Manual de señoritas para ganar la guerra 16 #2
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—Bueno —dijo él—, usted se ha familiarizado con su estilo de escritura y sé que está acostumbrada a editar sus textos. —Peggy bajó la mirada, avergonzada—. En cuanto a la señorita Cecily, podría seguir tomando las fotografías mientras usted entrevista a las mujeres, señorita Sparks.

—Es arriesgado —dijo Peggy—. ¿Y si Buchan llama a Lear para quejarse?

—No lo hará —dijo Frank.

—¿Por qué?

—Ego.

—¿Cómo dice?

Frank se encogió de hombros.

—Un hombre como Buchan tiene que preservar su ego a toda costa. Si llama al Ministerio para acusarlas de que ustedes dos lo han reprendido, ese ego quedaría dañado.

—¡Es genial! —exclamó Marigold.

—Gracias —dijo Frank con una sonrisa.

—Efectivamente, es genial, y podría funcionar si usted está dispuesto a ayudarnos —dijo Peggy.

—Me sorprende que necesite preguntarlo, señorita Sparks —dijo Frank.

Peggy evitó su mirada y se volvió hacia su amiga.

—¿Nos atrevemos, Marigold?

Esta la miró con los ojos centelleantes.

—Sí, Peggy.

Las semanas siguientes, durante la producción de Navegando con el Servicio Femenino de la Armada Real , Peggy no pudo evitar sentirse tan nerviosa como un pájaro acorralado.

A pesar de las tranquilizadoras palabras de Marigold y Frank, estaba segura de que el engaño sería descubierto en cualquier momento.

No comenzó a relajarse hasta que el libro se hubo publicado y el señor Beecher volvió a felicitarlos a todos por haber realizado un trabajo excepcional.

Peggy tenía claro que pronto les encargarían títulos similares, pero, por el momento, podía exhalar un suspiro de alivio y concentrarse en el proyecto de la señora Pyecroft.

Aunque Estados Unidos había entrado en la guerra, seguía pidiéndole que escribiera folletos que mantuvieran alta la moral y tranquilizaran a las mujeres, asegurándoles que los hombres cuyo regreso tanto anhelaban estaban librando una guerra que ganarían, y pronto.

Peggy leía y releía las cartas de su hermano para asegurarse de reflejar en sus textos los sentimientos que él expresaba sobre los motivos por los que luchaba y lo mucho que valoraba las cartas que recibía de casa.

Después de tantos años disfrutando de la protección de Joe, ahora ella sentía que podía ofrecerle algo de la suya.

Así pues, cuando un día Beecher llamó a Peggy y a Marigold a su despacho, ella ya casi se había olvidado de Wilfred Buchan.

Sin embargo, al ver los libros sobre el escritorio de Beecher y la forma en que este las miraba a ambas, como un director de colegio a punto de reprender a dos alumnas desobedientes, se le hizo un nudo en el estómago.

La señora Pyecroft permanecía de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y observándolo todo con su habitual mirada inescrutable.

—Puedo ver en sus caras que ya saben de qué va todo esto y lo grave que es —dijo Beecher a modo de introducción.

—Sí, señor —murmuraron ellas.

—Longforth está furioso y, a pesar de que rara vez coincidimos, comparto en gran medida su enfado.

—Actuamos con la mejor de las intenciones, señor Beecher —dijo Marigold en tono implorante.

—¿En serio, señorita Cecily? ¿Diría que abofetear a uno de los escritores más admirados del país y luego asumir su identidad para escribir sus libros es actuar con la mejor de las intenciones?

—Bueno, si lo plantea así...

—No sé con certeza de qué otro modo puedo hacerlo. Tenemos suerte de que Buchan no nos haya demandado por suplantación de identidad.

—De verdad que lo sentimos mucho, señor Beecher. Sé que deberíamos haber acudido a usted después de lo que sucedió con el señor Buchan, pero pensamos que podríamos encargarnos de la situación nosotras solas —dijo Peggy.

Beecher se la quedó mirando fijamente.

—Y sin duda se encargaron de ella, señorita Sparks.

Pero me temo que lo han hecho un poco demasiado bien.

—Alzó un ejemplar del libro más reciente—.

El agente de Wilfred Buchan ha dicho que no podía creerse que no lo hubiera escrito su cliente.

Así de eficientes han sido al encargarse de este asunto.

Y se habrían salido con la suya de no haber sido porque los libros se han vendido tan condenadamente bien que el agente se ha dado cuenta al recibir el pago correspondiente.

—Es bueno saber que a la gente le gustan —repuso Peggy con una mueca, desesperada por decir algo positivo.

Beecher la miró alarmado.

—No, querida señorita Sparks, no es nada bueno. Ahora el público quiere más, y en estos tiempos desesperados no tenemos otra opción que ofrecerle al público lo que desea.

—Oh, ya entiendo.

—Y Longforth quiere que las despida a ambas, mientras que otros opinan que eso sería demasiado drástico, así que ya pueden ver el dilema ante el que me hallo.

Peggy miró de reojo a la señora Pyecroft, que parecía absorta en los detalles tallados del archivador de caoba de Beecher.

—Lo entendemos, señor. Y ambas lo sentimos mucho. ¿Verdad, Marigold?

—Muchísimo, aunque Wilfred Buchan necesitaba que lo pusieran en su sitio.

Beecher la fulminó con la mirada.

—Haría bien en mantener una actitud contrita, señorita Cecily.

—Sí, señor. Perdone —dijo Marigold, bajando la mirada al suelo.

—Por encima de todo, sin embargo, me siento profundamente dolido.

Deposité mi confianza en ambas, y, en vez de acudir a mí, optaron por mentirnos y engañarnos a todos.

Resulta tremendamente decepcionante. —A Peggy le ardían las mejillas.

Podía soportar la ira de Beecher. Era inmediata y se disiparía con el tiempo.

Ahora bien, pensar que había decepcionado a ese hombre que había depositado tanta fe en ella la avergonzaba profundamente—.

Me temo que no tengo otra opción salvo suspenderlas a ambas durante el resto de la semana.

—Pero, señor Beecher... —comenzó a decir Peggy.

Él alzó una mano.

—Lo siento, señorita Sparks. Mi postura es firme.

Revisaré el asunto con las partes implicadas y les haré saber qué decisión hemos tomado.

Esto es todo. —Se quedó mirando fijamente el documento que tenía delante mientras Peggy y Marigold se ponían de pie.

Peggy le echó un vistazo a la señora Pyecroft, que le devolvió la mirada con una expresión en blanco.

Peggy y Marigold regresaron a sus escritorios con los hombros caídos.

—Parece que alguien ha armado un buen follón... —dijo Sheldrake.

—¡Oh, cállese, Sheldrake! —dijo Marigold.

—Personalmente, creo que cualquier mujer capaz de hacerse pasar por un escritor tan grande como Buchan es digna de ser admirada —dijo Dalton.

—¡Oh, cállese, Wallace! —dijo Peggy. Y en un inusual momento de camaradería, Dalton y Sheldrake intercambiaron una mirada con los ojos muy abiertos.

Marigold se volvió hacia ella.

—En cualquier caso, sigo estando orgullosa de nosotras, Peggy. Lamento que Beecher se la haya cargado por nuestra culpa y quién sabe qué decidirá, pero creo que hicimos lo correcto. Y, además, lo hicimos bien. A veces hay que defender aquello en lo que una cree, ¿no te parece?

Peggy sonrió. Admiraba este nuevo espíritu de su amiga. Resultaba más evidente desde la fiesta de Navidad. Era como si se negara a que el pasado siguiera aprisionándola.

—Tienes razón, Marigold, tienes razón —contestó Peggy, echando un vistazo a la puerta del despacho del señor Beecher y esperando que este terminara perdonándolas y les permitiera seguir con su trabajo.

La guerra seguía causando estragos y ella no podía descansar hasta que esta hubiera llegado a su fin.