Manual de señoritas para ganar la guerra 18 #2
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18 #2

—La razón, jovencita, es muy simple. La gente no comprará unos libros de este tipo si están escritos por una mujer.

—Tiene razón —dijo Beecher. Nadie pareció más sorprendido por las palabras de este que Longforth—. Lo siento, pero es cierto. Actualmente, el mundo solo escucha a Churchill, a Priestley y al rey.

—Efectivamente, Beecher —dijo Longforth con satisfacción.

—Podría decirse que el mundo está poblado por idiotas con anteojeras, pero me abstendré de hacer ningún comentario al respecto —añadió Beecher.

Marigold le dio un pequeño codazo a su amiga.

—Seguirán siendo tus palabras, Peggy.

—La señorita Cecily tiene razón —dijo sir James—. Es una gran oportunidad.

Longforth se quedó mirando a Peggy con los ojos abiertos como platos.

—Por el amor de Dios, mujer, la mayoría de los muchachos darían lo que fuera por una oportunidad como esta.

—Gracias, señor Longforth —dijo sir James con firmeza.

«La mayoría de los muchachos —pensó Peggy—.

No las mujeres». Ellas no pintaban nada.

Todo dependía de los hombres. Eran estos quienes tomaban las decisiones y les decían a las mujeres qué hacer y también que no podían usar sus nombres reales.

Y, sin embargo, al advertir que Beecher estaba observándola, recordó asimismo que había otros que valoraban su trabajo, que las animaban y defendían.

Y pensó también en las palabras que Joe le había escrito en una carta antes de que ella comenzara este trabajo.

«Eres muy lista, Peg. Mucho más que todos nosotros juntos. Sé que les enseñarás un par de cosas a esos tipos del Ministerio».

Se volvió hacia Marigold con las cejas enarcadas y esta inclinó la cabeza en señal de que estaba de acuerdo.

—Muy bien —dijo finalmente, reparando en la expresión aprobatoria de la señora Pyecroft—. ¿Cuándo comenzamos?

—Inmediatamente —dijo sir James—. Y ahora quiero hablar de la otra razón por la que les hemos convocado hoy aquí.

.. —Peggy reparó en que había usado la primera persona del plural y también en que la señora Pyecroft seguía con la mirada puesta en el documento que tenía delante—.

Ha llegado a nuestros oídos que existe una relación algo tirante entre ambas secciones del departamento.

A la luz de la tragedia que tuvo lugar en la escuela St. Edwards, que nos hizo tomar conciencia del puro mal contra el que estamos luchando y que afectó personalmente a algunos de nuestros colegas —al decir eso, miró a Peggy, que notó asimismo como Marigold le daba un apretón en el brazo—, consideramos que ahora es el momento de que haya un mayor espíritu de cooperación entre ustedes.

Al fin y al cabo, estamos todos en el mismo bando, y, como Dios bien sabe, igual de desesperados por poner fin a esta maldita guerra lo antes posible. ¿No están de acuerdo?

Beecher asintió con la cabeza mientras Longforth reflexionaba un momento antes de contestar.

—Muy bien dicho, sir James. Fue una tragedia terrible.

Tengo nietos de esa edad. No se me ocurre nada peor.

—Peggy se lo quedó mirando fijamente, sorprendida por que el hombre más aterrador del mundo de la edición pareciera momentáneamente abrumado.

Luego él cogió un pañuelo de un bolsillo y se sonó la nariz—.

Haremos todo lo posible, ¿verdad, Beecher?

—Por supuesto que sí, Longforth.

Sir James y la señora Pyecroft se miraron entre sí y asintieron.

—Estupendo. Me alegro de que estemos todos de acuerdo —dijo—. Esto es todo, pues. Buena suerte, señoritas.

Produjeron el primer libro en apenas seis semanas. Con la ayuda de Laurie, Peggy hizo buen uso de la biblioteca para asegurarse de que todos los datos eran correctos mientras Marigold tomaba nuevas instantáneas y visitaba a sus viejos amigos del Departamento de Fotografía para conseguir otras.

— La vida en la ciudad , por Basil Eliot y Herbert Bell —leyó Beecher mientras dejaba un ejemplar terminado del delgado volumen sobre el escritorio de Peggy—. Unos nombres basados en George Eliot y Currer Bell, supongo —añadió, asintiendo con un gesto de aprobación.

—Sí, señor —dijo ella.

—Deberían estar ambas muy orgullosas. Han hecho un trabajo espléndido.

Incluso Longforth lo ha elogiado. —Se había producido un perceptible cambio en la relación laboral entre Beecher y Longforth después de la reunión con sir James.

Todavía se odiaban mutuamente, pero había menos rivalidad en su trato.

—Gracias, señor Beecher —dijo Marigold.

—¿Qué es lo siguiente? —preguntó.

—Esta semana voy a tomar fotografías para La vida en el refugio antiaéreo —dijo Marigold—. La abuela de Peggy y su amiga Dulcie han accedido a posar para mí.

—Estupendo.

Incluso Sheldrake parecía impresionado.

—No está mal —dijo este hojeando también el libro—, aunque contiene demasiadas fotografías para mi gusto.

—Querido Sheldrake —dijo Marigold—, nunca hay demasiadas fotografías.

Normalmente, él habría puesto los ojos en blanco a modo de respuesta, pero en vez de eso se limitó a reír sin demasiado entusiasmo.

Peggy había advertido un cambio en su colega últimamente.

Al principio, lo había achacado a la tragedia ocurrida en la escuela, pero se dio cuenta de que no se debía solo a eso un día que fue a buscar a Laurie y los descubrió a ambos tomando té en el despacho de los bibliotecarios, enfrascados en una conversación.

Ella llamó levemente a la puerta y le sorprendió que Sheldrake se pusiera de pie de un salto como si le hubieran mordido.

—Debería volver al trabajo —balbuceó al tiempo que salía disparado hacia la puerta.

Cuando pasó al lado de Peggy, esta le puso una mano en el brazo.

—No pasa nada —dijo, mirando hacia Laurie, que sonreía—. No tiene por qué marcharse por mi culpa, señor Sheldrake.

Él se detuvo con la mirada baja y el rostro encendido de vergüenza.

—Gracias, señorita Sparks —murmuró antes de irse.

Algunos días, Peggy los veía a los dos paseando por la plaza después del trabajo.

Ocasionalmente, Sheldrake se unía a ella y a Laurie para almorzar, y a veces también iba Marigold.

Los días que se quedaba trabajando hasta tarde, Peggy había comenzado a comer en la cantina y a menudo cenaban los cuatro juntos.

Resultó que la combinación de Sheldrake y Marigold como compañeros de comidas era siempre muy entretenida.

Un día, Sheldrake dejó su bandeja sobre la mesa negando con la cabeza.

—Esa señora de la cocina me odia —dijo.

—¡Oh, señor Sheldrake, seguro que no es así! —dijo Marigold.

—¿Por qué piensa eso? —preguntó Laurie.

—Solo tiene que mirar el tamaño de mi pudin de sémola comparado con el suyo —dijo.

—Bueno, estamos en guerra, señor Sheldrake —dijo Peggy, regañándolo en broma.

—Ya lo sé —dijo Sheldrake—. Y estoy agradecido por mis raciones. Es solo el modo en que me sirve, arrojando la comida en el plato de mal humor.

Peggy se cruzó de brazos.

—¿No es horrible que la gente sea irritable?

Sheldrake los miró a todos.

—Está bien. Sí, ya sé que a veces puedo ser un poco brusco.

—¿Un poco? —dijo Peggy mientras Laurie y Marigold reían—. Casi me arranca la cabeza el día que comencé a trabajar.

Sheldrake se volvió hacia ella con una mano en el corazón.

—Le pido disculpas, señorita Sparks.

—Disculpas aceptadas.

—¿Qué señora es? —preguntó Marigold.

Sheldrake echó un vistazo por encima del hombro.

—La que se parece a Churchill.

—¿Se refiere a Queenie? Pero ¡si es adorable! Al menos conmigo. La semana pasada me dio unas natillas extra.

—Seguramente porque pertenece usted a la aristocracia.

Marigold sopesó sus palabras.

—Bueno, lo cierto es que durante muchos años trabajó de cocinera para mi tío.

Sheldrake alzó las manos al cielo.

—Ahí lo tiene. Entre la aristocracia y las clases trabajadoras hay respeto. Ahora bien, ¿dónde me deja eso a mí?

—Quizá debería tratar de entablar alguna conversación con ella —sugirió Laurie.

—¿Sobre qué? ¿La consistencia de su sémola? —dijo Sheldrake, hundiendo la cuchara en el pudin, alzándolo y dejando luego que la gelatinosa masa cayera de nuevo en el cuenco.

—Yo siempre le pregunto por sus nietos —dijo Marigold—. Tiene doce. Los adora. Y el año pasado lo pasó muy mal cuando su marido murió. Eran novios desde la infancia. William, se llamaba.

Sheldrake se la quedó mirando asombrado al tiempo que Laurie se inclinaba hacia él y le susurraba:

—Puede que no sea una cuestión de clases sociales sino de mera amabilidad, ¿no cree?

La visita fue una sorpresa para casi todo el personal del departamento.

Solo Peggy y Marigold estaban en la biblioteca en ese momento, ocupadas en su próximo libro, titulado Grandes escritores ingleses .

Peggy había logrado una pequeña victoria al conseguir convencer a Longforth de que, además de los diez hombres seleccionados, debían incluir a cuatro mujeres.

Ahora ella y Marigold estaban maquetando el texto junto con las ilustraciones a color que esta última había conseguido.

Levantaron la mirada cuando la señora Pyecroft entró en la sala acompañada de otras tres mujeres.

—Disculpen la interrupción —dijo—. Me gustaría presentarles a unas visitantes.

Las tres mujeres saludaron cordialmente a Marigold y Peggy.

Al principio, esta supuso que eran dignatarias locales.

Dos de ellas se quedaron un poco atrás, cual planetas orbitando alrededor de la tercera.

Fue entonces cuando se fijó bien en esa mujer ataviada con un abrigo de lana elegante pero sencillo, un sombrero ladeado y una piel de zorro sobre los hombros, y se dio cuenta de que estaba contemplando el rostro de la primera dama de Estados Unidos.

Su primer impulso fue hacerle una reverencia, pero rápidamente lo desechó por ridículo.

Era evidente que la señora Roosevelt estaba acostumbrada a que la gente se pusiera nerviosa a su alrededor.

La primera dama les dio la mano con una sonrisa cálida y afable.