Manual de señoritas para ganar la guerra 17
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Peggy convenció a Marigold para que se quedara con ella y su familia el resto de la semana. Sabía que rara vez salía por las noches desde la muerte de Cordy y también que Nancy estaría encantada de tener a su aristócrata favorita en casa.

—Podrás venir a buscarme a la escuela —le dijo—. Y podremos leer libros juntas. Ahora estoy leyendo Cinco chicos y eso . Es muy bueno. Creo que te gustará.

—Debe de ser agradable saber que no te aburrirás durante tu estancia —dijo Emily con ironía.

—La vida nunca es aburrida conmigo cerca, bisabuela —dijo Nancy.

—Lo tenemos bien claro.

—Cómo me gusta estar con tu familia, Peggy —dijo Marigold de camino a la biblioteca después de dejar a Nancy en la escuela.

Flo agradecía su ayuda, pues ella, Alice y Emily tenían que desplazarse a un pueblo vecino para cumplir con sus obligaciones del SVF—.

Todo el mundo es tan amable y simpático. ..

—No dirías eso si vieras a mi abuela por las mañanas antes de que haya tomado su té —contestó Peggy. Marigold se rio—. Ya hemos llegado.

Subieron la escalera de la entrada y se adentraron en el sagrado silencio de la biblioteca de Edenham. Peggy le presentó al señor Alderman y a la señorita Bunce y luego la condujo a su sala favorita.

—Entiendo perfectamente por qué te gusta este lugar —dijo Marigold—. Qué tranquilo es.

—Lo que siempre me hace más feliz es estar rodeada de libros.

—A mí me pasa lo mismo con las fotografías —dijo Marigold, cogiendo de una estantería un libro recopilatorio del fotógrafo Cecil Beaton—. ¿Qué crees que decidirá Beecher?

Peggy se encogió de hombros.

—Nunca lo había visto tan enfadado. Me siento fatal por haberlo defraudado.

—Era una situación imposible, Peggy. Buchan es un monstruo. No tuvimos elección.

—Cierto. Pero Beecher siempre ha sido muy amable conmigo y me ha ayudado mucho. Odio la idea de que pueda sentirse decepcionado con nosotras.

Marigold se la quedó mirando fijamente.

—Hicimos un buen trabajo, Peggy. Estoy segura de que el señor Beecher entrará en razón, y si no...

Peggy no quería ni pensar en esa posibilidad.

Le encantaba su empleo, y no solo porque tuviera la sensación de que tenía un verdadero impacto.

Se había convertido en algo más que eso.

Era como si hubiese estado dormida durante años y finalmente se hubiera despertado y hubiera comprobado las posibilidades que le ofrecía la vida.

Su conversación se vio interrumpida por el aullido de una sirena antiaérea. El señor Alderman apareció en la puerta.

—Deberíamos dirigirnos al refugio, señoras —les dijo.

Lo siguieron hasta el búnker de ladrillos construido en el jardín de la biblioteca. El interior estaba completamente a oscuras hasta que el señor Alderman encendió una lámpara y Peggy vio a la amiga de su abuela, Dulcie, sentada en un rincón con un periódico en el regazo.

—Hola, señora Twigg —dijo—. ¿Cómo está?

—Muy bien, querida, aparte de mi reumatismo y un ligero dolor en la rodilla. Esta es Lady Delphinium, ¿no? —dijo, mirándolas a ambas con ojos centelleantes.

—Marigold —dijo Peggy.

—Eso. Dime, Peggy, ¿he de preocuparme por la posibilidad de que algún grupo de paracaidistas alemanes aterrice en mi patio trasero?

Peggy intercambió una mirada con Marigold.

—No estoy segura de que Edenham sea su primera opción, señora Twigg —dijo—. Los jardines de las casas no son suficientemente grandes.

—Bien. Me alegro de oírlo —dijo Dulcie al tiempo que una terrible explosión los sobresaltaba a todos.

—Eso ha sonado cerca —dijo Marigold, agarrando a Peggy de un brazo.

—Estoy segura de que todo irá bien —dijo ella, como si, al pronunciar esas palabras en voz alta, fueran a volverse realidad. Poco después sonó la sirena que anunciaba que el peligro había pasado y salieron todos del refugio.

En cuanto percibieron el empalagoso hedor del azufre, Peggy supo que algo iba mal. Luego vio a la joven vigilante antiaérea voluntaria, la señorita Pugh, corriendo hacia ellos con una expresión de pánico en el rostro.

—¡La escuela! —exclamó, horrorizada—. ¡Una bomba ha caído en la escuela!

—¿Qué escuela? —preguntó Peggy, sabiendo cuál iba a ser la respuesta.

—St. Edwards. Están buscando supervivientes.

—¿St. Edwards? —repitió Marigold—. Pero ¿no es esa...?

—La escuela de Nancy —dijo Peggy.

Marigold la agarró de la mano y ambas echaron a correr, uniéndose a la gran multitud que se precipitaba en la misma dirección.

Peggy conocía la escuela tan bien como su propio reflejo.

Ella y su hermano y Flo habían estudiado ahí, y ahora lo hacía Nancy.

Nancy. No podía dejar de visualizar su dulce y sonriente rostro mientras recorrían la calle a toda velocidad, todos murmurando la misma plegaria silenciosa.

«Por favor, que esté bien. Por favor, que los niños hayan salido ilesos y solo tengan unos pocos rasguños».

Peggy había sido testigo de algunas escenas horripilantes a lo largo de la guerra.

Tras el bombardeo del Café de Paris había visto cómo rescataban heridos y recuperaban cuerpos de fallecidos de aquella carnicería subterránea.

Cada día pasaba por delante de casas con los muros destrozados en las que podían verse las habitaciones con el mobiliario todavía en su lugar, como si un gigante hubiera retirado la fachada de su casita de muñecas.

Había olido el yeso, el azufre y las cenizas que colmaban el aire después de un bombardeo hasta el punto de que casi podía saborearse, pero nada podría haberla preparado para ver cómo había quedado la escuela St. Edwards después de que un avión alemán dejara caer una monstruosa bomba justo encima.

Era tan espantoso, tan horrible, que tenía que repetirse una y otra vez que era real.

Sabía que lo que estaba viendo y oyendo la cambiaría para siempre.

Los sollozos y los gritos. Los gemidos de los niños llamando a sus madres entre lloros.

El humeante cráter en el lugar en el que los alumnos habían hecho fila para el recreo apenas media hora antes.

La sangre. Los cristales rotos. Los ladrillos desmoronados.

Los cuerpos destrozados. Sintió náuseas, pero sabía que debía obligarse a sí misma a seguir buscando mientras avanzaba entre aquella devastación.

No podía descansar hasta que encontrara a Nancy.

Algunos supervivientes deambulaban aturdidos, conmocionados, desorientados.

A Peggy le llamó la atención lo tranquilos que parecían todos.

A ella en cambio el corazón le latía con fuerza en el pecho mientras miraba desesperadamente a su alrededor.

Había perdido de vista a Marigold en medio del caos, pero siguió adelante de todos modos.

Una profesora con la cabeza ensangrentada conducía a dos niñas asustadas hacia las ambulancias, hablándoles con voz tranquilizadora, mientras un grupo de hombres y mujeres ya habían formado una cadena para retirar los escombros de un refugio sepultado en uno de los rincones del patio.

Cada vez que recordaba ese día, Peggy pensaba en la valentía y amabilidad de esas personas.

Era el único destello de luz en medio de la más absoluta oscuridad.

Vio a madres corriendo al patio, llamando a gritos a unos hijos que ya no regresarían a casa, y a un hombre llorando sobre un pequeño cuerpo maltrecho.

También vio entonces a una enfermera que corría de vuelta a las ambulancias.

—Disculpe. ¿Puede ayudarme? Estoy buscando a una niña. Mi sobrina. —Al decir eso la voz se le quebró.

La expresión de la enfermera se ensombreció.

—Lo siento. Tendrá que buscarla usted misma. Estamos tratando de ayudar a los heridos más graves. Y hay muchos. Avísenos si ve a alguien malherido, consuele a los moribundos y, ya puestos, también a los vivos. —A continuación, le colocó una mano en un brazo y añadió—: Espero que la encuentre.

—Gracias —dijo Peggy, conteniendo las lágrimas, y pensó entonces en lo que le diría Emily Marsh. «No hay tiempo para lloriqueos y lamentos, Peg. Encuentra a esa niña».

Peggy se dio la vuelta y entonces la vio.

No estaba llorando ni «armando un condenado escándalo», como habría dicho Emily.

Permanecía sentada, dándole la mano a una mujer que yacía tendida y que, con la otra mano, sostenía un pañuelo empapado de sangre en un costado de la cara. Peggy corrió a su lado.

—¡Nancy! —exclamó, rodeando con sus brazos el pequeño cuerpo de la niña—. ¡Oh, Nancy!

—¡Tía Peg! ¡Me alegro tanto de verte! —dijo con el entrecejo arrugado por la preocupación—. Mi profesora está herida y no sé qué hacer.

Peggy le cogió la cabeza con ambas manos y la besó en la frente, inhalando el aroma de infancia y esperanza que desprendía.

—¿Quieres que le eche un vistazo a ver qué puedo hacer?

—le preguntó a la niña. Nancy asintió y Peggy se colocó a un lado de la mujer—.

Soy la tía de Nancy. Me llamo Peggy —dijo en voz baja—.

¿Le parece bien que le eche un vistazo a la herida?

—La respiración de la mujer era muy irregular y Peggy no estaba segura de si la habría oído.

—Es la señorita Bright —dijo Nancy—. ¿Recuerdas que te hablé de ella?

—Por supuesto que me acuerdo de que me hablaste de tu profesora favorita.

¿Sabe, señorita Bright? —comenzó a decir Peggy, tratando de relajar a la profesora—.

Nosotras dos somos Nancy y Peggy Sparks y usted es la señorita Bright, así que, si juntamos los apellidos de las tres, en inglés somos «chispas brillantes».

—Las comisuras de la boca de la mujer se movieron, esbozando una leve sonrisa, lo cual proporcionó a Peggy el valor que necesitaba—.

Ahora voy a moverle ligeramente el brazo.

La señorita Bright hizo una mueca cuando Peggy le tocó la mano.

—Elsie —susurró—. Elsie Bright. No deje que Nancy vea esto.

—No lo haré —contestó Peggy, y, volviéndose hacia su sobrina, dijo—: Ahora, Nance, necesito que estés muy quieta junto a la señorita Bright, sosteniéndole la mano. ¿Ves ese gran árbol que hay en el patio?