17 #2
Nancy levantó la mirada hacia el lugar que su tía le señalaba.
—¿El castaño de Indias?
—Ese mismo. Sigue mirándolo, porque es especial.
Cada otoño, cuando tu madre, tu padre y yo éramos pequeños, recogíamos las castañas que habían caído al suelo y se las llevábamos a tu abuela, que las remojaba en vinagre y luego las horneaba para que pudiéramos jugar con ellas.
Tu padre siempre ganaba —le explicó Peggy al tiempo que alzaba cuidadosamente la mano de Elsie y apartaba el pañuelo.
Sintió un escalofrío al ver la carne destrozada y los tendones y los huesos que habían quedado expuestos en la cara de la profesora.
Rápidamente, volvió a colocar el pañuelo encima y sacó el suyo del bolsillo.
Esa misma mañana su madre se lo había dado cuidadosamente planchado y doblado, con su elegante «P» bordada y su delicada decoración lavanda a la vista.
Peggy cerró los ojos y evocó el sonriente rostro de Alice mientras presionaba suavemente su pañuelo contra el otro y dejaba que la cabeza de Elsie descansara de lado.
Le tomó el pulso a la profesora en la muñeca y advirtió que era más débil con cada pequeño latido.
Colocó entonces una mano en la otra mejilla de Elsie.
Era una joven bonita, de unos veinte años como mucho, con unos suaves rizos de color caramelo y un rostro amable.
Peggy se la imaginaba leyéndoles cuentos a los niños mientras ellos la miraban asombrados, o quizá paseando por el parque los fines de semana con su novio, que probablemente ahora se encontraba Dios sabía dónde.
Era todo tan injusto. Les habían robado la vida a todos estos jóvenes.
Elsie dejó escapar un trémulo suspiro como si estuviera de acuerdo y Peggy le acarició la mejilla.
—Duerme —dijo Peggy al tiempo que las lágrimas asomaban a sus ojos—. Estamos aquí. Estás a salvo. Puedes dormir.
—¿Está bien? —preguntó Nancy.
—Está descansando —dijo Peggy. Sabía que no debía mentir a su sobrina. Nancy solía implorarle: «Cuéntame la verdad, tía Peg», y su abuela siempre había sostenido que «a los niños hay que explicarles las cosas como son. Son demasiado listos para creerse mentiras».
—Entonces, ¿la señorita Bright es tu profesora favorita? —preguntó, quitándose el abrigo y colocándolo con cuidado sobre Elsie.
Nancy asintió.
—Nos enseña canciones. Ya sabes que me gusta cantar.
—¿Por qué no cantas una ahora? Seguro que a la señorita Bright le gustaría oírla.
Nancy se mostró insegura.
—¿Cantarás conmigo?
—Puedo intentarlo.
Nancy lo pensó un momento.
—Hay una que me gusta porque habla de la dichosa Violeta y a la señorita Bright no le importa que nos riamos.
Peggy le dirigió una mirada de ánimo a su sobrina y siguió acariciando la mejilla de la profesora mientras la niña comenzaba a cantar.
¡Oh, el verano ya se acerca
y los árboles florecen dulcemente
y el tomillo silvestre de la montaña
crece alrededor de la dichosa violeta!
¿Vendrás, muchachita, vendrás?
¡Y todos iremos juntos a recoger
tomillo silvestre de la montaña
alrededor de la dichosa violeta!
¿Vendrás, muchachita, vendrás?
Su voz era tan dulce como la de un ángel.
Peggy se dio cuenta de que varias personas se detenían para escucharla y se enjugaban las lágrimas con las manos al oírla.
Bajó entonces la mirada a Elsie y advirtió que su respiración irregular finalmente se había detenido.
Tenía la cara recostada a un lado y las comisuras de su boca esbozaban una sonrisa serena.
—Está muerta, ¿verdad? —dijo Nancy.
Peggy asintió, conteniendo las lágrimas y extendiendo los brazos hacia su sobrina. Nancy corrió a ellos y Peggy la abrazó con fuerza.
—Eres una niña muy valiente, Nancy Sparks. Estoy orgullosa de ti.
—¡Nancy! —exclamó una voz desde la verja de la escuela.
La niña levantó la mirada.
—¿Mamá?
Flo corrió hacia ellas con los brazos extendidos y Nancy salió disparada y hundió la cabeza en el pecho de su madre.
—¡Nancy! ¡Oh, Nancy! ¡Mi dulce niña! —exclamó entre sollozos y sin dejar de darle besos por toda la cara.
—Peggy ha cuidado de mí y de la señorita Bright, pero la señorita Bright ha muerto.
Flo incluyó a Peggy en el abrazo.
—Me alegro tanto de que estuvieras aquí, Peg. Es un auténtico alivio —susurró entre lágrimas—. Gracias. Gracias. —Permanecieron así un momento, aferradas las unas a las otras, permitiendo que el amor les sirviera de escudo contra el oscuro horror que las acechaba desde todos los flancos.
Al día siguiente, Peggy recibió una visita inesperada.
Alice estaba trabajando en la verdulería, Emily había ido a visitar a Dulcie, y Marigold había ido a pasear por el parque con Nancy, Flo y Charlie.
Aprovechando la tranquilidad que reinaba en la casa, Peggy se sentó a escribir una carta a Joe y contarle lo del bombardeo en la escuela de Nancy.
Lo habían debatido en casa y se habían dado cuenta de que, como era muy probable que lo leyera de todos modos en algún periódico, no podían ocultarle la verdad.
—Deberías ser tú quien se lo contara —le dijo Emily a Peg.
Flo asintió.
—Oh, sí, por favor. ¿Lo harás, Peg? Tú podrás contarle lo que sucedió sin alarmarlo.
Peggy estaba intentando hacer precisamente eso cuando Badger la alertó de la presencia del visitante al salir corriendo por el pasillo mientras ladraba como un poseso. Peggy dejó a un lado la pluma y lo siguió.
—Está bien, Badger. Ya voy.
—Menudo ahuyentador de intrusos tiene —dijo Beecher cuando Peggy abrió la puerta.
—¡Señor Beecher, qué sorpresa! —dijo ella—. Entre, por favor.
—Disculpe que me haya presentado sin previo aviso. Espero no interrumpirla. Me enteré de lo de la escuela y caí en la cuenta de que era la de su sobrina. Solo quería ver cómo están todos.
Peggy sintió un escozor en los ojos a causa de las lágrimas que amenazaban con brotar.
—Es muy amable de su parte, señor —dijo ella bajando el tono de voz—. Afortunadamente, Nancy salió ilesa, pero otros no fueron tan afortunados.
La expresión de Beecher se ensombreció.
—Eso he oído. —Alzó la mirada como si buscara algún tipo de intervención divina—. El mal que es capaz de provocar el hombre... —murmuró para sí, como olvidando que Peggy estaba ahí.
—¿Quiere una taza de té? —preguntó ella.
—Solo si usted también toma.
—Vamos a la cocina.
Ella preparó el té y, tras dejar una taza delante de Beecher, se sentó frente a él en la mesa de la cocina.
—Es una cocina muy acogedora —dijo él, mirando a su alrededor—. Me recuerda a la de la casa de mi madre.
Peggy trató de encontrar en su expresión alguna pista de lo que estaba pensando.
La última conversación entre ellos había sido airada y ella quería que él supiera lo mucho que lo sentía, pero también sabía lo fútil que sonaría cualquier disculpa.
¿Qué importaba eso ahora? ¿De qué servían sus campañas insignificantes, sus palabras insustanciales y su prosa patriótica si no podían evitar que los alemanes bombardearan una escuela?
Toda una generación que crecía junta, que apenas había comenzado a vivir su vida, arrasada o abandonada a su suerte.
¿Y por qué? Porque un lunático había decidido sembrar destrucción en el mundo y nadie parecía capaz de detenerlo.
Qué pérdida de vidas humanas tan indescriptiblemente absurda.
Peggy le dio un sorbo a su taza de té y agradeció su reconfortante calidez.
—Mi hijo murió. En la Primera Guerra Mundial —dijo Beecher, jugueteando con su taza de té—.
Tenía dieciocho años. Se llamaba Harold.
—Se quedó mirando al vacío y una tierna sonrisa comenzó a formársele en los labios como si acabara de ver a su hijo—.
Le encantaba el críquet. Esperaba llegar a jugar en el equipo de Kent.
Nos hizo muy felices a su madre y a mí. —Beecher apartó la mirada, abrumado.
Peggy tragó saliva.
—Lo siento mucho, señor.
Beecher recobró la compostura.
—Gracias. Sir James me contó lo de su padre. También lo siento mucho. —Se quedó un momento callado—. Hace que uno se pregunte por qué hacemos lo que hacemos, ¿verdad?
—Sí —dijo Peggy—. Precisamente estaba pensando lo mismo.
—Y, sin embargo, los seres humanos seguimos cometiendo los mismos errores y nunca llegamos a aprender nada de ellos.
—Supongo que tenemos que seguir intentándolo.
Él la miró.
—Es usted una joven muy sabia, señorita Sparks. No siempre toma la decisión adecuada, pero tengo la sensación de que está aprendiendo usted de esos errores de juicio.
—Así es, señor. Aunque ahora ya no importa, siento mucho no haberle contado lo del señor Buchan.
Beecher les quitó importancia a sus preocupaciones con un gesto de la mano.
—El señor Buchan no tiene ninguna importancia y nunca la ha tenido.
—Siento mucho más lo de su hijo.
—Gracias —dijo Beecher—. Era nuestro único hijo. Es duro haber sido padre y, de repente, ya no poder desempeñar ese papel. A veces se siente uno perdido. Por suerte, la señora Beecher es una mujer extraordinaria. Me considero afortunado.
Peggy no tuvo claro si se debió al cansancio, a la pena o, simplemente, a todos esos años de dolor y tristeza acumulados, pero, de repente, se levantó de un salto y abrazó al señor Beecher y le dio un beso en la mejilla.
—Lo siento, señor —dijo—. No he podido evitarlo.
El señor Beecher la recompensó con una mirada benevolente.
—Como he dicho, señorita Sparks, me considero afortunado.
—Apuró su taza de té y se puso de pie—. Gracias por el té.
Me alegro mucho de que su sobrina esté bien.
—Y, deteniéndose en la puerta y volviéndose hacia ella, añadió—: El lunes por la mañana espero verlas a usted y a la señorita Cecily en la oficina.
—Gracias, señor.
Él asintió.
—Siempre adelante, señorita Sparks.
Ella sonrió.
—Siempre adelante, señor Beecher.
Junio de 1942
Querida Peg:
Gracias por tu carta. Estoy seguro de que puedes imaginarte cómo me sentí cuando la recibí.
Fui directamente a ver a nuestro comandante, pero el sargento me detuvo en la puerta y me preguntó qué creía que estaba haciendo.
Le dije que tenía que volver a casa y le expliqué lo que había sucedido en la escuela de Nancy.
Puede que sea un poco estricto, pero percibí que su mirada se suavizaba cuando le hablé de mi hija.
Me dijo que lo entendía y que cualquier padre se sentiría igual, pero que debía comprender que era imposible.
Entonces me puse hecho una furia, lo agarré de la solapa y, señalándole la cara con el dedo, le grité de todo.
Afortunadamente, en ese momento intervino Albert.
Me colocó una mano en el hombro y me dijo que debía tranquilizarme, que Nancy estaba bien y que eso era lo único importante.
El sargento me observaba, pero no me dijo nada más, se limitó a decirle a Albert que se me llevara y que ya hablaría más tarde con nosotros.
Me alteré más de la cuenta, Peg, no te lo voy a ocultar.
Cuando los demás muchachos se enteraron de lo sucedido, se agolparon a mi alrededor ofreciéndome cigarrillos y diciéndome que no me preocupara, que ellos habrían hecho lo mismo.
Aun así yo estaba muy preocupado, claro.
Pensaba que me iban a someter a un consejo de guerra.
Luego el sargento me hizo llamar. Su expresión era severa y yo temblaba un poco cuando me llevó a ver al comandante.
Este es un tipo agradable y entrado en años que me recuerda un poco al jefe de mamá, el señor Miller.
Llevan el mismo bigote. Entré primero y le pedí disculpas al sargento.
El comandante nos sirvió a todos un trago de whisky escocés.
«Somos hombres —dijo—, pero también padres, y si no nos preocupamos por la seguridad de nuestros hijos, ¿para qué estamos luchando en esta condenada guerra?
». Luego alzó el vaso y nosotros hicimos lo mismo y nos dijo que nos estrecháramos las manos.
«No volveremos a hablar de esto, pero quiero que se tome unos días de permiso, soldado Sparks. El soldado Cobb irá con usted».
Así pues, ahora tengo cinco días de permiso y estoy aprovechando al máximo el tiempo para escribir páginas y más páginas a todo el mundo.
Estamos alojados en un buen hotel con radiogramola y baños, aunque lo mejor es la biblioteca.
Adivina qué encontré en ella: ¡Nada menos que un ejemplar de Nuestra poderosa Armada !
Casi estallo de orgullo cuando se lo enseñé a Albert.
Él se quedó impresionado. Cuando llegamos, me dijo que debíamos apartar de nuestras mentes la guerra durante unos días y aprovechar al máximo el tiempo.
Y lo hemos hecho. Hemos visitado ** ******** ****.
¡Qué lugar! A ti te encantaría, Peg. ***** ********* *** ******* ** *** ********* *** *** *** ******* ** ***, ****** ** ****** ***** * ********** Los aromas a jazmín, gardenia y especias resultan embriagadores.
Espero que te sientas impresionada por lo poético que me he vuelto, pero estoy aprovechando estos momentos para mirar a mi alrededor y absorberlo todo antes de volver al duro día a día de la guerra.
Hay algunos norteamericanos alojados en nuestro hotel.
Unos tipos simpáticos, bien vestidos y de trato agradable que trabajan en la embajada.
Según ellos las cosas están mejorando, pero los yanquis siempre son optimistas.
Y, además, estos muchachos volverán a casa dentro de unas pocas semanas.
¡Qué suerte tienen algunos! Aunque estando aquí tampoco puedo quejarme, de modo que procuro mantenerme lo más esperanzado posible.
Os echo de menos a todos, pero vuestras fotografías y cartas y los dibujos de Nancy me dan ánimos para seguir adelante y doy gracias a Dios cada día de que mi hija saliera ilesa de ese horror.
Me alegro de que estuvieras con ella, aunque no puedo imaginar cómo debe de sentirse después de ver morir a su profesora.
Maldita guerra, Peg. ¿Cuándo terminará? Desearía poder hablar contigo aunque solo fuera unos minutos.
Pero no te preocupes, me siento animado y estoy con Albert, así que sabes que me encuentro a salvo.
Sé que tardan unas semanas en censurar las cartas antes de enviarlas, así que espero que no tardes demasiado en recibir esta.
Sigue escribiéndome y volveremos a vernos.
Te quiere,
Joe