tu papá está a salvo y pronto recibiremos una carta.

—¿Puedo escribirle? —preguntó Nancy.

—Claro que sí —dijo Peggy—. Podrá seguir recibiendo correo como siempre, y también escribirnos.

—Qué bien. Al menos está vivo. No como el papá del pobre Alfie Riley.