Manual de señoritas para ganar la guerra 18 #3
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—Es un placer conocerlas a ambas —dijo—.

Le he dicho a Magdalena que tenía muchas ganas de conocer a la joven que había escrito ese fascinante artículo sobre el sudeste de Londres.

—Peggy se quedó sin palabras al oír tal cosa—.

Recuerdo haberme vuelto hacia mi marido después de leerlo y decirle lo impresionada que me había quedado por el coraje del pueblo británico.

Por supuesto, eso fue antes de que nuestra nación se uniera al esfuerzo bélico.

Quiero que sepan lo orgullosa que me siento de que ahora estemos luchando juntos.

—Gracias —susurró Peggy.

—Pero ¿dónde están mis modales? Permítanme que les presente: estas son la señora Thompson y la coronel Culp Hobby, que me acompañan en este viaje.

Marigold miró a Peggy, que todavía parecía incapaz de hablar, de modo que decidió intervenir:

—Yo soy Marigold Cecily y esta es Peggy Sparks. ¿Detecto un acento norteamericano? ¿De dónde son?

La primera dama frunció los labios, divertida.

—De Washington, querida.

—¡Oh, qué maravilla! Nos sentimos muy aliviadas de que estén de nuestro lado, y sé que nuestros muchachos también. Eso es lo que dijo tu hermano, ¿no, Peggy?

La señora Roosevelt se volvió hacia esta y ella asintió con timidez.

—Tengo hijos luchando en la guerra, así que puedo entender un poco cómo se siente. ¿Cuántos años tiene su hermano? —preguntó la primera dama.

—Treinta y dos.

—¿Y es padre?

—De dos niños. Una llamada Nancy y uno llamado Charlie.

La señora Roosevelt compartió una mirada de satisfacción con sus acompañantes.

—Unos nombres encantadores. ¿Y en qué están trabajando ustedes ahora?

—Una serie de libros titulada La vida cotidiana en Gran Bretaña —dijo Peggy, encontrando finalmente su voz—. Este que tenemos entre manos trata sobre novelistas ingleses.

—Maravilloso —dijo la señora Roosevelt—. Estoy profundamente impresionada por los esfuerzos de mujeres jóvenes como ustedes en esta guerra. Creo de veras que las mujeres desempeñamos un papel vital para conseguir que nuestros hijos regresen a casa.

—Estoy de acuerdo —dijo Peggy.

La señora Roosevelt sonrió.

—Ya imaginaba que lo haría. Magdalena, ¿serías tan amable de enviarme ejemplares de los libros de Peggy y Marigold, por favor? Me encantaría leerlos.

—Por supuesto —dijo la señora Pyecroft.

La señora Thompson se inclinó hacia la señora Roosevelt y le susurró algo al oído. La primera dama asintió y luego se volvió hacia ellas.

—Tommy acaba de recordarme que tenemos una cita para almorzar, de modo que me temo que debemos marcharnos.

Me alegro de haber podido venir a visitarlas.

—Y, mirando alrededor de la sala, añadió—: Este es un entorno maravilloso.

No se me ocurre un lugar más maravilloso para trabajar que una biblioteca.

—Lo es. Y ha sido un gran placer conocerla —dijo Peggy, deseando poder disponer de más tiempo ahora que al fin se sentía capaz de hablar.

—Oh, sí. Maravilloso —se mostró de acuerdo Marigold.

Cuando las visitantes se hubieron marchado, Peggy se desplomó en la silla más cercana.

—No me puedo creer lo que acaba de pasar. ¿Y tú?

—¿Qué? —dijo Marigold, sin saber bien a qué se refería. Peggy se la quedó mirando asombrada hasta que al fin su amiga pareció caer en la cuenta—. Ah, sí claro. ¿Quién habría imaginado que la señora Pyecroft se llama Magdalena?

Horas después, tras haberse pasado la mayor parte de la tarde tratando de consolar a una abatida Marigold asegurándole que era perfectamente normal no reconocer a la esposa del presidente de Estados Unidos, Peggy recogió sus cosas para marcharse.

De camino a la salida, reparó en que la puerta del despacho de la señora Pyecroft estaba entreabierta y que, en su interior, la luz de la lámpara del escritorio se derramaba sobre el documento que la mujer estaba estudiando.

Acercándose, Peggy carraspeó y Pyecroft levantó la mirada.

—Señorita Sparks.

Peggy entró en el despacho.

—¿Puedo preguntarle una cosa?

—Claro, aunque no puedo garantizarle que vaya a ser capaz de contestarle.

—Qué curioso. El señor Beecher me dijo algo parecido una vez.

—El señor Beecher es un hombre sabio.

—Solo me preguntaba cómo es que se tutea usted con la primera dama.

A la señora Pyecroft le centellearon los ojos.

—Ella se ha dirigido a mí por mi nombre de pila, pero yo nunca me atrevería a llamarla Eleanor.

—Pero ella la conoce. Y bastante bien, parece.

—He tenido la fortuna de coincidir con ella en alguna que otra ocasión. La admiro enormemente.

—Y yo también, pero...

—La curiosidad es una gran cualidad, señorita Sparks, pero también es importante comprender que no es necesario saberlo todo. A veces es mejor así. —Miró fijamente a Peggy—. ¿Sabe lo que es significa mi apellido en inglés?

— Pyecroft es el lugar en el que a las urracas les gusta congregarse —dijo Peggy, recordando que su abuela le había enseñado esa palabra cuando vieron un grupo de urracas en uno de sus paseos.

—¿Y sabe lo que les gusta hacer a las urracas? —preguntó.

—¿Robar tesoros?

La señora Pyecroft frunció los labios.

—Yo prefiero el término «coleccionar» —dijo, sosteniéndole la mirada a Peggy—.

Yo colecciono tesoros y dejo que brillen hasta que se vuelven deslumbrantes.

Reconocí su talento nada más conocerla, y tenga por seguro que ha sido usted una parte fundamental de mis esfuerzos.

No tengo ninguna duda de que seguirá por ese camino.

Siga brillando, señorita Sparks. Quién sabe adónde la llevará o cuándo se requerirán de nuevo sus servicios.

Enero de 1943

Querida Peg:

Gracias por tus cartas. Han llegado en distintos momentos, de modo que ha sido un poco extraño leer las noticias de forma desordenada, pero no me importa.

Aquí estamos muy animados, pues las cosas parecen ir bien.

Da la sensación de que estamos haciendo auténticos progresos, así que espero volver a casa a tiempo para Navidad, o en verano si tenemos suerte.

Ahora la nuestra es una compañía muy unida.

Cuidamos los unos de los otros. El otro día, al pobre Alberto le alcanzó un resto de metralla.

Por suerte para él, el impacto lo recibió en la hebilla del cinturón y salió completamente ileso.

Ahora bromea diciendo en broma que, si llega a ser cinco centímetros más abajo, el mundo se habría quedado sin futuros pequeños Cobb.

Sigue haciéndonos reír a todos. Debo decir que me gusta *****.

Hay algunos árboles más y es un poco más verde de lo que estamos acostumbrados.

Sigue haciendo calor, pero no tanto como en el desierto.

El otro día nos topamos con un batallón norteamericano de tanques.

Eran muy majos y compartieron con nosotros chicles y cigarrillos.

Siempre es bueno ver a los norteamericanos.

Están convencidos de la victoria. «Vamos de camino a ver a Rommel», nos dijeron con una gran sonrisa en la cara.

Yo les conté que habías conocido a la primera dama, pero no me creyeron.

No puedo culparlos. Yo mismo apenas doy crédito.

Todavía me hace reír que Marigold no supiera quién era.

Tengo otra noticia: ¡encontré uno de tus nuevos libros en la biblioteca del campamento!

¡No podía creérmelo! ¡Y menos todavía cuando lo abrí y vi a la yaya y a la señora Twigg sonriéndome!

Me dieron ganas de reír, llorar y abrazaros a todos.

Me animó mucho, como si estuviera hablando contigo en persona.

Los demás muchachos se quedaron muy impresionados.

Albert me pidió que le dijera a Basil que «escribe mucho mejor que cualquier tipo al que haya leído jamás».

Me siento orgulloso de ti, Peggy. Y también de Marigold.

El libro nos recordó a todos por qué estamos luchando y por qué vamos a ganar esta guerra.

Por la yaya, y por ti. Por mamá. Por Flo y los niños.

Nunca he estado más seguro en mi vida de que volveremos a vernos.

Te quiere,

Joe