Manual de señoritas para ganar la guerra 18
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La destrucción de la escuela de Nancy causó conmoción en el Ministerio y, en particular, en el departamento de Peggy.

La guerra estaba plagada de tragedias espantosas, pero ningunas resultaban más desgarradoras y tenían mayores repercusiones que aquellas en las que perdían la vida niños.

Estos eran los acontecimientos que siempre provocaban que todo el mundo redoblara sus esfuerzos y se mostrara aún más decidido a poner fin a esa terrible guerra de una vez por todas.

Hacían que la gente cambiara para siempre.

Peggy sin duda había cambiado, y podía percibirlo asimismo en sus colegas.

Sheldrake no se mostraba tan irritable y Dalton un poco menos arrogante.

También le sorprendió agradablemente recibir una llamada de Frank Bauman.

—El señor Beecher me contó lo de la escuela de su sobrina. Lo siento, señorita Sparks.

—Es muy amable de su parte. Afortunadamente, Nancy se encuentra bien.

—Me alegro. Beecher me dijo también que estuvo usted ahí. Debió de ser horrible.

—Sí, pero nosotras fuimos afortunadas.

—Admiro su valentía, señorita Sparks.

—No es valentía, señor Bauman. Es solo vivir.

—Qué sabia es usted. —Peggy colgó el auricular cuando terminó la llamada y se dio cuenta de que estaba sonriendo.

En las semanas que siguieron, fue el comportamiento de Marigold lo que realmente desconcertó a Peggy.

Estaba más callada y su chispa y su brillo parecían haberse apagado, reemplazados por una expresión ausente y un aire distraído.

Al principio, Peggy lo atribuyó al shock.

Durante la primera semana más o menos todo el mundo pareció estar viviendo bajo una nube.

Ahora bien, cuando el ánimo gris de Marigold amenazó con envolverla de forma permanente, Peggy comenzó a preocuparse.

—¿Te apetece ir conmigo a dar un paseo a la plaza a la hora del almuerzo? —le sugirió un día a su amiga.

—¿Qué? —dijo Marigold distraídamente—. ¡Ah, un paseo! Sí, está bien. Pero no muy largo. Tengo mucho que hacer. —Peggy intercambió una mirada de preocupación con Sheldrake.

—Bonito día, ¿verdad? —observó mientras paseaban por los jardines—.

Mi abuela siempre dice que un poco de sol en la cara le recuerda a una lo que significa estar viva.

—Marigold no contestó. Permanecía inmóvil, mirando a una mujer y a una niña de unos tres años que iban cogidas de la mano y que se habían detenido un momento para señalar una flor particularmente interesante.

Peggy le puso una mano en el brazo a su amiga—.

¿Estás bien, Marigold? Sé que lo que sucedió en la escuela debe de haberte traído recuerdos horribles.

Mientras se volvía hacia Peggy, a Marigold se le llenaron rápidamente los ojos de lágrimas.

—Hui.

—¿Cómo dices?

Marigold se la quedó mirando.

—Salí corriendo. Ayudé a un hombre a llegar a una ambulancia y luego di media vuelta y hui. No me quedé. No ayudé. Soy un monstruo. —Se llevó las manos a la cara y rompió a llorar.

—Oh, Marigold —dijo Peggy, rodeándole el hombro con un brazo e ignorando a un par de curiosos que se habían detenido para mirarlas mientras la conducía al banco más cercano—.

No eres ningún monstruo. Eres un ser humano y la situación era demasiado dolorosa para ti.

No pasa nada. A veces una ha de protegerse a sí misma.

Marigold parpadeó.

—Entonces, ¿no crees que sea una persona horrible?

Peggy negó con la cabeza.

—Hiciste lo que pudiste. Y no, no creo que seas horrible. Creo que eres encantadora.

Esto provocó una nueva ronda de lágrimas.

—¡Oh, Peggy! ¡He estado tan preocupada y avergonzada!

Peggy le dio un apretón en el hombro.

—Confía en mí, hay mucha gente en el mundo que debería sentirse avergonzada ahora mismo, y tú no eres una de ellas.

A finales de verano, sir James convocó a Beecher, Longforth y al personal de las secciones de ambos a una reunión.

Al llegar, Peggy se animó al ver que la señora Pyecroft ya se encontraba en la sala.

En el ambiente del Ministerio, dominado por hombres educados en colegios privados, su presencia constante le resultaba tranquilizadora y esperanzadora a la vez.

—Buenos días, señora Pyecroft —dijo Beecher.

Antes de que ella tuviera tiempo de contestar, la puerta se abrió de golpe y Longforth irrumpió en la sala y dejó caer sus carpetas y papeles en la mesa que tenía delante.

Lo acompañaba el señor Lear, que saludó a los presentes inclinando ligeramente la cabeza y se sentó al lado de su superior.

Longforth, en cambio, se quedó mirando sus papeles como si estos le hubieran ofendido enormemente e ignoró por completo a los demás.

Sir James llegó unos instantes después.

—Buenos días a todos —dijo, sonriéndoles mientras se sentaba a la cabecera de la mesa con la señora Pyecroft a su izquierda.

Peggy advirtió que le pasaba un documento a su superior deslizándolo por la mesa y que él lo aceptaba con un gesto de agradecimiento antes de dirigirse a los presentes.

—Gracias por haber venido. En primer lugar, quiero felicitarles a todos por unas publicaciones de primera clase.

Los Libros de Guerra Oficiales han superado todas las expectativas.

—Peggy notó que cerraba los puños con fuerza al reparar en la sonrisa de satisfacción de Longforth—.

El excelente trabajo iniciado por la sección del señor Beecher ha sido continuado con similar aplomo por la del señor Longforth.

—Algunos podrían decir que los hemos superado —le murmuró este a Lear, que soltó una sonrisita de suficiencia.

Sir James le echó un vistazo al documento que tenía delante.

—Hasta la fecha, las ventas han superado los doce millones de ejemplares en todo el mundo, y los informes de nuestros colegas de Inteligencia Interior sugieren que más de la mitad de la población británica ha visto estos libros y ha respondido favorablemente a su mensaje, así que bien hecho.

—Y, si me permiten añadir algo —dijo Lear—, gracias a estas ventas también hemos obtenido un beneficio que ha ayudado a subvencionar otras secciones quizá menos rentables del Ministerio.

—Lanzó una mirada hacia Beecher. Peggy se dio cuenta de que este estaba apretando los puños con tanta fuerza que los nudillos se le habían vuelto traslúcidos.

—Gracias, señor Lear —dijo sir James frunciendo ligeramente el ceño—. Y, por supuesto, no hemos de olvidar los títulos de Wilfred Buchan.

—¡Oh, cómo podríamos olvidarlos! —dijo Longforth, fulminando con la mirada a Peggy y Marigold—. Disculpe, sir James, pero ¿se tomó alguna medida contra el par de insubordinadas que suplantó la identidad de uno de los escritores más importantes de nuestra generación?

La señora Pyecroft carraspeó ligeramente como si quisiera aclararse la garganta. Sir James miró a Longforth con severidad. Peggy nunca había visto a ese hombre mostrar siquiera el menor indicio de enfado, pero cuando siguió hablando conoció otra faceta suya.

—Tenga cuidado, señor Longforth. Es usted un gran editor, pero no le conviene cuestionar mi autoridad.

—Longforth siguió con el entrecejo arrugado, pero pareció encogerse un poco en su asiento mientras sir James proseguía—: Como iba diciendo, los títulos de Wilfred Buchan también han cosechado un gran éxito y los informes confirman que han sido particularmente bien recibidos entre las mujeres.

—Longforth se cruzó de brazos y adoptó una expresión de aburrimiento—.

Así pues, para aprovechar este éxito, nos gustaría combinar los talentos de ambas secciones para realizar una serie de libros sobre Gran Bretaña con el propósito de publicarlos en todo el mundo.

Formarán parte de una iniciativa de diplomacia cultural elaborada con el ministro.

Hemos comprobado que el hecho de que publiquemos títulos que ilustran los aspectos de la vida británica más universales como el día a día en la ciudad o en pueblos, junto con enfoques más temáticos como la vida en un refugio antiaéreo, en la cola de racionamiento, etcétera, eleva la moral tanto aquí como en el extranjero.

—Suena más bien trivial —dijo Longforth.

—La vida de la mayoría de la gente es trivial —dijo Peggy. Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas.

Longforth volvió a fulminarla con la mirada, pero sir James le dirigió un gesto alentador.

—Prosigue, Peggy.

Esta notó que Marigold le daba un pequeño codazo.

—Bueno —comenzó a decir—. Mi hermano está luchando en el extranjero y sé que lo único que realmente quiere es recordar la vida que llevaba en casa, las cosas corrientes, el día a día.

Echa de menos ir al parque con sus hijos o al pub con sus amigos, disfrutar de las cenas caseras de mamá o los bizcochos de la abuela.

Hacer todas esas cosas cotidianas que aquí damos por sentadas.

Por eso es por lo que él y sus compañeros están luchando.

Creo que una serie de libros como esta les recordaría a ellos y a todos los demás lo que es importante.

De hecho, así es como deberíamos llamarlos, La vida cotidiana enGran Bretaña .

—¿ La vida cotidiana enGran Bretaña ? —dijo Marigold—. Me gusta. —Se oyeron algunos murmullos de aprobación e incluso Lear asintió con un encogimiento de hombros mientras Longforth seguía frunciendo el ceño.

—Creo que es una idea excelente —dijo sir James—. Peggy, como pareces ser la más entusiasta, me gustaría que tú y la señorita Cecily escribierais e ilustrarais la serie, siempre que esté usted de acuerdo, señor Beecher.

—No se me ocurre una pareja más adecuada —dijo este con una mirada afable.

—¿Hay alguna razón por la que no podamos firmar esos libros con nuestros nombres? —preguntó Peggy.

Sir James arqueó las cejas.

—¿Como Peggy Sparks y Marigold Cecily?

—¿Por qué no? —dijo, notando que la señora Pyecroft la miraba fijamente con los ojos alerta como los de un petirrojo.

Sir James se removió en su asiento y Longforth aprovechó para intervenir.